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Economía

La física de las pompas de jabón

julio 6, 2026
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Desde el punto de vista físico, una pompa no explota porque alcance un tamaño máximo predeterminado. De hecho, cuanto mayor es, menor presión necesita para mantenerse inflada. El problema aparece porque, al crecer, la película de jabón que la sostiene se vuelve progresivamente más fina. La gravedad redistribuye el líquido, la evaporación reduce su espesor, y pequeñas perturbaciones del entorno empiezan a tener efectos cada vez mayores. A nuestros ojos, la estructura resulta más espectacular que nunca, aunque es cada vez más frágil. Al final no hace falta un gran impacto para destruirla. Basta una mota de polvo, una corriente de aire, una vibración imperceptible; la burbuja estalla porque ha perdido la capacidad de absorber perturbaciones.La financiación de la inteligencia artificial está recorriendo el mismo camino. El crecimiento aporta estabilidad y atrae nuevos inversores, pero, conforme aumenta el tamaño, la estructura se vuelve cada vez más sensible a pequeñas perturbaciones. Y los números lo describen con precisión.Según el análisis de Panmure Liberum para el Financial Times, el retorno implícito de la inversión en infraestructura de IA entre 2025 y 2030, a coste de capital cero, es negativo en cuatro de los cinco grandes hiperescalares: Microsoft (-9,2%), Alphabet (-15,7%), Meta (-28,8%) y Oracle (-35,6%); solo Amazon se salva, con un +7,2%. Arvind Krishna, CEO de IBM, ha hecho las cuentas: los 100 gigavatios comprometidos por el sector, a entre 60.000 y 80.000 millones de dólares por gigavatio, suponen entre 6 y 8 billones de dólares de capex; con una vida útil máxima de cinco años y un interés conservador del 10%, el sector necesitaría 800.000 millones de dólares anuales de beneficio neto solo para cubrir el servicio de esa deuda. Los beneficios agregados de todas las grandes tecnológicas juntas no se acercan a esa cifra.Esa es la película adelgazándose, la señal que la física nos envía. El retorno prometido se sostiene cada vez más en la financiación circular, no en los ingresos. Nvidia invierte en sus propios clientes para que esos mismos clientes le compren chips; si hace un año esa financiación absorbía el 57% de su flujo de caja operativo, hoy absorbe el 95%. Microsoft invierte 15.000 millones en Anthropic atados a la compra de 30.000 millones en cómputo a Microsoft. Por cada 10.000 millones que Nvidia pone en OpenAI, recupera unos 35.000 en venta o arrendamiento de chips. En un gráfico, esa circularidad es indistinguible de la demanda orgánica cuando, en el mundo real, el proveedor está pagándose a sí mismo a través del cliente.Y como en toda pompa de jabón, el riesgo no se reparte entre quienes la inflan. Nvidia vende 5.400 millones de dólares en chips a Valor, una sociedad instrumental sin ninguna actividad conocida. Esos chips no figuran ni en el balance de Nvidia ni en el de xAI, su usuario real; Apollo, uno de los mayores fondos de inversión y crédito privado del mundo, financia esa estructura con 3.500 millones, los empaqueta como deuda y se los vende a Athene, su propia aseguradora de pensiones, con 103.000 millones de dólares en activos de Nivel 3 (sin un mercado observable, en los que el valor se obtiene mediante modelos internos, hipótesis y estimaciones de la entidad), un apalancamiento de dieciséis veces y 217.000 millones domiciliados en Bermudas, fuera de la supervisión habitual. Quien compra una anualidad para su jubilación está financiando, sin saberlo, un centro de datos de Elon Musk. Y cuando su SpaceX sale a bolsa, con 4.900 millones de pérdidas en 2025 y una valoración de noventa veces sus ventas, frente a las seis de la petrolera saudí Aramco, lo hace con unas condiciones de cotización en los índices tejidas a medida, para que los fondos de pensiones tengan que comprar mecánica y obligatoriamente la oferta pública más cara de la historia.La pregunta, entonces, no es si la inteligencia artificial es una burbuja destinada a desaparecer. La tecnología es real, es extraordinaria, y sobrevivirá, como lo hicieron el ferrocarril, la electricidad o Internet. La pregunta es si el ecosistema financiero que hoy la sostiene puede seguir creciendo sin que la película se vuelva demasiado fina para soportar el peso de las expectativas. Para que eso ocurra, bastará con que el precio del alquiler de un H200, que ya ha caído un 40% en tres semanas, toque fondo; o con que la avalancha de memoria china, que ya cuesta cinco veces más que hace un año, llegue antes de lo previsto, rompiendo el oligopolio coreano. Ninguno de esos hechos, por sí solo, explicará el colapso. Será, simplemente, el detonante de una fragilidad acumulada durante el propio crecimiento. Y como siempre ocurre con las burbujas, los que menos sabían qué estaban financiando serán los que paguen la factura. Desde el punto de vista físico, una pompa no explota porque alcance un tamaño máximo predeterminado. De hecho, cuanto mayor es, menor presión necesita para mantenerse inflada. El problema aparece porque, al crecer, la película de jabón que la sostiene se vuelve progresivamente más fina. La gravedad redistribuye el líquido, la evaporación reduce su espesor, y pequeñas perturbaciones del entorno empiezan a tener efectos cada vez mayores. A nuestros ojos, la estructura resulta más espectacular que nunca, aunque es cada vez más frágil. Al final no hace falta un gran impacto para destruirla. Basta una mota de polvo, una corriente de aire, una vibración imperceptible; la burbuja estalla porque ha perdido la capacidad de absorber perturbaciones.La financiación de la inteligencia artificial está recorriendo el mismo camino. El crecimiento aporta estabilidad y atrae nuevos inversores, pero, conforme aumenta el tamaño, la estructura se vuelve cada vez más sensible a pequeñas perturbaciones. Y los números lo describen con precisión.Según el análisis de Panmure Liberum para el Financial Times, el retorno implícito de la inversión en infraestructura de IA entre 2025 y 2030, a coste de capital cero, es negativo en cuatro de los cinco grandes hiperescalares: Microsoft (-9,2%), Alphabet (-15,7%), Meta (-28,8%) y Oracle (-35,6%); solo Amazon se salva, con un +7,2%. Arvind Krishna, CEO de IBM, ha hecho las cuentas: los 100 gigavatios comprometidos por el sector, a entre 60.000 y 80.000 millones de dólares por gigavatio, suponen entre 6 y 8 billones de dólares de capex; con una vida útil máxima de cinco años y un interés conservador del 10%, el sector necesitaría 800.000 millones de dólares anuales de beneficio neto solo para cubrir el servicio de esa deuda. Los beneficios agregados de todas las grandes tecnológicas juntas no se acercan a esa cifra.Esa es la película adelgazándose, la señal que la física nos envía. El retorno prometido se sostiene cada vez más en la financiación circular, no en los ingresos. Nvidia invierte en sus propios clientes para que esos mismos clientes le compren chips; si hace un año esa financiación absorbía el 57% de su flujo de caja operativo, hoy absorbe el 95%. Microsoft invierte 15.000 millones en Anthropic atados a la compra de 30.000 millones en cómputo a Microsoft. Por cada 10.000 millones que Nvidia pone en OpenAI, recupera unos 35.000 en venta o arrendamiento de chips. En un gráfico, esa circularidad es indistinguible de la demanda orgánica cuando, en el mundo real, el proveedor está pagándose a sí mismo a través del cliente.Y como en toda pompa de jabón, el riesgo no se reparte entre quienes la inflan. Nvidia vende 5.400 millones de dólares en chips a Valor, una sociedad instrumental sin ninguna actividad conocida. Esos chips no figuran ni en el balance de Nvidia ni en el de xAI, su usuario real; Apollo, uno de los mayores fondos de inversión y crédito privado del mundo, financia esa estructura con 3.500 millones, los empaqueta como deuda y se los vende a Athene, su propia aseguradora de pensiones, con 103.000 millones de dólares en activos de Nivel 3 (sin un mercado observable, en los que el valor se obtiene mediante modelos internos, hipótesis y estimaciones de la entidad), un apalancamiento de dieciséis veces y 217.000 millones domiciliados en Bermudas, fuera de la supervisión habitual. Quien compra una anualidad para su jubilación está financiando, sin saberlo, un centro de datos de Elon Musk. Y cuando su SpaceX sale a bolsa, con 4.900 millones de pérdidas en 2025 y una valoración de noventa veces sus ventas, frente a las seis de la petrolera saudí Aramco, lo hace con unas condiciones de cotización en los índices tejidas a medida, para que los fondos de pensiones tengan que comprar mecánica y obligatoriamente la oferta pública más cara de la historia.La pregunta, entonces, no es si la inteligencia artificial es una burbuja destinada a desaparecer. La tecnología es real, es extraordinaria, y sobrevivirá, como lo hicieron el ferrocarril, la electricidad o Internet. La pregunta es si el ecosistema financiero que hoy la sostiene puede seguir creciendo sin que la película se vuelva demasiado fina para soportar el peso de las expectativas. Para que eso ocurra, bastará con que el precio del alquiler de un H200, que ya ha caído un 40% en tres semanas, toque fondo; o con que la avalancha de memoria china, que ya cuesta cinco veces más que hace un año, llegue antes de lo previsto, rompiendo el oligopolio coreano. Ninguno de esos hechos, por sí solo, explicará el colapso. Será, simplemente, el detonante de una fragilidad acumulada durante el propio crecimiento. Y como siempre ocurre con las burbujas, los que menos sabían qué estaban financiando serán los que paguen la factura.  

Desde el punto de vista físico, una pompa no explota porque alcance un tamaño máximo predeterminado. De hecho, cuanto mayor es, menor presión necesita para mantenerse inflada. El problema aparece porque, al crecer, la película de jabón que la sostiene se vuelve progresivamente más fina. … La gravedad redistribuye el líquido, la evaporación reduce su espesor, y pequeñas perturbaciones del entorno empiezan a tener efectos cada vez mayores. A nuestros ojos, la estructura resulta más espectacular que nunca, aunque es cada vez más frágil. Al final no hace falta un gran impacto para destruirla. Basta una mota de polvo, una corriente de aire, una vibración imperceptible; la burbuja estalla porque ha perdido la capacidad de absorber perturbaciones.

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La financiación de la inteligencia artificial está recorriendo el mismo camino. El crecimiento aporta estabilidad y atrae nuevos inversores, pero, conforme aumenta el tamaño, la estructura se vuelve cada vez más sensible a pequeñas perturbaciones. Y los números lo describen con precisión.

Según el análisis de Panmure Liberum para el Financial Times, el retorno implícito de la inversión en infraestructura de IA entre 2025 y 2030, a coste de capital cero, es negativo en cuatro de los cinco grandes hiperescalares: Microsoft (-9,2%), Alphabet (-15,7%), Meta (-28,8%) y Oracle (-35,6%); solo Amazon se salva, con un +7,2%. Arvind Krishna, CEO de IBM, ha hecho las cuentas: los 100 gigavatios comprometidos por el sector, a entre 60.000 y 80.000 millones de dólares por gigavatio, suponen entre 6 y 8 billones de dólares de capex; con una vida útil máxima de cinco años y un interés conservador del 10%, el sector necesitaría 800.000 millones de dólares anuales de beneficio neto solo para cubrir el servicio de esa deuda. Los beneficios agregados de todas las grandes tecnológicas juntas no se acercan a esa cifra.

Esa es la película adelgazándose, la señal que la física nos envía. El retorno prometido se sostiene cada vez más en la financiación circular, no en los ingresos. Nvidia invierte en sus propios clientes para que esos mismos clientes le compren chips; si hace un año esa financiación absorbía el 57% de su flujo de caja operativo, hoy absorbe el 95%. Microsoft invierte 15.000 millones en Anthropic atados a la compra de 30.000 millones en cómputo a Microsoft. Por cada 10.000 millones que Nvidia pone en OpenAI, recupera unos 35.000 en venta o arrendamiento de chips. En un gráfico, esa circularidad es indistinguible de la demanda orgánica cuando, en el mundo real, el proveedor está pagándose a sí mismo a través del cliente.

Y como en toda pompa de jabón, el riesgo no se reparte entre quienes la inflan. Nvidia vende 5.400 millones de dólares en chips a Valor, una sociedad instrumental sin ninguna actividad conocida. Esos chips no figuran ni en el balance de Nvidia ni en el de xAI, su usuario real; Apollo, uno de los mayores fondos de inversión y crédito privado del mundo, financia esa estructura con 3.500 millones, los empaqueta como deuda y se los vende a Athene, su propia aseguradora de pensiones, con 103.000 millones de dólares en activos de Nivel 3 (sin un mercado observable, en los que el valor se obtiene mediante modelos internos, hipótesis y estimaciones de la entidad), un apalancamiento de dieciséis veces y 217.000 millones domiciliados en Bermudas, fuera de la supervisión habitual. Quien compra una anualidad para su jubilación está financiando, sin saberlo, un centro de datos de Elon Musk. Y cuando su SpaceX sale a bolsa, con 4.900 millones de pérdidas en 2025 y una valoración de noventa veces sus ventas, frente a las seis de la petrolera saudí Aramco, lo hace con unas condiciones de cotización en los índices tejidas a medida, para que los fondos de pensiones tengan que comprar mecánica y obligatoriamente la oferta pública más cara de la historia.

La pregunta, entonces, no es si la inteligencia artificial es una burbuja destinada a desaparecer. La tecnología es real, es extraordinaria, y sobrevivirá, como lo hicieron el ferrocarril, la electricidad o Internet. La pregunta es si el ecosistema financiero que hoy la sostiene puede seguir creciendo sin que la película se vuelva demasiado fina para soportar el peso de las expectativas. Para que eso ocurra, bastará con que el precio del alquiler de un H200, que ya ha caído un 40% en tres semanas, toque fondo; o con que la avalancha de memoria china, que ya cuesta cinco veces más que hace un año, llegue antes de lo previsto, rompiendo el oligopolio coreano. Ninguno de esos hechos, por sí solo, explicará el colapso. Será, simplemente, el detonante de una fragilidad acumulada durante el propio crecimiento. Y como siempre ocurre con las burbujas, los que menos sabían qué estaban financiando serán los que paguen la factura.

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