La semana pasada, durante una cena, el profesor italiano Carmine Pinto convirtió el agua en vino. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Salerno y especialista en historia política, cultural y militar, Pinto hablaba de la singularidad del Partido Comunista Italiano . Nacido de una escisión socialista, legitimado por la resistencia antifascista y dirigido durante décadas por Palmiro Togliatti , el PCI supo utilizar las instituciones democráticas sin romper con Moscú, hasta convertirse en la mayor fuerza comunista de Occidente . «Un fenómeno brillante y diabólico», según Pinto, que a mí me llevó hasta Turín, al número dos de la calle Biancamano, donde se encuentra la sede del sello Einaudi.La primera vez que visité aquella casa editorial, con la que trabajo desde hace casi diez años y donde he publicado tres libros, pedí que me enseñaran la mesa. No cualquier mesa, sino aquella, ésa, la de madera lustrosa, alrededor de la cual se celebraban las famosas reuniones de los miércoles. Aquel comité editorial había reunido a Cesare Pavese, Natalia Ginzburg, Elio Vittorini y, más tarde, a Italo Calvino. Escritores, editores e intelectuales que compartían algo más que una idea de la literatura. Habían conocido el fascismo, la cárcel, la persecución y la guerra. Pertenecían a una generación tan desgraciada como excepcional.«Si no es ahora, ¿cuándo?», dijo Giulio Einaudi cuando fundó el sello, en 1933. Era un hombre empeñado en extraer belleza y lucidez debajo de cada piedra de aquella Europa destruida. Aristócrata de modales refinados, vinculado a la cultura comunista italiana, supo reunir a quienes buscaban intuitivamente lo mismo. La editorial se convirtió en el arca del antifascismo intelectual, sin hipotecarse ideológicamente con obediencias partidistas entonces ineludibles. Habían sido años oscuros. Natalia Ginzburg había publicado entonces ‘El camino que va a la ciudad’. Su padre había pasado por la cárcel en 1934, acusado de subversión, y su marido, Leone Ginzburg, murió en 1944 después de las torturas sufridas a manos de los alemanes en Roma. Pavese había conocido el cerco político y Primo Levi regresaría de Auschwitz herido en su más honda humanidad. Aquellos hombres y mujeres, vapuleados y puestos a prueba por una Europa feroz, se sentaban a discutir sobre literatura con la experiencia de la catástrofe todavía en la piel. «En la vida italiana de aquellos años, desierta e inmóvil, la aparición de aquellos libros fue un acontecimiento clamoroso», escribió Ginzburg. En ellos cobraba forma la frase y el logo de la casa editorial: «El espíritu digiere las cosas más difíciles». Más que una inscripción, era un propósito.Ante aquella mesa, incorporada a las oficinas en 1958, Calvino leyó cientos de manuscritos, escribió cartas, rechazó originales y marcó un rumbo dentro de la posguerra europea. Aún sentada a la mesa con el profesor Pinto, pensé en Einaudi y por supuesto en Feltrinelli, editorial de referencia convertida hoy en grupo empresarial. Giangiacomo Feltrinelli procedía de una de las familias más ricas de Italia. Había frecuentado las reuniones de Einaudi antes de fundar su propia editorial. Comunista militante, en 1957 publicó ‘El doctor Zhivago’, de Boris Pasternak , pese a las presiones soviéticas y del Partido Comunista Italiano. Un año después apareció ‘El Gatopardo’, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, una historia que Einaudi y Mondadori habían rechazado. Feltrinelli rompió con el partido, pero no con la política. Se aproximó a la Cuba de Fidel Castro y terminó fundando los Gruppi d’Azione Partigiana, una organización armada clandestina. Murió en 1972 durante una operación de sabotaje contra una torre eléctrica cerca de Milán. Einaudi nunca cruzó esa frontera, incluso podría decirse que fue cauto, pero ambos creyeron en la capacidad transformadora de la cultura en un momento en el que Europa había renegado de sí misma como civilización. Pienso en aquella mesa del número dos de Biancamano y en la conversación con Pinto. A mitad de camino entre una América que ahora delira en la dirección contraria y una Europa travestida en burocracia o naufragio, quizá convenga regresar a aquellas reuniones de los miércoles. A una mesa alrededor de la cual se sentaban hombres y mujeres que habían conocido la persecución, la cárcel y la guerra, y que todavía consideraban necesario discutir acerca de un libro. Quizá sea esa la única y verdadera lección que permanece: un lugar en el que puedan encontrarse los más disímiles, una reunión de los miércoles para todos los días de la semana. La semana pasada, durante una cena, el profesor italiano Carmine Pinto convirtió el agua en vino. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Salerno y especialista en historia política, cultural y militar, Pinto hablaba de la singularidad del Partido Comunista Italiano . Nacido de una escisión socialista, legitimado por la resistencia antifascista y dirigido durante décadas por Palmiro Togliatti , el PCI supo utilizar las instituciones democráticas sin romper con Moscú, hasta convertirse en la mayor fuerza comunista de Occidente . «Un fenómeno brillante y diabólico», según Pinto, que a mí me llevó hasta Turín, al número dos de la calle Biancamano, donde se encuentra la sede del sello Einaudi.La primera vez que visité aquella casa editorial, con la que trabajo desde hace casi diez años y donde he publicado tres libros, pedí que me enseñaran la mesa. No cualquier mesa, sino aquella, ésa, la de madera lustrosa, alrededor de la cual se celebraban las famosas reuniones de los miércoles. Aquel comité editorial había reunido a Cesare Pavese, Natalia Ginzburg, Elio Vittorini y, más tarde, a Italo Calvino. Escritores, editores e intelectuales que compartían algo más que una idea de la literatura. Habían conocido el fascismo, la cárcel, la persecución y la guerra. Pertenecían a una generación tan desgraciada como excepcional.«Si no es ahora, ¿cuándo?», dijo Giulio Einaudi cuando fundó el sello, en 1933. Era un hombre empeñado en extraer belleza y lucidez debajo de cada piedra de aquella Europa destruida. Aristócrata de modales refinados, vinculado a la cultura comunista italiana, supo reunir a quienes buscaban intuitivamente lo mismo. La editorial se convirtió en el arca del antifascismo intelectual, sin hipotecarse ideológicamente con obediencias partidistas entonces ineludibles. Habían sido años oscuros. Natalia Ginzburg había publicado entonces ‘El camino que va a la ciudad’. Su padre había pasado por la cárcel en 1934, acusado de subversión, y su marido, Leone Ginzburg, murió en 1944 después de las torturas sufridas a manos de los alemanes en Roma. Pavese había conocido el cerco político y Primo Levi regresaría de Auschwitz herido en su más honda humanidad. Aquellos hombres y mujeres, vapuleados y puestos a prueba por una Europa feroz, se sentaban a discutir sobre literatura con la experiencia de la catástrofe todavía en la piel. «En la vida italiana de aquellos años, desierta e inmóvil, la aparición de aquellos libros fue un acontecimiento clamoroso», escribió Ginzburg. En ellos cobraba forma la frase y el logo de la casa editorial: «El espíritu digiere las cosas más difíciles». Más que una inscripción, era un propósito.Ante aquella mesa, incorporada a las oficinas en 1958, Calvino leyó cientos de manuscritos, escribió cartas, rechazó originales y marcó un rumbo dentro de la posguerra europea. Aún sentada a la mesa con el profesor Pinto, pensé en Einaudi y por supuesto en Feltrinelli, editorial de referencia convertida hoy en grupo empresarial. Giangiacomo Feltrinelli procedía de una de las familias más ricas de Italia. Había frecuentado las reuniones de Einaudi antes de fundar su propia editorial. Comunista militante, en 1957 publicó ‘El doctor Zhivago’, de Boris Pasternak , pese a las presiones soviéticas y del Partido Comunista Italiano. Un año después apareció ‘El Gatopardo’, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, una historia que Einaudi y Mondadori habían rechazado. Feltrinelli rompió con el partido, pero no con la política. Se aproximó a la Cuba de Fidel Castro y terminó fundando los Gruppi d’Azione Partigiana, una organización armada clandestina. Murió en 1972 durante una operación de sabotaje contra una torre eléctrica cerca de Milán. Einaudi nunca cruzó esa frontera, incluso podría decirse que fue cauto, pero ambos creyeron en la capacidad transformadora de la cultura en un momento en el que Europa había renegado de sí misma como civilización. Pienso en aquella mesa del número dos de Biancamano y en la conversación con Pinto. A mitad de camino entre una América que ahora delira en la dirección contraria y una Europa travestida en burocracia o naufragio, quizá convenga regresar a aquellas reuniones de los miércoles. A una mesa alrededor de la cual se sentaban hombres y mujeres que habían conocido la persecución, la cárcel y la guerra, y que todavía consideraban necesario discutir acerca de un libro. Quizá sea esa la única y verdadera lección que permanece: un lugar en el que puedan encontrarse los más disímiles, una reunión de los miércoles para todos los días de la semana.
La semana pasada, durante una cena, el profesor italiano Carmine Pinto convirtió el agua en vino. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Salerno y especialista en historia política, cultural y militar, Pinto hablaba de la singularidad del Partido Comunista Italiano. Nacido de … una escisión socialista, legitimado por la resistencia antifascista y dirigido durante décadas por Palmiro Togliatti, el PCI supo utilizar las instituciones democráticas sin romper con Moscú, hasta convertirse en la mayor fuerza comunista de Occidente. «Un fenómeno brillante y diabólico», según Pinto, que a mí me llevó hasta Turín, al número dos de la calle Biancamano, donde se encuentra la sede del sello Einaudi.
La primera vez que visité aquella casa editorial, con la que trabajo desde hace casi diez años y donde he publicado tres libros, pedí que me enseñaran la mesa. No cualquier mesa, sino aquella, ésa, la de madera lustrosa, alrededor de la cual se celebraban las famosas reuniones de los miércoles. Aquel comité editorial había reunido a Cesare Pavese, Natalia Ginzburg, Elio Vittorini y, más tarde, a Italo Calvino. Escritores, editores e intelectuales que compartían algo más que una idea de la literatura. Habían conocido el fascismo, la cárcel, la persecución y la guerra. Pertenecían a una generación tan desgraciada como excepcional.
«Si no es ahora, ¿cuándo?», dijo Giulio Einaudi cuando fundó el sello, en 1933. Era un hombre empeñado en extraer belleza y lucidez debajo de cada piedra de aquella Europa destruida. Aristócrata de modales refinados, vinculado a la cultura comunista italiana, supo reunir a quienes buscaban intuitivamente lo mismo. La editorial se convirtió en el arca del antifascismo intelectual, sin hipotecarse ideológicamente con obediencias partidistas entonces ineludibles. Habían sido años oscuros. Natalia Ginzburg había publicado entonces ‘El camino que va a la ciudad’. Su padre había pasado por la cárcel en 1934, acusado de subversión, y su marido, Leone Ginzburg, murió en 1944 después de las torturas sufridas a manos de los alemanes en Roma. Pavese había conocido el cerco político y Primo Levi regresaría de Auschwitz herido en su más honda humanidad. Aquellos hombres y mujeres, vapuleados y puestos a prueba por una Europa feroz, se sentaban a discutir sobre literatura con la experiencia de la catástrofe todavía en la piel. «En la vida italiana de aquellos años, desierta e inmóvil, la aparición de aquellos libros fue un acontecimiento clamoroso», escribió Ginzburg. En ellos cobraba forma la frase y el logo de la casa editorial: «El espíritu digiere las cosas más difíciles». Más que una inscripción, era un propósito.
Ante aquella mesa, incorporada a las oficinas en 1958, Calvino leyó cientos de manuscritos, escribió cartas, rechazó originales y marcó un rumbo dentro de la posguerra europea. Aún sentada a la mesa con el profesor Pinto, pensé en Einaudi y por supuesto en Feltrinelli, editorial de referencia convertida hoy en grupo empresarial. Giangiacomo Feltrinelli procedía de una de las familias más ricas de Italia. Había frecuentado las reuniones de Einaudi antes de fundar su propia editorial. Comunista militante, en 1957 publicó ‘El doctor Zhivago’, de Boris Pasternak, pese a las presiones soviéticas y del Partido Comunista Italiano. Un año después apareció ‘El Gatopardo’, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, una historia que Einaudi y Mondadori habían rechazado. Feltrinelli rompió con el partido, pero no con la política. Se aproximó a la Cuba de Fidel Castro y terminó fundando los Gruppi d’Azione Partigiana, una organización armada clandestina. Murió en 1972 durante una operación de sabotaje contra una torre eléctrica cerca de Milán. Einaudi nunca cruzó esa frontera, incluso podría decirse que fue cauto, pero ambos creyeron en la capacidad transformadora de la cultura en un momento en el que Europa había renegado de sí misma como civilización. Pienso en aquella mesa del número dos de Biancamano y en la conversación con Pinto. A mitad de camino entre una América que ahora delira en la dirección contraria y una Europa travestida en burocracia o naufragio, quizá convenga regresar a aquellas reuniones de los miércoles. A una mesa alrededor de la cual se sentaban hombres y mujeres que habían conocido la persecución, la cárcel y la guerra, y que todavía consideraban necesario discutir acerca de un libro. Quizá sea esa la única y verdadera lección que permanece: un lugar en el que puedan encontrarse los más disímiles, una reunión de los miércoles para todos los días de la semana.
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