No es la montaña más alta de los Alpes, pero sí la más impresionante. El Cervino, con la cumbre a 4.478 metros de altura, parece una pirámide. Y su leyenda aumenta la grandiosidad de esta mole, situada entre Suiza e Italia. Uno de los mejores viajes en ferrocarril que se pueden hacer en Europa es el trayecto entre St. Moritz y Zermatt, un recorrido de 290 kilómetros que el tren recorre en ocho horas.El Cervino aparece en la distancia como un gigante inaccesible que desafía las leyes de la física. No en vano los habitantes del lugar creían en su carácter maldito. Los vecinos de Zermatt aseguraban que los espíritus malignos habitan en su cima, habitualmente coronada por las nubes. Unos espíritus que provocan tormentas, aludes y repentinos cambios de tiempo cuando se enfadan.Hay al menos un tren diario entre St. Moritz y Zermatt con vagones de primera y segunda clase. La comida es servida en los asientos. En el menú casi siempre figura la bundnerfleisch, un plato de carne de ternera, que se degusta con una copa de vino blanco. Es también típica la sopa de cebada.El Glacier Express, la denominación de este ferrocarril, se inauguró en 1930. Fue uno de los primeros trenes eléctricos que circuló por el mundo. El proyecto exigió una hazaña de la ingeniería porque se construyeron 291 puentes y 91 túneles. El recorrido parte de St. Moritz, sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1928 y en 1948. La imagen más habitual es el momento en el que la locomotora cruza el viaducto de Landwasser, que se alza a casi 70 metros por encima de un río, sostenido por cinco arcos. No es aconsejable mirar hacia abajo a quienes sienten vértigo.Tras superar el viaducto, la línea sigue el curso de un río que serpentea un valle rematado por castillos que parecen sacados de un cuento de hadas. En Chur, la ciudad más antigua de Suiza y capital de los Grisones, hay una catedral datada en el siglo XII, junto al barroco edificio del obispado. Se sube luego al puerto de Oberalp, a más de 2.000 metros de altura, cerca del nacimiento del Rin. El tren para en la estación de Andermatt, un pueblo de postal, antes de internarse en el valle del Ródano, jalonado de chalés de madera. La última estación es Zermatt, cuya llegada es precedida por las exclamaciones de asombro al divisar el Cervino, llamado Matterhorn en alemán.El primero en subir a la cumbre fue el alpinista inglés Edward Whymper en 1865. Pagó un alto precio por su gesta porque cuatro expedicionarios murieron al romperse una cuerda. Se decía que sus voces podían ser escuchadas en las noches por quienes se aventurasen a acercarse al paraje. También había otra leyenda entre los pastores, que afirmaban haber visto fuego en la cima.El Glacier Express era en los años 30 un lugar de cita de las élites europeas. Mujeres elegantemente vestidas se subían a los vagones, escoltadas por el personal de servicio. Los viajeros llevaban una cesta con comida y bajaban en las paradas para hacer turismo.El Cervino, Mons Sylvius en latín, recibe su nombre de la expedición de Silvio Galba, un lugarteniente de Julio César, que llevó a cabo el encargo de buscar un paso entre la tierra de los alóbroges y el cantón de Valais. Ese paso era el puerto del Simplón.«Una combinación perfecta de lujo, comodidad y belleza», decía uno de los antiguos folletos de promoción de este ferrocarril, en cuyos vagones se subieron monarcas como Isabel II y Juan Carlos I, actores como Audrey Hepburn y Roger Moore y políticos como Adenauer. El Glacier Express sigue atrayendo a quienes buscan la emoción de lo singular. No es la montaña más alta de los Alpes, pero sí la más impresionante. El Cervino, con la cumbre a 4.478 metros de altura, parece una pirámide. Y su leyenda aumenta la grandiosidad de esta mole, situada entre Suiza e Italia. Uno de los mejores viajes en ferrocarril que se pueden hacer en Europa es el trayecto entre St. Moritz y Zermatt, un recorrido de 290 kilómetros que el tren recorre en ocho horas.El Cervino aparece en la distancia como un gigante inaccesible que desafía las leyes de la física. No en vano los habitantes del lugar creían en su carácter maldito. Los vecinos de Zermatt aseguraban que los espíritus malignos habitan en su cima, habitualmente coronada por las nubes. Unos espíritus que provocan tormentas, aludes y repentinos cambios de tiempo cuando se enfadan.Hay al menos un tren diario entre St. Moritz y Zermatt con vagones de primera y segunda clase. La comida es servida en los asientos. En el menú casi siempre figura la bundnerfleisch, un plato de carne de ternera, que se degusta con una copa de vino blanco. Es también típica la sopa de cebada.El Glacier Express, la denominación de este ferrocarril, se inauguró en 1930. Fue uno de los primeros trenes eléctricos que circuló por el mundo. El proyecto exigió una hazaña de la ingeniería porque se construyeron 291 puentes y 91 túneles. El recorrido parte de St. Moritz, sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1928 y en 1948. La imagen más habitual es el momento en el que la locomotora cruza el viaducto de Landwasser, que se alza a casi 70 metros por encima de un río, sostenido por cinco arcos. No es aconsejable mirar hacia abajo a quienes sienten vértigo.Tras superar el viaducto, la línea sigue el curso de un río que serpentea un valle rematado por castillos que parecen sacados de un cuento de hadas. En Chur, la ciudad más antigua de Suiza y capital de los Grisones, hay una catedral datada en el siglo XII, junto al barroco edificio del obispado. Se sube luego al puerto de Oberalp, a más de 2.000 metros de altura, cerca del nacimiento del Rin. El tren para en la estación de Andermatt, un pueblo de postal, antes de internarse en el valle del Ródano, jalonado de chalés de madera. La última estación es Zermatt, cuya llegada es precedida por las exclamaciones de asombro al divisar el Cervino, llamado Matterhorn en alemán.El primero en subir a la cumbre fue el alpinista inglés Edward Whymper en 1865. Pagó un alto precio por su gesta porque cuatro expedicionarios murieron al romperse una cuerda. Se decía que sus voces podían ser escuchadas en las noches por quienes se aventurasen a acercarse al paraje. También había otra leyenda entre los pastores, que afirmaban haber visto fuego en la cima.El Glacier Express era en los años 30 un lugar de cita de las élites europeas. Mujeres elegantemente vestidas se subían a los vagones, escoltadas por el personal de servicio. Los viajeros llevaban una cesta con comida y bajaban en las paradas para hacer turismo.El Cervino, Mons Sylvius en latín, recibe su nombre de la expedición de Silvio Galba, un lugarteniente de Julio César, que llevó a cabo el encargo de buscar un paso entre la tierra de los alóbroges y el cantón de Valais. Ese paso era el puerto del Simplón.«Una combinación perfecta de lujo, comodidad y belleza», decía uno de los antiguos folletos de promoción de este ferrocarril, en cuyos vagones se subieron monarcas como Isabel II y Juan Carlos I, actores como Audrey Hepburn y Roger Moore y políticos como Adenauer. El Glacier Express sigue atrayendo a quienes buscan la emoción de lo singular.
No es la montaña más alta de los Alpes, pero sí la más impresionante. El Cervino, con la cumbre a 4.478 metros de altura, parece una pirámide. Y su leyenda aumenta la grandiosidad de esta mole, situada entre Suiza e Italia. Uno de los … mejores viajes en ferrocarril que se pueden hacer en Europa es el trayecto entre St. Moritz y Zermatt, un recorrido de 290 kilómetros que el tren recorre en ocho horas.
El Cervino aparece en la distancia como un gigante inaccesible que desafía las leyes de la física. No en vano los habitantes del lugar creían en su carácter maldito. Los vecinos de Zermatt aseguraban que los espíritus malignos habitan en su cima, habitualmente coronada por las nubes. Unos espíritus que provocan tormentas, aludes y repentinos cambios de tiempo cuando se enfadan.
Hay al menos un tren diario entre St. Moritz y Zermatt con vagones de primera y segunda clase. La comida es servida en los asientos. En el menú casi siempre figura la bundnerfleisch, un plato de carne de ternera, que se degusta con una copa de vino blanco. Es también típica la sopa de cebada.
El Glacier Express, la denominación de este ferrocarril, se inauguró en 1930. Fue uno de los primeros trenes eléctricos que circuló por el mundo. El proyecto exigió una hazaña de la ingeniería porque se construyeron 291 puentes y 91 túneles. El recorrido parte de St. Moritz, sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1928 y en 1948. La imagen más habitual es el momento en el que la locomotora cruza el viaducto de Landwasser, que se alza a casi 70 metros por encima de un río, sostenido por cinco arcos. No es aconsejable mirar hacia abajo a quienes sienten vértigo.
Tras superar el viaducto, la línea sigue el curso de un río que serpentea un valle rematado por castillos que parecen sacados de un cuento de hadas. En Chur, la ciudad más antigua de Suiza y capital de los Grisones, hay una catedral datada en el siglo XII, junto al barroco edificio del obispado. Se sube luego al puerto de Oberalp, a más de 2.000 metros de altura, cerca del nacimiento del Rin. El tren para en la estación de Andermatt, un pueblo de postal, antes de internarse en el valle del Ródano, jalonado de chalés de madera. La última estación es Zermatt, cuya llegada es precedida por las exclamaciones de asombro al divisar el Cervino, llamado Matterhorn en alemán.
El primero en subir a la cumbre fue el alpinista inglés Edward Whymper en 1865. Pagó un alto precio por su gesta porque cuatro expedicionarios murieron al romperse una cuerda. Se decía que sus voces podían ser escuchadas en las noches por quienes se aventurasen a acercarse al paraje. También había otra leyenda entre los pastores, que afirmaban haber visto fuego en la cima.
El Glacier Express era en los años 30 un lugar de cita de las élites europeas. Mujeres elegantemente vestidas se subían a los vagones, escoltadas por el personal de servicio. Los viajeros llevaban una cesta con comida y bajaban en las paradas para hacer turismo.
El Cervino, Mons Sylvius en latín, recibe su nombre de la expedición de Silvio Galba, un lugarteniente de Julio César, que llevó a cabo el encargo de buscar un paso entre la tierra de los alóbroges y el cantón de Valais. Ese paso era el puerto del Simplón.
«Una combinación perfecta de lujo, comodidad y belleza», decía uno de los antiguos folletos de promoción de este ferrocarril, en cuyos vagones se subieron monarcas como Isabel II y Juan Carlos I, actores como Audrey Hepburn y Roger Moore y políticos como Adenauer. El Glacier Express sigue atrayendo a quienes buscan la emoción de lo singular.
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