El primer pensador que habla de la defunción de la novela es Ortega y Gasset , en ‘Ideas sobre la novela’ (1925) y ‘La deshumanización del arte’ (1925). Sostiene que la novela ha agotado sus posibilidades ya que no puede crear tramas nuevas desde el realismo psicológico, así que plantea una crisis de genero. Walter Benjamin en el ensayo ‘El narrador’ incide en la crisis de la experiencia narrativa de la modernidad, que ya no puede compartir la propia experiencia. Benedicto Croce afirma que las formas literarias no progresan sino que se agotan. Lo peor es que ninguno de los tres, y muchos más, es un indigente intelectual. Desde hace más de un siglo, la novela ha sido declarada difunta en diversas ocasiones. Cada nueva tecnología nutre el diagnóstico fúnebre. En cambio, al igual que los personajes inmortales, en nuestra lengua Alonso Quijano, se resiste a asistir a su entierro prematuro. No muere, no, se transforma, con lo que, al hilo de los tiempos y las modas, se eleva, siendo tan palpable como su método más universal, el guion cinematográfico y, a una escala menor, el libreto de teatro. La idea de que la novela es un enfermo terminal se rige por la fragmentación contemporánea basada en las redes sociales, que también lo desmiente. Ahora lo más es quedar en grupo a leer, siendo también la novela un artefacto anacrónico, demasiado exigente para una época que privilegia la inmediatez. A esto se suma la percepción de que todo ya ha sido contado y que las grandes historias, los grandes estilos y los grandes temas han agotado su potencial. Que se lo pregunten al Capitán Alatriste y a Quevedo, su compañero de aventuras. La novela moderna nació como un género híbrido, flexible, capaz de absorber discursos ajenos: cartas, diarios, crónicas, ensayos. Hoy continúa esa tradición al dialogar con el cine, las series, los videojuegos y la cultura digital. Así que la novela le habla de tú a tú a las nuevas tecnologías, las desafía y gana en el lance. La novela contemporánea puede ser fragmentaria, polifónica, breve o expansiva; puede renunciar a la trama clásica o reinventarla desde nuevas perspectivas. Tal es su sabiduría de siglos y su fortaleza. Pese a lo que muchos sostengan, la novela reina y sigue siendo hegemónica, quiere decirse, conserva su centralidad, ser la madre de las demás artes de narrar en el soporte que sea. Sigan leyendo y regalando libros. El primer pensador que habla de la defunción de la novela es Ortega y Gasset , en ‘Ideas sobre la novela’ (1925) y ‘La deshumanización del arte’ (1925). Sostiene que la novela ha agotado sus posibilidades ya que no puede crear tramas nuevas desde el realismo psicológico, así que plantea una crisis de genero. Walter Benjamin en el ensayo ‘El narrador’ incide en la crisis de la experiencia narrativa de la modernidad, que ya no puede compartir la propia experiencia. Benedicto Croce afirma que las formas literarias no progresan sino que se agotan. Lo peor es que ninguno de los tres, y muchos más, es un indigente intelectual. Desde hace más de un siglo, la novela ha sido declarada difunta en diversas ocasiones. Cada nueva tecnología nutre el diagnóstico fúnebre. En cambio, al igual que los personajes inmortales, en nuestra lengua Alonso Quijano, se resiste a asistir a su entierro prematuro. No muere, no, se transforma, con lo que, al hilo de los tiempos y las modas, se eleva, siendo tan palpable como su método más universal, el guion cinematográfico y, a una escala menor, el libreto de teatro. La idea de que la novela es un enfermo terminal se rige por la fragmentación contemporánea basada en las redes sociales, que también lo desmiente. Ahora lo más es quedar en grupo a leer, siendo también la novela un artefacto anacrónico, demasiado exigente para una época que privilegia la inmediatez. A esto se suma la percepción de que todo ya ha sido contado y que las grandes historias, los grandes estilos y los grandes temas han agotado su potencial. Que se lo pregunten al Capitán Alatriste y a Quevedo, su compañero de aventuras. La novela moderna nació como un género híbrido, flexible, capaz de absorber discursos ajenos: cartas, diarios, crónicas, ensayos. Hoy continúa esa tradición al dialogar con el cine, las series, los videojuegos y la cultura digital. Así que la novela le habla de tú a tú a las nuevas tecnologías, las desafía y gana en el lance. La novela contemporánea puede ser fragmentaria, polifónica, breve o expansiva; puede renunciar a la trama clásica o reinventarla desde nuevas perspectivas. Tal es su sabiduría de siglos y su fortaleza. Pese a lo que muchos sostengan, la novela reina y sigue siendo hegemónica, quiere decirse, conserva su centralidad, ser la madre de las demás artes de narrar en el soporte que sea. Sigan leyendo y regalando libros. El primer pensador que habla de la defunción de la novela es Ortega y Gasset , en ‘Ideas sobre la novela’ (1925) y ‘La deshumanización del arte’ (1925). Sostiene que la novela ha agotado sus posibilidades ya que no puede crear tramas nuevas desde el realismo psicológico, así que plantea una crisis de genero. Walter Benjamin en el ensayo ‘El narrador’ incide en la crisis de la experiencia narrativa de la modernidad, que ya no puede compartir la propia experiencia. Benedicto Croce afirma que las formas literarias no progresan sino que se agotan. Lo peor es que ninguno de los tres, y muchos más, es un indigente intelectual. Desde hace más de un siglo, la novela ha sido declarada difunta en diversas ocasiones. Cada nueva tecnología nutre el diagnóstico fúnebre. En cambio, al igual que los personajes inmortales, en nuestra lengua Alonso Quijano, se resiste a asistir a su entierro prematuro. No muere, no, se transforma, con lo que, al hilo de los tiempos y las modas, se eleva, siendo tan palpable como su método más universal, el guion cinematográfico y, a una escala menor, el libreto de teatro. La idea de que la novela es un enfermo terminal se rige por la fragmentación contemporánea basada en las redes sociales, que también lo desmiente. Ahora lo más es quedar en grupo a leer, siendo también la novela un artefacto anacrónico, demasiado exigente para una época que privilegia la inmediatez. A esto se suma la percepción de que todo ya ha sido contado y que las grandes historias, los grandes estilos y los grandes temas han agotado su potencial. Que se lo pregunten al Capitán Alatriste y a Quevedo, su compañero de aventuras. La novela moderna nació como un género híbrido, flexible, capaz de absorber discursos ajenos: cartas, diarios, crónicas, ensayos. Hoy continúa esa tradición al dialogar con el cine, las series, los videojuegos y la cultura digital. Así que la novela le habla de tú a tú a las nuevas tecnologías, las desafía y gana en el lance. La novela contemporánea puede ser fragmentaria, polifónica, breve o expansiva; puede renunciar a la trama clásica o reinventarla desde nuevas perspectivas. Tal es su sabiduría de siglos y su fortaleza. Pese a lo que muchos sostengan, la novela reina y sigue siendo hegemónica, quiere decirse, conserva su centralidad, ser la madre de las demás artes de narrar en el soporte que sea. Sigan leyendo y regalando libros. RSS de noticias de cultura
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