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  Internacional  La palabra del año: desregular
Internacional

La palabra del año: desregular

febrero 14, 2026
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Alternativlos, no hay alternativa, fue la palabra del año en Alemania en 2010, en el punto álgido de la Gran Recesión. No había alternativa a la austeridad, que Berlín impuso a Europa con un cóctel salvaje de reformas y recortes. Los historiadores consideran que ese es uno de los mayores errores de política económica de todos los tiempos. El consenso de Berlín fue salvar a los bancos con paletadas de dinero público, imponer el austericidio a todo el continente y, solo cuando todo se iba al garete, dejar que el Banco Central Europeo pusiera en marcha las impresoras de billetes como si al dinero le faltara poco para pasar de moda. La que era, es y será la crisis de nuestras vidas —porque no ha terminado, pero esa es otra historia— se resolvió con parches, o no se resolvió, y provocó daños en el poder adquisitivo que explican, en buena parte, el reflujo gastroesofágico, también llamado ardor de estómago, de los populismos. Mientras Europa se caía a pedazos, a Alemania no le fue nada mal. Pero aquel empacho de ideología en forma de neomercantilismo y ordoliberalismo se le acabó atragantando: a Berlín también se le vieron las costuras cuando se quedó sin energía barata de Rusia, su industria empezó a sufrir las dentelladas de la revolución tecnológica y se desvaneció el escudo de seguridad de Estados Unidos. Hoy, Alemania está en plena crisis estructural. Sufre para sacar la cabeza de un estancamiento que dura ya un lustro. Y está a punto de imponer a Europa un nuevo diktat económico, tan discutible como el de 2010.

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 Alemania impone sin oposición en Bruselas el ‘diktat’ de la simplificación normativa, tan equivocado como la austeridad de hace 15 años  

Alternativlos, no hay alternativa, fue la palabra del año en Alemania en 2010, en el punto álgido de la Gran Recesión. No había alternativa a la austeridad, que Berlín impuso a Europa con un cóctel salvaje de reformas y recortes. Los historiadores consideran que ese es uno de los mayores errores de política económica de todos los tiempos. El consenso de Berlín fue salvar a los bancos con paletadas de dinero público, imponer el austericidio a todo el continente y, solo cuando todo se iba al garete, dejar que el Banco Central Europeo pusiera en marcha las impresoras de billetes como si al dinero le faltara poco para pasar de moda. La que era, es y será la crisis de nuestras vidas —porque no ha terminado, pero esa es otra historia— se resolvió con parches, o no se resolvió, y provocó daños en el poder adquisitivo que explican, en buena parte, el reflujo gastroesofágico, también llamado ardor de estómago, de los populismos. Mientras Europa se caía a pedazos, a Alemania no le fue nada mal. Pero aquel empacho de ideología en forma de neomercantilismo y ordoliberalismo se le acabó atragantando: a Berlín también se le vieron las costuras cuando se quedó sin energía barata de Rusia, su industria empezó a sufrir las dentelladas de la revolución tecnológica y se desvaneció el escudo de seguridad de Estados Unidos. Hoy, Alemania está en plena crisis estructural. Sufre para sacar la cabeza de un estancamiento que dura ya un lustro. Y está a punto de imponer a Europa un nuevo diktat económico, tan discutible como el de 2010.

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En Bruselas lo llaman “simplificación normativa”, pero en realidad estamos ante la palabra del año 2026: desregulación. Simplificar es eliminar redundancias normativas inútiles, y así quitar lastres a una economía que necesita imperiosamente despegar. Pero desregular es una bestia más fea, de genética neocon: es desproteger, es quedarse a la intemperie ante futuras crisis, con la sospecha, además, de que tras esa carcasa se esconden los intereses nacionales de Alemania. Desregulación es, por ejemplo, dejar atrás parte de la agenda verde para suavizar el batacazo de su industria automovilística. O reformar los mercados de emisiones ante unos costes energéticos que laminan la competitividad de sus empresas.

Generalmente, cuando la economía de un país se queda atrás hay que invertir y diversificar: los alemanes creen que el bálsamo de fierabrás es desregular como si no hubiera un mañana, con esa mezcla de Thatcher (por lo neoliberal) y Merkel (por lo egoistón) que destila al canciller Friedrich Merz. Ex de Blackrock, para más señas.

La Europa alemana que nos ha tocado vivir tiene un despiste considerable. Se le pide de forma acuciante rumbo estratégico y liderazgo; de eso no hay. El eje francoalemán ha desaparecido: si Berlín ha sacado la bandera de la simplificación normativa (en un continente que siempre fue, paradójicamente, una potencia normativa), París agarra la de las políticas proteccionistas y promueve los eurobonos, la deuda común, pero ahí el portazo de Alemania ha sido automático.

“No apoyaré la idea de los eurobonos. No quiero hacerlo, y aunque quisiera no podría por los límites impuestos por el Tribunal Constitucional”, ha dicho Merz. Esa apelación al Constitucional no puede ser más tramposa: Berlín se ha saltado sus propias normas cuando le ha convenido; lo está haciendo hoy, con un estímulo fiscal enorme para tratar de paliar su declive industrial.

Alemania, en fin, quiere desregular, para lo que cuenta con la Italia de Meloni, con los países del Este y con sus socios tradicionales. Francia pretende proteger su industria, con el respaldo de los países más críticos con China, y eurobonos, para los que cuenta con el apoyo de España. Ante esa nueva constelación de alianzas, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, está justo en medio, haciendo la esfinge. La desregulación y las medidas proteccionistas están en marcha; no parece posible sacar adelante aún la deuda común sin esa sensación de final de los tiempos que tuvimos con la pandemia o la necesidad de no dejar tirada a Ucrania. Lo extraño es que estamos al borde del abismo, con una Rusia amenazadora, con Estados Unidos dinamitando todos los puentes y con China embalsando un superávit comercial, de más de un billón de dólares al año, que provoca graves desequilibrios.

La solución alemana es gastar en casa y desregular en la UE. Nadie le tose en Bruselas por la parte económica, a pesar de las brutales ayudas de Estado que alteran la competencia; ni por la parte de defensa, a pesar de que los socios le van a obligar a ceder en otras agendas si quiere, como dice, el ejército más poderoso del continente. Y esta semana queda claro que en la desregulación tampoco le va a toser nadie.

Desregular por desregular no va a generar crecimiento, y sin crecimiento la UE corre el riesgo de mayor desestabilización política y de perder aún más peso en la geopolítica global. Para crecer hay que invertir, hay que acabar con los agujeros del mercado único, hay que crear una unión de mercado de capitales digna de ese nombre. Y para apuntalar la seguridad hay que gastar en una defensa común, no en 27 ejércitos poco compatibles entre sí. Pero no, lo que vamos a hacer es desregular. Y cuando lo hagamos se abrirá ante nosotros una nueva era de radiantes colores, nos dice Europa con un acento alemán metálico que recuerda a aquel nefasto alternativlos de la austeridad supuestamente expansiva. La nueva era: la vieja desventura.

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