Después de semanas en chanclas, a mis pies les cuesta adaptarse al abrigo del zapato. Mis hombros no soportan el peso de las camisas. He vuelto a Madrid con las rutinas deshilachadas, el ritmo desfondado, y me cuesta encajar en una rutina que me resulta ajena. Es como probarse el jersey de otra persona: me queda pequeño, me pica y tiene un olor raro que no termino de identificar. Yo, que ya me había acostumbrado al aperitivo de media mañana, lo tengo que cambiar ahora por el café. El chapuzón de primera hora por los viajes en metro. Los castillos de arena por castillos de naipes.
No hay adaptación sin conciliación. Así que sería una buena idea exportar esta práctica de la educación infantil a los entornos laborales
Después de semanas en chanclas, a mis pies les cuesta adaptarse al abrigo del zapato. Mis hombros no soportan el peso de las camisas. He vuelto a Madrid con las rutinas deshilachadas, el ritmo desfondado, y me cuesta encajar en una rutina que me resulta ajena. Es como probarse el jersey de otra persona: me queda pequeño, me pica y tiene un olor raro que no termino de identificar. Yo, que ya me había acostumbrado al aperitivo de media mañana, lo tengo que cambiar ahora por el café. El chapuzón de primera hora por los viajes en metro. Los castillos de arena por castillos de naipes.
Para los niños es más fácil la adaptación. Tienen ellos una semana dedicada a tales menesteres, para garantizar una descompresión lenta después de meses flotando en la anarquía playera. Lo de la adaptación es algo que suena genial en teoría, pero demuestra ciertas carencias prácticas. Porque los padres volvemos al trabajo a las bravas, depresión postvacacional mediante. Mientras tanto, el niño va una hora a la escuelita el primer día, dos horas el segundo y así sucesivamente, a menos que el llanto o las rabietas precipiten su salida antes de tiempo. Les pregunté a las maestras, teniendo en cuenta la temperatura del cole, si todo esto era para inducir el síndrome de la rana hervida, y me miraron como a un demente.
Mi hijo empieza su adaptación la semana que viene porque es nuevo. No terminará de estar adaptado hasta el 21 de septiembre. Calculo que para entonces yo estaré empezando mi proceso de adaptación al paro. Me consolará encontrarme ahí con muchos padres en mi situación.
No me malinterpreten, yo estoy súper a favor de la adaptación. De hecho, soy tan partidario que la extendería a la etapa laboral. Que el uno de septiembre empezáramos todos acudiendo una hora a nuestro centro de trabajo, para no sentirnos tan desubicados. El CEO de la empresa vendría a darnos la bienvenida a la puerta del edificio, preguntando qué tal las vacaciones. Intentaría poner algo de orden en oficinas caóticas, todos los trabajadores gritando, mordiendo y llorando. Que la adaptación no fuera un proceso lineal y rígido y se ajustara a los tiempos de cada uno. Si esos primeros días, después de repasar los miles de emails atrasados, te pusieras a llorar desconsoladamente, tu jefe podría llamar a un amigo o tutor para que viniera a recogerte. “Es que está desregulado, el pobre, aún tiene los horarios cambiados”, diría. Y tus colegas te llevarían a la piscina o al bar, a que se te pase la rabieta con una cerveza.
Creo que esta es la siguiente frontera sindical. Pero mientras no la conquistemos, el periodo de adaptación infantil me parece una quimera. Porque no hay adaptación sin conciliación. Y en un mundo de madres solteras, de parejas trabajadoras, con abuelos mayores y trabajos demandantes, es poco realista proponer que los niños no se incorporen plenamente al colegio hasta mediados o finales de septiembre.
Tener un hijo es llegar tarde a todos lados. Hay una personita que depende enteramente de ti y eso te hace depender a la vez de otros. Y tiras de la red todo lo que esta da de sí. La tejes o la improvisas si hace falta. Creo que, cuando mi hijo empiece por fin en su escuela, abrazará la rutina con fervor y se tragará las lágrimas solo para no tener que lidiar con un nuevo cuidador de emergencia.
En momentos como este me gustaría ser amo y padrón, no tanto de mi casa como de mi vida. Dedicarme a mis labores y no a las que me manda mi jefe. Paternar sin más prioridades que el bienestar de mi hijo. Redescubrir con él los nuevos significados de las cosas viejas, disfrutar a través de sus vivencias, como una forma de regreso. Como si la vida me diera una segunda oportunidad.
Pero tengo la fea costumbre de necesitar dinero, así que no puedo. Y sé que soy afortunado. Pienso en cómo lo hacen todos aquellos que no tienen una familia extensa para ayudar, dinero para pagar a una canguro o la flexibilidad de unos jefes comprensivos. Y me sorprende lo agresivo y mal pensado que está el sistema, con unas vacaciones de los niños que no cuadran con las de sus padres. Con escuelas infantiles insuficientes, sostenidas por un profesorado agotado y al límite. Con un sistema despiadado que no está pensado para los cuidados. Apuntamos a los niños a extraescolares no por el convencimiento de que les harán bien, sino por encontrar un lugar donde estén monitoreados y seguros mientras seguimos trabajando. Para que se desahoguen y lleguen a casa tan cansados como nosotros. Y nos sentimos culpables y abatidos. Todo esto es evidente durante todo el año, pero se hace más patente en septiembre, cuando empezamos un proceso de adaptación y la rutina aprieta, como unos mocasines recien estrenados.
