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  Cultura  Las lágrimas de Aníbal (sobre la Guerra Civil)
Cultura

Las lágrimas de Aníbal (sobre la Guerra Civil)

febrero 2, 2026
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Fabrizio del Dongo se perdió en Waterloo sin saber que estaba en pleno Waterloo y el Rey Aníbal , al final de cada una de sus batallas, lloraba por todos y cada uno de los muertos. Lloraba por los que habían caído de entre los suyos y lloraba, sobre todo, por sus enemigos muertos. Aunque sólo fuera por eso –y por el llanto cantado de Dido en la obra de Purcell– Cartago quedaría exonerada de la mala fama fenicia, esparcida desde antiguo a lo largo y ancho del Mediterráneo. Llorar por el amante que se va puede ser una obra de arte –al menos sustenta gran parte de la poesía amorosa tanto de Oriente como de Occidente–-, pero llorar por el enemigo al que se ha enviado a la muerte quizá sea hoy un acto de cinismo mafioso, pero en tiempos de Aníbal lo era de nobleza. La que tiene la vida en sí misma, la que puede tener una amante que se sacrifica, la que tenía sin duda Aníbal, al pasear entre los muertos y llorar por ellos como quien musita una oración.No sabemos si en nuestra última guerra civil hubo algún Aníbal, pero lo que es seguro es que en su último aniversario no. En el verano de 1986 se conmemoraron los cincuenta años de su comienzo y hubo bastante más sensatez y sentido del equilibrio en esa conmemoración –hablo de artículos y declaraciones en periódicos, revistas y programas televisivos– que en la de este año, cuando hace ya setenta del desastre. Resulta paradójico, pero habrá que pensar en una relación directa entre los supervivientes de una guerra y la capacidad desapasionada de interpretación de la misma. Hoy ya quedan muy pocos de los que la protagonizaron y quizá éste sea el motivo por el cual aquella sensatez del 86 –cuando todavía vivían bastantes de los que participaron en ella y a memoria lo era de verdad– se haya transmutado este año en cierta inconsciencia lamentable, tan alejada del espíritu de Aníbal y tan cercana al extravío de Fabrizio del Dongo.Noticia Relacionada JOSÉ F. PELÁEZ opinion Si Las tres muertes de Unamuno José F. PeláezEn la vida resulta bastante molesto cuando alguien te cuenta cómo fue una época que tú viviste y por eso sabes que el que te la cuenta no la vivió. Sabes que éste no estuvo ahí precisamente porque tú estabas. Y entonces ironizas sobre sus palabras de falsario, callas –eso depende del humor–, o desenvainas el florete imaginario y le haces un siete en su camisa de fantasma al charlatán. Supongo que cuando lo que se vivió fue el horror de una guerra civil, ante la interpretación de los que no la vivieron sólo queda el silencio. Yo pertenezco a una generación que no vivió la guerra pero que aún creció a su sombra. Habíamos nacido en una sociedad que sabía hasta dónde era capaz de llegar el ser humano y eso se notaba en los silencios. O en la noción de penitencia. O en la existencia social del miedo. Nunca, por ejemplo, jugamos a la Guerra Civil en los patios del colegio y sí a la II Guerra Mundial , que fue posterior. Nunca fuimos republicanos o nacionales, rojos o azules, y sí en cambio alemanes o aliados. Nunca tuvimos soldados de goma que representaran las tropas de Miaja o Rojo o Franco o Varela. Jamás. Y sí las de Rommel o Montgomery. Sólo es un ejemplo pero serviría para proyectarlo hacia adelante y referirse a otras conductas, ya no de niñez, sino de juventud (ciertos males que se abatieron sobre mi generación) que en el fondo tenían, aunque no lo pareciera, una relación directa con el hecho de haber crecido a la sombra de una guerra civil. En fin, ceremonias de adiós a tantas cosas que quedaron atrás…Pero haber vivido una guerra sitúa en primer plano del individuo el fenómeno de la conciencia. Para que le atormente a uno cíclicamente o durante toda su vida, para que la anestesie temporal o definitivamente, o para que la mate sin más o acabe matándole a él. Pues ocurre con la conciencia que tiene más de una vida y que no siempre es manejable por su dueño. Y este detalle –que sólo pertenece a las generaciones que provocaron y padecieron una guerra– es esencial, me parece, a la hora de revisar la guerra civil. Y este detalle no se ve ahora por ninguna parte. Sí en cambio cierta tendencia al maniqueísmo y a juzgar, olvidando, que cuando estalla una guerra civil ya no habrá bando bueno y bando malo, porque antes se ha acabado con eso para preparar convenientemente el drama y la salvajada. Buenos son las víctimas y malos los verdugos y de ambos hubo en ambos lados, cosa que por supuesto no justifica, ni redime la vileza en ninguna de las partes. En la vida resulta bastante molesto cuando alguien te cuenta cómo fue una época que tú viviste y por eso sabes que el que te la cuenta no la vivió. Sabes que éste no estuvo ahí precisamente porque tú estabasEste mismo verano un exministro aficionado a la grandilocuencia emulaba al Papa en Auschwitz –que a su vez recogía una de las grandes cuestiones de la filosofía del siglo XX–, preguntándose dónde estaba Dios cuando estalló la guerra civil. Por supuesto no tengo ni idea pero sospecho que, simplemente, no estaba. Y no estaba porque entre todos lo habían así dispuesto al preparar el festín de sangre. Nietzsche enterrándolo; unos negándolo –o atacándolo– y otros tomando su nombre en vano para su propio beneficio. Y los demás padeciendo el crimen preparado por todos esos brujos y aprendices de lo mismo, a los que la vida –salvo la propia– importaba bien poco. Lo que quedara de Dios en la España de los treinta –al menos del Dios del Nuevo Testamento– seguro que estaba en las cárceles, las chekas, las plazas de toros, las cunetas y las tapias de los cementerios: junto a los que sufrían. Y en eso tan difícil que se llama bondad, que también la hubo y más de lo que creemos. Pero no en los desfiles, ni en los decretos, ni en los festejos, macabros o no.Una guerra civil es cosa de los que la hicieron –de la sociedad que enfermó hasta enfrentarse de esa manera, de su derrota moral y de su pulsión de caos y muerte–, aunque no todos los que la hicieron, a la fuerza y en un bando ú otro, fueran culpables de que esa guerra se produjera, ni se comportaran luego con maldad o ignominia. Lo son, sobre todo, dirigentes, agitadores, conspiradores, resentidos, dogmáticos y pescadores en río revuelto desencadenando el mal, que es imparable. Pero la sombra de una guerra civil, en cambio, persigue como una fatalidad a las siguientes generaciones. Que sea desde la afirmación o la negación de la Historia –según Gibbon, «poco más que el registro de los crímenes, locuras y desgracias de la humanidad»– es lo de menos. Lo importante, lo triste, es la densidad de esa sombra que contamina. Como contamina un cadáver que se desentierra sin la debida profilaxis. Y en este aniversario ha dado la impresión de que nos hemos olvidado los guantes y, de paso, la memoria: esa que dicta en una antigua tumba de guerreros chinos: «Recordad: vuestros abuelos hicieron la guerra para que vosotros no tuvierais que hacerla nunca».El espíritu de esa estela funeraria china se ha empañado caprichosamente y la guerra de las esquelas –nada ajena al actual revisionismo histórico su ostentación– nos ha recordado lo fácil que es sumergirse en el patio oscuro de la infamia. Hemos sido como Fabrizio del Dongo entre los destellos impresionistas del cuadro. Un cuadro que aún nos angustia. Aturdidos, desconcertados, sorprendidos, sin poder entender que ocurriera de repente lo que estaba ocurriendo. Eso quenunca, antes, había pasado. De ahí que añoremos las lágrimas de Aníbal, como al final del verano las lluvias.José Carlos Llop es escritor Fabrizio del Dongo se perdió en Waterloo sin saber que estaba en pleno Waterloo y el Rey Aníbal , al final de cada una de sus batallas, lloraba por todos y cada uno de los muertos. Lloraba por los que habían caído de entre los suyos y lloraba, sobre todo, por sus enemigos muertos. Aunque sólo fuera por eso –y por el llanto cantado de Dido en la obra de Purcell– Cartago quedaría exonerada de la mala fama fenicia, esparcida desde antiguo a lo largo y ancho del Mediterráneo. Llorar por el amante que se va puede ser una obra de arte –al menos sustenta gran parte de la poesía amorosa tanto de Oriente como de Occidente–-, pero llorar por el enemigo al que se ha enviado a la muerte quizá sea hoy un acto de cinismo mafioso, pero en tiempos de Aníbal lo era de nobleza. La que tiene la vida en sí misma, la que puede tener una amante que se sacrifica, la que tenía sin duda Aníbal, al pasear entre los muertos y llorar por ellos como quien musita una oración.No sabemos si en nuestra última guerra civil hubo algún Aníbal, pero lo que es seguro es que en su último aniversario no. En el verano de 1986 se conmemoraron los cincuenta años de su comienzo y hubo bastante más sensatez y sentido del equilibrio en esa conmemoración –hablo de artículos y declaraciones en periódicos, revistas y programas televisivos– que en la de este año, cuando hace ya setenta del desastre. Resulta paradójico, pero habrá que pensar en una relación directa entre los supervivientes de una guerra y la capacidad desapasionada de interpretación de la misma. Hoy ya quedan muy pocos de los que la protagonizaron y quizá éste sea el motivo por el cual aquella sensatez del 86 –cuando todavía vivían bastantes de los que participaron en ella y a memoria lo era de verdad– se haya transmutado este año en cierta inconsciencia lamentable, tan alejada del espíritu de Aníbal y tan cercana al extravío de Fabrizio del Dongo.Noticia Relacionada JOSÉ F. PELÁEZ opinion Si Las tres muertes de Unamuno José F. PeláezEn la vida resulta bastante molesto cuando alguien te cuenta cómo fue una época que tú viviste y por eso sabes que el que te la cuenta no la vivió. Sabes que éste no estuvo ahí precisamente porque tú estabas. Y entonces ironizas sobre sus palabras de falsario, callas –eso depende del humor–, o desenvainas el florete imaginario y le haces un siete en su camisa de fantasma al charlatán. Supongo que cuando lo que se vivió fue el horror de una guerra civil, ante la interpretación de los que no la vivieron sólo queda el silencio. Yo pertenezco a una generación que no vivió la guerra pero que aún creció a su sombra. Habíamos nacido en una sociedad que sabía hasta dónde era capaz de llegar el ser humano y eso se notaba en los silencios. O en la noción de penitencia. O en la existencia social del miedo. Nunca, por ejemplo, jugamos a la Guerra Civil en los patios del colegio y sí a la II Guerra Mundial , que fue posterior. Nunca fuimos republicanos o nacionales, rojos o azules, y sí en cambio alemanes o aliados. Nunca tuvimos soldados de goma que representaran las tropas de Miaja o Rojo o Franco o Varela. Jamás. Y sí las de Rommel o Montgomery. Sólo es un ejemplo pero serviría para proyectarlo hacia adelante y referirse a otras conductas, ya no de niñez, sino de juventud (ciertos males que se abatieron sobre mi generación) que en el fondo tenían, aunque no lo pareciera, una relación directa con el hecho de haber crecido a la sombra de una guerra civil. En fin, ceremonias de adiós a tantas cosas que quedaron atrás…Pero haber vivido una guerra sitúa en primer plano del individuo el fenómeno de la conciencia. Para que le atormente a uno cíclicamente o durante toda su vida, para que la anestesie temporal o definitivamente, o para que la mate sin más o acabe matándole a él. Pues ocurre con la conciencia que tiene más de una vida y que no siempre es manejable por su dueño. Y este detalle –que sólo pertenece a las generaciones que provocaron y padecieron una guerra– es esencial, me parece, a la hora de revisar la guerra civil. Y este detalle no se ve ahora por ninguna parte. Sí en cambio cierta tendencia al maniqueísmo y a juzgar, olvidando, que cuando estalla una guerra civil ya no habrá bando bueno y bando malo, porque antes se ha acabado con eso para preparar convenientemente el drama y la salvajada. Buenos son las víctimas y malos los verdugos y de ambos hubo en ambos lados, cosa que por supuesto no justifica, ni redime la vileza en ninguna de las partes. En la vida resulta bastante molesto cuando alguien te cuenta cómo fue una época que tú viviste y por eso sabes que el que te la cuenta no la vivió. Sabes que éste no estuvo ahí precisamente porque tú estabasEste mismo verano un exministro aficionado a la grandilocuencia emulaba al Papa en Auschwitz –que a su vez recogía una de las grandes cuestiones de la filosofía del siglo XX–, preguntándose dónde estaba Dios cuando estalló la guerra civil. Por supuesto no tengo ni idea pero sospecho que, simplemente, no estaba. Y no estaba porque entre todos lo habían así dispuesto al preparar el festín de sangre. Nietzsche enterrándolo; unos negándolo –o atacándolo– y otros tomando su nombre en vano para su propio beneficio. Y los demás padeciendo el crimen preparado por todos esos brujos y aprendices de lo mismo, a los que la vida –salvo la propia– importaba bien poco. Lo que quedara de Dios en la España de los treinta –al menos del Dios del Nuevo Testamento– seguro que estaba en las cárceles, las chekas, las plazas de toros, las cunetas y las tapias de los cementerios: junto a los que sufrían. Y en eso tan difícil que se llama bondad, que también la hubo y más de lo que creemos. Pero no en los desfiles, ni en los decretos, ni en los festejos, macabros o no.Una guerra civil es cosa de los que la hicieron –de la sociedad que enfermó hasta enfrentarse de esa manera, de su derrota moral y de su pulsión de caos y muerte–, aunque no todos los que la hicieron, a la fuerza y en un bando ú otro, fueran culpables de que esa guerra se produjera, ni se comportaran luego con maldad o ignominia. Lo son, sobre todo, dirigentes, agitadores, conspiradores, resentidos, dogmáticos y pescadores en río revuelto desencadenando el mal, que es imparable. Pero la sombra de una guerra civil, en cambio, persigue como una fatalidad a las siguientes generaciones. Que sea desde la afirmación o la negación de la Historia –según Gibbon, «poco más que el registro de los crímenes, locuras y desgracias de la humanidad»– es lo de menos. Lo importante, lo triste, es la densidad de esa sombra que contamina. Como contamina un cadáver que se desentierra sin la debida profilaxis. Y en este aniversario ha dado la impresión de que nos hemos olvidado los guantes y, de paso, la memoria: esa que dicta en una antigua tumba de guerreros chinos: «Recordad: vuestros abuelos hicieron la guerra para que vosotros no tuvierais que hacerla nunca».El espíritu de esa estela funeraria china se ha empañado caprichosamente y la guerra de las esquelas –nada ajena al actual revisionismo histórico su ostentación– nos ha recordado lo fácil que es sumergirse en el patio oscuro de la infamia. Hemos sido como Fabrizio del Dongo entre los destellos impresionistas del cuadro. Un cuadro que aún nos angustia. Aturdidos, desconcertados, sorprendidos, sin poder entender que ocurriera de repente lo que estaba ocurriendo. Eso quenunca, antes, había pasado. De ahí que añoremos las lágrimas de Aníbal, como al final del verano las lluvias.José Carlos Llop es escritor  

Fabrizio del Dongo se perdió en Waterloo sin saber que estaba en pleno Waterloo y el Rey Aníbal, al final de cada una de sus batallas, lloraba por todos y cada uno de los muertos. Lloraba por los que habían caído de entre los … suyos y lloraba, sobre todo, por sus enemigos muertos. Aunque sólo fuera por eso –y por el llanto cantado de Dido en la obra de Purcell– Cartago quedaría exonerada de la mala fama fenicia, esparcida desde antiguo a lo largo y ancho del Mediterráneo. Llorar por el amante que se va puede ser una obra de arte –al menos sustenta gran parte de la poesía amorosa tanto de Oriente como de Occidente–-, pero llorar por el enemigo al que se ha enviado a la muerte quizá sea hoy un acto de cinismo mafioso, pero en tiempos de Aníbal lo era de nobleza. La que tiene la vida en sí misma, la que puede tener una amante que se sacrifica, la que tenía sin duda Aníbal, al pasear entre los muertos y llorar por ellos como quien musita una oración.

No sabemos si en nuestra última guerra civil hubo algún Aníbal, pero lo que es seguro es que en su último aniversario no. En el verano de 1986 se conmemoraron los cincuenta años de su comienzo y hubo bastante más sensatez y sentido del equilibrio en esa conmemoración –hablo de artículos y declaraciones en periódicos, revistas y programas televisivos– que en la de este año, cuando hace ya setenta del desastre. Resulta paradójico, pero habrá que pensar en una relación directa entre los supervivientes de una guerra y la capacidad desapasionada de interpretación de la misma. Hoy ya quedan muy pocos de los que la protagonizaron y quizá éste sea el motivo por el cual aquella sensatez del 86 –cuando todavía vivían bastantes de los que participaron en ella y a memoria lo era de verdad– se haya transmutado este año en cierta inconsciencia lamentable, tan alejada del espíritu de Aníbal y tan cercana al extravío de Fabrizio del Dongo.

En la vida resulta bastante molesto cuando alguien te cuenta cómo fue una época que tú viviste y por eso sabes que el que te la cuenta no la vivió. Sabes que éste no estuvo ahí precisamente porque tú estabas. Y entonces ironizas sobre sus palabras de falsario, callas –eso depende del humor–, o desenvainas el florete imaginario y le haces un siete en su camisa de fantasma al charlatán. Supongo que cuando lo que se vivió fue el horror de una guerra civil, ante la interpretación de los que no la vivieron sólo queda el silencio. Yo pertenezco a una generación que no vivió la guerra pero que aún creció a su sombra. Habíamos nacido en una sociedad que sabía hasta dónde era capaz de llegar el ser humano y eso se notaba en los silencios. O en la noción de penitencia. O en la existencia social del miedo. Nunca, por ejemplo, jugamos a la Guerra Civil en los patios del colegio y sí a la II Guerra Mundial, que fue posterior. Nunca fuimos republicanos o nacionales, rojos o azules, y sí en cambio alemanes o aliados. Nunca tuvimos soldados de goma que representaran las tropas de Miaja o Rojo o Franco o Varela. Jamás. Y sí las de Rommel o Montgomery. Sólo es un ejemplo pero serviría para proyectarlo hacia adelante y referirse a otras conductas, ya no de niñez, sino de juventud (ciertos males que se abatieron sobre mi generación) que en el fondo tenían, aunque no lo pareciera, una relación directa con el hecho de haber crecido a la sombra de una guerra civil. En fin, ceremonias de adiós a tantas cosas que quedaron atrás…

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En la vida resulta bastante molesto cuando alguien te cuenta cómo fue una época que tú viviste y por eso sabes que el que te la cuenta no la vivió. Sabes que éste no estuvo ahí precisamente porque tú estabas

Este mismo verano un exministro aficionado a la grandilocuencia emulaba al Papa en Auschwitz –que a su vez recogía una de las grandes cuestiones de la filosofía del siglo XX–, preguntándose dónde estaba Dios cuando estalló la guerra civil. Por supuesto no tengo ni idea pero sospecho que, simplemente, no estaba. Y no estaba porque entre todos lo habían así dispuesto al preparar el festín de sangre. Nietzsche enterrándolo; unos negándolo –o atacándolo– y otros tomando su nombre en vano para su propio beneficio. Y los demás padeciendo el crimen preparado por todos esos brujos y aprendices de lo mismo, a los que la vida –salvo la propia– importaba bien poco. Lo que quedara de Dios en la España de los treinta –al menos del Dios del Nuevo Testamento– seguro que estaba en las cárceles, las chekas, las plazas de toros, las cunetas y las tapias de los cementerios: junto a los que sufrían. Y en eso tan difícil que se llama bondad, que también la hubo y más de lo que creemos. Pero no en los desfiles, ni en los decretos, ni en los festejos, macabros o no.

Una guerra civil es cosa de los que la hicieron –de la sociedad que enfermó hasta enfrentarse de esa manera, de su derrota moral y de su pulsión de caos y muerte–, aunque no todos los que la hicieron, a la fuerza y en un bando ú otro, fueran culpables de que esa guerra se produjera, ni se comportaran luego con maldad o ignominia. Lo son, sobre todo, dirigentes, agitadores, conspiradores, resentidos, dogmáticos y pescadores en río revuelto desencadenando el mal, que es imparable. Pero la sombra de una guerra civil, en cambio, persigue como una fatalidad a las siguientes generaciones. Que sea desde la afirmación o la negación de la Historia –según Gibbon, «poco más que el registro de los crímenes, locuras y desgracias de la humanidad»– es lo de menos. Lo importante, lo triste, es la densidad de esa sombra que contamina. Como contamina un cadáver que se desentierra sin la debida profilaxis. Y en este aniversario ha dado la impresión de que nos hemos olvidado los guantes y, de paso, la memoria: esa que dicta en una antigua tumba de guerreros chinos: «Recordad: vuestros abuelos hicieron la guerra para que vosotros no tuvierais que hacerla nunca».

El espíritu de esa estela funeraria china se ha empañado caprichosamente y la guerra de las esquelas –nada ajena al actual revisionismo histórico su ostentación– nos ha recordado lo fácil que es sumergirse en el patio oscuro de la infamia. Hemos sido como Fabrizio del Dongo entre los destellos impresionistas del cuadro. Un cuadro que aún nos angustia. Aturdidos, desconcertados, sorprendidos, sin poder entender que ocurriera de repente lo que estaba ocurriendo. Eso quenunca, antes, había pasado. De ahí que añoremos las lágrimas de Aníbal, como al final del verano las lluvias.

José Carlos Llop es escritor

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