Eso de ser torero y no torear… es psicológicamente devastador, pues más allá del concepto de cada cual, un torero lo que necesita es eso, torear. Y si no torea, pues no es que deje de ser torero, pero sí que se ve obligado a ese ostracismo de ser lo que uno no es. Cierto es, este dilema lo viven escritores que no publican o no venden por no tener editoriales que los respalden, o pintores que no exponen por no tener marchantes que apuesten por sus creaciones. Las argucias maquiavélicas para que ese torero no toree son harto conocidas. Sencillamente, si no estás en alguna casa potente, no ves un pitón.El apoderado como siempre lo conocimos, aquel bohemio rozando el romanticismo, además de aficionado, tal como Domingo Dominguín, el cual dicen que apoderó a Joaquín Rodríguez, ‘Cagancho’ de novillero simplemente al verlo en una foto, ya no existe. Hoy los que dominan el orbe taurino son las grandes empresas, y con ello el monopolio del tú me pones a los míos y yo a los tuyos, quid pro quo, y todos contentos.Cierta y fatalmente, eso se ve reflejado en los carteles de las ferias, más cuando todos sabemos con antelación los toreros y ganaderías, si bien la única sorpresa pueden ser los emparejamientos, pero ni un resquicio a esos toreros del olvido, a esos ausentes desterrados, que pese a no verse anunciados entrenan a diario como si fuesen a torear ese domingo, y que torean cuatro horas de salón, soñando con una llamada que nunca llega, y aun así no desfallecen. La cosa toma tintes de drama cuando encima ves que son toreros con clase, como Antonio Santana Claros o Mario Navas, y que lo único que precisan es verle la cara al toro. Mucho tendrán que cambiar las tornas para abrir oportunidades a tantos jóvenes, ¡y no tan jóvenes! La solución está en saber buscar, como un lector que curioso entra en una vieja librería, abre un libro absolutamente desconocido, y halla unas páginas que lo iluminan. Eso de ser torero y no torear… es psicológicamente devastador, pues más allá del concepto de cada cual, un torero lo que necesita es eso, torear. Y si no torea, pues no es que deje de ser torero, pero sí que se ve obligado a ese ostracismo de ser lo que uno no es. Cierto es, este dilema lo viven escritores que no publican o no venden por no tener editoriales que los respalden, o pintores que no exponen por no tener marchantes que apuesten por sus creaciones. Las argucias maquiavélicas para que ese torero no toree son harto conocidas. Sencillamente, si no estás en alguna casa potente, no ves un pitón.El apoderado como siempre lo conocimos, aquel bohemio rozando el romanticismo, además de aficionado, tal como Domingo Dominguín, el cual dicen que apoderó a Joaquín Rodríguez, ‘Cagancho’ de novillero simplemente al verlo en una foto, ya no existe. Hoy los que dominan el orbe taurino son las grandes empresas, y con ello el monopolio del tú me pones a los míos y yo a los tuyos, quid pro quo, y todos contentos.Cierta y fatalmente, eso se ve reflejado en los carteles de las ferias, más cuando todos sabemos con antelación los toreros y ganaderías, si bien la única sorpresa pueden ser los emparejamientos, pero ni un resquicio a esos toreros del olvido, a esos ausentes desterrados, que pese a no verse anunciados entrenan a diario como si fuesen a torear ese domingo, y que torean cuatro horas de salón, soñando con una llamada que nunca llega, y aun así no desfallecen. La cosa toma tintes de drama cuando encima ves que son toreros con clase, como Antonio Santana Claros o Mario Navas, y que lo único que precisan es verle la cara al toro. Mucho tendrán que cambiar las tornas para abrir oportunidades a tantos jóvenes, ¡y no tan jóvenes! La solución está en saber buscar, como un lector que curioso entra en una vieja librería, abre un libro absolutamente desconocido, y halla unas páginas que lo iluminan.
Eso de ser torero y no torear… es psicológicamente devastador, pues más allá del concepto de cada cual, un torero lo que necesita es eso, torear. Y si no torea, pues no es que deje de ser torero, pero sí que se ve obligado a … ese ostracismo de ser lo que uno no es. Cierto es, este dilema lo viven escritores que no publican o no venden por no tener editoriales que los respalden, o pintores que no exponen por no tener marchantes que apuesten por sus creaciones. Las argucias maquiavélicas para que ese torero no toree son harto conocidas. Sencillamente, si no estás en alguna casa potente, no ves un pitón.
El apoderado como siempre lo conocimos, aquel bohemio rozando el romanticismo, además de aficionado, tal como Domingo Dominguín, el cual dicen que apoderó a Joaquín Rodríguez, ‘Cagancho’ de novillero simplemente al verlo en una foto, ya no existe. Hoy los que dominan el orbe taurino son las grandes empresas, y con ello el monopolio del tú me pones a los míos y yo a los tuyos, quid pro quo, y todos contentos.
Cierta y fatalmente, eso se ve reflejado en los carteles de las ferias, más cuando todos sabemos con antelación los toreros y ganaderías, si bien la única sorpresa pueden ser los emparejamientos, pero ni un resquicio a esos toreros del olvido, a esos ausentes desterrados, que pese a no verse anunciados entrenan a diario como si fuesen a torear ese domingo, y que torean cuatro horas de salón, soñando con una llamada que nunca llega, y aun así no desfallecen. La cosa toma tintes de drama cuando encima ves que son toreros con clase, como Antonio Santana Claros o Mario Navas, y que lo único que precisan es verle la cara al toro. Mucho tendrán que cambiar las tornas para abrir oportunidades a tantos jóvenes, ¡y no tan jóvenes! La solución está en saber buscar, como un lector que curioso entra en una vieja librería, abre un libro absolutamente desconocido, y halla unas páginas que lo iluminan.
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