En Roma todo es grandilocuente y suscita -además- varias lecturas. Normalmente, una suele ser seria, mientras que la otra baila en el sarcasmo. Una vez dijo Giulio Andreotti , siete veces primer ministro, que el problema (o no) eran los romanos, porque «cuando eran dos, uno mató al otro». Sirva esta cita legendaria sobre Rómulo y Remo para argumentar, entre otras cosas, por qué todo se dilata, incluidas las obras. También está la complejidad topográfica de la urbe, una burocracia farragosa, la Iglesia -su unidad de medida es el siglo- y la tendencia a la especulación inmobiliaria desde tiempos bíblicos… Sí, pero eso es ya otra historia. La que acontece al presente es esa repercusión mundial desatada por la apertura de las dos últimas estaciones de la tercera línea metropolitana (C) . Una, ceñida al Anfiteatro Flavio (Colosseo-Fori Imperiali); la otra, adyacente al barrio donde nació Francesco Totti (Porta Metronia). Dos lugares mayestáticos y grandilocuentes, únicos en el cosmos, que han parido con retraso, aunque vienen cargados de regalos. «Se han valorizado tres cosas principalmente. Pozos de la colina Velia (usados para recoger ofertas votivas entre los siglos V-II a.C.), una Domus tardorrepublicana cerca del Coliseo y una de edad imperial», explica Elisa Cella , experta en topografía antigua (Università La Sapienza) y miembro del ente Parco Archeologico Colosseo, insertado en el ministerio de Cultura. Gran responsable -además- en la puesta de largo del museo ubicado en el vientre de la propia estación-monumento, situada a casi cuarenta metros de profundidad y dividida en cuatro niveles. No ha pasado en vano para la prensa internacional, que se refiere a ella como « la más bonita del mundo ». ‘Roma caput mundi’, siempre desmedida y exorbitante. Nunca banal. «Los hallazgos son infinitos. Piezas en bronces, algunos objetos incluso de la Roma de los reyes (siglo VI a. C.). También de edad imperial bajo el manto en basalto de la vía Foros Imperiales… Sí, un tubo de agua en plomo datado en la época de Marco Aurelio y Cómodo, aproximadamente entre los años 177-180 d.C. Un ‘balneum’ (especie de spa privado), que se usó hasta el siglo I… Estas cosas estaban entre la colina Velia y el Colle Opio, y fueron destruidas por el incendio del 64, con Nerón. Después, ahí, entre tantos y tantos escombros se levantaría la Domus Aurea», repasa no sin antes recordar el imponente rostro de Medusa en mármol, fechada en el gobierno de Adriano . Una obra tótem que, de nacer en cualquier otra ciudad del mundo, le habrían abierto un ministerio de cultura dedicado única y exclusivamente a ella. En Roma, no… Y el problema, o la bendición, es que esa magia, esas protuberantes ruinas arqueológicas, ese magnetismo tan seductor y único -con gracia taciturna- hace de la ciudad y su gente almas superiores con sacralidad e indolencia.Cerrado por NavidadEl cuadro parece simple y con guasa, pero es complejo, serio. Pocos días después de su inauguración, se cerró todo durante tres horas para la tradicional comida de Navidad (solo sucede con la Roma, la Azzurra o las huelgas organizadas por los sindicatos). Metro, museo, monumento, evento, servicio público, obras, todo. Un peregrinaje laico suspendido con turistas encapsulados entre el templo de Venus y la basílica de Majencio . Una oda sofisticada de innovación, arqueología, arquitectura e ingeniería encorsetada en un sistema tribal que no termina de colapsar precisamente porque ya está muerto. Es eso justo lo que le hace eterno. Eso y saber que en el principio o el final de esa línea de metro – según se mire-, esa que detiene ahora los ojos universales en el centro histórico, se encuentran eco monstruos o catedrales en el desierto esparcidos en la salvaje via Casilina , distinguida por sus conejos, lavanderos públicos, higueras, ovejas, rucola y jabalíes. Es, en sí, una arteria que une Roma con los Castelli Romani , conglomerado de pueblos salpicados entre las colinas Albani. Sí, por vez primera en la historia, el cordón umbilical del Coliseo se une a la periferia este capitolina, un ‘far west’ al contrario donde brotan Borgata Finocchio, Torre Angela, Grotte Celoni o Monte Compatri, que ahora ya puede presumir de dos cosas excelsas: estar a veintidós estaciones del corazón arqueológico de Occidente (visitarlo ya no es un vía crucis) y seguir celebrando sus fiestas campestres de rosquillas con vino. Un libro infinitoLa historia de la línea C, como publica el periodista Andrea Minuz en ‘Il Foglio’, merece una novela. Es como un viaje al fin de la noche sinsentido y nihilista. Tiene ínfulas, y son legendarias. Se proyectó en los noventa, cuando el Ayuntamiento tuvo la idea de dotar a la urbe de un tercer metro (tras A y B) para el Jubileo 2000. Entonces, Juan Pablo II trató de unir el centro storico romano con los suburbios. Llamó a Richard Meier , incluso, para que levantara la iglesia Dives in Misericordia en Tor Tre Teste, próxima a la vía Prenestina. Lejos de la realidad, en 2007 comenzó a construirse el heroico tren subterráneo… Mientras que siete años después solo estaba terminado el primer trazado. Era inevitable rescatar la cita de Giulio Andreotti . La del fratricidio. Noticia Relacionada Tesoro romano reportaje Si El robot que resucita los frescos perdidos de Pompeya Ángel Gómez Fuentes La tecnología más avanzada se alía con los arqueólogos para resolver el mayor rompecabezas de la antigua ciudad romanaLa última traza del boceto en hacerse carne, hasta el brillante ahora, fue en 2018, cuando se abrió San Giovanni , intercambiador con el metro A y contenedor del primer museo arqueológico estratigráfico de la urbe. En resumen, treinta o cuarenta años en dar a luz, si consideramos que aún no está terminada, ya que las previsiones para la próxima parada ( Piazza Venezia ) hablan de otras diez primaveras. Un serial del clásico ‘working progress’ italiano. La indómita tela de Penélope o la autovía Salerno-Reggio Calabria, que en este caso tuvo años desgraciados al caer en las fauces mafiosas, pero esto es otra historia. Mucho más seria y ridícula. Sin pistolas y con baños estilo Rococó. Abrirá en primavera«Nuestro museo en Porta Metronia abrirá en primavera. Será contemporáneo y sugestivo para poder llegar a todas las edades. Probablemente tendrá un precio de entrada», adelanta por teléfono al diario ABC Simona Morretta , funcionaria de Soprintendenza speciale per i Beni Archeologici di Roma, encargada de los trabajos centrados en la estación símbolo del romanista ad hoc: la casa de Totti. «Hemos ‘museizado’ un centro arqueológico ‘in situ’. Durante los trabajos del metro descubrimos un cuartel militar del siglo II, edad de Trajano, aunque completado con Adriano. 1.300 metros cuadrados deslocalizados en lugares climatizados para, después, recolocarlos idénticamente donde estaban», detalla.Precisamente el área museal contará la matrioska que es Roma. Hoy y siempre. Ciudad que, cuando no se devoró a sí misma ( Damnatio Memoriae ) se engalanó aún más. «Hay expuestos paneles expositivos que cuentan el antes, durante y después de lo hallado. En su día estaba todo fuera, era campiña. Una zona de cultivos. Encontramos aperos de labranza del siglo IV a. C. También pozos abandonados ritualmente, es decir con objetos dentro que indicaban precisamente ese festejo antes de entrar en desuso. Hay un cesto de melocotones, fruta que llegó a Roma en el siglo I tras campañas militares en Oriente. Era comida destinada a la aristocracia», detalla la profesora Morretta, quien se despide citando las dos sepulturas descubiertas allí, llamadas ‘fulmine’, que bebían del mundo griego, etrusco y romano. Eran una especie de fosas del tipo humanas realizadas en lugares donde caía un rayo. «Antiguamente, y esto lo recoge la literatura latina, se celebraban los fulgurales, un rito en estas áreas golpeadas por el furor de los dioses. Una especie de bendición, de honra, de reconocimiento al fato impuesto por la divinidad. Era el arúspice la figura encargada de interpretar el mensaje, si portaba bonanza o tragedia». El dichoso rayo, sí.De Mussolini a la arqueología sostenibleEn Roma, cualquier cosa es susceptible de convertirse en arte. Todo es maravilloso, aunque no siempre funcional. Eso es cierto, aunque también que la vida es una cuestión de expectativas. En sí, la ciudad, ya que exista, es un milagro. Pensar en un metro eficiente, mucho más. Camina sobre capas y capas de restos de otras romas pasadas. Crueles, prodigiosas y malditas. También de la Cloaca Massima , un potente alcantarillado, una red de drenaje que hoy, dos mil años después, sigue en activo. Ese es el fenómeno, escondido en intersticios que uno no aprecia o no imagina. Son frágiles equilibrios que sostienen un universo. El relato también es extrapolable al esquizofrénico metro romano, incluido el C, para la gente capitolina cosa nimia -de pobres o desgraciados- vista con desdén. Es ese, precisamente, uno de los motivos por lo que siempre se invirtió poco y mal en él nada más nacer. Porque sí. Desde los años sesenta, con el boom económico, la publicidad italiana siempre descuidó el transporte público -parodiado en películas- en beneficio del coche. Lógicamente, Ferrari, Lamborghini, Maserati, Fiat, Alfa Romeo, Lancia apretaban con fuerza en el país de la bota. Eso hizo mella al metro en Roma, artefacto y laboratorio de todo. Y es que no hay ciudad en el mundo con más vehículos y/o motos por casa que ahí (de media tres y medio en familias de cuatro miembros). Sí, todo pasa en Roma … El cielo, la vida, el paraíso, el infierno, y cientos de emisoras radiofónicas locales, porque el coche es -en fondo- la prolongación del individuo, el lugar donde se siente seguro en una ciudad insufrible y magnífica que le arrebata todo, incluso el tiempo, el aparcamiento y la paciencia. No es Milán, Nueva York, Londres, París o Madrid, templos con otra índole, otras virtudes y otros karmas, luego otros usos diferentes del transporte público, del disfrute de la vida. Roma no visita, pero quiere ver sus monumentos, que siempre ignora. Una ciudad sin miedoAhora todo se entiende mejor y cobra más valor aún. Cuando Morretta y Cella desgranan las entrañas de las estaciones-monumento , en realidad, lo que hacen es desnudar aún más una ciudad sin miedo a mostrar sus arrugas. Gracias a la arqueología infinita y sostenible que brilla en el metro C (eléctrica, sin conductor), a la buena nueva, la gente -al fin- va al metro, aunque no sea necesariamente para coger el tren. No es parsimoniosa, cínica, frívola o indiferente al arte. Al menos con este primer impacto que viene a cerrar de alguna manera el círculo abierto por Mussolini , cuando proyectó el primer esbozo y matriz (línea B) para unir el centro histórico al EUR (se inauguraría en 1955). Il Duce quería arribar a la tercera Roma, el sueño metafísico convertido hoy en un centro de financias teatral y fantasmagórico. Noticia Relacionada estandar Si Plinio gana la batalla de la Historia: el Vesubio sepultó a Pompeya el 24 de agosto, no en otoño Ángel Gómez FuentesEngalanadas y como epílogo final, Colosseo-Fori Imperiali y Porta Metronia se suman, por si fuera poco, a la larga lista de estaciones romanas con pedazos de historia: en Termini -por ejemplo- hay restos de murallas Servianas (VI a. C.), previas a la cinta Aureliana, de época ya imperial. Hoy abnegadas todas en el mundanal ruido, que también fotografían los paralepípedos industriales que sostienen el arquitrabe urbano, siempre encima de estos hipogeos del tren. «En la próxima estación -Venecia- encontramos una red de alcantarillado. Es magnífico, porque ese espacio antes fue acueducto, y después depósito de basura. Hay elementos de cualquier naturaleza, de cualquier tipo. Deshechos de comida y anillos de oro. Son indicios de la antigüedad, cómo era, qué dieta tenían, quiénes, qué clases y en qué siglos». Así termina Simona Morretta: «No hay nada similar en el mundo. Del suburbio al otro suburbio (hacia el norte) atravesando la mayor concentración arqueológica jamás existida». Para ello se ha necesitado financiación pública y privada, además de la cooperación de tres ministerios: Cultura (con Alessandro Giuli ) y sus homólogos en Infraestructuras y Transporte ( Matteo Salvini ) o Economía ( Giancarlo Giorgetti ). El final es el principio, y vuelta a empezar sobre sí misma. Así es Roma. De Fellini a FuksasEl metro boutique, un universo Fendi, esculturas en resina que penden en el aire, un ready made esparcido como reliquias, un monumento como el Panteón o la Fontana di Trevi, un vagabundeo contemplativo y esnob, grandes ‘blockbuster’ de arqueología… Son los principales titulares de algunos rotativos referente al ingobernable metro C, en el que también puso su sello el arquitecto Paolo Desideri , una versión ultra contemporánea de Marcello Piacentini , urbanista-monumentalista que trazó el racionalismo durante las dos décadas de Mussolini, quien pergeñaba su obra con un ojo puesto en las piedras milenarias y otro las nuevas tendencias artísticas (Marinetti, De Chirico…). Ha sido precisamente él -Desideri- una de las mentes pensantes de estas ‘ archestazioni’ , la antítesis de las londinenses, pensadas para pasar del punto A al B en el menor tiempo posible. Creadas a partir de 1863, las inglesas cubren cuatrocientos kilómetros con casi trescientas paradas. A menudo son angostas, con un policromado discreto victoriano. En las antípodas, sí, de esos dos nuevos monumentos romanos (recorrerlos se tarda aproximadamente lo mismo que caminando), construidos -como dice el reportero de ‘Il Foglio’- bajo el influjo sabaudo-borbónico: «Si vamos a hacer algo es mejor que cueste mucho, porque no sabremos cuándo nos tocará otra vez». Ahí, efectivamente, entra en juego parte de la liquidez destinada a la cultura procedente de Europa (según fuentes oficiales, la línea ha costado siete mil millones de euros), y el hedonismo grandilocuente de una ciudad majestuosa, en sí una obra de arte diezmada e inmortal. Un lugar que convierte lo efímero en eterno, y viceversa. Se entiende mejor con números: Roma, de tres millones de habitantes, tiene sesenta kilómetros cubiertos con dos líneas y tres cuartos de metro . Si hubiera que dibujarla en un mapa, sería como una X, pero mal hecha. Aunque el museo de Porta Metronia, con su cuartel militar y esas Domus (Comandante y Centurione), sigue aún cerrado, el barrio del viejo capitán de la Roma ha vuelto a florecer, a ser noticia. Sus meandros del subterráneo están aún llenos de claroscuros estilo Caravaggio . Los pasillos, sacados de una película de Kubrick , y sí, puede que se tarde más en recorrerlas abajo que arriba. Cosas de la geometría no euclídea del transporte romano, elevado a la categoría de arte, de cine de culto. Y es que no cabe olvidar la memorable escena de la película ‘Roma’ ( Federico Fellini ), cuando deben detenerse las obras de una estación A al encontrarse un colmillo enorme de mamut. Medía dos metros, sí, aunque si lo hubiera contado un romano habría sido el doble. Fallida y eternaEn esa cinta hay otro momento que resume la grandeza y la tragicomedia de la capital de Italia, fallida y eterna, especialmente por su volubilidad y delicadeza. Bañada por tres ríos y asomada a regañadientes al mar Tirreno. Ciudad tótem que, después de conquistar, estuvo siempre sometida al yugo enemigo. Vivió todas las esferas del poder y la ausencia del mismo. Su lema, dicho en manera vulgar, es ‘Fati i cazzi tuoi’, algo así como ‘ve a tu puta bola’. Noticia Relacionada ‘El pasadizo de Cómodo’ estandar Si El pasillo secreto que llevaba a los emperadores hasta el Coliseo antes de la batalla mortal Ángel Gómez Fuentes El corredor subterráneo restaurado permite revivir el trayecto reservado a los emperadores y desvela la suntuosa galería subterránea que conectaba el palco imperial con el exteriorLa película, sí. Fellini decía que todos los monumentos sobrevivieron hasta hoy porque fueron reutilizados, dándoles un uso nuevo. En su prodigioso film, la Via Appia Antica era la nueva morada de las prostitutas. Verdaderos lupanares al aire libre entre tumbas latinas y catacumbas cristianas (se orinaba y practicaba sexo). Por su parte, el Coliseo, durante la Edad Media, no es que cayera en desuso, sino que se convirtió en cuadra para las bestias y soporte de chabolas para la gente popular, que también construía sus viviendas adosadas al Palatino y los Foros. Duraron hasta casi el siglo XX, con Benito Mussolini . Hay un monumento ultramoderno en el EUR. Se llama la Nuvola, y la realizó el arquitecto Fuksas. Hoy es un centro de congresos, pero en la presentación del proyecto dijo que debía ser todo y nada. Quizás, por fantasear, en pocos años estas nuevas estaciones se abandonan a su suerte, y se conviertan en un set de Sorrentino o el nuevo lugar que ha escogido, para aterrizar, el amigo marciano de Ennio Flaiano , guionista de ‘La Dolce Vita’. Ese que, con el primer impacto, revolucionó al pueblo, pero semanas después andaba por ahí suplicando para no ser ninguneado, no caer en el olvido. Se había diluido el efecto sorpresa, devorado por unos romanos que saben perfectamente algo: no hay nada más importante que ellos. Ni siquiera la propia ciudad, que dicen alguna vez terminará sumergida en agua. El furor del agua, sí. Esa linfa que tanto necesitaba Pasolini para que sus niños arriesgaran la vida por salvar una golondrina, pero esto también es otra historia. Quizás, mucho más seria. O no. En Roma todo es grandilocuente y suscita -además- varias lecturas. Normalmente, una suele ser seria, mientras que la otra baila en el sarcasmo. Una vez dijo Giulio Andreotti , siete veces primer ministro, que el problema (o no) eran los romanos, porque «cuando eran dos, uno mató al otro». Sirva esta cita legendaria sobre Rómulo y Remo para argumentar, entre otras cosas, por qué todo se dilata, incluidas las obras. También está la complejidad topográfica de la urbe, una burocracia farragosa, la Iglesia -su unidad de medida es el siglo- y la tendencia a la especulación inmobiliaria desde tiempos bíblicos… Sí, pero eso es ya otra historia. La que acontece al presente es esa repercusión mundial desatada por la apertura de las dos últimas estaciones de la tercera línea metropolitana (C) . Una, ceñida al Anfiteatro Flavio (Colosseo-Fori Imperiali); la otra, adyacente al barrio donde nació Francesco Totti (Porta Metronia). Dos lugares mayestáticos y grandilocuentes, únicos en el cosmos, que han parido con retraso, aunque vienen cargados de regalos. «Se han valorizado tres cosas principalmente. Pozos de la colina Velia (usados para recoger ofertas votivas entre los siglos V-II a.C.), una Domus tardorrepublicana cerca del Coliseo y una de edad imperial», explica Elisa Cella , experta en topografía antigua (Università La Sapienza) y miembro del ente Parco Archeologico Colosseo, insertado en el ministerio de Cultura. Gran responsable -además- en la puesta de largo del museo ubicado en el vientre de la propia estación-monumento, situada a casi cuarenta metros de profundidad y dividida en cuatro niveles. No ha pasado en vano para la prensa internacional, que se refiere a ella como « la más bonita del mundo ». ‘Roma caput mundi’, siempre desmedida y exorbitante. Nunca banal. «Los hallazgos son infinitos. Piezas en bronces, algunos objetos incluso de la Roma de los reyes (siglo VI a. C.). También de edad imperial bajo el manto en basalto de la vía Foros Imperiales… Sí, un tubo de agua en plomo datado en la época de Marco Aurelio y Cómodo, aproximadamente entre los años 177-180 d.C. Un ‘balneum’ (especie de spa privado), que se usó hasta el siglo I… Estas cosas estaban entre la colina Velia y el Colle Opio, y fueron destruidas por el incendio del 64, con Nerón. Después, ahí, entre tantos y tantos escombros se levantaría la Domus Aurea», repasa no sin antes recordar el imponente rostro de Medusa en mármol, fechada en el gobierno de Adriano . Una obra tótem que, de nacer en cualquier otra ciudad del mundo, le habrían abierto un ministerio de cultura dedicado única y exclusivamente a ella. En Roma, no… Y el problema, o la bendición, es que esa magia, esas protuberantes ruinas arqueológicas, ese magnetismo tan seductor y único -con gracia taciturna- hace de la ciudad y su gente almas superiores con sacralidad e indolencia.Cerrado por NavidadEl cuadro parece simple y con guasa, pero es complejo, serio. Pocos días después de su inauguración, se cerró todo durante tres horas para la tradicional comida de Navidad (solo sucede con la Roma, la Azzurra o las huelgas organizadas por los sindicatos). Metro, museo, monumento, evento, servicio público, obras, todo. Un peregrinaje laico suspendido con turistas encapsulados entre el templo de Venus y la basílica de Majencio . Una oda sofisticada de innovación, arqueología, arquitectura e ingeniería encorsetada en un sistema tribal que no termina de colapsar precisamente porque ya está muerto. Es eso justo lo que le hace eterno. Eso y saber que en el principio o el final de esa línea de metro – según se mire-, esa que detiene ahora los ojos universales en el centro histórico, se encuentran eco monstruos o catedrales en el desierto esparcidos en la salvaje via Casilina , distinguida por sus conejos, lavanderos públicos, higueras, ovejas, rucola y jabalíes. Es, en sí, una arteria que une Roma con los Castelli Romani , conglomerado de pueblos salpicados entre las colinas Albani. Sí, por vez primera en la historia, el cordón umbilical del Coliseo se une a la periferia este capitolina, un ‘far west’ al contrario donde brotan Borgata Finocchio, Torre Angela, Grotte Celoni o Monte Compatri, que ahora ya puede presumir de dos cosas excelsas: estar a veintidós estaciones del corazón arqueológico de Occidente (visitarlo ya no es un vía crucis) y seguir celebrando sus fiestas campestres de rosquillas con vino. Un libro infinitoLa historia de la línea C, como publica el periodista Andrea Minuz en ‘Il Foglio’, merece una novela. Es como un viaje al fin de la noche sinsentido y nihilista. Tiene ínfulas, y son legendarias. Se proyectó en los noventa, cuando el Ayuntamiento tuvo la idea de dotar a la urbe de un tercer metro (tras A y B) para el Jubileo 2000. Entonces, Juan Pablo II trató de unir el centro storico romano con los suburbios. Llamó a Richard Meier , incluso, para que levantara la iglesia Dives in Misericordia en Tor Tre Teste, próxima a la vía Prenestina. Lejos de la realidad, en 2007 comenzó a construirse el heroico tren subterráneo… Mientras que siete años después solo estaba terminado el primer trazado. Era inevitable rescatar la cita de Giulio Andreotti . La del fratricidio. Noticia Relacionada Tesoro romano reportaje Si El robot que resucita los frescos perdidos de Pompeya Ángel Gómez Fuentes La tecnología más avanzada se alía con los arqueólogos para resolver el mayor rompecabezas de la antigua ciudad romanaLa última traza del boceto en hacerse carne, hasta el brillante ahora, fue en 2018, cuando se abrió San Giovanni , intercambiador con el metro A y contenedor del primer museo arqueológico estratigráfico de la urbe. En resumen, treinta o cuarenta años en dar a luz, si consideramos que aún no está terminada, ya que las previsiones para la próxima parada ( Piazza Venezia ) hablan de otras diez primaveras. Un serial del clásico ‘working progress’ italiano. La indómita tela de Penélope o la autovía Salerno-Reggio Calabria, que en este caso tuvo años desgraciados al caer en las fauces mafiosas, pero esto es otra historia. Mucho más seria y ridícula. Sin pistolas y con baños estilo Rococó. Abrirá en primavera«Nuestro museo en Porta Metronia abrirá en primavera. Será contemporáneo y sugestivo para poder llegar a todas las edades. Probablemente tendrá un precio de entrada», adelanta por teléfono al diario ABC Simona Morretta , funcionaria de Soprintendenza speciale per i Beni Archeologici di Roma, encargada de los trabajos centrados en la estación símbolo del romanista ad hoc: la casa de Totti. «Hemos ‘museizado’ un centro arqueológico ‘in situ’. Durante los trabajos del metro descubrimos un cuartel militar del siglo II, edad de Trajano, aunque completado con Adriano. 1.300 metros cuadrados deslocalizados en lugares climatizados para, después, recolocarlos idénticamente donde estaban», detalla.Precisamente el área museal contará la matrioska que es Roma. Hoy y siempre. Ciudad que, cuando no se devoró a sí misma ( Damnatio Memoriae ) se engalanó aún más. «Hay expuestos paneles expositivos que cuentan el antes, durante y después de lo hallado. En su día estaba todo fuera, era campiña. Una zona de cultivos. Encontramos aperos de labranza del siglo IV a. C. También pozos abandonados ritualmente, es decir con objetos dentro que indicaban precisamente ese festejo antes de entrar en desuso. Hay un cesto de melocotones, fruta que llegó a Roma en el siglo I tras campañas militares en Oriente. Era comida destinada a la aristocracia», detalla la profesora Morretta, quien se despide citando las dos sepulturas descubiertas allí, llamadas ‘fulmine’, que bebían del mundo griego, etrusco y romano. Eran una especie de fosas del tipo humanas realizadas en lugares donde caía un rayo. «Antiguamente, y esto lo recoge la literatura latina, se celebraban los fulgurales, un rito en estas áreas golpeadas por el furor de los dioses. Una especie de bendición, de honra, de reconocimiento al fato impuesto por la divinidad. Era el arúspice la figura encargada de interpretar el mensaje, si portaba bonanza o tragedia». El dichoso rayo, sí.De Mussolini a la arqueología sostenibleEn Roma, cualquier cosa es susceptible de convertirse en arte. Todo es maravilloso, aunque no siempre funcional. Eso es cierto, aunque también que la vida es una cuestión de expectativas. En sí, la ciudad, ya que exista, es un milagro. Pensar en un metro eficiente, mucho más. Camina sobre capas y capas de restos de otras romas pasadas. Crueles, prodigiosas y malditas. También de la Cloaca Massima , un potente alcantarillado, una red de drenaje que hoy, dos mil años después, sigue en activo. Ese es el fenómeno, escondido en intersticios que uno no aprecia o no imagina. Son frágiles equilibrios que sostienen un universo. El relato también es extrapolable al esquizofrénico metro romano, incluido el C, para la gente capitolina cosa nimia -de pobres o desgraciados- vista con desdén. Es ese, precisamente, uno de los motivos por lo que siempre se invirtió poco y mal en él nada más nacer. Porque sí. Desde los años sesenta, con el boom económico, la publicidad italiana siempre descuidó el transporte público -parodiado en películas- en beneficio del coche. Lógicamente, Ferrari, Lamborghini, Maserati, Fiat, Alfa Romeo, Lancia apretaban con fuerza en el país de la bota. Eso hizo mella al metro en Roma, artefacto y laboratorio de todo. Y es que no hay ciudad en el mundo con más vehículos y/o motos por casa que ahí (de media tres y medio en familias de cuatro miembros). Sí, todo pasa en Roma … El cielo, la vida, el paraíso, el infierno, y cientos de emisoras radiofónicas locales, porque el coche es -en fondo- la prolongación del individuo, el lugar donde se siente seguro en una ciudad insufrible y magnífica que le arrebata todo, incluso el tiempo, el aparcamiento y la paciencia. No es Milán, Nueva York, Londres, París o Madrid, templos con otra índole, otras virtudes y otros karmas, luego otros usos diferentes del transporte público, del disfrute de la vida. Roma no visita, pero quiere ver sus monumentos, que siempre ignora. Una ciudad sin miedoAhora todo se entiende mejor y cobra más valor aún. Cuando Morretta y Cella desgranan las entrañas de las estaciones-monumento , en realidad, lo que hacen es desnudar aún más una ciudad sin miedo a mostrar sus arrugas. Gracias a la arqueología infinita y sostenible que brilla en el metro C (eléctrica, sin conductor), a la buena nueva, la gente -al fin- va al metro, aunque no sea necesariamente para coger el tren. No es parsimoniosa, cínica, frívola o indiferente al arte. Al menos con este primer impacto que viene a cerrar de alguna manera el círculo abierto por Mussolini , cuando proyectó el primer esbozo y matriz (línea B) para unir el centro histórico al EUR (se inauguraría en 1955). Il Duce quería arribar a la tercera Roma, el sueño metafísico convertido hoy en un centro de financias teatral y fantasmagórico. Noticia Relacionada estandar Si Plinio gana la batalla de la Historia: el Vesubio sepultó a Pompeya el 24 de agosto, no en otoño Ángel Gómez FuentesEngalanadas y como epílogo final, Colosseo-Fori Imperiali y Porta Metronia se suman, por si fuera poco, a la larga lista de estaciones romanas con pedazos de historia: en Termini -por ejemplo- hay restos de murallas Servianas (VI a. C.), previas a la cinta Aureliana, de época ya imperial. Hoy abnegadas todas en el mundanal ruido, que también fotografían los paralepípedos industriales que sostienen el arquitrabe urbano, siempre encima de estos hipogeos del tren. «En la próxima estación -Venecia- encontramos una red de alcantarillado. Es magnífico, porque ese espacio antes fue acueducto, y después depósito de basura. Hay elementos de cualquier naturaleza, de cualquier tipo. Deshechos de comida y anillos de oro. Son indicios de la antigüedad, cómo era, qué dieta tenían, quiénes, qué clases y en qué siglos». Así termina Simona Morretta: «No hay nada similar en el mundo. Del suburbio al otro suburbio (hacia el norte) atravesando la mayor concentración arqueológica jamás existida». Para ello se ha necesitado financiación pública y privada, además de la cooperación de tres ministerios: Cultura (con Alessandro Giuli ) y sus homólogos en Infraestructuras y Transporte ( Matteo Salvini ) o Economía ( Giancarlo Giorgetti ). El final es el principio, y vuelta a empezar sobre sí misma. Así es Roma. De Fellini a FuksasEl metro boutique, un universo Fendi, esculturas en resina que penden en el aire, un ready made esparcido como reliquias, un monumento como el Panteón o la Fontana di Trevi, un vagabundeo contemplativo y esnob, grandes ‘blockbuster’ de arqueología… Son los principales titulares de algunos rotativos referente al ingobernable metro C, en el que también puso su sello el arquitecto Paolo Desideri , una versión ultra contemporánea de Marcello Piacentini , urbanista-monumentalista que trazó el racionalismo durante las dos décadas de Mussolini, quien pergeñaba su obra con un ojo puesto en las piedras milenarias y otro las nuevas tendencias artísticas (Marinetti, De Chirico…). Ha sido precisamente él -Desideri- una de las mentes pensantes de estas ‘ archestazioni’ , la antítesis de las londinenses, pensadas para pasar del punto A al B en el menor tiempo posible. Creadas a partir de 1863, las inglesas cubren cuatrocientos kilómetros con casi trescientas paradas. A menudo son angostas, con un policromado discreto victoriano. En las antípodas, sí, de esos dos nuevos monumentos romanos (recorrerlos se tarda aproximadamente lo mismo que caminando), construidos -como dice el reportero de ‘Il Foglio’- bajo el influjo sabaudo-borbónico: «Si vamos a hacer algo es mejor que cueste mucho, porque no sabremos cuándo nos tocará otra vez». Ahí, efectivamente, entra en juego parte de la liquidez destinada a la cultura procedente de Europa (según fuentes oficiales, la línea ha costado siete mil millones de euros), y el hedonismo grandilocuente de una ciudad majestuosa, en sí una obra de arte diezmada e inmortal. Un lugar que convierte lo efímero en eterno, y viceversa. Se entiende mejor con números: Roma, de tres millones de habitantes, tiene sesenta kilómetros cubiertos con dos líneas y tres cuartos de metro . Si hubiera que dibujarla en un mapa, sería como una X, pero mal hecha. Aunque el museo de Porta Metronia, con su cuartel militar y esas Domus (Comandante y Centurione), sigue aún cerrado, el barrio del viejo capitán de la Roma ha vuelto a florecer, a ser noticia. Sus meandros del subterráneo están aún llenos de claroscuros estilo Caravaggio . Los pasillos, sacados de una película de Kubrick , y sí, puede que se tarde más en recorrerlas abajo que arriba. Cosas de la geometría no euclídea del transporte romano, elevado a la categoría de arte, de cine de culto. Y es que no cabe olvidar la memorable escena de la película ‘Roma’ ( Federico Fellini ), cuando deben detenerse las obras de una estación A al encontrarse un colmillo enorme de mamut. Medía dos metros, sí, aunque si lo hubiera contado un romano habría sido el doble. Fallida y eternaEn esa cinta hay otro momento que resume la grandeza y la tragicomedia de la capital de Italia, fallida y eterna, especialmente por su volubilidad y delicadeza. Bañada por tres ríos y asomada a regañadientes al mar Tirreno. Ciudad tótem que, después de conquistar, estuvo siempre sometida al yugo enemigo. Vivió todas las esferas del poder y la ausencia del mismo. Su lema, dicho en manera vulgar, es ‘Fati i cazzi tuoi’, algo así como ‘ve a tu puta bola’. Noticia Relacionada ‘El pasadizo de Cómodo’ estandar Si El pasillo secreto que llevaba a los emperadores hasta el Coliseo antes de la batalla mortal Ángel Gómez Fuentes El corredor subterráneo restaurado permite revivir el trayecto reservado a los emperadores y desvela la suntuosa galería subterránea que conectaba el palco imperial con el exteriorLa película, sí. Fellini decía que todos los monumentos sobrevivieron hasta hoy porque fueron reutilizados, dándoles un uso nuevo. En su prodigioso film, la Via Appia Antica era la nueva morada de las prostitutas. Verdaderos lupanares al aire libre entre tumbas latinas y catacumbas cristianas (se orinaba y practicaba sexo). Por su parte, el Coliseo, durante la Edad Media, no es que cayera en desuso, sino que se convirtió en cuadra para las bestias y soporte de chabolas para la gente popular, que también construía sus viviendas adosadas al Palatino y los Foros. Duraron hasta casi el siglo XX, con Benito Mussolini . Hay un monumento ultramoderno en el EUR. Se llama la Nuvola, y la realizó el arquitecto Fuksas. Hoy es un centro de congresos, pero en la presentación del proyecto dijo que debía ser todo y nada. Quizás, por fantasear, en pocos años estas nuevas estaciones se abandonan a su suerte, y se conviertan en un set de Sorrentino o el nuevo lugar que ha escogido, para aterrizar, el amigo marciano de Ennio Flaiano , guionista de ‘La Dolce Vita’. Ese que, con el primer impacto, revolucionó al pueblo, pero semanas después andaba por ahí suplicando para no ser ninguneado, no caer en el olvido. Se había diluido el efecto sorpresa, devorado por unos romanos que saben perfectamente algo: no hay nada más importante que ellos. Ni siquiera la propia ciudad, que dicen alguna vez terminará sumergida en agua. El furor del agua, sí. Esa linfa que tanto necesitaba Pasolini para que sus niños arriesgaran la vida por salvar una golondrina, pero esto también es otra historia. Quizás, mucho más seria. O no.
En Roma todo es grandilocuente y suscita -además- varias lecturas. Normalmente, una suele ser seria, mientras que la otra baila en el sarcasmo. Una vez dijo Giulio Andreotti, siete veces primer ministro, que el problema (o no) eran los romanos, porque «cuando eran dos, … uno mató al otro». Sirva esta cita legendaria sobre Rómulo y Remo para argumentar, entre otras cosas, por qué todo se dilata, incluidas las obras. También está la complejidad topográfica de la urbe, una burocracia farragosa, la Iglesia -su unidad de medida es el siglo- y la tendencia a la especulación inmobiliaria desde tiempos bíblicos… Sí, pero eso es ya otra historia.
La que acontece al presente es esa repercusión mundial desatada por la apertura de las dos últimas estaciones de la tercera línea metropolitana (C). Una, ceñida al Anfiteatro Flavio (Colosseo-Fori Imperiali); la otra, adyacente al barrio donde nació Francesco Totti (Porta Metronia). Dos lugares mayestáticos y grandilocuentes, únicos en el cosmos, que han parido con retraso, aunque vienen cargados de regalos. «Se han valorizado tres cosas principalmente. Pozos de la colina Velia (usados para recoger ofertas votivas entre los siglos V-II a.C.), una Domus tardorrepublicana cerca del Coliseo y una de edad imperial», explica Elisa Cella, experta en topografía antigua (Università La Sapienza) y miembro del ente Parco Archeologico Colosseo, insertado en el ministerio de Cultura.
Gran responsable -además- en la puesta de largo del museo ubicado en el vientre de la propia estación-monumento, situada a casi cuarenta metros de profundidad y dividida en cuatro niveles. No ha pasado en vano para la prensa internacional, que se refiere a ella como «la más bonita del mundo». ‘Roma caput mundi’, siempre desmedida y exorbitante. Nunca banal.
«Los hallazgos son infinitos. Piezas en bronces, algunos objetos incluso de la Roma de los reyes (siglo VI a. C.). También de edad imperial bajo el manto en basalto de la vía Foros Imperiales… Sí, un tubo de agua en plomo datado en la época de Marco Aurelio y Cómodo, aproximadamente entre los años 177-180 d.C. Un ‘balneum’ (especie de spa privado), que se usó hasta el siglo I… Estas cosas estaban entre la colina Velia y el Colle Opio, y fueron destruidas por el incendio del 64, con Nerón. Después, ahí, entre tantos y tantos escombros se levantaría la Domus Aurea», repasa no sin antes recordar el imponente rostro de Medusa en mármol, fechada en el gobierno de Adriano. Una obra tótem que, de nacer en cualquier otra ciudad del mundo, le habrían abierto un ministerio de cultura dedicado única y exclusivamente a ella. En Roma, no… Y el problema, o la bendición, es que esa magia, esas protuberantes ruinas arqueológicas, ese magnetismo tan seductor y único -con gracia taciturna- hace de la ciudad y su gente almas superiores con sacralidad e indolencia.
Cerrado por Navidad
El cuadro parece simple y con guasa, pero es complejo, serio. Pocos días después de su inauguración, se cerró todo durante tres horas para la tradicional comida de Navidad (solo sucede con la Roma, la Azzurra o las huelgas organizadas por los sindicatos). Metro, museo, monumento, evento, servicio público, obras, todo. Un peregrinaje laico suspendido con turistas encapsulados entre el templo de Venus y la basílica de Majencio. Una oda sofisticada de innovación, arqueología, arquitectura e ingeniería encorsetada en un sistema tribal que no termina de colapsar precisamente porque ya está muerto. Es eso justo lo que le hace eterno.
Eso y saber que en el principio o el final de esa línea de metro – según se mire-, esa que detiene ahora los ojos universales en el centro histórico, se encuentran eco monstruos o catedrales en el desierto esparcidos en la salvaje via Casilina, distinguida por sus conejos, lavanderos públicos, higueras, ovejas, rucola y jabalíes. Es, en sí, una arteria que une Roma con los Castelli Romani, conglomerado de pueblos salpicados entre las colinas Albani.
Sí, por vez primera en la historia, el cordón umbilical del Coliseo se une a la periferia este capitolina, un ‘far west’ al contrario donde brotan Borgata Finocchio, Torre Angela, Grotte Celoni o Monte Compatri, que ahora ya puede presumir de dos cosas excelsas: estar a veintidós estaciones del corazón arqueológico de Occidente (visitarlo ya no es un vía crucis) y seguir celebrando sus fiestas campestres de rosquillas con vino.
Un libro infinito
La historia de la línea C, como publica el periodista Andrea Minuz en ‘Il Foglio’, merece una novela. Es como un viaje al fin de la noche sinsentido y nihilista. Tiene ínfulas, y son legendarias.
Se proyectó en los noventa, cuando el Ayuntamiento tuvo la idea de dotar a la urbe de un tercer metro (tras A y B) para el Jubileo 2000. Entonces, Juan Pablo II trató de unir el centro storico romano con los suburbios. Llamó a Richard Meier, incluso, para que levantara la iglesia Dives in Misericordia en Tor Tre Teste, próxima a la vía Prenestina. Lejos de la realidad, en 2007 comenzó a construirse el heroico tren subterráneo… Mientras que siete años después solo estaba terminado el primer trazado. Era inevitable rescatar la cita de Giulio Andreotti. La del fratricidio.
La última traza del boceto en hacerse carne, hasta el brillante ahora, fue en 2018, cuando se abrió San Giovanni, intercambiador con el metro A y contenedor del primer museo arqueológico estratigráfico de la urbe. En resumen, treinta o cuarenta años en dar a luz, si consideramos que aún no está terminada, ya que las previsiones para la próxima parada (Piazza Venezia) hablan de otras diez primaveras. Un serial del clásico ‘working progress’ italiano. La indómita tela de Penélope o la autovía Salerno-Reggio Calabria, que en este caso tuvo años desgraciados al caer en las fauces mafiosas, pero esto es otra historia. Mucho más seria y ridícula. Sin pistolas y con baños estilo Rococó.
Abrirá en primavera
«Nuestro museo en Porta Metronia abrirá en primavera. Será contemporáneo y sugestivo para poder llegar a todas las edades. Probablemente tendrá un precio de entrada», adelanta por teléfono al diario ABC Simona Morretta, funcionaria de Soprintendenza speciale per i Beni Archeologici di Roma, encargada de los trabajos centrados en la estación símbolo del romanista ad hoc: la casa de Totti. «Hemos ‘museizado’ un centro arqueológico ‘in situ’. Durante los trabajos del metro descubrimos un cuartel militar del siglo II, edad de Trajano, aunque completado con Adriano. 1.300 metros cuadrados deslocalizados en lugares climatizados para, después, recolocarlos idénticamente donde estaban», detalla.
Precisamente el área museal contará la matrioska que es Roma. Hoy y siempre. Ciudad que, cuando no se devoró a sí misma (Damnatio Memoriae) se engalanó aún más. «Hay expuestos paneles expositivos que cuentan el antes, durante y después de lo hallado. En su día estaba todo fuera, era campiña. Una zona de cultivos. Encontramos aperos de labranza del siglo IV a. C. También pozos abandonados ritualmente, es decir con objetos dentro que indicaban precisamente ese festejo antes de entrar en desuso. Hay un cesto de melocotones, fruta que llegó a Roma en el siglo I tras campañas militares en Oriente. Era comida destinada a la aristocracia», detalla la profesora Morretta, quien se despide citando las dos sepulturas descubiertas allí, llamadas ‘fulmine’, que bebían del mundo griego, etrusco y romano. Eran una especie de fosas del tipo humanas realizadas en lugares donde caía un rayo. «Antiguamente, y esto lo recoge la literatura latina, se celebraban los fulgurales, un rito en estas áreas golpeadas por el furor de los dioses. Una especie de bendición, de honra, de reconocimiento al fato impuesto por la divinidad. Era el arúspice la figura encargada de interpretar el mensaje, si portaba bonanza o tragedia». El dichoso rayo, sí.
De Mussolini a la arqueología sostenible
En Roma, cualquier cosa es susceptible de convertirse en arte. Todo es maravilloso, aunque no siempre funcional. Eso es cierto, aunque también que la vida es una cuestión de expectativas. En sí, la ciudad, ya que exista, es un milagro. Pensar en un metro eficiente, mucho más. Camina sobre capas y capas de restos de otras romas pasadas. Crueles, prodigiosas y malditas. También de la Cloaca Massima, un potente alcantarillado, una red de drenaje que hoy, dos mil años después, sigue en activo. Ese es el fenómeno, escondido en intersticios que uno no aprecia o no imagina. Son frágiles equilibrios que sostienen un universo.
El relato también es extrapolable al esquizofrénico metro romano, incluido el C, para la gente capitolina cosa nimia -de pobres o desgraciados- vista con desdén. Es ese, precisamente, uno de los motivos por lo que siempre se invirtió poco y mal en él nada más nacer. Porque sí. Desde los años sesenta, con el boom económico, la publicidad italiana siempre descuidó el transporte público -parodiado en películas- en beneficio del coche. Lógicamente, Ferrari, Lamborghini, Maserati, Fiat, Alfa Romeo, Lancia apretaban con fuerza en el país de la bota.
Eso hizo mella al metro en Roma, artefacto y laboratorio de todo. Y es que no hay ciudad en el mundo con más vehículos y/o motos por casa que ahí (de media tres y medio en familias de cuatro miembros). Sí, todo pasa en Roma… El cielo, la vida, el paraíso, el infierno, y cientos de emisoras radiofónicas locales, porque el coche es -en fondo- la prolongación del individuo, el lugar donde se siente seguro en una ciudad insufrible y magnífica que le arrebata todo, incluso el tiempo, el aparcamiento y la paciencia. No es Milán, Nueva York, Londres, París o Madrid, templos con otra índole, otras virtudes y otros karmas, luego otros usos diferentes del transporte público, del disfrute de la vida. Roma no visita, pero quiere ver sus monumentos, que siempre ignora.
Una ciudad sin miedo
Ahora todo se entiende mejor y cobra más valor aún. Cuando Morretta y Cella desgranan las entrañas de las estaciones-monumento, en realidad, lo que hacen es desnudar aún más una ciudad sin miedo a mostrar sus arrugas. Gracias a la arqueología infinita y sostenible que brilla en el metro C (eléctrica, sin conductor), a la buena nueva, la gente -al fin- va al metro, aunque no sea necesariamente para coger el tren. No es parsimoniosa, cínica, frívola o indiferente al arte. Al menos con este primer impacto que viene a cerrar de alguna manera el círculo abierto por Mussolini, cuando proyectó el primer esbozo y matriz (línea B) para unir el centro histórico al EUR (se inauguraría en 1955). Il Duce quería arribar a la tercera Roma, el sueño metafísico convertido hoy en un centro de financias teatral y fantasmagórico.
Engalanadas y como epílogo final, Colosseo-Fori Imperiali y Porta Metronia se suman, por si fuera poco, a la larga lista de estaciones romanas con pedazos de historia: en Termini -por ejemplo- hay restos de murallas Servianas (VI a. C.), previas a la cinta Aureliana, de época ya imperial. Hoy abnegadas todas en el mundanal ruido, que también fotografían los paralepípedos industriales que sostienen el arquitrabe urbano, siempre encima de estos hipogeos del tren. «En la próxima estación -Venecia- encontramos una red de alcantarillado. Es magnífico, porque ese espacio antes fue acueducto, y después depósito de basura. Hay elementos de cualquier naturaleza, de cualquier tipo. Deshechos de comida y anillos de oro. Son indicios de la antigüedad, cómo era, qué dieta tenían, quiénes, qué clases y en qué siglos».
Así termina Simona Morretta: «No hay nada similar en el mundo. Del suburbio al otro suburbio (hacia el norte) atravesando la mayor concentración arqueológica jamás existida». Para ello se ha necesitado financiación pública y privada, además de la cooperación de tres ministerios: Cultura (con Alessandro Giuli) y sus homólogos en Infraestructuras y Transporte (Matteo Salvini) o Economía (Giancarlo Giorgetti). El final es el principio, y vuelta a empezar sobre sí misma. Así es Roma.
De Fellini a Fuksas
El metro boutique, un universo Fendi, esculturas en resina que penden en el aire, un ready made esparcido como reliquias, un monumento como el Panteón o la Fontana di Trevi, un vagabundeo contemplativo y esnob, grandes ‘blockbuster’ de arqueología… Son los principales titulares de algunos rotativos referente al ingobernable metro C, en el que también puso su sello el arquitecto Paolo Desideri, una versión ultra contemporánea de Marcello Piacentini, urbanista-monumentalista que trazó el racionalismo durante las dos décadas de Mussolini, quien pergeñaba su obra con un ojo puesto en las piedras milenarias y otro las nuevas tendencias artísticas (Marinetti, De Chirico…).
Ha sido precisamente él -Desideri- una de las mentes pensantes de estas ‘archestazioni’, la antítesis de las londinenses, pensadas para pasar del punto A al B en el menor tiempo posible. Creadas a partir de 1863, las inglesas cubren cuatrocientos kilómetros con casi trescientas paradas. A menudo son angostas, con un policromado discreto victoriano. En las antípodas, sí, de esos dos nuevos monumentos romanos (recorrerlos se tarda aproximadamente lo mismo que caminando), construidos -como dice el reportero de ‘Il Foglio’- bajo el influjo sabaudo-borbónico: «Si vamos a hacer algo es mejor que cueste mucho, porque no sabremos cuándo nos tocará otra vez». Ahí, efectivamente, entra en juego parte de la liquidez destinada a la cultura procedente de Europa (según fuentes oficiales, la línea ha costado siete mil millones de euros), y el hedonismo grandilocuente de una ciudad majestuosa, en sí una obra de arte diezmada e inmortal. Un lugar que convierte lo efímero en eterno, y viceversa.
Se entiende mejor con números: Roma, de tres millones de habitantes, tiene sesenta kilómetros cubiertos con dos líneas y tres cuartos de metro. Si hubiera que dibujarla en un mapa, sería como una X, pero mal hecha. Aunque el museo de Porta Metronia, con su cuartel militar y esas Domus (Comandante y Centurione), sigue aún cerrado, el barrio del viejo capitán de la Roma ha vuelto a florecer, a ser noticia. Sus meandros del subterráneo están aún llenos de claroscuros estilo Caravaggio. Los pasillos, sacados de una película de Kubrick, y sí, puede que se tarde más en recorrerlas abajo que arriba. Cosas de la geometría no euclídea del transporte romano, elevado a la categoría de arte, de cine de culto. Y es que no cabe olvidar la memorable escena de la película ‘Roma’ (Federico Fellini), cuando deben detenerse las obras de una estación A al encontrarse un colmillo enorme de mamut. Medía dos metros, sí, aunque si lo hubiera contado un romano habría sido el doble.
Fallida y eterna
En esa cinta hay otro momento que resume la grandeza y la tragicomedia de la capital de Italia, fallida y eterna, especialmente por su volubilidad y delicadeza. Bañada por tres ríos y asomada a regañadientes al mar Tirreno. Ciudad tótem que, después de conquistar, estuvo siempre sometida al yugo enemigo. Vivió todas las esferas del poder y la ausencia del mismo. Su lema, dicho en manera vulgar, es ‘Fati i cazzi tuoi’, algo así como ‘ve a tu puta bola’.
La película, sí. Fellini decía que todos los monumentos sobrevivieron hasta hoy porque fueron reutilizados, dándoles un uso nuevo. En su prodigioso film, la Via Appia Antica era la nueva morada de las prostitutas. Verdaderos lupanares al aire libre entre tumbas latinas y catacumbas cristianas (se orinaba y practicaba sexo). Por su parte, el Coliseo, durante la Edad Media, no es que cayera en desuso, sino que se convirtió en cuadra para las bestias y soporte de chabolas para la gente popular, que también construía sus viviendas adosadas al Palatino y los Foros. Duraron hasta casi el siglo XX, con Benito Mussolini.
Hay un monumento ultramoderno en el EUR. Se llama la Nuvola, y la realizó el arquitecto Fuksas. Hoy es un centro de congresos, pero en la presentación del proyecto dijo que debía ser todo y nada. Quizás, por fantasear, en pocos años estas nuevas estaciones se abandonan a su suerte, y se conviertan en un set de Sorrentino o el nuevo lugar que ha escogido, para aterrizar, el amigo marciano de Ennio Flaiano, guionista de ‘La Dolce Vita’. Ese que, con el primer impacto, revolucionó al pueblo, pero semanas después andaba por ahí suplicando para no ser ninguneado, no caer en el olvido. Se había diluido el efecto sorpresa, devorado por unos romanos que saben perfectamente algo: no hay nada más importante que ellos. Ni siquiera la propia ciudad, que dicen alguna vez terminará sumergida en agua. El furor del agua, sí. Esa linfa que tanto necesitaba Pasolini para que sus niños arriesgaran la vida por salvar una golondrina, pero esto también es otra historia. Quizás, mucho más seria. O no.
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