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  Cultura  María Pagés, todo lo que guarda una vida en danza
Cultura

María Pagés, todo lo que guarda una vida en danza

septiembre 21, 2026
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Qué tiene la muerte que, cuando llega, parece haber estado escondida en todas partes. En el nombre que heredamos. En la fotografía que guardamos. En la plaza a la que volvemos. En la obra que habla de quienes somos. María Pagés se llama María por su madre y ‘Bilbao Square’, el espectáculo que está a punto de estrenar en Centro Danza Matadero y que comienza desde una fotografía de las dos, junto a su abuela doña Maruja Mestres Pintó, llegando a Madrid. «Todo comenzó con una foto que descubrí organizando los archivos y me llamó la atención. Le dije a María: ‘aquí hay chicha’», reconoce El Arbi El Harti, escritor, dramaturgo, director del proyecto junto a la bailaora, compañero de vida de Pagés. En la foto aparece ella, con 15 años, con la madre y la abuela en Las Ventas, un día después de la llegada de María a Madrid, a la casa donde vivió cinco años en la Glorieta de Bilbao. El espectáculo habla de una plaza, de un ágora donde la niña desarrolla lo que va a ser la Pagés, María Pagés, la bailaora, la coreógrafa, la mujer que es hoy. «Para mí es un regalo que Larbi me hace en un momento importante de tomar decisiones, un momento especial de la vida. Es el resultado de muchos años de conversaciones, de contar cosas que son entrañables, tiernas, interesantes. Cuando te hacen un regalo así hay que entregarse y devolverlo de la mejor manera posible . Es una obra muy exigente a todos los niveles. Es un regalo un poco complejo», añade María sin dejar muy claro a qué se refiere. «La madre de María se está muriendo en este momento», confiesa El Arbi mientras Pagés miraba hacia arriba. Dos días antes de publicar este reportaje compartían los dos el fallecimiento de Doña María Jesús Madrigal Mestres.«Yo quería que fuera un espectáculo y una fiesta», cuenta Larbi. «Pero lo va a ser. Tiene que serlo. Así ha sido concebido, y aunque estamos en circunstancias difíciles, me doy cuenta que la danza siempre es un refugio donde crear danza ayuda a sanar. Es muy especial», matiza María Pagés. Ambos dirigen el Centro Danza Matadero y estrenan de forma absoluta este espectáculo que cuenta, en el fondo, la historia de aquella niña que llega a bordo de un Citroën Tiburón negro acompañada de su familia, de devoción infinita por la Virgen de las Nieves y por la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, que a los quince años los deja atrás para iniciar su formación como bailaora. La vida le ha llevado a recorrer el mundo entero con su arte, primero con la compañía de Antonio Gades, más tarde como creadora. Pagés ha sido siempre inquieta. Una mujer de preguntas, de juegos, de caminos que se bifurcan cuando parecía que solo había uno. Mientras otros seguían la inercia, se atrevió a detenerse, mirar alrededor y preguntarse qué más había. De ahí nace también una trayectoria difícil de encerrar en una etiqueta, la de una creadora que hizo de la curiosidad una forma de estar en el mundo. « Sentirse incomprendido forma parte de la vida. Antes parecía que ibas a hacer un sacrilegio con cada paso que dabas. Pero si hay algo que me sostiene es la convicción. La convicción cuando ves algo que eres capaz y que tiene una base de respeto y una base sólida de conocimiento. Y lo he hecho casi de una manera espontánea, impulsiva y con cierta ingenuidad. Tampoco me considero la más valiente del mundo. Creo que todo lo que he hecho corresponde a una visión que forma parte de tu educación, circunstancia, personalidad, curiosidad, y que además con la enorme fortuna de verse enriquecida con el trabajo junto con Larbi». Hace más de quince años que María Pagés y El Arbi El Harti aprendieron a crear juntos, ella desde el cuerpo y el flamenco; él, desde la palabra, la literatura y la dramaturgia. Desde entonces han construido una complicidad artística que les ha llevado a levantar juntos más de una quincena de obras. «Es muy probable que no se le haya comprendido en algún momento. Todo aquello que pueda considerarse como transgresión a la pureza puede ser casi una transgresión, pero la transgresión no existe, es creación del espíritu. María tiene su propia especificidad. El hecho de ser ese trío Cataluña-Andalucía-Madrid, de abuela catalana que emigra a Andalucía y madre sevillana, ese viaje y ese pasaje multicultural dentro de una unidad cultural ha hecho de ella una señora que sigue viviendo en tierra de nadie. Y para crear está bien estar en tierra de nadie», explica El Arbi El Harti. Cuando se conocieron, él asegura que apenas conocía nada sobre la danza . Quién lo diría escuchándolo ahora, que describe a su mujer como una artista profundamente arraiga en la tradición flamenca y al mismo tiempo en búsqueda de otras cosas. «El germen lo tiene en esa identidad múltiple que tiene, siendo española. Y eso significa que si hablamos de identidad española, o es plural o no es. El tema es que hoy nos toca, ahora en este momento, en este país maravilloso, hablar de qué es ser español, qué es España», añade.Y en esa búsqueda Pagés se perdió y en esa búsqueda sigue: «El trabajo conjunto parte de un amor, pero también llega a un lugar que no hubiera sido posible uno sin el otro. Romper barreras es seguir también lo que es el flamenco. Creo que el flamenco no se conoce en su profundidad y en su realidad, se conoce por la construcción de muchos estereotipos que han configurado un flamenco. Realmente, si quitamos todos ellos y nos quedamos con lo que realmente es el flamenco, sabemos que continuamente ha ido avanzando por la aportación de diferentes imaginarios que nos han puesto barreras. El propio flamenco está creado por lo que han ido aportando diferentes personalidades, culturas, formas de ver, de ser, de vivir. Y ahí ha ido esa dialéctica continua entre la tradición y la evolución. Si no, se habría quedado totalmente reducido y probablemente muerto», sentenciaba Pagés. A su lado El Arbi asiente con su cabeza. A veces entra en juego para discutir y en ocasiones simplemente escucha. Lo cierto es que María y El Arbi son la danza y la palabra. También al revés. Y ‘Bilbao Square’ no empieza con bulerías ni soleás. Arranca con la palabra. « Hay una idea seudorromántica sobre la danza de que es movimiento , como si el movimiento no conllevara palabras e ideas. Creo que primero está la palabra y de la palabra se bifurca todo. La palabra es fundamental. El movimiento desposeído no existe. Son fundamentales las ideas y esas ideas se concretan en palabras. En nuestra relación surge siempre la palabra. Porque la palabra somos familia, hablamos y discutimos y escuchamos. Entonces, todos nuestros trabajos empiezan con la palabra», explica El Arbi, a lo que añade Pagés: «La palabra para la danza es la danza, la palabra tiene su reflejo, su conexión en la danza como otra compañera de expresión. Para mí la danza y la palabra son lo mismo». Juntos han creado este proyecto donde la escenografía se sostiene sobre objetos cotidianos –el abanico, el bastón, la bata de cola, los libros o los zapatos– que dejan de ser simples accesorios para convertirse en personajes cargados de significado emocional, reforzando así la dimensión poética y narrativa de la obra. Todo con textos de El Arbi El Harti. Son los objetos básicos de cualquier bailaor. Los mismos para todos y, en cambio, con formas radicalmente distintas de emplearlos.Lo que va a ver el espectador en la sala son 63 años de danza. 63 años que también pasan factura en las rodillas. 63 años con operaciones y lesiones graves. 63 años aprendiendo a poner límites y dejarse atravesar por ellos. Pero también 63 años de luz. «Es una cuestión que estamos en continua conversación. Realmente el límite sí es necesario y sí es sanador, pero es muy difícil ponerlo. Es que no lo voy a negar. Tomar la decisión del límite, sobre todo porque el límite significa una renuncia, siempre, una renuncia que es lo que has hecho toda tu vida. Pero es verdad que hay que hacerlo y es un proceso que tengo que aceptar, que hay que aplicar y que hacer, sabiendo que además la danza te ofrece un montón de cosas. Ahora los dos estamos dirigiendo Centro Danza Matadero, que es como el gran milagro, es el lugar de la esperanza en un terreno como es la danza totalmente baldío y con muchísima precariedad, que es una palabra que usamos mucho, pero es la realidad y con mucha necesidad, con mucha necesidad». En este camino de danza, de idas y venidas, de lesiones, de mucha luz y fiesta María vuelve a los lugares donde nació. Todo empezó en la Glorieta de Bilbao. Todo empezó con doña Masu . Todo empezó con la palabra. Decía Pagés que ‘Bilbao Square’ es algo así como cerrar un círculo, pero vistos los acontecimientos, es cerrar la historia con una línea infinita que termina apuntando al cielo. Caprichoso es el tiempo que nos hace volver al principio cuando creíamos estar llegando al final. Hay algo de eternidad en levantar el telón y volver a bailar apenas unos días después de haber enterrado a una madre. Pero quizá la muerte no cierre nada: quizá, como el baile, transforme y deje habitando lo que ya no podemos tocar. Pagés insufla aliento de vida a la historia y lo hace con una ausencia, que ahora es presencia. ‘En todo estás y tú eres todo. Para mí y en mí misma moras, ni me abandonarás nunca, sombra que siempre te asomas’. Rosalía de Castro. Amén. Qué tiene la muerte que, cuando llega, parece haber estado escondida en todas partes. En el nombre que heredamos. En la fotografía que guardamos. En la plaza a la que volvemos. En la obra que habla de quienes somos. María Pagés se llama María por su madre y ‘Bilbao Square’, el espectáculo que está a punto de estrenar en Centro Danza Matadero y que comienza desde una fotografía de las dos, junto a su abuela doña Maruja Mestres Pintó, llegando a Madrid. «Todo comenzó con una foto que descubrí organizando los archivos y me llamó la atención. Le dije a María: ‘aquí hay chicha’», reconoce El Arbi El Harti, escritor, dramaturgo, director del proyecto junto a la bailaora, compañero de vida de Pagés. En la foto aparece ella, con 15 años, con la madre y la abuela en Las Ventas, un día después de la llegada de María a Madrid, a la casa donde vivió cinco años en la Glorieta de Bilbao. El espectáculo habla de una plaza, de un ágora donde la niña desarrolla lo que va a ser la Pagés, María Pagés, la bailaora, la coreógrafa, la mujer que es hoy. «Para mí es un regalo que Larbi me hace en un momento importante de tomar decisiones, un momento especial de la vida. Es el resultado de muchos años de conversaciones, de contar cosas que son entrañables, tiernas, interesantes. Cuando te hacen un regalo así hay que entregarse y devolverlo de la mejor manera posible . Es una obra muy exigente a todos los niveles. Es un regalo un poco complejo», añade María sin dejar muy claro a qué se refiere. «La madre de María se está muriendo en este momento», confiesa El Arbi mientras Pagés miraba hacia arriba. Dos días antes de publicar este reportaje compartían los dos el fallecimiento de Doña María Jesús Madrigal Mestres.«Yo quería que fuera un espectáculo y una fiesta», cuenta Larbi. «Pero lo va a ser. Tiene que serlo. Así ha sido concebido, y aunque estamos en circunstancias difíciles, me doy cuenta que la danza siempre es un refugio donde crear danza ayuda a sanar. Es muy especial», matiza María Pagés. Ambos dirigen el Centro Danza Matadero y estrenan de forma absoluta este espectáculo que cuenta, en el fondo, la historia de aquella niña que llega a bordo de un Citroën Tiburón negro acompañada de su familia, de devoción infinita por la Virgen de las Nieves y por la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, que a los quince años los deja atrás para iniciar su formación como bailaora. La vida le ha llevado a recorrer el mundo entero con su arte, primero con la compañía de Antonio Gades, más tarde como creadora. Pagés ha sido siempre inquieta. Una mujer de preguntas, de juegos, de caminos que se bifurcan cuando parecía que solo había uno. Mientras otros seguían la inercia, se atrevió a detenerse, mirar alrededor y preguntarse qué más había. De ahí nace también una trayectoria difícil de encerrar en una etiqueta, la de una creadora que hizo de la curiosidad una forma de estar en el mundo. « Sentirse incomprendido forma parte de la vida. Antes parecía que ibas a hacer un sacrilegio con cada paso que dabas. Pero si hay algo que me sostiene es la convicción. La convicción cuando ves algo que eres capaz y que tiene una base de respeto y una base sólida de conocimiento. Y lo he hecho casi de una manera espontánea, impulsiva y con cierta ingenuidad. Tampoco me considero la más valiente del mundo. Creo que todo lo que he hecho corresponde a una visión que forma parte de tu educación, circunstancia, personalidad, curiosidad, y que además con la enorme fortuna de verse enriquecida con el trabajo junto con Larbi». Hace más de quince años que María Pagés y El Arbi El Harti aprendieron a crear juntos, ella desde el cuerpo y el flamenco; él, desde la palabra, la literatura y la dramaturgia. Desde entonces han construido una complicidad artística que les ha llevado a levantar juntos más de una quincena de obras. «Es muy probable que no se le haya comprendido en algún momento. Todo aquello que pueda considerarse como transgresión a la pureza puede ser casi una transgresión, pero la transgresión no existe, es creación del espíritu. María tiene su propia especificidad. El hecho de ser ese trío Cataluña-Andalucía-Madrid, de abuela catalana que emigra a Andalucía y madre sevillana, ese viaje y ese pasaje multicultural dentro de una unidad cultural ha hecho de ella una señora que sigue viviendo en tierra de nadie. Y para crear está bien estar en tierra de nadie», explica El Arbi El Harti. Cuando se conocieron, él asegura que apenas conocía nada sobre la danza . Quién lo diría escuchándolo ahora, que describe a su mujer como una artista profundamente arraiga en la tradición flamenca y al mismo tiempo en búsqueda de otras cosas. «El germen lo tiene en esa identidad múltiple que tiene, siendo española. Y eso significa que si hablamos de identidad española, o es plural o no es. El tema es que hoy nos toca, ahora en este momento, en este país maravilloso, hablar de qué es ser español, qué es España», añade.Y en esa búsqueda Pagés se perdió y en esa búsqueda sigue: «El trabajo conjunto parte de un amor, pero también llega a un lugar que no hubiera sido posible uno sin el otro. Romper barreras es seguir también lo que es el flamenco. Creo que el flamenco no se conoce en su profundidad y en su realidad, se conoce por la construcción de muchos estereotipos que han configurado un flamenco. Realmente, si quitamos todos ellos y nos quedamos con lo que realmente es el flamenco, sabemos que continuamente ha ido avanzando por la aportación de diferentes imaginarios que nos han puesto barreras. El propio flamenco está creado por lo que han ido aportando diferentes personalidades, culturas, formas de ver, de ser, de vivir. Y ahí ha ido esa dialéctica continua entre la tradición y la evolución. Si no, se habría quedado totalmente reducido y probablemente muerto», sentenciaba Pagés. A su lado El Arbi asiente con su cabeza. A veces entra en juego para discutir y en ocasiones simplemente escucha. Lo cierto es que María y El Arbi son la danza y la palabra. También al revés. Y ‘Bilbao Square’ no empieza con bulerías ni soleás. Arranca con la palabra. « Hay una idea seudorromántica sobre la danza de que es movimiento , como si el movimiento no conllevara palabras e ideas. Creo que primero está la palabra y de la palabra se bifurca todo. La palabra es fundamental. El movimiento desposeído no existe. Son fundamentales las ideas y esas ideas se concretan en palabras. En nuestra relación surge siempre la palabra. Porque la palabra somos familia, hablamos y discutimos y escuchamos. Entonces, todos nuestros trabajos empiezan con la palabra», explica El Arbi, a lo que añade Pagés: «La palabra para la danza es la danza, la palabra tiene su reflejo, su conexión en la danza como otra compañera de expresión. Para mí la danza y la palabra son lo mismo». Juntos han creado este proyecto donde la escenografía se sostiene sobre objetos cotidianos –el abanico, el bastón, la bata de cola, los libros o los zapatos– que dejan de ser simples accesorios para convertirse en personajes cargados de significado emocional, reforzando así la dimensión poética y narrativa de la obra. Todo con textos de El Arbi El Harti. Son los objetos básicos de cualquier bailaor. Los mismos para todos y, en cambio, con formas radicalmente distintas de emplearlos.Lo que va a ver el espectador en la sala son 63 años de danza. 63 años que también pasan factura en las rodillas. 63 años con operaciones y lesiones graves. 63 años aprendiendo a poner límites y dejarse atravesar por ellos. Pero también 63 años de luz. «Es una cuestión que estamos en continua conversación. Realmente el límite sí es necesario y sí es sanador, pero es muy difícil ponerlo. Es que no lo voy a negar. Tomar la decisión del límite, sobre todo porque el límite significa una renuncia, siempre, una renuncia que es lo que has hecho toda tu vida. Pero es verdad que hay que hacerlo y es un proceso que tengo que aceptar, que hay que aplicar y que hacer, sabiendo que además la danza te ofrece un montón de cosas. Ahora los dos estamos dirigiendo Centro Danza Matadero, que es como el gran milagro, es el lugar de la esperanza en un terreno como es la danza totalmente baldío y con muchísima precariedad, que es una palabra que usamos mucho, pero es la realidad y con mucha necesidad, con mucha necesidad». En este camino de danza, de idas y venidas, de lesiones, de mucha luz y fiesta María vuelve a los lugares donde nació. Todo empezó en la Glorieta de Bilbao. Todo empezó con doña Masu . Todo empezó con la palabra. Decía Pagés que ‘Bilbao Square’ es algo así como cerrar un círculo, pero vistos los acontecimientos, es cerrar la historia con una línea infinita que termina apuntando al cielo. Caprichoso es el tiempo que nos hace volver al principio cuando creíamos estar llegando al final. Hay algo de eternidad en levantar el telón y volver a bailar apenas unos días después de haber enterrado a una madre. Pero quizá la muerte no cierre nada: quizá, como el baile, transforme y deje habitando lo que ya no podemos tocar. Pagés insufla aliento de vida a la historia y lo hace con una ausencia, que ahora es presencia. ‘En todo estás y tú eres todo. Para mí y en mí misma moras, ni me abandonarás nunca, sombra que siempre te asomas’. Rosalía de Castro. Amén.  

Qué tiene la muerte que, cuando llega, parece haber estado escondida en todas partes. En el nombre que heredamos. En la fotografía que guardamos. En la plaza a la que volvemos. En la obra que habla de quienes somos. María Pagés se llama María por … su madre y ‘Bilbao Square’, el espectáculo que está a punto de estrenar en Centro Danza Matadero y que comienza desde una fotografía de las dos, junto a su abuela doña Maruja Mestres Pintó, llegando a Madrid. «Todo comenzó con una foto que descubrí organizando los archivos y me llamó la atención. Le dije a María: ‘aquí hay chicha’», reconoce El Arbi El Harti, escritor, dramaturgo, director del proyecto junto a la bailaora, compañero de vida de Pagés. En la foto aparece ella, con 15 años, con la madre y la abuela en Las Ventas, un día después de la llegada de María a Madrid, a la casa donde vivió cinco años en la Glorieta de Bilbao. El espectáculo habla de una plaza, de un ágora donde la niña desarrolla lo que va a ser la Pagés, María Pagés, la bailaora, la coreógrafa, la mujer que es hoy. «Para mí es un regalo que Larbi me hace en un momento importante de tomar decisiones, un momento especial de la vida. Es el resultado de muchos años de conversaciones, de contar cosas que son entrañables, tiernas, interesantes. Cuando te hacen un regalo así hay que entregarse y devolverlo de la mejor manera posible. Es una obra muy exigente a todos los niveles. Es un regalo un poco complejo», añade María sin dejar muy claro a qué se refiere. «La madre de María se está muriendo en este momento», confiesa El Arbi mientras Pagés miraba hacia arriba. Dos días antes de publicar este reportaje compartían los dos el fallecimiento de Doña María Jesús Madrigal Mestres.

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Pagés ha sido siempre inquieta. Una mujer de preguntas, de juegos, de caminos que se bifurcan cuando parecía que solo había uno. Mientras otros seguían la inercia, se atrevió a detenerse, mirar alrededor y preguntarse qué más había. De ahí nace también una trayectoria difícil de encerrar en una etiqueta, la de una creadora que hizo de la curiosidad una forma de estar en el mundo. «Sentirse incomprendido forma parte de la vida. Antes parecía que ibas a hacer un sacrilegio con cada paso que dabas. Pero si hay algo que me sostiene es la convicción. La convicción cuando ves algo que eres capaz y que tiene una base de respeto y una base sólida de conocimiento. Y lo he hecho casi de una manera espontánea, impulsiva y con cierta ingenuidad. Tampoco me considero la más valiente del mundo. Creo que todo lo que he hecho corresponde a una visión que forma parte de tu educación, circunstancia, personalidad, curiosidad, y que además con la enorme fortuna de verse enriquecida con el trabajo junto con Larbi».

Hace más de quince años que María Pagés y El Arbi El Harti aprendieron a crear juntos, ella desde el cuerpo y el flamenco; él, desde la palabra, la literatura y la dramaturgia. Desde entonces han construido una complicidad artística que les ha llevado a levantar juntos más de una quincena de obras. «Es muy probable que no se le haya comprendido en algún momento. Todo aquello que pueda considerarse como transgresión a la pureza puede ser casi una transgresión, pero la transgresión no existe, es creación del espíritu. María tiene su propia especificidad. El hecho de ser ese trío Cataluña-Andalucía-Madrid, de abuela catalana que emigra a Andalucía y madre sevillana, ese viaje y ese pasaje multicultural dentro de una unidad cultural ha hecho de ella una señora que sigue viviendo en tierra de nadie. Y para crear está bien estar en tierra de nadie», explica El Arbi El Harti. Cuando se conocieron, él asegura que apenas conocía nada sobre la danza. Quién lo diría escuchándolo ahora, que describe a su mujer como una artista profundamente arraiga en la tradición flamenca y al mismo tiempo en búsqueda de otras cosas. «El germen lo tiene en esa identidad múltiple que tiene, siendo española. Y eso significa que si hablamos de identidad española, o es plural o no es. El tema es que hoy nos toca, ahora en este momento, en este país maravilloso, hablar de qué es ser español, qué es España», añade.

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Y en esa búsqueda Pagés se perdió y en esa búsqueda sigue: «El trabajo conjunto parte de un amor, pero también llega a un lugar que no hubiera sido posible uno sin el otro. Romper barreras es seguir también lo que es el flamenco. Creo que el flamenco no se conoce en su profundidad y en su realidad, se conoce por la construcción de muchos estereotipos que han configurado un flamenco. Realmente, si quitamos todos ellos y nos quedamos con lo que realmente es el flamenco, sabemos que continuamente ha ido avanzando por la aportación de diferentes imaginarios que nos han puesto barreras. El propio flamenco está creado por lo que han ido aportando diferentes personalidades, culturas, formas de ver, de ser, de vivir. Y ahí ha ido esa dialéctica continua entre la tradición y la evolución. Si no, se habría quedado totalmente reducido y probablemente muerto», sentenciaba Pagés. A su lado El Arbi asiente con su cabeza. A veces entra en juego para discutir y en ocasiones simplemente escucha.

Lo cierto es que María y El Arbi son la danza y la palabra. También al revés. Y ‘Bilbao Square’ no empieza con bulerías ni soleás. Arranca con la palabra. «Hay una idea seudorromántica sobre la danza de que es movimiento, como si el movimiento no conllevara palabras e ideas. Creo que primero está la palabra y de la palabra se bifurca todo. La palabra es fundamental. El movimiento desposeído no existe. Son fundamentales las ideas y esas ideas se concretan en palabras. En nuestra relación surge siempre la palabra. Porque la palabra somos familia, hablamos y discutimos y escuchamos. Entonces, todos nuestros trabajos empiezan con la palabra», explica El Arbi, a lo que añade Pagés: «La palabra para la danza es la danza, la palabra tiene su reflejo, su conexión en la danza como otra compañera de expresión. Para mí la danza y la palabra son lo mismo». Juntos han creado este proyecto donde la escenografía se sostiene sobre objetos cotidianos –el abanico, el bastón, la bata de cola, los libros o los zapatos– que dejan de ser simples accesorios para convertirse en personajes cargados de significado emocional, reforzando así la dimensión poética y narrativa de la obra. Todo con textos de El Arbi El Harti. Son los objetos básicos de cualquier bailaor. Los mismos para todos y, en cambio, con formas radicalmente distintas de emplearlos.

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