La literatura de Mia Couto se esparce como un incendio en el corazón de quien lo lee. Nacido en Mozambique, en 1955, es uno de los autores más importantes de la literatura en lengua portuguesa. António Emílio Leite, rebautizado Mia por su hermano durante la infancia , es hijo de portugueses radicados en África. Biólogo, periodista, escritor y ciudadano comprometido políticamente con las luchas del continente africano, Couto publica ahora en español ‘El río de la ceguera’ (Alfaguara) , que llegará a las librerías el 17 de septiembre. En plena Primera Guerra Mundial, una extraña epidemia arrebata a los colonizadores europeos de Mozambique la capacidad de leer y escribir. Mia Couto invierte así la lógica colonial: mientras Occidente queda ciego ante sus propios signos, los africanos conservan en la oralidad y la memoria ancestral una forma de conocimiento que ningún ejército puede borrar.Entre sus obras esenciales figuran ‘Tierra sonámbula’ (1992) , considerada una de las grandes novelas africanas del siglo XX; ‘El último vuelo del flamenco’ (2000), ‘Un río llamado Tiempo, una casa llamada Tierra’ (2002), ‘Jerusalén’ (2009), ‘La confesión de la leona’ (2012) y la monumental ‘Trilogía de Mozambique. Las arenas del emperador’, ganadora del Premio Jan Michalski en 2020 . Su trayectoria ha sido reconocida con algunos de los principales galardones de las letras internacionales, entre ellos el premio Camões (2013), máximo reconocimiento de la literatura en lengua portuguesa; el Neustadt International Prize for Literature (2014) y el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2024).—En Mozambique no existe una palabra para «naturaleza».—Sí existe, pero no una que la abarque por completo. En Mozambique hay cerca de 30 lenguas, aunque ni siquiera sabemos con exactitud cuántas. Y en muchas de ellas no hay un término que traduzca realmente la idea de «naturaleza» tal como la entendemos. Hay equivalentes, pero no el concepto. Lo mismo ocurre con la muerte: puede existir la palabra «muerto», pero no «la muerte» como abstracción.—Eso cuestiona categorías que solemos considerar universales.—Exactamente. Muchas de esas categorías no son tan universales como creemos. Por eso digo que, antes que escritor, soy un traductor: no de lenguas, sino del mundo. Porque aquí no se trata solo de lenguaje.—¿A qué se refiere con esa traducción del mundo?—A que, por ejemplo, si digo que anoche fui un árbol, eso no resulta extraño en Mozambique. Hay una movilidad de identidad: uno no está limitado a su cuerpo. Puede ser río, montaña, otra cosa. Y eso no se percibe como algo fantástico, sino como parte de la realidad.—Esa idea conecta con la literatura y con el tema de ‘El río de la ceguera’.—Claro. La literatura busca precisamente eso: la capacidad de ser otro, de viajar entre identidades. En mi caso, no solo dentro de lo humano, sino en todo lo que existe.—En sus libros también hay una convivencia natural con los muertos.—Porque los muertos no mueren nunca. Siguen presentes, dialogan contigo. No hace falta invocar un momento especial para comunicarse con ellos. En muchas culturas africanas, los muertos son tus dioses.—¿Y eso cambia la manera de entender lo sagrado?—Totalmente. No hay una única forma de concebirlo. En algunas regiones hay panteones de dioses, como en la tradición griega. En otras, como en el este africano, los muertos ocupan ese lugar.—También habla de un «mundo invisible».—Sí. En África se acepta con naturalidad que existe un mundo invisible que actúa junto a nosotros. Eso ayuda a no tener tanto miedo a lo desconocido. Durante la pandemia, por ejemplo, el pánico vino en parte de enfrentarnos a algo invisible que desestabilizaba nuestras certezas.—Pero eso no implica creer en un destino fijo.—No. No hay un destino predeterminado. La vida se construye en cada momento, en diálogo constante.—Su obra también muestra tensiones sociales y políticas.—Porque yo mismo soy fruto de dos mundos: uno europeo y otro africano. No lo vivo como un conflicto, sino como una riqueza. Me obliga a mantener un diálogo interno permanente.—¿En qué idioma siente, si escribe en portugués?—No creo que exista un idioma para el escritor. Cada uno tiene que construir el suyo. Liberarse del lenguaje funcional y crear una lengua propia.—Su literatura parece partir de una creencia profunda, no solo de una técnica.—Sí. Creo que hubo un tiempo en que el mundo era «encantado». Esa relación con lo invisible no es exclusiva de un lugar; es parte de la condición humana. En mi infancia, por ejemplo, mi madre inventaba historias familiares que se volvían reales para nosotros. Esa experiencia me marcó profundamente.—¿Cuándo tomó conciencia de la escritura como necesidad?—Cuando pasé del periodismo a la poesía. Al principio escribía mal, estaba preso de una tradición. Pero cuando dejé de tener miedo y permití que otros mundos me habitaran, encontré mi voz.—Sus libros están llenos de voces. ¿Por qué esa multiplicidad?—Porque la realidad no es un árbol aislado, sino un bosque: una red de voces. Aunque ahora también me preocupa mantener un eje, un «tronco» que sostenga esa diversidad.—¿Qué papel han tenido la poesía y el teatro en su trayectoria?—La poesía es fundamental: no es solo lenguaje, es una forma de entender el mundo y aceptar nuestra pequeñez. El teatro, en cambio, me enseñó la inmediatez: escribías y enseguida veías la reacción del público.—Para terminar: la violencia está presente en su obra. ¿Cómo la aborda?—No es una invención, es algo que viví. Pero no me volvió amargo, sino más humano. Participé en procesos de reconciliación donde víctimas y agresores convivían. La idea no era castigar, sino reconstruir la humanidad del otro. Y en ese proceso, uno también se transforma. A veces, reconocer al otro como humano es el primer paso para reconstruir lo que se ha roto. La literatura de Mia Couto se esparce como un incendio en el corazón de quien lo lee. Nacido en Mozambique, en 1955, es uno de los autores más importantes de la literatura en lengua portuguesa. António Emílio Leite, rebautizado Mia por su hermano durante la infancia , es hijo de portugueses radicados en África. Biólogo, periodista, escritor y ciudadano comprometido políticamente con las luchas del continente africano, Couto publica ahora en español ‘El río de la ceguera’ (Alfaguara) , que llegará a las librerías el 17 de septiembre. En plena Primera Guerra Mundial, una extraña epidemia arrebata a los colonizadores europeos de Mozambique la capacidad de leer y escribir. Mia Couto invierte así la lógica colonial: mientras Occidente queda ciego ante sus propios signos, los africanos conservan en la oralidad y la memoria ancestral una forma de conocimiento que ningún ejército puede borrar.Entre sus obras esenciales figuran ‘Tierra sonámbula’ (1992) , considerada una de las grandes novelas africanas del siglo XX; ‘El último vuelo del flamenco’ (2000), ‘Un río llamado Tiempo, una casa llamada Tierra’ (2002), ‘Jerusalén’ (2009), ‘La confesión de la leona’ (2012) y la monumental ‘Trilogía de Mozambique. Las arenas del emperador’, ganadora del Premio Jan Michalski en 2020 . Su trayectoria ha sido reconocida con algunos de los principales galardones de las letras internacionales, entre ellos el premio Camões (2013), máximo reconocimiento de la literatura en lengua portuguesa; el Neustadt International Prize for Literature (2014) y el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2024).—En Mozambique no existe una palabra para «naturaleza».—Sí existe, pero no una que la abarque por completo. En Mozambique hay cerca de 30 lenguas, aunque ni siquiera sabemos con exactitud cuántas. Y en muchas de ellas no hay un término que traduzca realmente la idea de «naturaleza» tal como la entendemos. Hay equivalentes, pero no el concepto. Lo mismo ocurre con la muerte: puede existir la palabra «muerto», pero no «la muerte» como abstracción.—Eso cuestiona categorías que solemos considerar universales.—Exactamente. Muchas de esas categorías no son tan universales como creemos. Por eso digo que, antes que escritor, soy un traductor: no de lenguas, sino del mundo. Porque aquí no se trata solo de lenguaje.—¿A qué se refiere con esa traducción del mundo?—A que, por ejemplo, si digo que anoche fui un árbol, eso no resulta extraño en Mozambique. Hay una movilidad de identidad: uno no está limitado a su cuerpo. Puede ser río, montaña, otra cosa. Y eso no se percibe como algo fantástico, sino como parte de la realidad.—Esa idea conecta con la literatura y con el tema de ‘El río de la ceguera’.—Claro. La literatura busca precisamente eso: la capacidad de ser otro, de viajar entre identidades. En mi caso, no solo dentro de lo humano, sino en todo lo que existe.—En sus libros también hay una convivencia natural con los muertos.—Porque los muertos no mueren nunca. Siguen presentes, dialogan contigo. No hace falta invocar un momento especial para comunicarse con ellos. En muchas culturas africanas, los muertos son tus dioses.—¿Y eso cambia la manera de entender lo sagrado?—Totalmente. No hay una única forma de concebirlo. En algunas regiones hay panteones de dioses, como en la tradición griega. En otras, como en el este africano, los muertos ocupan ese lugar.—También habla de un «mundo invisible».—Sí. En África se acepta con naturalidad que existe un mundo invisible que actúa junto a nosotros. Eso ayuda a no tener tanto miedo a lo desconocido. Durante la pandemia, por ejemplo, el pánico vino en parte de enfrentarnos a algo invisible que desestabilizaba nuestras certezas.—Pero eso no implica creer en un destino fijo.—No. No hay un destino predeterminado. La vida se construye en cada momento, en diálogo constante.—Su obra también muestra tensiones sociales y políticas.—Porque yo mismo soy fruto de dos mundos: uno europeo y otro africano. No lo vivo como un conflicto, sino como una riqueza. Me obliga a mantener un diálogo interno permanente.—¿En qué idioma siente, si escribe en portugués?—No creo que exista un idioma para el escritor. Cada uno tiene que construir el suyo. Liberarse del lenguaje funcional y crear una lengua propia.—Su literatura parece partir de una creencia profunda, no solo de una técnica.—Sí. Creo que hubo un tiempo en que el mundo era «encantado». Esa relación con lo invisible no es exclusiva de un lugar; es parte de la condición humana. En mi infancia, por ejemplo, mi madre inventaba historias familiares que se volvían reales para nosotros. Esa experiencia me marcó profundamente.—¿Cuándo tomó conciencia de la escritura como necesidad?—Cuando pasé del periodismo a la poesía. Al principio escribía mal, estaba preso de una tradición. Pero cuando dejé de tener miedo y permití que otros mundos me habitaran, encontré mi voz.—Sus libros están llenos de voces. ¿Por qué esa multiplicidad?—Porque la realidad no es un árbol aislado, sino un bosque: una red de voces. Aunque ahora también me preocupa mantener un eje, un «tronco» que sostenga esa diversidad.—¿Qué papel han tenido la poesía y el teatro en su trayectoria?—La poesía es fundamental: no es solo lenguaje, es una forma de entender el mundo y aceptar nuestra pequeñez. El teatro, en cambio, me enseñó la inmediatez: escribías y enseguida veías la reacción del público.—Para terminar: la violencia está presente en su obra. ¿Cómo la aborda?—No es una invención, es algo que viví. Pero no me volvió amargo, sino más humano. Participé en procesos de reconciliación donde víctimas y agresores convivían. La idea no era castigar, sino reconstruir la humanidad del otro. Y en ese proceso, uno también se transforma. A veces, reconocer al otro como humano es el primer paso para reconstruir lo que se ha roto.
La literatura de Mia Couto se esparce como un incendio en el corazón de quien lo lee. Nacido en Mozambique, en 1955, es uno de los autores más importantes de la literatura en lengua portuguesa. António Emílio Leite, rebautizado Mia por su hermano durante la infancia … , es hijo de portugueses radicados en África. Biólogo, periodista, escritor y ciudadano comprometido políticamente con las luchas del continente africano, Couto publica ahora en español ‘El río de la ceguera’ (Alfaguara), que llegará a las librerías el 17 de septiembre. En plena Primera Guerra Mundial, una extraña epidemia arrebata a los colonizadores europeos de Mozambique la capacidad de leer y escribir. Mia Couto invierte así la lógica colonial: mientras Occidente queda ciego ante sus propios signos, los africanos conservan en la oralidad y la memoria ancestral una forma de conocimiento que ningún ejército puede borrar.
Entre sus obras esenciales figuran ‘Tierra sonámbula’ (1992), considerada una de las grandes novelas africanas del siglo XX; ‘El último vuelo del flamenco’ (2000), ‘Un río llamado Tiempo, una casa llamada Tierra’ (2002), ‘Jerusalén’ (2009), ‘La confesión de la leona’ (2012) y la monumental ‘Trilogía de Mozambique. Las arenas del emperador’, ganadora del Premio Jan Michalski en 2020. Su trayectoria ha sido reconocida con algunos de los principales galardones de las letras internacionales, entre ellos el premio Camões (2013), máximo reconocimiento de la literatura en lengua portuguesa; el Neustadt International Prize for Literature (2014) y el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2024).
—En Mozambique no existe una palabra para «naturaleza».
—Sí existe, pero no una que la abarque por completo. En Mozambique hay cerca de 30 lenguas, aunque ni siquiera sabemos con exactitud cuántas. Y en muchas de ellas no hay un término que traduzca realmente la idea de «naturaleza» tal como la entendemos. Hay equivalentes, pero no el concepto. Lo mismo ocurre con la muerte: puede existir la palabra «muerto», pero no «la muerte» como abstracción.
—Eso cuestiona categorías que solemos considerar universales.
—Exactamente. Muchas de esas categorías no son tan universales como creemos. Por eso digo que, antes que escritor, soy un traductor: no de lenguas, sino del mundo. Porque aquí no se trata solo de lenguaje.
—¿A qué se refiere con esa traducción del mundo?
—A que, por ejemplo, si digo que anoche fui un árbol, eso no resulta extraño en Mozambique. Hay una movilidad de identidad: uno no está limitado a su cuerpo. Puede ser río, montaña, otra cosa. Y eso no se percibe como algo fantástico, sino como parte de la realidad.
—Esa idea conecta con la literatura y con el tema de ‘El río de la ceguera’.
—Claro. La literatura busca precisamente eso: la capacidad de ser otro, de viajar entre identidades. En mi caso, no solo dentro de lo humano, sino en todo lo que existe.
—En sus libros también hay una convivencia natural con los muertos.
—Porque los muertos no mueren nunca. Siguen presentes, dialogan contigo. No hace falta invocar un momento especial para comunicarse con ellos. En muchas culturas africanas, los muertos son tus dioses.
—¿Y eso cambia la manera de entender lo sagrado?
—Totalmente. No hay una única forma de concebirlo. En algunas regiones hay panteones de dioses, como en la tradición griega. En otras, como en el este africano, los muertos ocupan ese lugar.
—También habla de un «mundo invisible».
—Sí. En África se acepta con naturalidad que existe un mundo invisible que actúa junto a nosotros. Eso ayuda a no tener tanto miedo a lo desconocido. Durante la pandemia, por ejemplo, el pánico vino en parte de enfrentarnos a algo invisible que desestabilizaba nuestras certezas.
—Pero eso no implica creer en un destino fijo.
—No. No hay un destino predeterminado. La vida se construye en cada momento, en diálogo constante.
—Su obra también muestra tensiones sociales y políticas.
—Porque yo mismo soy fruto de dos mundos: uno europeo y otro africano. No lo vivo como un conflicto, sino como una riqueza. Me obliga a mantener un diálogo interno permanente.
—¿En qué idioma siente, si escribe en portugués?
—No creo que exista un idioma para el escritor. Cada uno tiene que construir el suyo. Liberarse del lenguaje funcional y crear una lengua propia.
—Su literatura parece partir de una creencia profunda, no solo de una técnica.
—Sí. Creo que hubo un tiempo en que el mundo era «encantado». Esa relación con lo invisible no es exclusiva de un lugar; es parte de la condición humana. En mi infancia, por ejemplo, mi madre inventaba historias familiares que se volvían reales para nosotros. Esa experiencia me marcó profundamente.
—¿Cuándo tomó conciencia de la escritura como necesidad?
—Cuando pasé del periodismo a la poesía. Al principio escribía mal, estaba preso de una tradición. Pero cuando dejé de tener miedo y permití que otros mundos me habitaran, encontré mi voz.
—Sus libros están llenos de voces. ¿Por qué esa multiplicidad?
—Porque la realidad no es un árbol aislado, sino un bosque: una red de voces. Aunque ahora también me preocupa mantener un eje, un «tronco» que sostenga esa diversidad.
—¿Qué papel han tenido la poesía y el teatro en su trayectoria?
—La poesía es fundamental: no es solo lenguaje, es una forma de entender el mundo y aceptar nuestra pequeñez. El teatro, en cambio, me enseñó la inmediatez: escribías y enseguida veías la reacción del público.
—Para terminar: la violencia está presente en su obra. ¿Cómo la aborda?
—No es una invención, es algo que viví. Pero no me volvió amargo, sino más humano. Participé en procesos de reconciliación donde víctimas y agresores convivían. La idea no era castigar, sino reconstruir la humanidad del otro. Y en ese proceso, uno también se transforma. A veces, reconocer al otro como humano es el primer paso para reconstruir lo que se ha roto.
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