Hace medio siglo, o quizás menos, si se hubiese desprendido la nariz de Thomas Jefferson en el memorial de Washington (una esquirla de piedra blanca cayendo al pie del Potomac) el mundo habría hablado de la herida simbólica de América. Si la antena del Empire State Building se hubiese doblado como un alfiler bajo una tormenta, habríamos leído durante semanas diferentes análisis sobre la fatiga del acero que sostuvo el siglo XX.Pero hoy no basta con que el símbolo se resquebraje. Tiene que estallar. Tiene que arder. Tiene que haber un avión incrustándose en las torres del World Trade Center con millones de testigos paralizados ante la pantalla. Tiene que incendiarse (siempre en directo) Notre-Dame , con la aguja desplomándose como una espada rendida ante la retina global. Solo entonces la caída de la belleza se convierte en noticia. Lo demás es apenas un murmullo.Un ramo de azucenas de bronce de la Giralda que cae sin matar a nadie no compite con el espectáculo del derrumbe. No genera share, ni relato épico. No hay villanos. No hay culpable humano al que odiar. Sólo el viento, la corrosión interna y el desgaste paciente del tiempo, y eso no vende. Porque hemos aprendido a reaccionar ante el cataclismo, no ante el síntoma . Ante el incendio, no ante la grieta. Ante el descarrilamiento, la inundación, la demolición en directo, no ante la erosión silenciosa. Y así nos va.No, no vamos a comer flores. Estamos comiendo otra cosa . Y parece que nos alimenta. Nos sacia el escándalo, la pelea, la fractura. Nos excita el miedo. Nos mantiene ocupados la espuma ideológica. Pero cuando una torre que ha sobrevivido a reyes, terremotos y siglos deja caer unas azucenas de bronce de 100 kilos desde más de 90 metros de altura y no mata a nadie, miramos en Instagram el torpe vídeo de un vecino que estaba por allí y pasamos página. Literalmente.Y mientras tanto seguimos esperando otra gran catástrofe para poder opinar algo, para que tu columna sea incluida en el dossier de prensa del político de turno, como si sólo lo espectacular legitimara la emoción. Como si el símbolo solo importara cuando su destrucción es televisable .Las flores de la Giralda cayeron al suelo derribadas por la tormenta y el mundo apenas miró unos segundos. Quizá eso, precisamente eso, sea lo más inquietante de todo. Hace medio siglo, o quizás menos, si se hubiese desprendido la nariz de Thomas Jefferson en el memorial de Washington (una esquirla de piedra blanca cayendo al pie del Potomac) el mundo habría hablado de la herida simbólica de América. Si la antena del Empire State Building se hubiese doblado como un alfiler bajo una tormenta, habríamos leído durante semanas diferentes análisis sobre la fatiga del acero que sostuvo el siglo XX.Pero hoy no basta con que el símbolo se resquebraje. Tiene que estallar. Tiene que arder. Tiene que haber un avión incrustándose en las torres del World Trade Center con millones de testigos paralizados ante la pantalla. Tiene que incendiarse (siempre en directo) Notre-Dame , con la aguja desplomándose como una espada rendida ante la retina global. Solo entonces la caída de la belleza se convierte en noticia. Lo demás es apenas un murmullo.Un ramo de azucenas de bronce de la Giralda que cae sin matar a nadie no compite con el espectáculo del derrumbe. No genera share, ni relato épico. No hay villanos. No hay culpable humano al que odiar. Sólo el viento, la corrosión interna y el desgaste paciente del tiempo, y eso no vende. Porque hemos aprendido a reaccionar ante el cataclismo, no ante el síntoma . Ante el incendio, no ante la grieta. Ante el descarrilamiento, la inundación, la demolición en directo, no ante la erosión silenciosa. Y así nos va.No, no vamos a comer flores. Estamos comiendo otra cosa . Y parece que nos alimenta. Nos sacia el escándalo, la pelea, la fractura. Nos excita el miedo. Nos mantiene ocupados la espuma ideológica. Pero cuando una torre que ha sobrevivido a reyes, terremotos y siglos deja caer unas azucenas de bronce de 100 kilos desde más de 90 metros de altura y no mata a nadie, miramos en Instagram el torpe vídeo de un vecino que estaba por allí y pasamos página. Literalmente.Y mientras tanto seguimos esperando otra gran catástrofe para poder opinar algo, para que tu columna sea incluida en el dossier de prensa del político de turno, como si sólo lo espectacular legitimara la emoción. Como si el símbolo solo importara cuando su destrucción es televisable .Las flores de la Giralda cayeron al suelo derribadas por la tormenta y el mundo apenas miró unos segundos. Quizá eso, precisamente eso, sea lo más inquietante de todo. Hace medio siglo, o quizás menos, si se hubiese desprendido la nariz de Thomas Jefferson en el memorial de Washington (una esquirla de piedra blanca cayendo al pie del Potomac) el mundo habría hablado de la herida simbólica de América. Si la antena del Empire State Building se hubiese doblado como un alfiler bajo una tormenta, habríamos leído durante semanas diferentes análisis sobre la fatiga del acero que sostuvo el siglo XX.Pero hoy no basta con que el símbolo se resquebraje. Tiene que estallar. Tiene que arder. Tiene que haber un avión incrustándose en las torres del World Trade Center con millones de testigos paralizados ante la pantalla. Tiene que incendiarse (siempre en directo) Notre-Dame , con la aguja desplomándose como una espada rendida ante la retina global. Solo entonces la caída de la belleza se convierte en noticia. Lo demás es apenas un murmullo.Un ramo de azucenas de bronce de la Giralda que cae sin matar a nadie no compite con el espectáculo del derrumbe. No genera share, ni relato épico. No hay villanos. No hay culpable humano al que odiar. Sólo el viento, la corrosión interna y el desgaste paciente del tiempo, y eso no vende. Porque hemos aprendido a reaccionar ante el cataclismo, no ante el síntoma . Ante el incendio, no ante la grieta. Ante el descarrilamiento, la inundación, la demolición en directo, no ante la erosión silenciosa. Y así nos va.No, no vamos a comer flores. Estamos comiendo otra cosa . Y parece que nos alimenta. Nos sacia el escándalo, la pelea, la fractura. Nos excita el miedo. Nos mantiene ocupados la espuma ideológica. Pero cuando una torre que ha sobrevivido a reyes, terremotos y siglos deja caer unas azucenas de bronce de 100 kilos desde más de 90 metros de altura y no mata a nadie, miramos en Instagram el torpe vídeo de un vecino que estaba por allí y pasamos página. Literalmente.Y mientras tanto seguimos esperando otra gran catástrofe para poder opinar algo, para que tu columna sea incluida en el dossier de prensa del político de turno, como si sólo lo espectacular legitimara la emoción. Como si el símbolo solo importara cuando su destrucción es televisable .Las flores de la Giralda cayeron al suelo derribadas por la tormenta y el mundo apenas miró unos segundos. Quizá eso, precisamente eso, sea lo más inquietante de todo. RSS de noticias de cultura
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