Noruega continuará desarrollando sus recursos de petróleo y gas natural en el mar de Barents tenga o no el apoyo de la Unión Europea a la moratoria sobre el suministro de hidrocarburos del Ártico. Así lo ha afirmado este lunes el ministro de Energía del país nórdico, Terje Aasland, que considera que “en el actual contexto geopolítico y de seguridad, y teniendo en cuenta la situación de los recursos, mantener la actividad [ártica] favorece tanto los intereses noruegos como los europeos”.
El jefe de la mayor energética del país, Equinor, afirma que el crudo y el gas se enviarán a cualquier otra parte del mundo si la UE los rechaza
Noruega continuará desarrollando sus recursos de petróleo y gas natural en el mar de Barents tenga o no el apoyo de la Unión Europea a la moratoria sobre el suministro de hidrocarburos del Ártico. Así lo ha afirmado este lunes el ministro de Energía del país nórdico, Terje Aasland, que considera que “en el actual contexto geopolítico y de seguridad, y teniendo en cuenta la situación de los recursos, mantener la actividad [ártica] favorece tanto los intereses noruegos como los europeos”.
Aunque Noruega, que no es miembro de la UE, no necesita permiso de Bruselas para extraer petróleo y gas de esa zona del Ártico que forma parte de su zona económica exclusiva, parte de la rentabilidad de los proyectos depende de que los Veintisiete accedan a comprarle luego el crudo y el gas.
No obstante, Anders Opedal, consejero delegado de Equinor, la mayor petrolera noruega, ha afirmado este lunes que el petróleo y el gas natural licuado (GNL) del mar de Barents pueden enviarse a cualquier parte del mundo si el bloque comunitario los rechaza. “Lo único que se resentiría con esta decisión sería, en realidad, la seguridad europea. Nosotros tenemos flexibilidad”, agrega Opedal.
En un mes, a finales de septiembre, Bruselas tiene previsto desvelar las nuevas líneas maestras de su política para la región ártica, riquísima en recursos naturales y vital en lo geoestratégico, con todas las grandes potencias rivales disputándose su hegemonía.
Noruega es, desde la invasión rusa de Ucrania a gran escala, iniciada en febrero de 2022, el mayor proveedor de gas natural de Europa. Hoy cubre casi la tercera parte de la demanda de gas de la UE, una cifra que no ha dejado de crecer. Sin su concurso, tanto en el mercado gasista como en el petrolero, los Veintisiete —y también el Reino Unido— habrían tenido serios problemas de suministro. En especial, tras el nuevo cortocircuito energético que ha supuesto la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y el posterior cierre del estrecho de Ormuz, por el que transitaba la quinta parte del crudo y el GNL que consume el mundo.
El año pasado, la producción noruega de gas natural se situó cerca de su récord, ofreciendo unas jugosas ganancias a las empresas que lo explotan y al propio Estado noruego, mientras que la de petróleo alcanzó su máximo desde 2009. Sin embargo, las previsiones oficiales apuntan a que la producción caerá con fuerza a partir de 2030 si no se descubren y explotan nuevos recursos. De ahí la urgencia del Gobierno por acelerar unas prospecciones en el Ártico que han sido muy criticadas por los colectivos ambientalistas. También por observadores pragmáticos que consideran que estas prospecciones tardarán muchos años en dar sus primeros frutos y que, por tanto, apenas podrán contribuir a resolver la escasez energética europea a corto plazo.
La propia sociedad civil noruega se ha rebelado contra los planes de su Gobierno y del arco político que los respalda. La pasada primavera, casi 130 organizaciones, centros de estudios, académicos e instituciones financieras ―entre ellas, la poderosa Nordea― enviaron una carta a cuatro comisarios europeos y a la vicepresidenta comunitaria Teresa Ribera en la que les urgían a poner pie en pared y no permitir esa explotación del Ártico.

Pese a las repetidas presiones de Oslo, la UE defiende la prohibición de nuevas perforaciones en el Ártico por motivos medioambientales, si bien en los últimos meses —en especial, los transcurridos desde la clausura de Ormuz— estudia revisar su política ante la preocupación por la seguridad energética.
Los planes del Ejecutivo noruego pasan por mantener la producción y las exportaciones de hidrocarburos aproximadamente en los niveles actuales al menos hasta 2035, según ha afirmado este lunes el laborista Aasland. Un objetivo que será casi imposible de conseguir sin el concurso de plataformas petroleras en el mar de Barents. “Si Noruega quiere seguir siendo un proveedor de petróleo y gas a largo plazo para Europa […], el Ártico debe formar parte de ese debate”, ha agregado.
En sus conversaciones con funcionarios de la UE, Noruega ha defendido que las zonas del mar de Barents abiertas a la actividad petrolera están libres de hielo —como ocurre en el mar del Norte, donde está hoy el grueso de su producción fósil— por lo que presentan un menor riesgo de vertidos. Las autoridades del país nórdico argumentan, también, que esa actividad contribuye a mantener el empleo y los asentamientos en las regiones septentrionales del país fronterizas con Rusia.
Aasland considera que los argumentos de Noruega están siendo escuchados en Bruselas, pero añade que el país tiene el derecho soberano de explotar los recursos del mar de Barents aunque la UE siga respaldando una moratoria: “Nosotros explotaríamos estas zonas y después correspondería a la UE decidir si quiere imponer una moratoria a la compra de ese gas o ese petróleo”.
En los últimos tiempos, el director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE, dependiente de la OCDE), Fatih Birol, también ha instado a la UE a reconsiderar su oposición a nuevos proyectos de petróleo y gas en el Ártico, con el argumento de que esos suministros serán necesarios en el futuro para reforzar la seguridad energética.
El enorme excedente de energía renovable —gracias a su extensa red de embalses y cursos de agua que alimentan centrales hidroeléctricas— y su nítida apuesta por el coche eléctrico —es el país del mundo con una mayor penetración de este tipo de vehículos— había llevado a Noruega a recibir en los últimos años la etiqueta de “batería verde” del Viejo Continente.
Ahora, sus autoridades la rechazan. “Era una idea equivocada”, ha afirmado Aasland. En gran medida, dice, por la incapacidad de su país a equilibrar el mercado eléctrico continental. Esta concepción impulsó la construcción de nuevas interconexiones eléctricas, entre ellas las conexiones con el Reino Unido y Alemania, pero ha suscitado cierta oposición en Noruega ante la escalada de los precios de la electricidad en el resto de vecinos comunitarios. El país nórdico, ha remarcado este lunes el titular de Energía, no construirá nuevas interconexiones.
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