Junto a la puerta de la Nave 10 Matadero se puede ver un cartel de ‘ Verborrea ‘, una obra de Pablo Remón que se estrena el jueves 1 en este espacio. Bajo una imagen airada de Javier Cámara un letrero advierte: ‘Agotadas las localidades para todas las representaciones’ (a última hora se ha ajustado la disposición de la grada y se han puesto a la venta un reducido número de entradas). Y es que el autor y director madrileño se ha convertido en los últimos años en un importante reclamo: ‘La abducción de Luis Guzmán’, ‘Los mariachis’, ‘Los farsantes’, ‘Vania x Vania’ o ‘El entusiasmo’ son algunas de las obras que justifican el creciente interés del público. Naturalmente, también ayuda que el reparto de ‘Verborrea’ lo integren Javier Cámara junto a Marta Nieto, Israel Elejalde y Emilio Tomé . La obra, que dirige el propio Remón, es, según sus propias palabras, «una tragicomedia salvaje –llena de mugre y suciedad, pero también de poesía– sobre la herencia y nuestra necesidad de levantar y derribar mitos, de un lado o de otro». «No suelo partir de imágenes -dice Remón-; aunque parezca muy frío, yo voy tanteando en busca de un territorio. Me planteo qué es la obra que voy a escribir antes de que exista. El número de personajes, si va a tener muchos diálogos, si va a tener más o menos humor, si va a hablar de esto o de aquello… Y me lo planteo a menudo incluso en relación con obras mías anteriores, para hacer cosas distintas o casi contrarias».El territorio de ‘Verborrea’, sigue su autor, era la palabra. «Quería hacer una obra donde se hablara mucho, se contaran muchas cosas y en la que el relato fuera muy importante. Y que fuera muy española , que tuviera mucha idiosincrasia y estuviera permeada por el momento que estamos viviendo socialmente, de tanta polarización, de lucha de relatos…». El título apareció enseguida: «’Verborrea’ me parece una palabra muy española, que además me marcaba el tono. De ahí surgió la idea de alguien que se rebela contra la sociedad, y de ahí la idea del grupo punk que protagoniza el texto».El proceso se alimentó después con un artículo que leyó Remón sobre un poblado que existió en el Valle de los Caídos, que había construido Franco en los años cuarenta para que vivieran en él trabajadores de Patrimonio Nacional . «Me resultó muy intrigante y muy inspirador que en aquel poblado, bajo la cruz gigante, vivieran niños; para ellos era una especie de paraíso, porque vivían en un parque maravilloso, en el monte, totalmente libres, y que solo muchos años después entendieron lo que significaba aquel lugar que ya desde Felipe II está muy ‘cargado de españolidad’. Y pensé: ¿hasta qué punto la infancia de mucha gente, de muchas generaciones, no tiene algo de paraíso perdido?».-Muchas veces los periodistas preguntamos a los autores qué quieren decir con cada obra, y tengo la sensación de que en realidad no lo saben y es la obra la que les abre los ojos.-Totalmente. Hay una frase de Sam Shepard que a mí me gusta mucho: «Las ideas emergen de las obras y no al contrario». Claro que hay ideas en las obras, pero cada una le dirá a cada espectador cosas distintas en función de sus vivencias, de su vida, de sus recuerdos… Al autor le pasa algo parecido. Nunca parto de qué quiero decir; lo que quiero es explorar un territorio, dar respuesta a algo para lo que no la tengo, o escribir sobre algo que me intriga, me inquieta o me provoca, porque es una manera de explorar eso. Las obras no son una especie de mensaje cifrado que el espectador tiene que descifrar. Yo entiendo la escritura como un descubrimiento. Escribo para saber lo que pienso, no para expresar lo que pienso; la escritura nos revela cosas de nosotros mismos que no sabíamos. Incluso puede decirnos cosas contrarias a lo que pensábamos. Lo interesante del teatro es la contradicción, la experiencia, la ambigüedad; y yo la busco mucho incluso cuando estás tratando un tema con una cierta carga política y social; a mí el teatro que me interesa es el que no se puede reducir a un mensaje.-En el teatro el público termina de escribir las obras…-Es otra escritura, claro. Tú no descubres una obra hasta que la ves con gente. Escribes el texto, compartes su idea con el elenco, con los equipos artístico y técnico, y ahí empiezas a leer una obra distinta. Durante los ensayos vuelves a ver otra obra que no habías visto tanto, y así debe ser. Y cuando aparece el público, hay una tercera obra, que es la que existe de verdad. Empiezas a ver la función a través del público y descubres lo que has hecho, que no lo tienes tan claro.«Las obras no son una especie de mensaje cifrado que el espectador tiene que descifrar. Yo entiendo la escritura como un descubrimiento»-Sería terrible si lo tuviera claro.-A mí no me interesa, desde luego. Una de las cosas que me sorprende en el teatro con respecto al cine, donde empecé, es la importancia que se le da al ‘mensaje’. Cuando haces una película haces una comedia, un thriller y todo el mundo lo entiende; nadie te pregunta qué quieres decir con la película. Pero en el teatro, no sé muy bien por qué, parece que se le da más importancia, y yo entiendo el teatro mucho más como exploración.-Ha planteado ‘Verborrea’, formalmente, como una cinta de casete, con su cara A y su cara B. Imagino que no es solo una elección estética.-No, esta función no es, digamos, clásica, en el sentido de que una escena sucede a otra… Lo que tenemos no es una verdad, sino que son las verdades de cada personaje, que eso pasa siempre en el teatro, pero que aquí se presenta de un modo muy extremado. La historia la construyen varios personajes mediante monólogos, voces, recuerdos, memorias… Y nos encontramos con una especie de enigma, de pregunta, de hueco. Pensaba en la estructura de ‘Ciudadano Kane’… En ‘Verborrea’ hay un gran enigma en torno a Segis, el protagonista ausente; hay quien le ve como un imbécil y quien le ve como un héroe. Los distintos personajes proyectan sus miedos, sus dudas, sus deseos, y solo al final tenemos su voz y su visión de la historia directa. Se cuenta la historia de un grupo punki llamado Verborrea; en la cara A, la primera parte, vemos la infancia de dos hermanos hasta la construcción del grupo con el que Segis quiere reaccionar contra su padre, contra la sociedad, contra todo. Y en la cara B nos vamos directamente a la historia del grupo contada por sus integrantes.Javier Cámara, Israel Elejalde, Emilio Tomé y Marta Nieto Carlos Luque-¿Cuando escribe ya piensa en cómo va a dirigir la función?-Totalmente. Es algo que he hablado a veces con Juan Mayorga; él dice que sus obras las escribe el autor y las dirige el director, aunque sean la misma persona. Tiene muy separados los dos procesos. Pero yo no distingo mucho entre esas dos partes del proceso. Cuando estoy escribiendo, ya estoy pensando en la escenografía, en la música u otros elementos que pueden cambiar el texto. Y cuando estoy dirigiendo, no dejo de estar escribiendo; aunque la obra está hecha, no dejo de estar reescribiendo algunas partes. Mi forma de dirigir tiene mucho que ver con la escritura. Durante los ensayos, los actores pueden reescribir una escena con un texto, o lo puede hacer una luz. Nunca tengo la sensación de que el texto esté cerrado; se cierra el día del estreno. Pero el texto es móvil, es un material de trabajo que se termina de hacer completamente en el proceso de ensayos.«Cuando estoy escribiendo, ya estoy pensando en la escenografía, en la música u otros elementos que pueden cambiar el texto. Y cuando estoy dirigiendo, no dejo de estar escribiendo»-¿Y escribe la obra pensando en los actores que la van a interpretar?-Cuando empiezo un texto pienso en determinados actores y hablo con ellos para contarles de qué va, las dudas que tengo, por dónde me parece que puede ir, y voy armando el reparto, que se puede modificar, claro. A los cuatro que interpretan ‘Verborrea’ los conocía, había trabajado con ellos, y les agradezco que respondieran a mi llamada porque es un acto de fe por su parte; no les llamaba para hacer determinado personaje, sino para que estuviera en este proceso conmigo. Mis obras cambian mucho según quién las vaya a interpretar. Escribo pensando en ellos, en sus voces, en sus cuerpos, en su manera de ser… Es como hacerles un traje a medida. Nunca escribo en abstracto.-Sobre todo con cuatro actores con una personalidad tan acusada.-Son energías distintas , y no pienso tanto en el personaje como en las personas. Ya sé la energía que tiene Marta, la energía que tiene Emilio, la energía que tienen Javier e Israel, y el tipo de actores que son. Eso me ayuda mucho y el texto se convierte en una especie de carrera de relevos donde empieza uno, otro la retoma después. Mis obras son muy corales normalmente, aunque todos tengan su protagonismo; intento que no sobren actores, vamos a decirlo así.-Las actuales circunstancias del teatro, con producciones cada vez más difíciles de levantar cuando tienen repartos numerosos, ¿condicionan su forma de escribir? ¿O supone para usted un reto contar historias con pocos personajes?-Por el tipo de teatro que hago, para mí no es un lastre. No me guío por las posibilidades de la producción cuando escribo. Por ejemplo, ‘Los farsantes’ era una producción grande del Centro Dramático Nacional; en lugar de cuatro actores podrían haber sido ocho. Pero me importa mucho que haya un equilibrio y que los actores tengan ‘suficiente trabajo’; quiero tener siempre a los mejores actores, y los mejores actores necesitan alimento y el autor tiene que dárselo. No en el sentido de cantidad de texto, sino de otros factores; han de saber para qué están ahí. Todo esto es opinable, claro, igual si estás haciendo un Shakespeare no es lo mismo. Pero me suele gustar esa condensación porque me parece que los actores están más a una todos, que no haya uno aburrido o que esté fuera pensando que le queda media hora para salir y decir sus frases. Es mi concepción particular del teatro, que viene quizás de que cuando empecé a hacer teatro lo hice con amigos; era teatro de barra y ahí sí que no podíamos contar con siete actores. Pero he seguido haciéndolo así por voluntad propia. Junto a la puerta de la Nave 10 Matadero se puede ver un cartel de ‘ Verborrea ‘, una obra de Pablo Remón que se estrena el jueves 1 en este espacio. Bajo una imagen airada de Javier Cámara un letrero advierte: ‘Agotadas las localidades para todas las representaciones’ (a última hora se ha ajustado la disposición de la grada y se han puesto a la venta un reducido número de entradas). Y es que el autor y director madrileño se ha convertido en los últimos años en un importante reclamo: ‘La abducción de Luis Guzmán’, ‘Los mariachis’, ‘Los farsantes’, ‘Vania x Vania’ o ‘El entusiasmo’ son algunas de las obras que justifican el creciente interés del público. Naturalmente, también ayuda que el reparto de ‘Verborrea’ lo integren Javier Cámara junto a Marta Nieto, Israel Elejalde y Emilio Tomé . La obra, que dirige el propio Remón, es, según sus propias palabras, «una tragicomedia salvaje –llena de mugre y suciedad, pero también de poesía– sobre la herencia y nuestra necesidad de levantar y derribar mitos, de un lado o de otro». «No suelo partir de imágenes -dice Remón-; aunque parezca muy frío, yo voy tanteando en busca de un territorio. Me planteo qué es la obra que voy a escribir antes de que exista. El número de personajes, si va a tener muchos diálogos, si va a tener más o menos humor, si va a hablar de esto o de aquello… Y me lo planteo a menudo incluso en relación con obras mías anteriores, para hacer cosas distintas o casi contrarias».El territorio de ‘Verborrea’, sigue su autor, era la palabra. «Quería hacer una obra donde se hablara mucho, se contaran muchas cosas y en la que el relato fuera muy importante. Y que fuera muy española , que tuviera mucha idiosincrasia y estuviera permeada por el momento que estamos viviendo socialmente, de tanta polarización, de lucha de relatos…». El título apareció enseguida: «’Verborrea’ me parece una palabra muy española, que además me marcaba el tono. De ahí surgió la idea de alguien que se rebela contra la sociedad, y de ahí la idea del grupo punk que protagoniza el texto».El proceso se alimentó después con un artículo que leyó Remón sobre un poblado que existió en el Valle de los Caídos, que había construido Franco en los años cuarenta para que vivieran en él trabajadores de Patrimonio Nacional . «Me resultó muy intrigante y muy inspirador que en aquel poblado, bajo la cruz gigante, vivieran niños; para ellos era una especie de paraíso, porque vivían en un parque maravilloso, en el monte, totalmente libres, y que solo muchos años después entendieron lo que significaba aquel lugar que ya desde Felipe II está muy ‘cargado de españolidad’. Y pensé: ¿hasta qué punto la infancia de mucha gente, de muchas generaciones, no tiene algo de paraíso perdido?».-Muchas veces los periodistas preguntamos a los autores qué quieren decir con cada obra, y tengo la sensación de que en realidad no lo saben y es la obra la que les abre los ojos.-Totalmente. Hay una frase de Sam Shepard que a mí me gusta mucho: «Las ideas emergen de las obras y no al contrario». Claro que hay ideas en las obras, pero cada una le dirá a cada espectador cosas distintas en función de sus vivencias, de su vida, de sus recuerdos… Al autor le pasa algo parecido. Nunca parto de qué quiero decir; lo que quiero es explorar un territorio, dar respuesta a algo para lo que no la tengo, o escribir sobre algo que me intriga, me inquieta o me provoca, porque es una manera de explorar eso. Las obras no son una especie de mensaje cifrado que el espectador tiene que descifrar. Yo entiendo la escritura como un descubrimiento. Escribo para saber lo que pienso, no para expresar lo que pienso; la escritura nos revela cosas de nosotros mismos que no sabíamos. Incluso puede decirnos cosas contrarias a lo que pensábamos. Lo interesante del teatro es la contradicción, la experiencia, la ambigüedad; y yo la busco mucho incluso cuando estás tratando un tema con una cierta carga política y social; a mí el teatro que me interesa es el que no se puede reducir a un mensaje.-En el teatro el público termina de escribir las obras…-Es otra escritura, claro. Tú no descubres una obra hasta que la ves con gente. Escribes el texto, compartes su idea con el elenco, con los equipos artístico y técnico, y ahí empiezas a leer una obra distinta. Durante los ensayos vuelves a ver otra obra que no habías visto tanto, y así debe ser. Y cuando aparece el público, hay una tercera obra, que es la que existe de verdad. Empiezas a ver la función a través del público y descubres lo que has hecho, que no lo tienes tan claro.«Las obras no son una especie de mensaje cifrado que el espectador tiene que descifrar. Yo entiendo la escritura como un descubrimiento»-Sería terrible si lo tuviera claro.-A mí no me interesa, desde luego. Una de las cosas que me sorprende en el teatro con respecto al cine, donde empecé, es la importancia que se le da al ‘mensaje’. Cuando haces una película haces una comedia, un thriller y todo el mundo lo entiende; nadie te pregunta qué quieres decir con la película. Pero en el teatro, no sé muy bien por qué, parece que se le da más importancia, y yo entiendo el teatro mucho más como exploración.-Ha planteado ‘Verborrea’, formalmente, como una cinta de casete, con su cara A y su cara B. Imagino que no es solo una elección estética.-No, esta función no es, digamos, clásica, en el sentido de que una escena sucede a otra… Lo que tenemos no es una verdad, sino que son las verdades de cada personaje, que eso pasa siempre en el teatro, pero que aquí se presenta de un modo muy extremado. La historia la construyen varios personajes mediante monólogos, voces, recuerdos, memorias… Y nos encontramos con una especie de enigma, de pregunta, de hueco. Pensaba en la estructura de ‘Ciudadano Kane’… En ‘Verborrea’ hay un gran enigma en torno a Segis, el protagonista ausente; hay quien le ve como un imbécil y quien le ve como un héroe. Los distintos personajes proyectan sus miedos, sus dudas, sus deseos, y solo al final tenemos su voz y su visión de la historia directa. Se cuenta la historia de un grupo punki llamado Verborrea; en la cara A, la primera parte, vemos la infancia de dos hermanos hasta la construcción del grupo con el que Segis quiere reaccionar contra su padre, contra la sociedad, contra todo. Y en la cara B nos vamos directamente a la historia del grupo contada por sus integrantes.Javier Cámara, Israel Elejalde, Emilio Tomé y Marta Nieto Carlos Luque-¿Cuando escribe ya piensa en cómo va a dirigir la función?-Totalmente. Es algo que he hablado a veces con Juan Mayorga; él dice que sus obras las escribe el autor y las dirige el director, aunque sean la misma persona. Tiene muy separados los dos procesos. Pero yo no distingo mucho entre esas dos partes del proceso. Cuando estoy escribiendo, ya estoy pensando en la escenografía, en la música u otros elementos que pueden cambiar el texto. Y cuando estoy dirigiendo, no dejo de estar escribiendo; aunque la obra está hecha, no dejo de estar reescribiendo algunas partes. Mi forma de dirigir tiene mucho que ver con la escritura. Durante los ensayos, los actores pueden reescribir una escena con un texto, o lo puede hacer una luz. Nunca tengo la sensación de que el texto esté cerrado; se cierra el día del estreno. Pero el texto es móvil, es un material de trabajo que se termina de hacer completamente en el proceso de ensayos.«Cuando estoy escribiendo, ya estoy pensando en la escenografía, en la música u otros elementos que pueden cambiar el texto. Y cuando estoy dirigiendo, no dejo de estar escribiendo»-¿Y escribe la obra pensando en los actores que la van a interpretar?-Cuando empiezo un texto pienso en determinados actores y hablo con ellos para contarles de qué va, las dudas que tengo, por dónde me parece que puede ir, y voy armando el reparto, que se puede modificar, claro. A los cuatro que interpretan ‘Verborrea’ los conocía, había trabajado con ellos, y les agradezco que respondieran a mi llamada porque es un acto de fe por su parte; no les llamaba para hacer determinado personaje, sino para que estuviera en este proceso conmigo. Mis obras cambian mucho según quién las vaya a interpretar. Escribo pensando en ellos, en sus voces, en sus cuerpos, en su manera de ser… Es como hacerles un traje a medida. Nunca escribo en abstracto.-Sobre todo con cuatro actores con una personalidad tan acusada.-Son energías distintas , y no pienso tanto en el personaje como en las personas. Ya sé la energía que tiene Marta, la energía que tiene Emilio, la energía que tienen Javier e Israel, y el tipo de actores que son. Eso me ayuda mucho y el texto se convierte en una especie de carrera de relevos donde empieza uno, otro la retoma después. Mis obras son muy corales normalmente, aunque todos tengan su protagonismo; intento que no sobren actores, vamos a decirlo así.-Las actuales circunstancias del teatro, con producciones cada vez más difíciles de levantar cuando tienen repartos numerosos, ¿condicionan su forma de escribir? ¿O supone para usted un reto contar historias con pocos personajes?-Por el tipo de teatro que hago, para mí no es un lastre. No me guío por las posibilidades de la producción cuando escribo. Por ejemplo, ‘Los farsantes’ era una producción grande del Centro Dramático Nacional; en lugar de cuatro actores podrían haber sido ocho. Pero me importa mucho que haya un equilibrio y que los actores tengan ‘suficiente trabajo’; quiero tener siempre a los mejores actores, y los mejores actores necesitan alimento y el autor tiene que dárselo. No en el sentido de cantidad de texto, sino de otros factores; han de saber para qué están ahí. Todo esto es opinable, claro, igual si estás haciendo un Shakespeare no es lo mismo. Pero me suele gustar esa condensación porque me parece que los actores están más a una todos, que no haya uno aburrido o que esté fuera pensando que le queda media hora para salir y decir sus frases. Es mi concepción particular del teatro, que viene quizás de que cuando empecé a hacer teatro lo hice con amigos; era teatro de barra y ahí sí que no podíamos contar con siete actores. Pero he seguido haciéndolo así por voluntad propia.
Junto a la puerta de la Nave 10 Matadero se puede ver un cartel de ‘Verborrea‘, una obra de Pablo Remón que se estrena el jueves 1 en este espacio. Bajo una imagen airada de Javier Cámara un letrero advierte: ‘Agotadas … las localidades para todas las representaciones’ (a última hora se ha ajustado la disposición de la grada y se han puesto a la venta un reducido número de entradas). Y es que el autor y director madrileño se ha convertido en los últimos años en un importante reclamo: ‘La abducción de Luis Guzmán’, ‘Los mariachis’, ‘Los farsantes’, ‘Vania x Vania’ o ‘El entusiasmo’ son algunas de las obras que justifican el creciente interés del público.
Naturalmente, también ayuda que el reparto de ‘Verborrea’ lo integren Javier Cámara junto a Marta Nieto, Israel Elejalde y Emilio Tomé. La obra, que dirige el propio Remón, es, según sus propias palabras, «una tragicomedia salvaje –llena de mugre y suciedad, pero también de poesía– sobre la herencia y nuestra necesidad de levantar y derribar mitos, de un lado o de otro». «No suelo partir de imágenes -dice Remón-; aunque parezca muy frío, yo voy tanteando en busca de un territorio. Me planteo qué es la obra que voy a escribir antes de que exista. El número de personajes, si va a tener muchos diálogos, si va a tener más o menos humor, si va a hablar de esto o de aquello… Y me lo planteo a menudo incluso en relación con obras mías anteriores, para hacer cosas distintas o casi contrarias».
El territorio de ‘Verborrea’, sigue su autor, era la palabra. «Quería hacer una obra donde se hablara mucho, se contaran muchas cosas y en la que el relato fuera muy importante. Y que fuera muy española, que tuviera mucha idiosincrasia y estuviera permeada por el momento que estamos viviendo socialmente, de tanta polarización, de lucha de relatos…». El título apareció enseguida: «’Verborrea’ me parece una palabra muy española, que además me marcaba el tono. De ahí surgió la idea de alguien que se rebela contra la sociedad, y de ahí la idea del grupo punk que protagoniza el texto».
El proceso se alimentó después con un artículo que leyó Remón sobre un poblado que existió en el Valle de los Caídos, que había construido Franco en los años cuarenta para que vivieran en él trabajadores de Patrimonio Nacional. «Me resultó muy intrigante y muy inspirador que en aquel poblado, bajo la cruz gigante, vivieran niños; para ellos era una especie de paraíso, porque vivían en un parque maravilloso, en el monte, totalmente libres, y que solo muchos años después entendieron lo que significaba aquel lugar que ya desde Felipe II está muy ‘cargado de españolidad’. Y pensé: ¿hasta qué punto la infancia de mucha gente, de muchas generaciones, no tiene algo de paraíso perdido?».
-Muchas veces los periodistas preguntamos a los autores qué quieren decir con cada obra, y tengo la sensación de que en realidad no lo saben y es la obra la que les abre los ojos.
-Totalmente. Hay una frase de Sam Shepard que a mí me gusta mucho: «Las ideas emergen de las obras y no al contrario». Claro que hay ideas en las obras, pero cada una le dirá a cada espectador cosas distintas en función de sus vivencias, de su vida, de sus recuerdos… Al autor le pasa algo parecido. Nunca parto de qué quiero decir; lo que quiero es explorar un territorio, dar respuesta a algo para lo que no la tengo, o escribir sobre algo que me intriga, me inquieta o me provoca, porque es una manera de explorar eso. Las obras no son una especie de mensaje cifrado que el espectador tiene que descifrar. Yo entiendo la escritura como un descubrimiento. Escribo para saber lo que pienso, no para expresar lo que pienso; la escritura nos revela cosas de nosotros mismos que no sabíamos. Incluso puede decirnos cosas contrarias a lo que pensábamos. Lo interesante del teatro es la contradicción, la experiencia, la ambigüedad; y yo la busco mucho incluso cuando estás tratando un tema con una cierta carga política y social; a mí el teatro que me interesa es el que no se puede reducir a un mensaje.
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-En el teatro el público termina de escribir las obras…
-Es otra escritura, claro. Tú no descubres una obra hasta que la ves con gente. Escribes el texto, compartes su idea con el elenco, con los equipos artístico y técnico, y ahí empiezas a leer una obra distinta. Durante los ensayos vuelves a ver otra obra que no habías visto tanto, y así debe ser. Y cuando aparece el público, hay una tercera obra, que es la que existe de verdad. Empiezas a ver la función a través del público y descubres lo que has hecho, que no lo tienes tan claro.
«Las obras no son una especie de mensaje cifrado que el espectador tiene que descifrar. Yo entiendo la escritura como un descubrimiento»
-Sería terrible si lo tuviera claro.
-A mí no me interesa, desde luego. Una de las cosas que me sorprende en el teatro con respecto al cine, donde empecé, es la importancia que se le da al ‘mensaje’. Cuando haces una película haces una comedia, un thriller y todo el mundo lo entiende; nadie te pregunta qué quieres decir con la película. Pero en el teatro, no sé muy bien por qué, parece que se le da más importancia, y yo entiendo el teatro mucho más como exploración.
-Ha planteado ‘Verborrea’, formalmente, como una cinta de casete, con su cara A y su cara B. Imagino que no es solo una elección estética.
-No, esta función no es, digamos, clásica, en el sentido de que una escena sucede a otra… Lo que tenemos no es una verdad, sino que son las verdades de cada personaje, que eso pasa siempre en el teatro, pero que aquí se presenta de un modo muy extremado. La historia la construyen varios personajes mediante monólogos, voces, recuerdos, memorias… Y nos encontramos con una especie de enigma, de pregunta, de hueco. Pensaba en la estructura de ‘Ciudadano Kane’… En ‘Verborrea’ hay un gran enigma en torno a Segis, el protagonista ausente; hay quien le ve como un imbécil y quien le ve como un héroe. Los distintos personajes proyectan sus miedos, sus dudas, sus deseos, y solo al final tenemos su voz y su visión de la historia directa. Se cuenta la historia de un grupo punki llamado Verborrea; en la cara A, la primera parte, vemos la infancia de dos hermanos hasta la construcción del grupo con el que Segis quiere reaccionar contra su padre, contra la sociedad, contra todo. Y en la cara B nos vamos directamente a la historia del grupo contada por sus integrantes.

(Carlos Luque)
-¿Cuando escribe ya piensa en cómo va a dirigir la función?
-Totalmente. Es algo que he hablado a veces con Juan Mayorga; él dice que sus obras las escribe el autor y las dirige el director, aunque sean la misma persona. Tiene muy separados los dos procesos. Pero yo no distingo mucho entre esas dos partes del proceso. Cuando estoy escribiendo, ya estoy pensando en la escenografía, en la música u otros elementos que pueden cambiar el texto. Y cuando estoy dirigiendo, no dejo de estar escribiendo; aunque la obra está hecha, no dejo de estar reescribiendo algunas partes. Mi forma de dirigir tiene mucho que ver con la escritura. Durante los ensayos, los actores pueden reescribir una escena con un texto, o lo puede hacer una luz. Nunca tengo la sensación de que el texto esté cerrado; se cierra el día del estreno. Pero el texto es móvil, es un material de trabajo que se termina de hacer completamente en el proceso de ensayos.
«Cuando estoy escribiendo, ya estoy pensando en la escenografía, en la música u otros elementos que pueden cambiar el texto. Y cuando estoy dirigiendo, no dejo de estar escribiendo»
-¿Y escribe la obra pensando en los actores que la van a interpretar?
-Cuando empiezo un texto pienso en determinados actores y hablo con ellos para contarles de qué va, las dudas que tengo, por dónde me parece que puede ir, y voy armando el reparto, que se puede modificar, claro. A los cuatro que interpretan ‘Verborrea’ los conocía, había trabajado con ellos, y les agradezco que respondieran a mi llamada porque es un acto de fe por su parte; no les llamaba para hacer determinado personaje, sino para que estuviera en este proceso conmigo. Mis obras cambian mucho según quién las vaya a interpretar. Escribo pensando en ellos, en sus voces, en sus cuerpos, en su manera de ser… Es como hacerles un traje a medida. Nunca escribo en abstracto.
-Sobre todo con cuatro actores con una personalidad tan acusada.
-Son energías distintas , y no pienso tanto en el personaje como en las personas. Ya sé la energía que tiene Marta, la energía que tiene Emilio, la energía que tienen Javier e Israel, y el tipo de actores que son. Eso me ayuda mucho y el texto se convierte en una especie de carrera de relevos donde empieza uno, otro la retoma después. Mis obras son muy corales normalmente, aunque todos tengan su protagonismo; intento que no sobren actores, vamos a decirlo así.
-Las actuales circunstancias del teatro, con producciones cada vez más difíciles de levantar cuando tienen repartos numerosos, ¿condicionan su forma de escribir? ¿O supone para usted un reto contar historias con pocos personajes?
-Por el tipo de teatro que hago, para mí no es un lastre. No me guío por las posibilidades de la producción cuando escribo. Por ejemplo, ‘Los farsantes’ era una producción grande del Centro Dramático Nacional; en lugar de cuatro actores podrían haber sido ocho. Pero me importa mucho que haya un equilibrio y que los actores tengan ‘suficiente trabajo’; quiero tener siempre a los mejores actores, y los mejores actores necesitan alimento y el autor tiene que dárselo. No en el sentido de cantidad de texto, sino de otros factores; han de saber para qué están ahí. Todo esto es opinable, claro, igual si estás haciendo un Shakespeare no es lo mismo. Pero me suele gustar esa condensación porque me parece que los actores están más a una todos, que no haya uno aburrido o que esté fuera pensando que le queda media hora para salir y decir sus frases. Es mi concepción particular del teatro, que viene quizás de que cuando empecé a hacer teatro lo hice con amigos; era teatro de barra y ahí sí que no podíamos contar con siete actores. Pero he seguido haciéndolo así por voluntad propia.
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