Está claro que el discurso navideño de Felipe VI está pensado al milímetro en todos sus aspectos, desde el vestuario hasta la novedosa ‘performance’ en pie, como sabe mejor que nadie mi querida Angie Calero. Sin embargo, personalmente me quedo con el contraste dinástico entre los Austrias y los Borbones que marca la escenografía, con la estatua de ‘Carlos V y el Furor’ (o ‘Carlos V dominando el Furor’) de Leone y Pompeo Leoni como trasfondo. Bueno, una copia del original del Museo del Prado, pero tanto da. Como su valor simbólico (victoria contra los turcos y otros enemigos), que —por así decirlo— que en este caso no entraba en juego, no se asusten.Siempre es interesante jugar al careo entre personajes, y Felipe VI y Carlos V tal vez compartan más de lo que puede parecer a simple vista: verbigracia, un parlamento capital con la cuestión lingüística de por medio. Anteayer, Felipe VI lanzó un mensaje de concordia y diálogo que —como es ya tradición— cierra con una felicitación en las cuatro lenguas oficiales (español, euskera, catalán y gallego), todo muy ecuménico. Y, con la estatua carolina al lado, hace pensar en otro discurso de los buenos del emperador, con un valor similar.Roma, 17 de abril de 1536: frente a un auditorio conformado por el papa y todo el auditorio vaticano, Carlos V pronuncia un importante alegato improvisado donde denunciaba la política del Rey galo y buscaba una solución para Europa. Y, muy significativamente, lo hace en español, un gesto simbólico y muy calculado que —según se dice— causó las protestas del embajador francés por no saber la lengua, a lo que el emperador respondió: «Señor obispo, entiéndame, si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan notable que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana». Así ha quedado en los anales de la historiografía, pero son más bien palabras legendarias dentro de un discurso mesurado, según probó el admirado y llorado Fernando González-Ollé: hablar en español era la estrategia pragmática más adecuada a las circunstancias, que sólo el tiempo —adicional o indirectamente— permite ver como un hito en la conformación de su prestigio y universalidad. Pues eso, ya ven: la importancia de la palabra del Rey a la sombra de una escultura. Está claro que el discurso navideño de Felipe VI está pensado al milímetro en todos sus aspectos, desde el vestuario hasta la novedosa ‘performance’ en pie, como sabe mejor que nadie mi querida Angie Calero. Sin embargo, personalmente me quedo con el contraste dinástico entre los Austrias y los Borbones que marca la escenografía, con la estatua de ‘Carlos V y el Furor’ (o ‘Carlos V dominando el Furor’) de Leone y Pompeo Leoni como trasfondo. Bueno, una copia del original del Museo del Prado, pero tanto da. Como su valor simbólico (victoria contra los turcos y otros enemigos), que —por así decirlo— que en este caso no entraba en juego, no se asusten.Siempre es interesante jugar al careo entre personajes, y Felipe VI y Carlos V tal vez compartan más de lo que puede parecer a simple vista: verbigracia, un parlamento capital con la cuestión lingüística de por medio. Anteayer, Felipe VI lanzó un mensaje de concordia y diálogo que —como es ya tradición— cierra con una felicitación en las cuatro lenguas oficiales (español, euskera, catalán y gallego), todo muy ecuménico. Y, con la estatua carolina al lado, hace pensar en otro discurso de los buenos del emperador, con un valor similar.Roma, 17 de abril de 1536: frente a un auditorio conformado por el papa y todo el auditorio vaticano, Carlos V pronuncia un importante alegato improvisado donde denunciaba la política del Rey galo y buscaba una solución para Europa. Y, muy significativamente, lo hace en español, un gesto simbólico y muy calculado que —según se dice— causó las protestas del embajador francés por no saber la lengua, a lo que el emperador respondió: «Señor obispo, entiéndame, si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan notable que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana». Así ha quedado en los anales de la historiografía, pero son más bien palabras legendarias dentro de un discurso mesurado, según probó el admirado y llorado Fernando González-Ollé: hablar en español era la estrategia pragmática más adecuada a las circunstancias, que sólo el tiempo —adicional o indirectamente— permite ver como un hito en la conformación de su prestigio y universalidad. Pues eso, ya ven: la importancia de la palabra del Rey a la sombra de una escultura.
Trujamanerías
Con la estatua de ‘Carlos V y el Furor’ al fondo, el discurso me ha hecho pensar en otra alocución del emperador. La que dio en Roma, el 17 de abril de 1536
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