
La luz cálida y el suelo de madera del Centro Cultural MIRA acompañan la obra de María Jesús de Frutos (Segovia, 1949), que encuentra en este espacio de Pozuelo de Alarcón un entorno acorde con su pintura. Los colores vibrantes de la exposición Celebración destacan sobre las paredes crema y articulan un conjunto coherente, en el que conviven bodegones, paisajes, retratos de meninas y escenas de cabaret. Para la artista, sus cuadros son inseparables del trabajo que les ha dedicado: elegir uno resulta imposible, pero tampoco es necesario. Cada pieza refleja con nitidez una identidad vital, reflexiva y optimista, en una muestra que define como “un canto a la vida, a la mujer, a la amistad, a la belleza y al amor”.


La muestra ‘Celebración’ es una invitación al optimismo que combina paisajes luminosos, bodegones refinados y exuberantes y escenas de cabaret
La luz cálida y el suelo de madera del Centro Cultural MIRA acompañan la obra de María Jesús de Frutos (Segovia, 1949), que encuentra en este espacio de Pozuelo de Alarcón un entorno acorde con su pintura. Los colores vibrantes de la exposición Celebración destacan sobre las paredes crema y articulan un conjunto coherente, en el que conviven bodegones, paisajes, retratos de meninas y escenas de cabaret. Para la artista, sus cuadros son inseparables del trabajo que les ha dedicado: elegir uno resulta imposible, pero tampoco es necesario. Cada pieza refleja con nitidez una identidad vital, reflexiva y optimista, en una muestra que define como “un canto a la vida, a la mujer, a la amistad, a la belleza y al amor”.
Desde el primer cuadro de la muestra —que durará hasta el 9 de mayo— hasta el último se aprecia un sello propio, un lenguaje expresivo reconocible construido a través del color. “Utilizo todos los colores en zigzag para que tengan interés: rojos, azules, verdes… No son colores puros, todos son mezcla”, explica mientras señala uno de los bodegones. Esa coherencia estética se apoya también en la influencia de artistas como Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Joaquim Mir, Goya o Velázquez, además de una larga trayectoria de aprendizaje y evolución. Se remonta a su juventud, cuando estudió Magisterio en Segovia y, con 19 años, comenzó a impartir clases en El Rastro, ya en Madrid. “Fue una época muy bonita. A mis alumnas siempre les quise transmitir el amor por la belleza y la creatividad”, recuerda con el rostro iluminado.

Su intención era estudiar Bellas Artes, pero tuvo que aparcar ese proyecto. A los 24 años, tras casarse con el productor de cine y actual presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, las circunstancias la llevaron a priorizar el trabajo. Cuando nació su última hija pidió una excedencia y comenzó a formarse en la escuela de la pintora Nieves Solana. “Me formé durante una década con cursos monográficos y distintas técnicas; coincidimos un grupo con mucha inquietud y Nieves nos proporcionaba todo lo que necesitábamos”, rememora.
Las clases en el taller le permitieron ampliar su mirada sobre el arte y avanzar con mayor decisión. En esa etapa, en la que impartía numerosas clases, redujo su actividad creativa, pero nunca dejó de cultivar su vocación: “Siempre me ha gustado lo que hago y he aprovechado cualquier hueco libre para dejar volar mi imaginación”. Todavía recuerda su primera venta en Fideipica, una muestra organizada por el Círculo Catalán de Madrid para promover a pintores y dibujantes. “Estuve dos o tres años allí y fue cuando descubrí que aquello era lo mío. Aunque llovía a cántaros, nos daban una mesa y colocábamos un plástico por encima. La gente lo admiraba y lo compraba”.
Aquella primera venta la animó a seguir adelante con una trayectoria artística que le ha regalo momentos muy especiales. Uno de ellos fue el encargo del cartel de la película Historia de un beso, del cineasta José Luis Garci. “Me sentí muy afortunada”, recuerda. Pero aquel episodio vino acompañado de un suceso inesperado: cuando se dirigía de noche a su estudio con el material para preparar el cartel, sufrió un accidente al despeñarse con su coche por un terraplén. “Me quedé sin sentido y el coche quedó siniestro total. Cuando me encontraron me trasladaron a un hospital en Móstoles y mi única preocupación era recuperar el material que llevaba, porque ya tenía en la cabeza la composición del cartel”.

La infancia es una de las claves de su obra, especialmente en su manera de abordar el paisaje. “Segovia ha influido mucho en mí. De pequeña vivía enfrente del Alcázar. Mi padre era militar y teníamos un jardín desde el que se veía una panorámica espectacular: el Alcázar y Zamarramala, un pueblo cercano. Aquellas vistas eran maravillosas”. Ese recuerdo permanece en la exposición, con varias piezas en las que se reconoce la silueta del Alcázar en el horizonte. “He tenido una infancia privilegiada, muy inspiradora”, reflexiona.
La emoción es otro de los motores de su pintura. “Pinto todo lo que me conmueve, todo lo que me llega dentro. Ante un paisaje, por ejemplo, surgen emociones vividas en la infancia. En mis viajes saco infinidad de fotografías, y aquello que me emociona lo traslado al lienzo o lo convierto en una composición”. Le gusta que el público de sus exposiciones sienta lo mismo que ella ha sentido durante el proceso creativo y conecte con esas mismas sensaciones. “He recibido muy buenas experiencias de las visitas”, destaca. En una muestra que impulsó en Casa de Vacas, conoció a dos hombres que visitaban la colección cada día. “Yo pensaba que venían a pasear y que ya se la conocían de memoria. Un día, uno de ellos me explicó que al salir de la exposición se sentía reconfortado”, relata con ilusión.
La pintora segoviana no se limita a reproducir la realidad, sino que la reinterpreta desde lo vivido: “Si pinto un jarrón marroquí, puedo añadir una figura femenina porque intento ensalzar a la mujer incluso en los bodegones, integrándola en la alegría y el color”. Ese protagonismo femenino es central en su obra: “Me gusta enaltecer a la mujer: es ternura, es el nexo de unión en la familia, preserva la vida; es belleza. Por eso la pinto de rojo, el color de la sangre y de la vida”.

María Jesús de Frutos recorre la exposición y observa sus obras con detenimiento, como si las descubriera por primera vez. “A pesar de los momentos duros de la vida, sigo siendo optimista. Siempre espero que llegue lo mejor. Por eso me atrevo a seguir pintando escenas de belleza, de amor y de confidencias”. Parte de la serie de meninas y figuras femeninas nació en un momento especialmente difícil para ella: la pandemia y la muerte de su madre, aunque ese dolor no paralizó su creación. “Estaba en un pozo, pero me salvó su energía. Era una mujer muy trabajadora, muy optimista, muy luchadora. Me transmitió eso”. Y resume su relación con el arte en una idea final: “El arte no soluciona los problemas ni cambia el mundo, pero nos permite verlo con otra luz y nos regala momentos en los que uno se siente vivo, pleno, humano”.
