La madrugada había sido corta de sueño y larga de copas. Una marea roja, azul y blanca inundaba el centro de Sevilla. Se echaban piropos los de Madrid y los de San Sebastián en la calle Murillo. Guasitas castizas y vascas que se multiplicaron en San Jacinto, donde contaban los vecinos que los ultras se habían repartido estopa. ¡Leña al mono! Por Sierpes era casi imposible transitar y en Cunas, la calle donde se visten las guapas, una comparsa con gorros de chef y camisetas de Martín Berasategui taponaba el acceso a las tiendas. Era un alegre espectáculo, al que se sumaron los de uno y otro equipo. ‘Yo soy de Roca’, decía la leyenda de un ‘txuri-urdin’ que el día anterior había estado en la Maestranza . De la final de la Copa del Rey se hablaba en el graderío, pero ni el fútbol frenó otro ‘No hay billetes’ . Qué pelotazo.Brava la entrada y brava la corrida de Victorino, encastada y con exigencias, aunque se colara algún animal muy chico, como el quinto, indigno de esta plaza. De triunfo grande los hubo, con esa profundidad y humillación que todo lo quiere por abajo. Por las raíces pedía las telas el conjunto, con el hocico hundido, sobre todo a babor. Ese fue el pitón general de la victorinada, en la que costó hallar el acople. Más apasionado y centrado Borja Jiménez que Manuel Escribano. Se anunciaban los de la A coronada, el hierro que se embolsó el corazón del Baratillo con el indulto de Cobradiezmos. Y no solo: en un azulejo permanecen los nombres de Patatero, Fisgador y Mosquetón. En la bolita de Manuel cayeron los cuatro, todos desorejados (simbólicamente, el de la familia de las Cobradoras). Con su divisa talismán se encontraba otra vez en su mano a mano con Borja, uno de los máximos triunfadores de la pasada temporada, con la cumbre de su obra madrileña a Milhijas. La afición les reconoció el esfuerzo y saludaron una ovación tras el paseíllo. Placentino rindió honores a su padre cuando Escribano le dejó media muleta a rastras en el hocico. A izquierdas, con un tiempo muerto clave. De uno en uno hubo naturales profundos, a cámara lenta, que era el tiempo del hijo de Cobradiezmos, con una humillación y una clase extraordinarias. No era fácil -ningún victorino lo es- y hasta última hora no se acopló el de Gerena, que se empeñó en ligar y en el otro lado, por donde se violentaba en cuanto tocaba la franela. Habían aplaudido a Melgar en el anterior y más fuerte lo hicieron con Espartaco por su manera de torear a caballo. Fenomenalmente lidió Iván García a otro pupilo de Cobradiezmos, que lo demandaba todo allá donde acabarán nuestros huesos. Así principió su labor Borja con el humillador cárdeno -protestado de salida por su justa cara-, que se revolvía en busca de la muleta, fijo en ella. De nota eran los sones zurdos, por donde lo fue haciendo poco a poco. La espera era la clave, aguantarlo y dar ese pasito de más en la colocación. El de Espartinas los dibujó de notable trazo. Con más reunión hubiese adquirido otra dimensión. Se tragó la muerte el bravo: la estocada había caído desprendida y el palco no concedió el premio. Para quien esto firma no era de oreja, pero la realidad es que hubo una petición mayor a otras en las que la margarita dijo ‘sí’.Noticia relacionada general No No Vendido todo el papel para la corrida de Morante en San Miguel, anunciada este sábadoAquellas protestas al presidente siguieron cuando cambió al cuarto con solo dos banderillas en lo alto (se habían caído las otras). Pelillos a la mar: estábamos a punto de vibrar con el tándem más apasionante de la tarde. Camino del triunfo iba la emotiva faena de Borja a Bolsillico, un excelente cinqueño que desveló desde la salida el profundo misterio de su pitón izquierdo. Qué manera de hoyar el albero, qué hondura. Barría la arena con la bamba Jiménez, asentado y despacioso, más encajado ahora. Al alza su creciente y estupenda faena hasta acabar ralentizando aún más aquella superclase brava y entregada de Bolsillico. Era un victorino que había que matar por lo civil o por lo criminal: ¡no se puede pinchar ese toro! El acero se llevó la gloria de un victorino al que le colgaban las dos orejas. Una muy muy larga hubiese cortado el de Espartinas con rotundidad. Quién sabe si dos… Esos dos primeros de su lote escondían dentro la Puerta del Príncipe. Y la estuvo merodeando, pero faltaron cosas. Y en el sexto, carente de poder aunque noble, el pescado ya estaba vendido. A Bolsillico había que matarlo por lo civil o por lo criminal después de su estupenda y creciente faena de oreja muy muy larga. Quién sabe si dos…A portagayolaDecidido se marchó Escribano a la puerta de chiqueros, bautizada en el imaginario colectivo de este siglo con su nombre. En la distancia larga, hincado de rodillas frente a esa oscuridad, con el corazón golpeando como un tambor de guerra cuando Dirimente (de la reata de las Directoras, esas que tan de cerca conoce Emilio de Justo) giró hacia la izquierda. Hasta que lo vio y se marchó a su jurisdicción. Sintió el torero el aliento de Placentino. Pura pólvora cuando en pie cuajó un ramillete de verónicas, con tres medias de remate en un explosivo saludo. En pie se puso la plaza, un volcán entonces. Fue costoso para ponerlo en el jaco, aunque luego apretaría. Como apretó un huevo contra otro Escribano en el quiebro por los adentros. De torero a torero el brindis de un cárdeno de enorme exigencia. Había un silencio de expectación, roto con un ‘bieeeen’ en la soberbia apertura por abajo al encastado número 15, obediente en los inicios. Pero tanto lo dejaría pensar luego que se doctoró en Latín, sabedor de que junto a la muleta había presa. En una baldosa se revolvía, cada vez más dificultoso. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Sábado, 18 de abril de 2026. Octava de abono. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victorino Martín, cinqueños salvo 1º y 6º, -algunos como el 5º de justa presencia-, encastados y exigentes, bravos en conjunto. Manuel Escribano, de noche y oro: estocada muy trasera tendida y dos descabellos (saludos tras aviso); estocada (silencio tras aviso); estocada baja (silencio). Borja Jiménez, de gris plomo y oro: estocada desprendida (fuerte petición y vuelta al ruedo, con pitos al palco); pinchazo, otro hondo y descabello (vuelta al ruedo); cuatro pinchazos (silencio). Fernández PIneda, de gris perla y azabache: actuó de sobresaliente.Una eternidad tuvo que esperar en la portagayola al quinto: largos los segundos, que se tornaron minutos. «Tanto pa ná», pues la presencia del negrito, tan justito (su pelo lo potenciaba más), no agradó a nadie. A nada se le daba importancia y, para colmo, no fue su tercio de rehiletes más certero. Palmas de tango contra el toro y gritos de guasa: desde «¡mata esa cabra!» a «¡indúltalo!». Sevilla no merecía ese toro. Gran tarde de Iván GarcíaTanta calidad como contado poder enseñó el sexto, que empujó en buen puyazo. Requería de tacto y pulso, buscado por Jiménez con disposición y, a la vez, contrariado por marcharse en blanco. Hay toreros a los que parece que se le exige triunfar cada tarde. Así de triste, así de real. De pinchaúvas ejerció otra vez. En todo lo alto había clavado Iván García, formidable en una gran tarde de las cuadrillas. El público abandonó la plaza con cierta decepción, pero el aficionado recordaba los surcos que dejaron los victorinos y el famoso dicho de «que Dios te libre del toro bravo…» La madrugada había sido corta de sueño y larga de copas. Una marea roja, azul y blanca inundaba el centro de Sevilla. Se echaban piropos los de Madrid y los de San Sebastián en la calle Murillo. Guasitas castizas y vascas que se multiplicaron en San Jacinto, donde contaban los vecinos que los ultras se habían repartido estopa. ¡Leña al mono! Por Sierpes era casi imposible transitar y en Cunas, la calle donde se visten las guapas, una comparsa con gorros de chef y camisetas de Martín Berasategui taponaba el acceso a las tiendas. Era un alegre espectáculo, al que se sumaron los de uno y otro equipo. ‘Yo soy de Roca’, decía la leyenda de un ‘txuri-urdin’ que el día anterior había estado en la Maestranza . De la final de la Copa del Rey se hablaba en el graderío, pero ni el fútbol frenó otro ‘No hay billetes’ . Qué pelotazo.Brava la entrada y brava la corrida de Victorino, encastada y con exigencias, aunque se colara algún animal muy chico, como el quinto, indigno de esta plaza. De triunfo grande los hubo, con esa profundidad y humillación que todo lo quiere por abajo. Por las raíces pedía las telas el conjunto, con el hocico hundido, sobre todo a babor. Ese fue el pitón general de la victorinada, en la que costó hallar el acople. Más apasionado y centrado Borja Jiménez que Manuel Escribano. Se anunciaban los de la A coronada, el hierro que se embolsó el corazón del Baratillo con el indulto de Cobradiezmos. Y no solo: en un azulejo permanecen los nombres de Patatero, Fisgador y Mosquetón. En la bolita de Manuel cayeron los cuatro, todos desorejados (simbólicamente, el de la familia de las Cobradoras). Con su divisa talismán se encontraba otra vez en su mano a mano con Borja, uno de los máximos triunfadores de la pasada temporada, con la cumbre de su obra madrileña a Milhijas. La afición les reconoció el esfuerzo y saludaron una ovación tras el paseíllo. Placentino rindió honores a su padre cuando Escribano le dejó media muleta a rastras en el hocico. A izquierdas, con un tiempo muerto clave. De uno en uno hubo naturales profundos, a cámara lenta, que era el tiempo del hijo de Cobradiezmos, con una humillación y una clase extraordinarias. No era fácil -ningún victorino lo es- y hasta última hora no se acopló el de Gerena, que se empeñó en ligar y en el otro lado, por donde se violentaba en cuanto tocaba la franela. Habían aplaudido a Melgar en el anterior y más fuerte lo hicieron con Espartaco por su manera de torear a caballo. Fenomenalmente lidió Iván García a otro pupilo de Cobradiezmos, que lo demandaba todo allá donde acabarán nuestros huesos. Así principió su labor Borja con el humillador cárdeno -protestado de salida por su justa cara-, que se revolvía en busca de la muleta, fijo en ella. De nota eran los sones zurdos, por donde lo fue haciendo poco a poco. La espera era la clave, aguantarlo y dar ese pasito de más en la colocación. El de Espartinas los dibujó de notable trazo. Con más reunión hubiese adquirido otra dimensión. Se tragó la muerte el bravo: la estocada había caído desprendida y el palco no concedió el premio. Para quien esto firma no era de oreja, pero la realidad es que hubo una petición mayor a otras en las que la margarita dijo ‘sí’.Noticia relacionada general No No Vendido todo el papel para la corrida de Morante en San Miguel, anunciada este sábadoAquellas protestas al presidente siguieron cuando cambió al cuarto con solo dos banderillas en lo alto (se habían caído las otras). Pelillos a la mar: estábamos a punto de vibrar con el tándem más apasionante de la tarde. Camino del triunfo iba la emotiva faena de Borja a Bolsillico, un excelente cinqueño que desveló desde la salida el profundo misterio de su pitón izquierdo. Qué manera de hoyar el albero, qué hondura. Barría la arena con la bamba Jiménez, asentado y despacioso, más encajado ahora. Al alza su creciente y estupenda faena hasta acabar ralentizando aún más aquella superclase brava y entregada de Bolsillico. Era un victorino que había que matar por lo civil o por lo criminal: ¡no se puede pinchar ese toro! El acero se llevó la gloria de un victorino al que le colgaban las dos orejas. Una muy muy larga hubiese cortado el de Espartinas con rotundidad. Quién sabe si dos… Esos dos primeros de su lote escondían dentro la Puerta del Príncipe. Y la estuvo merodeando, pero faltaron cosas. Y en el sexto, carente de poder aunque noble, el pescado ya estaba vendido. A Bolsillico había que matarlo por lo civil o por lo criminal después de su estupenda y creciente faena de oreja muy muy larga. Quién sabe si dos…A portagayolaDecidido se marchó Escribano a la puerta de chiqueros, bautizada en el imaginario colectivo de este siglo con su nombre. En la distancia larga, hincado de rodillas frente a esa oscuridad, con el corazón golpeando como un tambor de guerra cuando Dirimente (de la reata de las Directoras, esas que tan de cerca conoce Emilio de Justo) giró hacia la izquierda. Hasta que lo vio y se marchó a su jurisdicción. Sintió el torero el aliento de Placentino. Pura pólvora cuando en pie cuajó un ramillete de verónicas, con tres medias de remate en un explosivo saludo. En pie se puso la plaza, un volcán entonces. Fue costoso para ponerlo en el jaco, aunque luego apretaría. Como apretó un huevo contra otro Escribano en el quiebro por los adentros. De torero a torero el brindis de un cárdeno de enorme exigencia. Había un silencio de expectación, roto con un ‘bieeeen’ en la soberbia apertura por abajo al encastado número 15, obediente en los inicios. Pero tanto lo dejaría pensar luego que se doctoró en Latín, sabedor de que junto a la muleta había presa. En una baldosa se revolvía, cada vez más dificultoso. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Sábado, 18 de abril de 2026. Octava de abono. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victorino Martín, cinqueños salvo 1º y 6º, -algunos como el 5º de justa presencia-, encastados y exigentes, bravos en conjunto. Manuel Escribano, de noche y oro: estocada muy trasera tendida y dos descabellos (saludos tras aviso); estocada (silencio tras aviso); estocada baja (silencio). Borja Jiménez, de gris plomo y oro: estocada desprendida (fuerte petición y vuelta al ruedo, con pitos al palco); pinchazo, otro hondo y descabello (vuelta al ruedo); cuatro pinchazos (silencio). Fernández PIneda, de gris perla y azabache: actuó de sobresaliente.Una eternidad tuvo que esperar en la portagayola al quinto: largos los segundos, que se tornaron minutos. «Tanto pa ná», pues la presencia del negrito, tan justito (su pelo lo potenciaba más), no agradó a nadie. A nada se le daba importancia y, para colmo, no fue su tercio de rehiletes más certero. Palmas de tango contra el toro y gritos de guasa: desde «¡mata esa cabra!» a «¡indúltalo!». Sevilla no merecía ese toro. Gran tarde de Iván GarcíaTanta calidad como contado poder enseñó el sexto, que empujó en buen puyazo. Requería de tacto y pulso, buscado por Jiménez con disposición y, a la vez, contrariado por marcharse en blanco. Hay toreros a los que parece que se le exige triunfar cada tarde. Así de triste, así de real. De pinchaúvas ejerció otra vez. En todo lo alto había clavado Iván García, formidable en una gran tarde de las cuadrillas. El público abandonó la plaza con cierta decepción, pero el aficionado recordaba los surcos que dejaron los victorinos y el famoso dicho de «que Dios te libre del toro bravo…»
La madrugada había sido corta de sueño y larga de copas. Una marea roja, azul y blanca inundaba el centro de Sevilla. Se echaban piropos los de Madrid y los de San Sebastián en la calle Murillo. Guasitas castizas y vascas que se multiplicaron en … San Jacinto, donde contaban los vecinos que los ultras se habían repartido estopa. ¡Leña al mono! Por Sierpes era casi imposible transitar y en Cunas, la calle donde se visten las guapas, una comparsa con gorros de chef y camisetas de Martín Berasategui taponaba el acceso a las tiendas. Era un alegre espectáculo, al que se sumaron los de uno y otro equipo. ‘Yo soy de Roca’, decía la leyenda de un ‘txuri-urdin’ que el día anterior había estado en la Maestranza. De la final de la Copa del Rey se hablaba en el graderío, pero ni el fútbol frenó otro ‘No hay billetes’. Qué pelotazo.
Brava la entrada y brava la corrida de Victorino, encastada y con exigencias, aunque se colara algún animal muy chico, como el quinto, indigno de esta plaza. De triunfo grande los hubo, con esa profundidad y humillación que todo lo quiere por abajo. Por las raíces pedía las telas el conjunto, con el hocico hundido, sobre todo a babor. Ese fue el pitón general de la victorinada, en la que costó hallar el acople. Más apasionado y centrado Borja Jiménez que Manuel Escribano.
Se anunciaban los de la A coronada, el hierro que se embolsó el corazón del Baratillo con el indulto de Cobradiezmos. Y no solo: en un azulejo permanecen los nombres de Patatero, Fisgador y Mosquetón. En la bolita de Manuel cayeron los cuatro, todos desorejados (simbólicamente, el de la familia de las Cobradoras). Con su divisa talismán se encontraba otra vez en su mano a mano con Borja, uno de los máximos triunfadores de la pasada temporada, con la cumbre de su obra madrileña a Milhijas. La afición les reconoció el esfuerzo y saludaron una ovación tras el paseíllo.
Placentino rindió honores a su padre cuando Escribano le dejó media muleta a rastras en el hocico. A izquierdas, con un tiempo muerto clave. De uno en uno hubo naturales profundos, a cámara lenta, que era el tiempo del hijo de Cobradiezmos, con una humillación y una clase extraordinarias. No era fácil -ningún victorino lo es- y hasta última hora no se acopló el de Gerena, que se empeñó en ligar y en el otro lado, por donde se violentaba en cuanto tocaba la franela.
Habían aplaudido a Melgar en el anterior y más fuerte lo hicieron con Espartaco por su manera de torear a caballo. Fenomenalmente lidió Iván García a otro pupilo de Cobradiezmos, que lo demandaba todo allá donde acabarán nuestros huesos. Así principió su labor Borja con el humillador cárdeno -protestado de salida por su justa cara-, que se revolvía en busca de la muleta, fijo en ella. De nota eran los sones zurdos, por donde lo fue haciendo poco a poco. La espera era la clave, aguantarlo y dar ese pasito de más en la colocación. El de Espartinas los dibujó de notable trazo. Con más reunión hubiese adquirido otra dimensión. Se tragó la muerte el bravo: la estocada había caído desprendida y el palco no concedió el premio. Para quien esto firma no era de oreja, pero la realidad es que hubo una petición mayor a otras en las que la margarita dijo ‘sí’.
Aquellas protestas al presidente siguieron cuando cambió al cuarto con solo dos banderillas en lo alto (se habían caído las otras). Pelillos a la mar: estábamos a punto de vibrar con el tándem más apasionante de la tarde. Camino del triunfo iba la emotiva faena de Borja a Bolsillico, un excelente cinqueño que desveló desde la salida el profundo misterio de su pitón izquierdo. Qué manera de hoyar el albero, qué hondura. Barría la arena con la bamba Jiménez, asentado y despacioso, más encajado ahora. Al alza su creciente y estupenda faena hasta acabar ralentizando aún más aquella superclase brava y entregada de Bolsillico. Era un victorino que había que matar por lo civil o por lo criminal: ¡no se puede pinchar ese toro! El acero se llevó la gloria de un victorino al que le colgaban las dos orejas. Una muy muy larga hubiese cortado el de Espartinas con rotundidad. Quién sabe si dos… Esos dos primeros de su lote escondían dentro la Puerta del Príncipe. Y la estuvo merodeando, pero faltaron cosas. Y en el sexto, carente de poder aunque noble, el pescado ya estaba vendido.
A Bolsillico había que matarlo por lo civil o por lo criminal después de su estupenda y creciente faena de oreja muy muy larga. Quién sabe si dos…
A portagayola
Decidido se marchó Escribano a la puerta de chiqueros, bautizada en el imaginario colectivo de este siglo con su nombre. En la distancia larga, hincado de rodillas frente a esa oscuridad, con el corazón golpeando como un tambor de guerra cuando Dirimente (de la reata de las Directoras, esas que tan de cerca conoce Emilio de Justo) giró hacia la izquierda. Hasta que lo vio y se marchó a su jurisdicción. Sintió el torero el aliento de Placentino. Pura pólvora cuando en pie cuajó un ramillete de verónicas, con tres medias de remate en un explosivo saludo. En pie se puso la plaza, un volcán entonces. Fue costoso para ponerlo en el jaco, aunque luego apretaría. Como apretó un huevo contra otro Escribano en el quiebro por los adentros. De torero a torero el brindis de un cárdeno de enorme exigencia. Había un silencio de expectación, roto con un ‘bieeeen’ en la soberbia apertura por abajo al encastado número 15, obediente en los inicios. Pero tanto lo dejaría pensar luego que se doctoró en Latín, sabedor de que junto a la muleta había presa. En una baldosa se revolvía, cada vez más dificultoso.
Feria de Abril
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Real Maestranza de Sevilla
Sábado, 18 de abril de 2026. Octava de abono. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victorino Martín, cinqueños salvo 1º y 6º, -algunos como el 5º de justa presencia-, encastados y exigentes, bravos en conjunto.
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Manuel Escribano,
de noche y oro: estocada muy trasera tendida y dos descabellos (saludos tras aviso); estocada (silencio tras aviso); estocada baja (silencio). -
Borja Jiménez,
de gris plomo y oro: estocada desprendida (fuerte petición y vuelta al ruedo, con pitos al palco); pinchazo, otro hondo y descabello (vuelta al ruedo); cuatro pinchazos (silencio). -
Fernández PIneda,
de gris perla y azabache: actuó de sobresaliente.
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Una eternidad tuvo que esperar en la portagayola al quinto: largos los segundos, que se tornaron minutos. «Tanto pa ná», pues la presencia del negrito, tan justito (su pelo lo potenciaba más), no agradó a nadie. A nada se le daba importancia y, para colmo, no fue su tercio de rehiletes más certero. Palmas de tango contra el toro y gritos de guasa: desde «¡mata esa cabra!» a «¡indúltalo!». Sevilla no merecía ese toro.
Gran tarde de Iván García
Tanta calidad como contado poder enseñó el sexto, que empujó en buen puyazo. Requería de tacto y pulso, buscado por Jiménez con disposición y, a la vez, contrariado por marcharse en blanco. Hay toreros a los que parece que se le exige triunfar cada tarde. Así de triste, así de real. De pinchaúvas ejerció otra vez. En todo lo alto había clavado Iván García, formidable en una gran tarde de las cuadrillas. El público abandonó la plaza con cierta decepción, pero el aficionado recordaba los surcos que dejaron los victorinos y el famoso dicho de «que Dios te libre del toro bravo…»
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