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  Cultura  Rafa Serna pregona su sinceridad frente a un Escogeperro de Madrid
Cultura

Rafa Serna pregona su sinceridad frente a un Escogeperro de Madrid

abril 12, 2026
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Volvía Rafita Serna a su Sevilla para pregonar una faena de total honestidad. Vestido de blanco y plata, con su corazón latiendo al ritmo de la sinceridad. Decían en los pasillos del 7 alto que aquella entrega era un homenaje al padre mientras recordaban uno de los pregones más laureados de la Semana Santa. Fue la ‘levantá’ de Serna, que colocaba así su nombre en esta temporada en la que le pesa su ausencia de San Isidro después de su notable confirmación. Pero era domingo maestrante, la cita con su plaza. «Escuchadme ahí abajo», parecía susurrar su capote mientras se pausaba en un quite por tafalleras que de llevar otra firma hubiese puesto la plaza en pie. Allí estaba Rafa, con la cintura quebrada como un nazareno bajo el palio, con los talones apretados para no coger ventaja al destino. Lentificados los lances, con el remate del perdón y la mano alta cuando vio que el toro de su compañero perdía las manos. Los quites tienen que ser cortitos, como las »llamás’ que pedía su padre.Larga de seriedad venía la corrida de Fuente Ymbro, que parecía la madre superiora de la de Alcurrucén, de tan toreras hechuras. Había toros acordes para Madrid. Como el quinto, el de mayores exigencias, con esa casta que transmite pero que también incomoda. Rafa Serna bien pudo despojarse de su terno tranquilo, con el deber cumplido, cuando llegó al hotel. El de la Cuesta del Rosario no se había guardado nada dentro. Fue una labor que no serviría para un anuncio de Ariel, sin la limpieza deseada, pero sí para exponer la sinceridad del toreo, la sinceridad de Rafa. A la puerta de chiqueros se fue a recibir a Escogeperro, un ejemplar de tremenda seriedad, con trapío apto para la primera plaza del mundo. Su ímpetu se vio ya en la verónicas del sevillano, en esa emotividad cuando tomaba el engaño. Era un momento crucial de una tarde que había emprendido la senda de la espesura y comenzaba a pesar en el ambiente. No era fácil remontar aquello. Y lo hizo. Ya había levantado las palmas Molina en su turno de quites, por tafalleras con una cordobina interminable, a modo de circular, en el remate. Brindó a la afición Serna y se echó de rodillas, pulseando una embestida que apretaba. Lástima que doblara las manos en el de pecho. Modificó los terrenos y echó los vuelos a izquierdas en dos naturales que cantaban primaveras. Hizo un esfuerzo el torero, siempre entregado, queriendo con la desnudez con la que se quiere a un padre. Fue un ejercicio de exposición, aunque hubiese muletazos embarullados. In crescendo la faena, con su momento culmen cuando cogió la derecha, atacando a Escogeperro. Transmitía mucho aquel toma y daca, pero quedó la duda de qué hubiese pasado con mayores distancias de por medio. Serna optó por los terrenos íntimos, por el tú a tú a un toro al que había que hablar de usted. Un exigente señor de Fuente Ymbro. «¡Tos por iguá valientes!», gritaba el pregón de la memoria colectiva, y allí estaba Rafita, fajándose en las cercanías, con el corazón que bombea sangre bética y macarena. Los ayudados por abajo, el penúltimo rezo, antecedieron a la oración de la cruz. La hizo el sevillano, que se tiró a matar con fe y arrancó una oreja de mayoritaria petición. Fue el único trofeo del sexteto, el premio por la faena que pregonaba autenticidad. Porque Rafa Serna no quiso ser nadie más que él. Verde y blanco el sentimiento en la vuelta al ruedo; morada y oro la emoción de los suyos, los que están y los que se fueron para quedarse eternos.Noticia relacionada general No No Rafa Serna, «feliz» tras la oreja cortada en Sevilla: «Lo estoy dando todo y voy a seguir con muchas ganas e ilusión» Sergio A. ÁvilaSe arremolinaban los papelillos en la Puerta del Príncipe cuando apareció el primero, un toro que el ganadero hubiese preferido de sobrero. Y la realidad es que Cazador ni cautivó con su volumen ni con su manso comportamiento. El que sí lo hizo fue Álvaro Lorenzo con una faena callada que mereció la música, muy por encima de su oponente. Escarbaba el de Fuente Ymbro, el toro del quite por Tafalla de Serna. Brindó el toledano a Macandro y aplicó temple desde el prólogo. Fue la única tanda que verdaderamente se tragó, pues desarrolló brusquedad, con feos tornillazos y un andar de costado. Lorenzo aguantó parones, con aplomada seguridad, valiente a carta cabal hasta las mondeñinas del broche. No se podía estar mejor con un toro así. Una obra sin recompensa numérica, pero sí moral.Desordenado viajeLaminado era el bautismo del segundo, con casi cien kilos menos que su hermano, con mucha cara y con cuello para descolgar, aunque lo usara para dar topetazos y para vencerse. Difícil se lo puso a la cuadrilla en banderillas. Serna buscó aprovechar su movilidad, tan engañosa, sin ritmo, a saltos y punteando los engaños. Nunca se entregó en su desordenadísimo viaje. Dispuestísimo anduvo el torero, que se jugó la voltereta.A las siete y veinticinco, José Fernando Molina debutaba en Sevilla arrodillándose frente a la puerta de toriles. No tuvo la presentación soñada ni el toro: a pesar de querer humillar en el embroque, se despedía con la cara al alza y no paraba de mirarse en el espejo de las tablas. Hasta la empuñadura la estocada, que entró contraria.Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Domingo, 12 de abril de 2026. Tercera de abono. Media entrada en tarde de viento. Toros de Fuente Ymbro y un sobrero de Murteira (4º bis), desiguales dentro de la seriedad, sin entrega ni bravura en general; destacaron el exigente 5º y, en menor medida, el tecloso 6º. Álvaro Lorenzo, de turquesa y oro: pinchazo y estocada trasera (saludos tras aviso); pinchazo y estocada desprendida (silencio). Rafa Serna, de blanco y plata: tres pinchazos y estocada corta caída (silencio tras aviso); estocada (oreja). José Fernando Molina, de verde seco y oro: estocada contaria (silencio); media que escupe, pinchazo y estocada (silencio tras aviso). Cara capitalina portaba el vareado cuarto, que apoyaba mal las manos, blandeó en exceso y fue claro candidato al pañuelo verde. Hasta que lo sacó en el tercer par. No se puede aguantar tanto un toro y alargar ‘sine die’ los capítulos. Lo mejor fue ver el magisterio de Florito con los bueyes. Salió un sobrero de Murteira, de más agradables hechuras que los titulares, pero como reparado de la vista. Tanto se desentendió que no dijo absolutamente nada en la muleta. Ni el sitio que pisa ahora Lorenzo servía para levantar aquello. La tarde se había puesto plomiza y no quedaba otra que coger la espada. Después vendría el capítulo de la conexión, el quinto. Y hubo esperanzas de que así seguiría en el sexto. Tecloso animal, con el que no terminó de entenderse Molina; además, soltaba muchísimo la cara en cuanto tocaba la muleta. No ayudaba Eolo y los enganchones se sucedieron. Sin pena ni gloria debutó el albaceteño. La gloria fue la ‘levantá’ de Rafa Serna, con una oreja que supo a Domingo de Resurrección. Volvía Rafita Serna a su Sevilla para pregonar una faena de total honestidad. Vestido de blanco y plata, con su corazón latiendo al ritmo de la sinceridad. Decían en los pasillos del 7 alto que aquella entrega era un homenaje al padre mientras recordaban uno de los pregones más laureados de la Semana Santa. Fue la ‘levantá’ de Serna, que colocaba así su nombre en esta temporada en la que le pesa su ausencia de San Isidro después de su notable confirmación. Pero era domingo maestrante, la cita con su plaza. «Escuchadme ahí abajo», parecía susurrar su capote mientras se pausaba en un quite por tafalleras que de llevar otra firma hubiese puesto la plaza en pie. Allí estaba Rafa, con la cintura quebrada como un nazareno bajo el palio, con los talones apretados para no coger ventaja al destino. Lentificados los lances, con el remate del perdón y la mano alta cuando vio que el toro de su compañero perdía las manos. Los quites tienen que ser cortitos, como las »llamás’ que pedía su padre.Larga de seriedad venía la corrida de Fuente Ymbro, que parecía la madre superiora de la de Alcurrucén, de tan toreras hechuras. Había toros acordes para Madrid. Como el quinto, el de mayores exigencias, con esa casta que transmite pero que también incomoda. Rafa Serna bien pudo despojarse de su terno tranquilo, con el deber cumplido, cuando llegó al hotel. El de la Cuesta del Rosario no se había guardado nada dentro. Fue una labor que no serviría para un anuncio de Ariel, sin la limpieza deseada, pero sí para exponer la sinceridad del toreo, la sinceridad de Rafa. A la puerta de chiqueros se fue a recibir a Escogeperro, un ejemplar de tremenda seriedad, con trapío apto para la primera plaza del mundo. Su ímpetu se vio ya en la verónicas del sevillano, en esa emotividad cuando tomaba el engaño. Era un momento crucial de una tarde que había emprendido la senda de la espesura y comenzaba a pesar en el ambiente. No era fácil remontar aquello. Y lo hizo. Ya había levantado las palmas Molina en su turno de quites, por tafalleras con una cordobina interminable, a modo de circular, en el remate. Brindó a la afición Serna y se echó de rodillas, pulseando una embestida que apretaba. Lástima que doblara las manos en el de pecho. Modificó los terrenos y echó los vuelos a izquierdas en dos naturales que cantaban primaveras. Hizo un esfuerzo el torero, siempre entregado, queriendo con la desnudez con la que se quiere a un padre. Fue un ejercicio de exposición, aunque hubiese muletazos embarullados. In crescendo la faena, con su momento culmen cuando cogió la derecha, atacando a Escogeperro. Transmitía mucho aquel toma y daca, pero quedó la duda de qué hubiese pasado con mayores distancias de por medio. Serna optó por los terrenos íntimos, por el tú a tú a un toro al que había que hablar de usted. Un exigente señor de Fuente Ymbro. «¡Tos por iguá valientes!», gritaba el pregón de la memoria colectiva, y allí estaba Rafita, fajándose en las cercanías, con el corazón que bombea sangre bética y macarena. Los ayudados por abajo, el penúltimo rezo, antecedieron a la oración de la cruz. La hizo el sevillano, que se tiró a matar con fe y arrancó una oreja de mayoritaria petición. Fue el único trofeo del sexteto, el premio por la faena que pregonaba autenticidad. Porque Rafa Serna no quiso ser nadie más que él. Verde y blanco el sentimiento en la vuelta al ruedo; morada y oro la emoción de los suyos, los que están y los que se fueron para quedarse eternos.Noticia relacionada general No No Rafa Serna, «feliz» tras la oreja cortada en Sevilla: «Lo estoy dando todo y voy a seguir con muchas ganas e ilusión» Sergio A. ÁvilaSe arremolinaban los papelillos en la Puerta del Príncipe cuando apareció el primero, un toro que el ganadero hubiese preferido de sobrero. Y la realidad es que Cazador ni cautivó con su volumen ni con su manso comportamiento. El que sí lo hizo fue Álvaro Lorenzo con una faena callada que mereció la música, muy por encima de su oponente. Escarbaba el de Fuente Ymbro, el toro del quite por Tafalla de Serna. Brindó el toledano a Macandro y aplicó temple desde el prólogo. Fue la única tanda que verdaderamente se tragó, pues desarrolló brusquedad, con feos tornillazos y un andar de costado. Lorenzo aguantó parones, con aplomada seguridad, valiente a carta cabal hasta las mondeñinas del broche. No se podía estar mejor con un toro así. Una obra sin recompensa numérica, pero sí moral.Desordenado viajeLaminado era el bautismo del segundo, con casi cien kilos menos que su hermano, con mucha cara y con cuello para descolgar, aunque lo usara para dar topetazos y para vencerse. Difícil se lo puso a la cuadrilla en banderillas. Serna buscó aprovechar su movilidad, tan engañosa, sin ritmo, a saltos y punteando los engaños. Nunca se entregó en su desordenadísimo viaje. Dispuestísimo anduvo el torero, que se jugó la voltereta.A las siete y veinticinco, José Fernando Molina debutaba en Sevilla arrodillándose frente a la puerta de toriles. No tuvo la presentación soñada ni el toro: a pesar de querer humillar en el embroque, se despedía con la cara al alza y no paraba de mirarse en el espejo de las tablas. Hasta la empuñadura la estocada, que entró contraria.Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Domingo, 12 de abril de 2026. Tercera de abono. Media entrada en tarde de viento. Toros de Fuente Ymbro y un sobrero de Murteira (4º bis), desiguales dentro de la seriedad, sin entrega ni bravura en general; destacaron el exigente 5º y, en menor medida, el tecloso 6º. Álvaro Lorenzo, de turquesa y oro: pinchazo y estocada trasera (saludos tras aviso); pinchazo y estocada desprendida (silencio). Rafa Serna, de blanco y plata: tres pinchazos y estocada corta caída (silencio tras aviso); estocada (oreja). José Fernando Molina, de verde seco y oro: estocada contaria (silencio); media que escupe, pinchazo y estocada (silencio tras aviso). Cara capitalina portaba el vareado cuarto, que apoyaba mal las manos, blandeó en exceso y fue claro candidato al pañuelo verde. Hasta que lo sacó en el tercer par. No se puede aguantar tanto un toro y alargar ‘sine die’ los capítulos. Lo mejor fue ver el magisterio de Florito con los bueyes. Salió un sobrero de Murteira, de más agradables hechuras que los titulares, pero como reparado de la vista. Tanto se desentendió que no dijo absolutamente nada en la muleta. Ni el sitio que pisa ahora Lorenzo servía para levantar aquello. La tarde se había puesto plomiza y no quedaba otra que coger la espada. Después vendría el capítulo de la conexión, el quinto. Y hubo esperanzas de que así seguiría en el sexto. Tecloso animal, con el que no terminó de entenderse Molina; además, soltaba muchísimo la cara en cuanto tocaba la muleta. No ayudaba Eolo y los enganchones se sucedieron. Sin pena ni gloria debutó el albaceteño. La gloria fue la ‘levantá’ de Rafa Serna, con una oreja que supo a Domingo de Resurrección.  

Volvía Rafita Serna a su Sevilla para pregonar una faena de total honestidad. Vestido de blanco y plata, con su corazón latiendo al ritmo de la sinceridad. Decían en los pasillos del 7 alto que aquella entrega era un homenaje al padre mientras recordaban uno … de los pregones más laureados de la Semana Santa. Fue la ‘levantá’ de Serna, que colocaba así su nombre en esta temporada en la que le pesa su ausencia de San Isidro después de su notable confirmación. Pero era domingo maestrante, la cita con su plaza. «Escuchadme ahí abajo», parecía susurrar su capote mientras se pausaba en un quite por tafalleras que de llevar otra firma hubiese puesto la plaza en pie. Allí estaba Rafa, con la cintura quebrada como un nazareno bajo el palio, con los talones apretados para no coger ventaja al destino. Lentificados los lances, con el remate del perdón y la mano alta cuando vio que el toro de su compañero perdía las manos. Los quites tienen que ser cortitos, como las »llamás’ que pedía su padre.

Larga de seriedad venía la corrida de Fuente Ymbro, que parecía la madre superiora de la de Alcurrucén, de tan toreras hechuras. Había toros acordes para Madrid. Como el quinto, el de mayores exigencias, con esa casta que transmite pero que también incomoda. Rafa Serna bien pudo despojarse de su terno tranquilo, con el deber cumplido, cuando llegó al hotel. El de la Cuesta del Rosario no se había guardado nada dentro. Fue una labor que no serviría para un anuncio de Ariel, sin la limpieza deseada, pero sí para exponer la sinceridad del toreo, la sinceridad de Rafa. A la puerta de chiqueros se fue a recibir a Escogeperro, un ejemplar de tremenda seriedad, con trapío apto para la primera plaza del mundo. Su ímpetu se vio ya en la verónicas del sevillano, en esa emotividad cuando tomaba el engaño. Era un momento crucial de una tarde que había emprendido la senda de la espesura y comenzaba a pesar en el ambiente. No era fácil remontar aquello. Y lo hizo.

Ya había levantado las palmas Molina en su turno de quites, por tafalleras con una cordobina interminable, a modo de circular, en el remate. Brindó a la afición Serna y se echó de rodillas, pulseando una embestida que apretaba. Lástima que doblara las manos en el de pecho. Modificó los terrenos y echó los vuelos a izquierdas en dos naturales que cantaban primaveras. Hizo un esfuerzo el torero, siempre entregado, queriendo con la desnudez con la que se quiere a un padre. Fue un ejercicio de exposición, aunque hubiese muletazos embarullados. In crescendo la faena, con su momento culmen cuando cogió la derecha, atacando a Escogeperro. Transmitía mucho aquel toma y daca, pero quedó la duda de qué hubiese pasado con mayores distancias de por medio. Serna optó por los terrenos íntimos, por el tú a tú a un toro al que había que hablar de usted. Un exigente señor de Fuente Ymbro. «¡Tos por iguá valientes!», gritaba el pregón de la memoria colectiva, y allí estaba Rafita, fajándose en las cercanías, con el corazón que bombea sangre bética y macarena. Los ayudados por abajo, el penúltimo rezo, antecedieron a la oración de la cruz. La hizo el sevillano, que se tiró a matar con fe y arrancó una oreja de mayoritaria petición. Fue el único trofeo del sexteto, el premio por la faena que pregonaba autenticidad. Porque Rafa Serna no quiso ser nadie más que él. Verde y blanco el sentimiento en la vuelta al ruedo; morada y oro la emoción de los suyos, los que están y los que se fueron para quedarse eternos.

Se arremolinaban los papelillos en la Puerta del Príncipe cuando apareció el primero, un toro que el ganadero hubiese preferido de sobrero. Y la realidad es que Cazador ni cautivó con su volumen ni con su manso comportamiento. El que sí lo hizo fue Álvaro Lorenzo con una faena callada que mereció la música, muy por encima de su oponente. Escarbaba el de Fuente Ymbro, el toro del quite por Tafalla de Serna. Brindó el toledano a Macandro y aplicó temple desde el prólogo. Fue la única tanda que verdaderamente se tragó, pues desarrolló brusquedad, con feos tornillazos y un andar de costado. Lorenzo aguantó parones, con aplomada seguridad, valiente a carta cabal hasta las mondeñinas del broche. No se podía estar mejor con un toro así. Una obra sin recompensa numérica, pero sí moral.

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A las siete y veinticinco, José Fernando Molina debutaba en Sevilla arrodillándose frente a la puerta de toriles. No tuvo la presentación soñada ni el toro: a pesar de querer humillar en el embroque, se despedía con la cara al alza y no paraba de mirarse en el espejo de las tablas. Hasta la empuñadura la estocada, que entró contraria.

Cara capitalina portaba el vareado cuarto, que apoyaba mal las manos, blandeó en exceso y fue claro candidato al pañuelo verde. Hasta que lo sacó en el tercer par. No se puede aguantar tanto un toro y alargar ‘sine die’ los capítulos. Lo mejor fue ver el magisterio de Florito con los bueyes. Salió un sobrero de Murteira, de más agradables hechuras que los titulares, pero como reparado de la vista. Tanto se desentendió que no dijo absolutamente nada en la muleta. Ni el sitio que pisa ahora Lorenzo servía para levantar aquello. La tarde se había puesto plomiza y no quedaba otra que coger la espada.

Después vendría el capítulo de la conexión, el quinto. Y hubo esperanzas de que así seguiría en el sexto. Tecloso animal, con el que no terminó de entenderse Molina; además, soltaba muchísimo la cara en cuanto tocaba la muleta. No ayudaba Eolo y los enganchones se sucedieron. Sin pena ni gloria debutó el albaceteño. La gloria fue la ‘levantá’ de Rafa Serna, con una oreja que supo a Domingo de Resurrección.

Feria de Abril

  • Real Maestranza de Sevilla

    Domingo, 12 de abril de 2026. Tercera de abono. Media entrada en tarde de viento. Toros de Fuente Ymbro y un sobrero de Murteira (4º bis), desiguales dentro de la seriedad, sin entrega ni bravura en general; destacó el exigente 5º y, en menor medida, el tecloso 6º.

    • Álvaro Lorenzo,
      de turquesa y oro: pinchazo y estocada trasera (saludos tras aviso); pinchazo y estocada desprendida (silencio).

    • Rafa Serna,
      de blanco y plata: tres pinchazos y estocada corta caída (silencio tras aviso); estocada (oreja).

    • José Fernando Molina,
      de verde seco y oro: estocada contaria (silencio); media que escupe, pinchazo y estocada (silencio tras aviso).

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