Si el universo ha tenido un principio ¿qué había antes? Si no existía nada, ¿de dónde han salido tantas cosas que ha habido y hay por todo el mundo? Pero si el universo existe desde siempre, eso significa que un número infinito de hechos están ligados a esa existencia desde toda la eternidad pasada. Pero ¿qué quiere decir un número infinito de hechos ocurridos? ¿Tiene eso realmente algún sentido?
No queda mucha gente a quien poder preguntar sobre las novedades de novela valenciana y sobre la física cuántica. El exrector de la Universitat de València lo sabía todo
Si el universo ha tenido un principio ¿qué había antes? Si no existía nada, ¿de dónde han salido tantas cosas que ha habido y hay por todo el mundo? Pero si el universo existe desde siempre, eso significa que un número infinito de hechos están ligados a esa existencia desde toda la eternidad pasada. Pero ¿qué quiere decir un número infinito de hechos ocurridos? ¿Tiene eso realmente algún sentido?
Para explicar a las personas llamadas “de letras” estos interrogantes, y para evitar que pusiéramos cara de tontos cuando alguien citaba a Erwin Schödinger, Werner Heisenberg, Max Planck o Albert Einstein, Ramon Lapiedra [fallecido el pasado lunes a las 86 años] se tomó un año sabático a principios de este siglo. Necesitaba tiempo para escribir un libro comprensible para quienes casi hemos olvidado la regla de tres, y para ayudarnos a reflexionar sobre el determinismo y el libre albedrío. O sea, sobre las posibilidades de la libertad humana. La obra también era una introducción para profanos (es decir, para analfabetos funcionales) sobre la física cuántica. Ese universo en el que un pobre gatito vive o muere en función de a qué hora lo observa un ojo humano. Aquel libro se tituló Els dèficits de la realitat i la creació del món (Publicacions de la Universitat de València). En castellano, Las carencias de la realidad. La conciencia, el universo y la mecánica cuántica, editado por Tusquets.
Por supuesto, Ramon Lapiedra, un catedrático de Física Teórica, escribió numerosos artículos, libros, capítulos… sobre su especialidad académica y científica. Para entenderlos, obviamente, se necesita una sólida formación teórica que muy pocos poseen. A años luz de distancia, me atrevería a decir que a Ramon siempre le preocupó una pregunta en particular: ¿los seres humanos son libres o todo está predeterminado? Si la segunda opción es la correcta, ¿podemos descubrir científicamente las leyes que rigen todo el universo, incluidos los animales humanos?
Sospecho que Lapiedra deseaba probar que existe un margen más o menos amplio para la libertad humana. De lo contrario, no se habría implicado tan a conciencia en los movimientos cívicos, culturales, políticos y sociales que trabajan para conseguir una sociedad más justa. Si todo está determinado, ¿para qué encabezar una manifestación, leer el manifiesto final y perder el tiempo en reuniones interminables? ¿Para qué trabajar toda una década transformando una universidad anquilosada y franquista en un centro moderno que ahora destaca en las clasificaciones internacionales?
Decía que él era moderado en todo excepto en una cosa: la dignificación del valenciano tras siglos de persecución. Una moderación que no le ahorró ataques atroces desde la caverna mediática, el búnker barraqueta e incluso sectores presuntamente progresistas. Él miraba estas reacciones con tristeza, pero sin despeinarse.
Recuerdo su llamada telefónica de hace veinticinco años. Él iba a presidir Valencians pel Canvi, una plataforma de profesionales, docentes, artistas… que luchaba contra el PP de Eduardo Zaplana, Rita Barberá, Rafael Blasco, Carlos Fabra, Alfonso Rus… “Quiero que Gustau Muñoz y tú me acompañéis en la directiva”. Tímidamente (sabiendo que de nada serviría), sugerí que no podíamos dirigir nada porque ni siquiera estábamos afiliados. “No lo creas –me respondió–. Os acabo de apuntar”.
El legado de Ramon Lapiedra es inmenso: su universidad (que continúa navegando a velocidad de crucero desde su impulso inicial); sus libros y artículos científicos, de máxima vigencia en un mundo que recela de la ciencia y se echa en brazos de telepredicadores, influencers, youtubers y toda subespecie racional que sea famosa; sus discípulos y amigos, que perpetúan su manera de hacer las cosas… [Su jefe de prensa, Alfons Cervera; algunos de sus vicerectores –Paco Montes, Ramon Sala, German Orón, Joan del Alcàzar–, a los que se han añadido Anaclet Pons, Ángel Corberán, Joan Oltra) son ahora mis amigos. También esto se lo debo a don Ramon, como siempre le llamó el personal del rectorado pese a sus protestas].
Resulta un tópico escribir que cuando una personalidad como Lapiedra se marcha este mundo se empobrece. Pero no queda mucha gente a quien poder preguntar sobre los clásicos griegos y sobre la física cuántica. Sobre las últimas novedades de novela valenciana y sobre la posibilidad de un espacio –sean el que sea– para la libertad humana. Un espacio que, como las meigas gallegas, quizá no exista, pero haberlo debe de haberlo. En caso contrario, Ramon Lapiedra, que lo sabía todo, se hubiera quedado en casa sin hacer nada.
