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  Internacional  Relato en primera persona del maltrato israelí a la flotilla: “Colocaron una bandera israelí frente a mí y me dieron dos bofetadas”
Internacional

Relato en primera persona del maltrato israelí a la flotilla: “Colocaron una bandera israelí frente a mí y me dieron dos bofetadas”

mayo 22, 2026
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—¿Por qué viniste a Israel? —le pregunta un agente de migración a uno de los activistas de la Flotilla a Gaza que estaba delante de mí. Yo no podía verlo. Estábamos todos arrodillados, con la cabeza contra el suelo.

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 Un periodista colaborador de EL PAÍS a bordo de uno de los barcos describe el trato vejatorio sufrido por los miembros de la misión humanitaria  

—¿Por qué viniste a Israel? —le pregunta un agente de migración a uno de los activistas de la Flotilla a Gaza que estaba delante de mí. Yo no podía verlo. Estábamos todos arrodillados, con la cabeza contra el suelo.

—Fui traído hasta acá. Yo iba a Gaza.

Desde esa pregunta al momento en el que los primeros activistas de esa misión humanitaria fueron expulsados este jueves a Estambul, en Turquía, pasaron tres días y tres noches. Sin llegar a Gaza ni pisar libremente Israel. Tres días y tres noches en las que sufrieron bofetadas, puñetazos, abusos sexuales, pelotazos con balas de goma y metal o fueron apuntados con una diminuta luz verde; el láser de un francotirador israelí.

El lunes, lanchas militares israelíes empezaron a abordar los 54 barcos de la flotilla que se dirigía a la Franja para romper el bloqueo humanitario. En ellos viajaban alrededor de 400 activistas de 45 países, acompañados de políticos y periodistas, incluido este colaborador del EL PAÍS. Esos primeros abordajes transcurrieron a plena luz del día, en aguas internacionales cercanas a Chipre, aún lejos de Gaza, a más de 460 kilómetros de la costa del territorio palestino invadido. Las pocas naves que lograron esquivar a la marina israelí fueron interceptadas el martes. Los militares israelíes abrieron fuego y utilizaron cañones de agua.

Tras abordar nuestro barco, nos condujeron a un buque militar israelí, al que embarcamos a toda prisa, antes de transitar por unos pasillos metálicos y mojados. Tras un primer registro, algunos activistas terminaron con los pantalones bajados hasta la mitad de la cadera y los zapatos en la mano. Después de arrebatarnos los pasaportes, nos llevaron a un contenedor metálico oscuro y húmedo.

Entonces empezaron las palizas. Marinos israelíes nos golpearon y patearon. Algunos activistas recibieron descargas con pistolas eléctricas táser; a otros les pisotearon rodillas y tobillos o les agarraron los genitales. Según un conteo rápido realizado a bordo por una médica de la flotilla, solo entre los detenidos del primer bote interceptado se produjeron al menos 35 fracturas de costillas y más de diez denuncias de abusos sexuales. Varios integrantes de la flotilla están ahora en el hospital en Turquía.

Activistas italianos de la Flotilla llegaron el jueves, ataviados con el uniforme carcelario israelí, al aeropuerto de Fiumicino, en Roma. Remo Casilli (REUTERS)

Desde el contenedor helado en el que nos recluían tras los golpes, escuchábamos los gritos de los recién llegados, activistas de otros barcos interceptados después del nuestro. Llegaban empapados, sin aliento, con la mirada perdida. Muchos habían perdido los zapatos.

Dentro del patio, en la cubierta del buque, un grupo de israelíes los esperaba.

Los musulmanes turcos gritaban “Allahu akbar” (Dios es el más grande) antes de salir a ese patio. Otros activistas gritaban de miedo. Sabían que los israelíes los humillarían. Pero todos salían luego del contenedor en silencio.

Quienes se atrevían a abandonar el contenedor y volver al patio, eran apuntados por el láser verde de un francotirador apostado en lo más alto de la proa. Era más seguro permanecer dentro de esa caja metálica donde dormíamos en el suelo mojado, pegando los cuerpos unos contra otros o tratando de acomodarnos para que no se atrofiaran las extremidades sobre las planchas metálicas. La segunda noche, cuando ya no cabía nadie más de todos los barcos interceptados que habían llegado, algunos activistas empezaron a hacer guardia junto a la puerta. Siempre desde dentro.

Durante el día, los soldados entraban con escudos y rifles para retirar basura, repartir agua o devolver zapatos y gafas perdidos durante las palizas. Cada vez que abrían la puerta, lanzaban una o dos granadas aturdidoras. Los aprisionados salíamos con miedo y las manos en alto. Más de uno recibió disparos de balas de goma por no entender órdenes dadas en hebreo. El grupo se empujaba hacia la pared contraria, tapándose los oídos y levantando las manos, atento a no recibir una granada entre los pies.

El último día en el barco nos obligaron a arrodillarnos bajo el sol, sobre la cubierta caliente, con el himno israelí sonando de fondo. No una vez, sino más de una veintena.

En el puerto de Ashdod nos esperaban más policías. Nos llevaron maniatados, agarrándonos de las esposas, a una pequeña carpa para registrarnos otra vez y continuar los golpes. A uno de los activistas lo hicieron levantarse cuatro veces solo para volver a tirarlo al suelo a patadas. A otro, un capitán belga que había escrito en su barco “paz en la tierra”, siguieron golpeándole las costillas fracturadas. Cuando llegó a Turquía tuvo que ser hospitalizado.

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La tierra del puerto de Israel era rojiza y olía a azufre. También allí nos tuvieron horas arrodillados.

—Bajen la cabeza.

—Estas personas necesitan un médico —respondían algunos activistas.

—Ustedes eligieron venir aquí —contestaban los policías.

Después supe que allí estuvo el ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, vejando a los activistas, unas humillaciones que quedaron reflejadas en un vídeo. Para muchos activistas era un alivio que, entre sus compañeros de la flotilla, hubiera políticos y periodistas asistiendo a esas escenas. Para dar testimonio.

Miembros de la flotilla a Gaza detenidos y esposados en Israel.
ITAMAR BEN GVIR (ITAMAR BEN GVIR)

Cuando por fin me llevaron al escritorio temporal de migración, una policía colocó frente a mí la bandera blanquiazul de Israel. “Tu país es hermoso, pero seguro que el mío lo es más”, me dijo.

Otro me quitó los calcetines verdes. Me dijo que el verde es “el color de Hamás”. Después me dio dos bofetadas que se sintieron tiernas comparadas con los golpes y rodillazos recibidos por el Shayetet 13, los comandos de la Marina israelí que habían abordado los barcos de la flotilla.

Al salir de migración, nos apretaron las esposas aún con más fuerza. Ya no estaban los funcionarios de tono amable que hacían preguntas y chistes en migración.

Un funcionario con música tecno israelí sonando en el móvil de fondo, me preguntó por cuarta vez: “¿De qué país eres?

—¿Chile? ¿Alexis Sánchez? —añadía otro unos metros más allá. Se refería al futbolista chileno del Sevilla Fútbol Club.

—Ahora vas a Gaza. A ver si te reciben bien esos amantes de las cabras —sentenciaba otro.

Me apretaron tanto las esposas que terminé gritando. Otro policía accedió a aflojarlas un poco. Un paquistaní sentado a mi lado en el autobús que nos llevó a prisión no tuvo la misma suerte: pasó una hora entera pidiendo que se las aflojaran. Un día después sigue sintiendo dormidas sus manos.

En el vehículo policial, habían encendido el aire acondicionado al máximo. Atravesamos así el desierto del Néguev, en el sur de Israel.

La cárcel en medio del desierto terminó pareciendo un alivio. Los perros ladraban, pero llevaban bozal. Seguíamos caminando con la cabeza agachada, aunque ya no pegada al suelo. Nos llevaban de un funcionario a otro: el juez, el médico, el hombre que repartía ropa, el que volvía a preguntar el nombre y el país.

Después nos encerraron a más de 30 en una jaula del tamaño de un garaje. Allí, por primera vez desde la interceptación, muchos activistas podían verse de frente. Hablaban, se reían, se reconocían, podían sentarse y no permanecer de rodillas.

Esa fue la primera noche en que muchos logramos dormir. Nos dieron colchones y mantas, mucho mejor que el suelo metálico y helado del buque militar. No era el pan mojado y solo que habíamos comido allí; ahora le acompañaban verduritas, hummus y un cuarto de huevo duro.

—Buenos días —nos despertó un policía a la mañana siguiente.

Volvimos a los autobuses. Las paredes estaban llenas de pintadas hechas por presos palestinos. Habían escrito sus nombres o dibujado estrellas de David tachadas.

Seguimos atravesando el desierto hacia lo que después supimos que era el aeropuerto Ben Gurión, a 25 kilómetros de Tel Aviv. Recordé entonces a la policía que me había dicho que su país era hermoso. Desde la ventana yo solo veía un paisaje seco y caliente atravesado por autopistas bien mantenidas.

Los activistas no llegaron a Gaza. Tampoco pisaron libremente Israel. En la pista del aeropuerto estaban los tres aviones que nos esperaban. Varios dejaron tiradas las sandalias que les habían dado en la cárcel, igual que alguien que se quita los zapatos antes de entrar a casa.

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