Sevilla entiende de símbolos. Y el Domingo de Resurrección de 2026 dejó uno de los más elocuentes de los últimos años. Diez temporadas después, don Juan Carlos volvió a la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. No fue una presencia más. Fue una afirmación. Un gesto que trasciende lo institucional para instalarse en el corazón mismo de la tauromaquia.Entró por la Puerta de los Maestrantes, cruzando ante la estatua de su madre, doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, y desde ese instante la plaza ya jugaba otra partida. Ovaciones desde su llegada. Vivas. Respeto. Sevilla reconociendo en su figura algo más que a un Rey: una parte esencial de la reciente historia de España.Le acompañaban Felipe Juan Froilán de Marichalar, Victoria Federica de Marichalar y la Infanta Elena. Tres generaciones en el palco para una tarde que también hablaba de continuidad.Pero la dimensión de la jornada se completaba con un palco, tendidos y un callejón repletos de nombres propios. Allí estaban José Luis Martínez-Almeida, Juanma Moreno , José Luis Sanz; toreros como Paco Ojeda; artistas como Vicente Amigo; deportistas como Sergio Ramos; o periodistas como Rubén Amón o Juan del Val. Empresarios, aficionados y rostros conocidos que confirmaban que nadie había querido perderse la cita.Porque si algo quedó claro es que la presencia de don Juan Carlos no es un detalle accesorio. Es, en sí misma, una victoria del toreo . Como lo fue su papel en la Transición para España, su regreso a la Maestranza simboliza la vigencia de una tradición que sigue latiendo. Sevilla lo entendió así. Y lo celebró.Desde el himno —vivido con solemnidad— hasta su despedida, tras recibir a los tres toreros antes de abandonar el coso para cenar en casa de Carlos Herrera , todo fueron ovaciones. La plaza, además, presentó el mejor aspecto posible: llena de reventón. El estreno de Lances de Futuro no pudo tener mejor carta de presentación.La corrida de Garcigrande, eso sí, tardó en romper. Pesó la primera parte. Hasta que, en el tercer toro, un grito desde el tendido —«¡vaya petardo, Garzón!»— cambió la suerte de la tarde. A partir de ahí, todo fue una fiesta.La otra coronaY en el ruedo, la otra corona la puso Morante de la Puebla. En el cuarto toro firmó una obra cumbre. Verónicas de compás único, temple y profundidad. Llevó al toro a los medios como quien gobierna el tiempo, en una faena de arte y valor cerrada con una estocada rotunda. Dos orejas. Y Sevilla rendida.Andrés Roca Rey dejó una faena poderosa en el quinto, de mano baja y mando, premiada con una oreja. David de Miranda, por su parte, se sobrepuso a la dificultad y a una voltereta para imponerse con valor y verdad y cortar una oreja de peso.Los tres brindaron sus primeros toros a don Juan Carlos. Un gesto que explica la dimensión de la tarde. Pero lo verdaderamente importante ocurrió en un plano más alto. Sevilla volvió a decir quién es. A quién reconoce. A qué tradiciones se debe. Porque aquella tarde no solo volvió un Rey. Se reafirmó una idea. Una forma de entender España, su historia y su cultura.La revoleraEn el paseíllo sonó el himno nacional, al término se guardó un minuto de silencio por los fallecidos en Adamuz y el diestro Ricardo Ortiz Las rayas de picar han cambiado de color debido al cierre de la fábrica de pintura que las proveía. Han buscado el más parecido, pero habrá que seguir indagando Las verónicas de Morante al cuarto toro fueron un monumento al valor y el arte. Es la primera vez en Sevilla que el cigarrero comienza una faena llevándose al toro andando de esa manera a los mediosY mientras la Maestranza se vaciaba lentamente, quedaba una certeza en el aire: que hay símbolos que no se discuten, que no se explican… simplemente se viven. Y Sevilla, cuando se trata de Reyes —los de sangre y los del toreo—, no se equivoca. Sevilla entiende de símbolos. Y el Domingo de Resurrección de 2026 dejó uno de los más elocuentes de los últimos años. Diez temporadas después, don Juan Carlos volvió a la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. No fue una presencia más. Fue una afirmación. Un gesto que trasciende lo institucional para instalarse en el corazón mismo de la tauromaquia.Entró por la Puerta de los Maestrantes, cruzando ante la estatua de su madre, doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, y desde ese instante la plaza ya jugaba otra partida. Ovaciones desde su llegada. Vivas. Respeto. Sevilla reconociendo en su figura algo más que a un Rey: una parte esencial de la reciente historia de España.Le acompañaban Felipe Juan Froilán de Marichalar, Victoria Federica de Marichalar y la Infanta Elena. Tres generaciones en el palco para una tarde que también hablaba de continuidad.Pero la dimensión de la jornada se completaba con un palco, tendidos y un callejón repletos de nombres propios. Allí estaban José Luis Martínez-Almeida, Juanma Moreno , José Luis Sanz; toreros como Paco Ojeda; artistas como Vicente Amigo; deportistas como Sergio Ramos; o periodistas como Rubén Amón o Juan del Val. Empresarios, aficionados y rostros conocidos que confirmaban que nadie había querido perderse la cita.Porque si algo quedó claro es que la presencia de don Juan Carlos no es un detalle accesorio. Es, en sí misma, una victoria del toreo . Como lo fue su papel en la Transición para España, su regreso a la Maestranza simboliza la vigencia de una tradición que sigue latiendo. Sevilla lo entendió así. Y lo celebró.Desde el himno —vivido con solemnidad— hasta su despedida, tras recibir a los tres toreros antes de abandonar el coso para cenar en casa de Carlos Herrera , todo fueron ovaciones. La plaza, además, presentó el mejor aspecto posible: llena de reventón. El estreno de Lances de Futuro no pudo tener mejor carta de presentación.La corrida de Garcigrande, eso sí, tardó en romper. Pesó la primera parte. Hasta que, en el tercer toro, un grito desde el tendido —«¡vaya petardo, Garzón!»— cambió la suerte de la tarde. A partir de ahí, todo fue una fiesta.La otra coronaY en el ruedo, la otra corona la puso Morante de la Puebla. En el cuarto toro firmó una obra cumbre. Verónicas de compás único, temple y profundidad. Llevó al toro a los medios como quien gobierna el tiempo, en una faena de arte y valor cerrada con una estocada rotunda. Dos orejas. Y Sevilla rendida.Andrés Roca Rey dejó una faena poderosa en el quinto, de mano baja y mando, premiada con una oreja. David de Miranda, por su parte, se sobrepuso a la dificultad y a una voltereta para imponerse con valor y verdad y cortar una oreja de peso.Los tres brindaron sus primeros toros a don Juan Carlos. Un gesto que explica la dimensión de la tarde. Pero lo verdaderamente importante ocurrió en un plano más alto. Sevilla volvió a decir quién es. A quién reconoce. A qué tradiciones se debe. Porque aquella tarde no solo volvió un Rey. Se reafirmó una idea. Una forma de entender España, su historia y su cultura.La revoleraEn el paseíllo sonó el himno nacional, al término se guardó un minuto de silencio por los fallecidos en Adamuz y el diestro Ricardo Ortiz Las rayas de picar han cambiado de color debido al cierre de la fábrica de pintura que las proveía. Han buscado el más parecido, pero habrá que seguir indagando Las verónicas de Morante al cuarto toro fueron un monumento al valor y el arte. Es la primera vez en Sevilla que el cigarrero comienza una faena llevándose al toro andando de esa manera a los mediosY mientras la Maestranza se vaciaba lentamente, quedaba una certeza en el aire: que hay símbolos que no se discuten, que no se explican… simplemente se viven. Y Sevilla, cuando se trata de Reyes —los de sangre y los del toreo—, no se equivoca.
Sevilla entiende de símbolos. Y el Domingo de Resurrección de 2026 dejó uno de los más elocuentes de los últimos años. Diez temporadas después, don Juan Carlos volvió a la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. No fue una presencia más. Fue una afirmación. … Un gesto que trasciende lo institucional para instalarse en el corazón mismo de la tauromaquia.
Entró por la Puerta de los Maestrantes, cruzando ante la estatua de su madre, doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, y desde ese instante la plaza ya jugaba otra partida. Ovaciones desde su llegada. Vivas. Respeto. Sevilla reconociendo en su figura algo más que a un Rey: una parte esencial de la reciente historia de España.
Le acompañaban Felipe Juan Froilán de Marichalar, Victoria Federica de Marichalar y la Infanta Elena. Tres generaciones en el palco para una tarde que también hablaba de continuidad.
Pero la dimensión de la jornada se completaba con un palco, tendidos y un callejón repletos de nombres propios. Allí estaban José Luis Martínez-Almeida, Juanma Moreno, José Luis Sanz; toreros como Paco Ojeda; artistas como Vicente Amigo; deportistas como Sergio Ramos; o periodistas como Rubén Amón o Juan del Val. Empresarios, aficionados y rostros conocidos que confirmaban que nadie había querido perderse la cita.
Porque si algo quedó claro es que la presencia de don Juan Carlos no es un detalle accesorio. Es, en sí misma, una victoria del toreo. Como lo fue su papel en la Transición para España, su regreso a la Maestranza simboliza la vigencia de una tradición que sigue latiendo. Sevilla lo entendió así. Y lo celebró.
Desde el himno —vivido con solemnidad— hasta su despedida, tras recibir a los tres toreros antes de abandonar el coso para cenar en casa de Carlos Herrera, todo fueron ovaciones. La plaza, además, presentó el mejor aspecto posible: llena de reventón. El estreno de Lances de Futuro no pudo tener mejor carta de presentación.
La corrida de Garcigrande, eso sí, tardó en romper. Pesó la primera parte. Hasta que, en el tercer toro, un grito desde el tendido —«¡vaya petardo, Garzón!»— cambió la suerte de la tarde. A partir de ahí, todo fue una fiesta.
La otra corona
Y en el ruedo, la otra corona la puso Morante de la Puebla. En el cuarto toro firmó una obra cumbre. Verónicas de compás único, temple y profundidad. Llevó al toro a los medios como quien gobierna el tiempo, en una faena de arte y valor cerrada con una estocada rotunda. Dos orejas. Y Sevilla rendida.
Andrés Roca Rey dejó una faena poderosa en el quinto, de mano baja y mando, premiada con una oreja. David de Miranda, por su parte, se sobrepuso a la dificultad y a una voltereta para imponerse con valor y verdad y cortar una oreja de peso.
Los tres brindaron sus primeros toros a don Juan Carlos. Un gesto que explica la dimensión de la tarde. Pero lo verdaderamente importante ocurrió en un plano más alto. Sevilla volvió a decir quién es. A quién reconoce. A qué tradiciones se debe. Porque aquella tarde no solo volvió un Rey. Se reafirmó una idea. Una forma de entender España, su historia y su cultura.
Y mientras la Maestranza se vaciaba lentamente, quedaba una certeza en el aire: que hay símbolos que no se discuten, que no se explican… simplemente se viven. Y Sevilla, cuando se trata de Reyes —los de sangre y los del toreo—, no se equivoca.
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