Sid Vicious resultó el gran romántico de los escombros, el Romeo del punk. Hablamos del bajista de los Sex Pistols, aquella banda que lo hizo todo durante un rato de eternidad. Un disco, un escándalo, un derrumbe. Algo de mártir de aquella ferocidad puede ser Sid Vicious, que igual no entendía hasta la médula la música, pero sí hasta el hueso el estruendo. Cuando cantó su versión de ‘My Way’, de Sinatra, firmó para siempre el manual del punk. Hay que desafinar con apostura, destruir con una sonrisa, morir con estilo. Cumplimos cuarenta y siete años de su muerte, y está aquí mismo. Todo recordatorio, en él, resulta un homenaje. No nació Sid Vicious sino John Simon Ritchie, que es un nombre de contable con el que vas a poco sitio. Primero te nombras Sid Vicious, y luego viene la chupa de remaches, la bisutería de ferralla, el pelo de electrocutado y la pose, en fin, de difunto a la última hora de la juerga. Parece que ni existió, por el empaque fantasmal, pero naturalmente que sí, porque fue criatura máxima de los márgenes. Fue el credo en carne viva del ‘no future’, el grito más corto, pero más sincero, de una generación que no pedía salvación sino volumen. Tras la disolución del grupo, Sid se convirtió en el rigor de su propio fantasma. La fama lo acorraló como un premio, como una condena. En 1979, lo encontraron muerto por sobredosis de heroína. Tenía 21 años, y parecía un veterano de varias guerras. Le hallaron en el bolsillo una foto de Nancy Spungen, su novia terrible, su espejo y su tortura, y también una nota garabateada que decía: «Nos prometimos morir juntos, y lo hicimos.» Se amaron, Sid y Nancy, como quien incendia una alcoba, sin tregua, y sin salida. Nunca fue Sid Vicious un músico memorable, pero en el escenario parecía un accidente con ritmo, un voltaje de espasmo que iba y venía de la rabia al vértigo. No tocaba bien la guitarra, pero la tocaba como alivándose de la locura. No fue el punk una moda sino un verano del desencanto. Y Sid su primer apóstol. El más torpe, el más puro. Sid Vicious resultó el gran romántico de los escombros, el Romeo del punk. Hablamos del bajista de los Sex Pistols, aquella banda que lo hizo todo durante un rato de eternidad. Un disco, un escándalo, un derrumbe. Algo de mártir de aquella ferocidad puede ser Sid Vicious, que igual no entendía hasta la médula la música, pero sí hasta el hueso el estruendo. Cuando cantó su versión de ‘My Way’, de Sinatra, firmó para siempre el manual del punk. Hay que desafinar con apostura, destruir con una sonrisa, morir con estilo. Cumplimos cuarenta y siete años de su muerte, y está aquí mismo. Todo recordatorio, en él, resulta un homenaje. No nació Sid Vicious sino John Simon Ritchie, que es un nombre de contable con el que vas a poco sitio. Primero te nombras Sid Vicious, y luego viene la chupa de remaches, la bisutería de ferralla, el pelo de electrocutado y la pose, en fin, de difunto a la última hora de la juerga. Parece que ni existió, por el empaque fantasmal, pero naturalmente que sí, porque fue criatura máxima de los márgenes. Fue el credo en carne viva del ‘no future’, el grito más corto, pero más sincero, de una generación que no pedía salvación sino volumen. Tras la disolución del grupo, Sid se convirtió en el rigor de su propio fantasma. La fama lo acorraló como un premio, como una condena. En 1979, lo encontraron muerto por sobredosis de heroína. Tenía 21 años, y parecía un veterano de varias guerras. Le hallaron en el bolsillo una foto de Nancy Spungen, su novia terrible, su espejo y su tortura, y también una nota garabateada que decía: «Nos prometimos morir juntos, y lo hicimos.» Se amaron, Sid y Nancy, como quien incendia una alcoba, sin tregua, y sin salida. Nunca fue Sid Vicious un músico memorable, pero en el escenario parecía un accidente con ritmo, un voltaje de espasmo que iba y venía de la rabia al vértigo. No tocaba bien la guitarra, pero la tocaba como alivándose de la locura. No fue el punk una moda sino un verano del desencanto. Y Sid su primer apóstol. El más torpe, el más puro. Sid Vicious resultó el gran romántico de los escombros, el Romeo del punk. Hablamos del bajista de los Sex Pistols, aquella banda que lo hizo todo durante un rato de eternidad. Un disco, un escándalo, un derrumbe. Algo de mártir de aquella ferocidad puede ser Sid Vicious, que igual no entendía hasta la médula la música, pero sí hasta el hueso el estruendo. Cuando cantó su versión de ‘My Way’, de Sinatra, firmó para siempre el manual del punk. Hay que desafinar con apostura, destruir con una sonrisa, morir con estilo. Cumplimos cuarenta y siete años de su muerte, y está aquí mismo. Todo recordatorio, en él, resulta un homenaje. No nació Sid Vicious sino John Simon Ritchie, que es un nombre de contable con el que vas a poco sitio. Primero te nombras Sid Vicious, y luego viene la chupa de remaches, la bisutería de ferralla, el pelo de electrocutado y la pose, en fin, de difunto a la última hora de la juerga. Parece que ni existió, por el empaque fantasmal, pero naturalmente que sí, porque fue criatura máxima de los márgenes. Fue el credo en carne viva del ‘no future’, el grito más corto, pero más sincero, de una generación que no pedía salvación sino volumen. Tras la disolución del grupo, Sid se convirtió en el rigor de su propio fantasma. La fama lo acorraló como un premio, como una condena. En 1979, lo encontraron muerto por sobredosis de heroína. Tenía 21 años, y parecía un veterano de varias guerras. Le hallaron en el bolsillo una foto de Nancy Spungen, su novia terrible, su espejo y su tortura, y también una nota garabateada que decía: «Nos prometimos morir juntos, y lo hicimos.» Se amaron, Sid y Nancy, como quien incendia una alcoba, sin tregua, y sin salida. Nunca fue Sid Vicious un músico memorable, pero en el escenario parecía un accidente con ritmo, un voltaje de espasmo que iba y venía de la rabia al vértigo. No tocaba bien la guitarra, pero la tocaba como alivándose de la locura. No fue el punk una moda sino un verano del desencanto. Y Sid su primer apóstol. El más torpe, el más puro. RSS de noticias de cultura
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