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  Nacional  Sufriendo el incendio de Ávila con los Gómez: “La Guardia Civil nos quería detener por cortar unos árboles para que no llegara el fuego al restaurante”
Nacional

Sufriendo el incendio de Ávila con los Gómez: “La Guardia Civil nos quería detener por cortar unos árboles para que no llegara el fuego al restaurante”

julio 25, 2026
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Los campistas dejaron la barbacoa a medias por miedo a ser ellos el churrasco. Los pinchos morunos, la chistorra y los chorizos descansan sobre la mesa junto a una botella de aceite retorcida por el calor. Solo dos tiendas de campaña se han librado del fuego en el camping del valle Iruelas (Ávila), donde dos toallas tendidas, semiquemadas, ilustran el milagro. Lo demás está arrasado. Huele a plástico quemado, los muchísimos bungalows se han prácticamente derretido, una moto es ahora un amasijo metálico, de la cama elástica solo queda el esqueleto. Así, parcela tras parcela tras el azote del fuego de Burgohondo, devastador por el sur abulense. Los bosques han ardido y con ellos el entorno de muchas casas y negocios como este para desesperación de familias como los Gómez, hosteleros en la zona, conscientes de que las llamas han abrasado su economía. Ya lo van intuyendo pese a que se mantienen ocupados: faltan manos contra el fuego con el que los Gómez se han reencontrado.

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Una casa quemada en La Rinconada, en el municipio de El Barraco (Ávila).Erick Gómez trabaja para retirar uno de los troncos caídos sobre los caminos de La Rinconada (Ávila). Una familia de la zona abulense afectada por el incendio se multiplica para lidiar con las llamas  

Los campistas dejaron la barbacoa a medias por miedo a ser ellos el churrasco. Los pinchos morunos, la chistorra y los chorizos descansan sobre la mesa junto a una botella de aceite retorcida por el calor. Solo dos tiendas de campaña se han librado del fuego en el camping del valle Iruelas (Ávila), donde dos toallas tendidas, semiquemadas, ilustran el milagro. Lo demás está arrasado. Huele a plástico quemado, los muchísimos bungalows se han prácticamente derretido, una moto es ahora un amasijo metálico, de la cama elástica solo queda el esqueleto. Así, parcela tras parcela tras el azote del fuego de Burgohondo, devastador por el sur abulense. Los bosques han ardido y con ellos el entorno de muchas casas y negocios como este para desesperación de familias como los Gómez, hosteleros en la zona, conscientes de que las llamas han abrasado su economía. Ya lo van intuyendo pese a que se mantienen ocupados: faltan manos contra el fuego con el que los Gómez se han reencontrado.

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Los tatuajes de Karen Gómez, de 28 años, señalan el camino. “Resiliencia”. “Coraje y corazón”. La fina tinta negra tiñe su piel como lo hace la ceniza en los bosques donde se criaron y disfrutaron tantas como ella. Ahora los árboles son tótems humeantes. “La culpa es del descontrol de siempre”, reniega el sábado por la mañana, 72 horas después de las primeras chispas, donde afirma que no había medios. Luego, pese al útil embalse cercano, faltaron los cruciales helicópteros. El infierno estalló el jueves. Desalojos, miedo, huidas. Erick, de 30, explica con los ojos rojos de no dormir y faenar entre el humo que un grupo de vecinos y visitantes de Rinconada, una aldea entre la arboleda y el pantano, se quedaron atrapados. Le tocó meter a seis en una barca, entre ellos dos guardias civiles que fueron a analizar la situación, y sacarlos por el agua, donde los caballos se sumergían para alejarse del frente. No le importó que hace un tiempo perdiera un dedo y parte de los músculos del brazo en un accidente en esa misma barca.

“Es surrealista que alguien de Madrid que no ha pisado el campo haga leyes rurales”, censura, agradecido a las brigadas forestales donde actuó varios años y crítico con la Unidad Militar de Emergencias, a la que acusa de inacción. El patriarca, Jesús, de 56, toma café con evidentes cortes en los brazos de la pelea nocturna. “La Guardia Civil nos quería detener por cortar unos árboles para que no llegara el fuego al restaurante”, afea, delante de ese negocio donde trabaja, ahora vacío. “¡Póngame los grilletes!”, respondió. No hizo falta.

Los tres enseñan vídeos del otro hermano, Nick, de 23, toda la noche apagando incendios con cuadrillas voluntarias cerca de Val de San Martín, otro punto crítico. Ninguno de los cuatro ha dormido y aun así se activan rumbo a las viviendas de Rinconada, muchas chamuscadas, una de ellas directamente hundida por el fuego, con los cristales destrozados. Muerta. Los chavales suben a una pick-up, llevan una motosierra junto a su amigo José María Guerrero, de 47, habitante allí y tenso todas estas jornadas. “¿Con esa navaja lo vas a cortar?”, bromea, por fin ligeramente distendido, tras tantas horas de drama. Pues sí. Brrrrrrummmm. Tatatatata. Brrrrrrummmm. Erick ejerce sus conocimientos forestales y corta el tronco de un metro de diámetro y 20 de largo que ha caído sobre el camino que conduce hacia otra localidad. Entre todos empujamos la madera para conseguir retirarla. Allí se quedan los tres.

Una casa quemada en La Rinconada, en el municipio de El Barraco (Ávila).Emilio Fraile

El padre se ha quedado sin vehículo y pide a los periodistas llevarlo a El Barraco, también víctima de las llamas estos días, donde su pareja regenta un hostal. Por el camino, entre más humo y llamaradas repentinas y un señor guiando a dos caballos, uno de los cuales con llagas en una pata, el hombre cuenta su historia con el fuego.

-Este es mi tercer incendio.

-El peor, ¿no?

-No. El primero me arruinó la vida. Tenía una empresa de pinturas en Madrid y ardió todo. El seguro no cubrió nada. Luego puse un restaurante y se me quemó también.

Al menos ahora el negocio de su pareja y el bar donde trabaja él han resistido. Le llaman preguntándole por distintos inmuebles y responde a su interlocutora que su terreno se ha salvado. “Qué alegría me has dado. Te quiero mucho, Jesús”, se escucha al otro lado del teléfono. El encuentro con su esposa, María José Hernández, se produce en el hostal El Encuentro, donde está durmiendo también una cuadrilla de bomberos venida desde Segovia. La mujer se derrumba: “Está siendo demasiado duro, un horror”. Hernández presume de familia, con hijos y sobrinos comprometidos con su Ávila, fajándose ante la percibida como ausencia de fuerza institucional, sin el respaldo que precisan. “¡Se estaba quemando todo y no había nadie!”, evoca sobre el maldito miércoles donde tardaron horas, según sus recuerdos, en aparecer los medios. La abulense prevé que el incendio, que ha devastado “un paraíso”, va a comprometer a múltiples familias que viven del paisaje, de su paz, de su descanso: “La gente tiene que venir. Si no, ¿De qué vivimos?”.

Erick Gómez trabaja para retirar uno de los troncos caídos sobre los caminos de La Rinconada (Ávila).Emilio Fraile

La conversación trascurre con cierta calma hasta que por las ventanas se divide una nueva columna de humo negro. Salir a escape conduce a una urbanización cercana al embalse, con casas desperdigadas, casi entre el bosque y rodeadas de matorral: una amenaza tremenda. Los vecinos se despliegan y colaboran con los bomberos de distintas procedencias combinados por la batalla contra el fuego. Se tienden mangueras, se sacuden los batefuegos, se grita contra la humareda y se exclama con alegría cuando por fin llueve: es el agua que cae de los helicópteros, maná entre la sequía de sonrisas en esta depresión.

 

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