
A Susana Delgado (Oviedo, 50 años) le ponen “los pelos de punta” expresiones como flora microbiana —“La flora es la vegetación”, recalca— o gérmenes —“Es un término arcaico que la gente asocia con patógenos, cuando la mayoría de los microorganismos que conviven con nosotros son buenos”, explica—. La científica titular del Instituto de Productos Lácteos de Asturias (IPLA-CSIC) lleva dos décadas estudiando la microbiota (bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que habitan nuestro organismo), que cada vez se relaciona con más aspectos de la salud.
La científica del CSIC explica cómo se construye este ecosistema de microorganismos que habitan nuestro organismo durante los primeros años de vida, su relación con enfermedades y qué hacer para mantenerlo sano
A Susana Delgado (Oviedo, 50 años) le ponen “los pelos de punta” expresiones como flora microbiana —“La flora es la vegetación”, recalca— o gérmenes —“Es un término arcaico que la gente asocia con patógenos, cuando la mayoría de los microorganismos que conviven con nosotros son buenos”, explica—. La científica titular del Instituto de Productos Lácteos de Asturias (IPLA-CSIC) lleva dos décadas estudiando la microbiota (bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que habitan nuestro organismo), que cada vez se relaciona con más aspectos de la salud.
Delgado orientó su carrera hacia la investigación clínica a través de la nutrición y hoy colabora con gastroenterólogos y pediatras para estudiar la relación entre esa comunidad invisible, dieta y enfermedad. Buena parte de su trabajo se centra en la alergia a la proteína de la leche de vaca (APLV), una de las más frecuentes en la infancia. Acaba de participar en los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), en el Palacio de La Magdalena de Santander, donde abordó el papel del microbioma humano, el conjunto de genes de esos microorganismos y su interacción con el entorno.
Pregunta. ¿Qué relación existe entre la microbiota y la alergia a la proteína de la leche de vaca en los lactantes?
Respuesta. No sabemos si fue antes el huevo o la gallina: si una microbiota alterada favorece la alergia o al contrario. Es muy difícil estudiarlo porque, en cuanto comienzan con síntomas, la leche se sustituye por fórmulas hidrolizadas [menos alergénicas], pero hemos obtenido resultados muy interesantes.
Hay alergias que provocan reacciones en la piel, atopia o anafilaxia y se detectan con pruebas cutáneas o análisis de inmunoglobulina E (IgE), pero nuestro grupo trabaja sobre todo con las no mediadas por esta inmunoglobulina, que cursan con síntomas gastrointestinales y son más difíciles de diagnosticar. Buscamos biomarcadores en las heces para identificar y seguir a estos niños de forma menos invasiva que con una analítica o una biopsia. Hemos constatado, por ejemplo, que presentan menos bifidobacterias, que son beneficiosas, y más bacterias potencialmente patógenas que los niños sanos o los que tienen alergias mediadas por IgE. No sabemos por qué, pero parece que se genera una especie de círculo vicioso. Además, detectamos marcadores de inflamación intestinal en sus heces.
Necesitamos biomarcadores porque, aunque muchas de estas alergias desaparecen con el tiempo, ayudarían a identificar cuándo el niño ya las ha superado, evitando restricciones alimentarias innecesarias —que pueden provocar carencias de calcio o aminoácidos esenciales— y pruebas de provocación oral. La enfermedad supone, además, una importante carga para las familias —la mía es una de ellas— porque las proteínas del suero lácteo son aditivos en muchos productos.
P. Insiste en que hay que diferenciar estas alergias de la intolerancia a la lactosa.
R. No tienen nada que ver. La alergia es una reacción inmunitaria frente a proteínas de la leche, mientras que la intolerancia es un problema digestivo por falta de lactasa, la enzima que hidroliza la lactosa [un azúcar de la leche], y suele darse en la edad adulta. Es habitual que en los colegios las confundan y den a niños con APLV yogures sin lactosa.
P. También ha recalcado la importancia de los 1.000 primeros días de vida. ¿Qué ocurre en ese periodo y qué papel juega la microbiota de la leche materna?
R. Es un periodo crítico, que comprende los dos o tres primeros años, durante el que se establece la microbiota a partir de las bacterias que el bebé recibe de la madre, la familia y el entorno. Por eso ahora se favorece que los recién nacidos hospitalizados permanezcan más tiempo piel con piel con sus padres. La leche materna contiene oligosacáridos que alimentan a las bifidobacterias, muy abundantes en los primeros meses; las fórmulas infantiles solo incorporan algunos, sin alcanzar su complejidad. Su composición varía además entre mujeres, etnias o regiones geográficas, lo que la convierte en un factor clave de esa colonización inicial.
Conforme el niño crece, esas bifidobacterias producen compuestos que facilitan el establecimiento de otros grupos, como los bacteroides, con la introducción de nuevos alimentos: es la llamada “alimentación cruzada”, en la que unas bacterias preparan el terreno para que prosperen otras y se establezca una microbiota equilibrada y protectora frente a infecciones. Por eso también se alerta sobre la higiene excesiva: hemos tendido a esterilizarlo todo y a criar a los niños casi en una burbuja, cuando un contacto razonable con el entorno ayuda a que el sistema inmunitario y la microbiota maduren, y un niño con una microbiota equilibrada tiene menos infecciones respiratorias y otitis.

P. Aunque la más conocida es la del sistema digestivo, ¿qué relación tiene la microbiota con los sistemas nervioso y endocrino?
R. Es una relación bidireccional. Por un lado, la microbiota produce neurotransmisores, como la serotonina o el GABA, que actúan sobre el sistema nervioso. Por otro lado, nuestras hormonas modifican la microbiota, al tiempo que algunas bacterias son capaces de transformar hormonas, tanto las del propio organismo como las que tomamos desde el exterior. Por eso, por ejemplo, dos mujeres pueden responder de forma distinta al mismo tratamiento hormonal para la menopausia. Sin embargo, aún no entendemos bien esas interacciones.
P. ¿Determina esa microbiota inicial la que tendremos de adultos?
R. Una vez que esas comunidades microbianas se asientan, es difícil modificarlas, salvo en situaciones como tratamientos prolongados con antibióticos. Por eso los primeros años son tan importantes: esa microbiota, que interacciona constantemente con nuestras células, será la base de la que tendremos de adultos, junto con la genética y el entorno. Además, es en ese periodo cuando se establecen las bases de muchas enfermedades con componente inmunitario que pueden manifestarse años después.
Si llevas una dieta variada, haces ejercicio, duermes bien y mantienes un estilo de vida saludable, tu microbiota también lo será. El estrés, el sedentarismo, la alimentación o los ciclos de sueño influyen en ella, igual que ella influye sobre nuestra salud. Para tener una microbiota saludable, tienes que tener hábitos de vida saludables.
P. ¿Tiene sentido tomar probióticos cuando nos recetan un antibiótico?
R. Desde mi punto de vista, no durante el tratamiento. Pueden tener más sentido después, tras tratamientos prolongados o infecciones recurrentes, para ayudar a restaurar ese equilibrio y dificultar que proliferen bacterias resistentes. Es como un incendio forestal: el antibiótico arrasa con gran parte del ecosistema y el probiótico intenta “sembrarlo” de nuevo. Pero esa recuperación lleva tiempo; no se consigue en un solo día.
Tampoco son necesarios para todo el mundo; si tomas un antibiótico unos días por una infección de garganta, un probiótico te va a aportar poco. Además, también pueden obtenerse bacterias beneficiosas mediante alimentos fermentados, como encurtidos, yogures o quesos. En todo caso, los probióticos son complementos alimenticios, no medicamentos, y su regulación es menos estricta. Habría que ver si el producto que compras contiene realmente lo que indica la etiqueta.
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