
El sol se aproxima al ocaso, la luz se torna azulada y las olas muerden con dulzura la orilla mientras los taiwaneses pasean, se sacan fotos, charlan sentados sobre la toalla extendida en la arena, lo que harían un martes cualquiera de buen tiempo como este. La playa de Shalun se encuentra a un pasito de Taipéi, la capital de Taiwán, y además de un paraje hermoso elegido por parejas de novios para inmortalizarse en su álbum de boda, es considerada un punto crítico: en lenguaje militar se las denomina “playas rojas”, lugares que el Gobierno taiwanés considera vulnerables ante una potencial invasión de China; zonas a proteger en caso de desembarco.








Tras protagonizar la cumbre entre Xi y Trump, la vida sigue su ritmo en una zona de alta tensión geopolítica, pese a las amenazas de Pekín
El sol se aproxima al ocaso, la luz se torna azulada y las olas muerden con dulzura la orilla mientras los taiwaneses pasean, se sacan fotos, charlan sentados sobre la toalla extendida en la arena, lo que harían un martes cualquiera de buen tiempo como este. La playa de Shalun se encuentra a un pasito de Taipéi, la capital de Taiwán, y además de un paraje hermoso elegido por parejas de novios para inmortalizarse en su álbum de boda, es considerada un punto crítico: en lenguaje militar se las denomina “playas rojas”, lugares que el Gobierno taiwanés considera vulnerables ante una potencial invasión de China; zonas a proteger en caso de desembarco.
Apenas han pasado cuatro días desde que el presidente estadounidense, Donald Trump, dejara la capital china tras una cumbre en la que Xi Jinping le advirtió de que Taiwán es “el asunto más importante” en la relación entre Pekín y Washington. Mal gestionado, remarcó el líder chino, podría derivar en una situación “extremadamente peligrosa” y llevarles “incluso a conflictos”.

En la isla, a menudo uno tiene esta sensación de disociación cognitiva: convive la alegre vida cotidiana con la ansiedad de sentirse constantemente bajo el choque entre superpotencias. Del mismo modo, Shalun, la playa “roja”, es a la vez un enclave idóneo para tomar la temperatura de los ciudadanos sobre todo esto, y uno de los peores sitios para hacerlo, porque supone violentar a la gente, en su apacible tarde, con geopolítica, conflictos y ataques anfibios.
“No es algo que podamos controlar”, esquivan dos veinteañeras las preguntas sobre las relaciones entre las dos orillas. Confiesan que no tenían ni idea sobre las playas rojas. “No lo seguimos demasiado”, agrega sobre la geopolítica del estrecho Alan Lee, de 22 años, recién graduado, que ha acudido con varios compañeros de universidad.
“Odio la guerra”, afirma Celia Chou, una profesora de 60 años que camina punteando la espuma mientras escucha la banda sonora de Pearl Harbour. “Soy una persona pacífica”. Considera “hermanos” a los ciudadanos de ambas orillas. “¿Por qué deberíamos odiarnos?”. Cree posibles unas relaciones amistosas: “Siempre hay una manera de resolver los problemas”.

Ubicada a unos 160 kilómetros de la China continental, Taiwán es uno de los puntos más volátiles del planeta. Pekín considera a la isla autogobernada una parte irrenunciable de su territorio, una provincia rebelde a reunificar de forma pacífica, pero sin renunciar al uso de la fuerza si fuera necesario. Washington, que no mantiene lazos oficiales con Taipéi (apenas lo hacen una docena de países de escasa relevancia), le suministra armamento y mantiene una política de “ambigüedad estratégica”: nunca confiesa si intervendría o no en caso de ataque.
El conflicto se remonta a la guerra civil china, cuando las tropas nacionalistas de Chiang Kai-shek fueron derrotadas en 1949 por los comunistas de Mao Zedong. Mientras este fundaba la República Popular China, los vencidos huyeron a Taiwán, donde establecieron una especie de Gobierno en el exilio del régimen vencido, la República de China (sigue siendo su nombre oficial). El conflicto ha llegado hasta nuestros días envuelto en un delicadísimo equilibrio diplomático entre China y Estados Unidos.

Taiwán funciona como un Estado de facto; es un lugar donde se vive razonablemente bien, con una renta per cápita superior a los 31.000 euros, y ha logrado convertirse en una pieza geoestratégica indispensable, por su localización en medio de una ruta marítima clave, y como productora de más del 90% de los semiconductores de última generación: el petróleo de la Inteligencia Artificial (IA).
Solo el gigante de los chips TSMC supone el 9% del PIB taiwanés y tiene entre sus clientes a las cinco empresas con mayor capitalización bursátil del mundo, todas tecnológicas, de Nvidia a Amazon. TSMC es la sexta. El 70% de sus clientes son estadounidenses, y esto supone quizá el mejor seguro de vida de Taiwán. Su industria de chips es una joya a proteger.
Tal y como comentaban Yang y Chris, dos ingenieros de TSMC que no quisieron dar más señas: “Me siento afortunado de vivir en esta década. La IA tendrá un impacto muy positivo en Taiwán”. Con un café en la mano, daban un paseo el jueves a la hora de comer entre las inmensas naves de la compañía en Hsinchu, a unos 60 kilómetros al suroeste de Taipéi. Reflexionaban sobre la relevancia de la isla: “Al ser pequeños es importante convertirse en algo difícil de tragar. Que quien te devore sepa que se hará daño, y se pregunte si merece la pena. TSMC y el resto de la industria son parte de eso. No es solo una cuestión de defensa”.

Taiwán cuenta con su propio ejército, y un presupuesto de defensa en auge. Además, tiene moneda propia (el dólar taiwanés) y, tras décadas de dictadura, sus 23 millones de ciudadanos comenzaron en los noventa a votar de forma democrática para elegir su propio Gobierno, lo cual es parte del problema para Pekín: no siempre ve con buenos ojos al ganador.
“Nuestro futuro no puede ser decidido por fuerzas extranjeras”, aseguró el miércoles el presidente taiwanés, Lai Ching-te, en el palacio presidencial en Taipéi, durante una comparecencia para hacer balance de sus dos años al frente del Ejecutivo. Las autoridades comunistas consideran a Lai, del Partido Progresista Democrático (PPD), un “peligro” por sus tendencias secesionistas. Nada más asumir el cargo, el gigante asiático percutió con una nueva ronda de ejercicios militares, ya habituales en el estrecho.
El Gobierno chino apuesta por un acercamiento a través del principal partido de la oposición, el Kuomintang (KMT), que cuenta con mayoría en el Parlamento, y capacidad de bloqueo de cuestiones críticas, como el presupuesto militar. Su líder, Cheng Li-wun, se convirtió el mes pasado en la primera presidenta en ejercicio del KMT en viajar a Pekín para un encuentro con Xi Jinping, poco ante de la visita de Trump. Desde la capital china pidió “superar la confrontación política” para evitar “la guerra”.

Esta fractura política se traduce en una sociedad muy polarizada. Aunque los dos lados defienden “la paz y la estabilidad en el estrecho”, los de un bando consideran que las veleidades independentistas del otro los lleva inexorablemente a la guerra; y los de aquel flanco piensan que el acompasamiento con China de este conducirá a la desaparición del estilo de vida “libre y democrático”.
“Aún estamos muy divididos”, dice Cheng Hsin-Mei, creadora de Zero Day Attack, una miniserie taiwanesa que explora, de forma bastante cruda, qué ocurriría en caso de una invasión china. Cheng, de 50 años, cuenta que la ideó tras ver cómo Pekín aplastó las protestas prodemocráticas de Hong Kong de 2019.

“Pero Taiwán tiene todavía opciones”, agrega en la sede de su productora, en cuya entrada descansan cuatro réplicas de fusiles del ejército taiwanés que usaron en el rodaje. Cheng cree que la serie ha contribuido a abrir el debate sobre qué pasará en los próximos 5 o 10 años. Muchos eluden la pregunta, pero, en su opinión, todo taiwanés siente algún tipo de “miedo sobre el futuro”.
Si Hong Kong fue para muchos una especie de despertar, la invasión rusa de Ucrania, en 2022, les abrió aún más los ojos. April Chen, de 37 años, la cita entre los argumentos que la convencieron para arrancar con su hermano un grupo de defensa civil en su barrio hace casi tres años. “Somos gente que quiere prepararse para la guerra”, resume.

Quedan cada miércoles en el parque Ma-gong de Nueva Taipéi, en una zona despejada junto a los columpios, y organizan cursos de todo tipo: de primeros auxilios a sistemas de comunicaciones alternativos (por si hay un apagón de internet) o manejo de drones. La idea, cuenta Chen, es que la gente “no entre en pánico” en caso de que suceda lo peor, y poder acudir a una red local de apoyo.
Este miércoles, ya de noche, 14 personas sudan la camiseta durante la clase de muay-thai, un arte marcial tailandés, mientras el enérgico profesor les enseña movimientos defensivos, puñetazos y patadas. “¡Adelante y atrás, eso es!”. En ocasiones se han llegado a juntar más de 40 personas.

Entre los asistentes hay de todo. Wu Tsing-Lin, jubilado de 60 años, se unió después de participar el año pasado en un movimiento ciudadano que pidió, sin éxito, la revocación de varios parlamentarios del KMT, al considerarlos “prochinos”. Dice que ha vivido lo suficiente y está dispuesto a morir en el campo de batalla por “esta isla democrática y libre”.
Heidi Chiu, de 26, es una estudiante de máster de sociología. Acude por dos motivos. Primero, le ayuda a rebajar el nivel de ansiedad. Segundo, investiga sobre estos grupos informales que han proliferado por toda la isla; hay 43 registrados, según la Asociación de Cuerpos Ciudadanos de Taichung. Y una de sus principales conclusiones es que hay una mayoría notable de mujeres, cercana al 70%. Los hombres, para quienes el servicio militar es obligatorio, se unirían al ejército. “Las mujeres quieren saber cómo defenderse, y cómo dar apoyo en caso de guerra”.
Por supuesto, nadie tiene claro que vaya a ocurrir, aunque varios analistas occidentales han coqueteado con 2027 como una fecha probable de colisión. El profesor Lin Ying-yu, del Instituto de Posgrado de Asuntos Internacionales y Estudios Estratégicos de la Universidad de Tamkang, en Nueva Taipéi, cree, sin embargo, que China esperará a 2035. Los cálculos previos, dice, no tuvieron en cuenta ni la pandemia ni la guerra en Ucrania.
Además, el Ejército Popular de Liberación (EPL, el Ejército chino), atraviesa un momento delicado, tras la purga en su cúpula que Pekín justifica como parte de una batalla contra la corrupción. Pero para 2035, asegura Lin, se habrá completado la reforma de las fuerzas armadas que Xi puso en marcha en 2017, y confluirán sus capacidades teóricas, tecnológicas, organizativas y de recursos humanos. “Entonces, estarán preparados”.

―¿Y qué puede explicar sobre las playas rojas?
De pronto, el profesor se levanta de la silla del despacho, y se acerca a la ventana del pasillo. Desde este piso 12º, en lo alto de una colina, se ve el hermoso estuario del río Tamsui, cuyo cauce penetra hasta el corazón de la capital. Justo al noreste de la desembocadura, señala, arranca Shalun: la playa roja. El profesor Lin explica por qué es un punto crítico: “Si el EPL logra entrar en el río, podría ir directo hasta Taipéi y atacar al presidente”.
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