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Cultura

Trenes de la felicidad: grandeza de alma

noviembre 24, 2025
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Entre los carriles de las vías del tren, crecen flores suicidas. La frase es una greguería de Ramón Gómez de la Serna . Podríamos añadir que también crece la vida y la esperanza en las vías de los ferrocarriles que surcan el mundo. Es el caso de los llamados ‘trenes de la felicidad’, que ayudaron a sobrevivir a cerca de 70.000 niños italianos durante la posguerra.Italia estaba destruida en el verano de 1945 tras el final de la ocupación de la Wehrmacht y la rendición del Tercer Reich. Ciudades devastadas, millones de trabajadores en el paro y una sensación de quiebra moral tras la liquidación del fascismo. Fue en ese momento cuando tres mujeres tuvieron la idea luminosa de utilizar el transporte ferroviario para llevar niños de las zonas donde se pasaba hambre a familias de acogida en el centro y en el norte de Italia.El primer ‘tren de la felicidad’ salió de Milán el 16 de octubre de 1945 con destino a Reggio Emilia. Casi 1.700 niños fueron entregados temporalmente a familias con medios para alimentarles y darles educación. Dos días después, partió otro tren con 600 niños. Hasta finales de 1947, decenas de trenes transportaron   desde Milán, Turín, Nápoles, Roma y otras ciudades italianas a niños que necesitaban un hogar para crecer.Esta historia de amor y de solidaridad tiene tres mentoras que deben ser recordadas. Son Teresa Noce , miembro del Partido Comunista italiano, Maria Malaguzzi , aristócrata de Reggio Emilia y esposa de un profesor de filosofía, y Dina Ermini , una feminista y militante comunista. Ellas convencieron al Comité de Liberación Nacional, al arzobispo de Milán, a la Cruz Roja y a varias asociaciones humanitarias para poner en marcha la iniciativa. Contó con un fuerte apoyo popular pese a los recelos del Vaticano por su antagonismo con Palmiro Togliatti, el líder comunista que secundó con entusiasmo el proyecto.«Las peticiones nos llegaban de todos los lugares de Italia. Había niños hambrientos, el invierno era frío y húmedo, no había carbón, ni sábanas ni mantas . Los chicos estaban sucios y llenos de piojos», escribió Teresa Noce, que subrayaba la acogida de ciudades como Parma, Módena y Bolonia, cuyas familias abrieron sus puertas a los necesitados.Todos los promotores de aquellos trenes han fallecido, pero quedan todavía los testimonios de los niños. Es el caso de Bianca D’Aniello, que tenía diez años cuando tuvo que abandonar su casa en Salerno. En una entrevista a la BBC, contaba que los hogares carecían de agua y de electricidad y que presenció como las personas comían el césped ante la falta de alimentos.«Las familias lloraban porque no querían desprenderse de sus hijos. Pero las madres los dejaban partir con la esperanza de un futuro mejor», rememoraba Bianca, que subrayaba que nunca había visto un tren cuando fue llevada a Mestre, junto a Venecia. Su hermano se quedó en Belluno. Viajaba con unas sandalias de cartón.Si los trenes habían servido para deportar a millones de judíos a los campos de exterminio de Alemania y Polonia, su uso en la Italia de la posguerra salvó vidas y devolvió la esperanza a quienes estaban condenados a la miseria. Ciertamente, gentes acomodadas acogieron a esos niños, pero lo más notable es que miles de familias obreras, con escasos recursos, se apretaron el cinturón para dar un futuro a quienes nada tenían.Bianca relató que, al llegar a Mestre, una amable señora llamada Rosa le ofreció ir a su casa, donde había un gato y un perro. Aceptó: «Me tomó de la mano y comencé a llamarla tía» . Vivió cuatro meses con Rosa y, en el momento de volver a casa, se echó a llorar. Como otros muchos niños, jamás pudo olvidar aquel viaje y aquella familia. Entre los carriles de las vías del tren, crecen flores suicidas. La frase es una greguería de Ramón Gómez de la Serna . Podríamos añadir que también crece la vida y la esperanza en las vías de los ferrocarriles que surcan el mundo. Es el caso de los llamados ‘trenes de la felicidad’, que ayudaron a sobrevivir a cerca de 70.000 niños italianos durante la posguerra.Italia estaba destruida en el verano de 1945 tras el final de la ocupación de la Wehrmacht y la rendición del Tercer Reich. Ciudades devastadas, millones de trabajadores en el paro y una sensación de quiebra moral tras la liquidación del fascismo. Fue en ese momento cuando tres mujeres tuvieron la idea luminosa de utilizar el transporte ferroviario para llevar niños de las zonas donde se pasaba hambre a familias de acogida en el centro y en el norte de Italia.El primer ‘tren de la felicidad’ salió de Milán el 16 de octubre de 1945 con destino a Reggio Emilia. Casi 1.700 niños fueron entregados temporalmente a familias con medios para alimentarles y darles educación. Dos días después, partió otro tren con 600 niños. Hasta finales de 1947, decenas de trenes transportaron   desde Milán, Turín, Nápoles, Roma y otras ciudades italianas a niños que necesitaban un hogar para crecer.Esta historia de amor y de solidaridad tiene tres mentoras que deben ser recordadas. Son Teresa Noce , miembro del Partido Comunista italiano, Maria Malaguzzi , aristócrata de Reggio Emilia y esposa de un profesor de filosofía, y Dina Ermini , una feminista y militante comunista. Ellas convencieron al Comité de Liberación Nacional, al arzobispo de Milán, a la Cruz Roja y a varias asociaciones humanitarias para poner en marcha la iniciativa. Contó con un fuerte apoyo popular pese a los recelos del Vaticano por su antagonismo con Palmiro Togliatti, el líder comunista que secundó con entusiasmo el proyecto.«Las peticiones nos llegaban de todos los lugares de Italia. Había niños hambrientos, el invierno era frío y húmedo, no había carbón, ni sábanas ni mantas . Los chicos estaban sucios y llenos de piojos», escribió Teresa Noce, que subrayaba la acogida de ciudades como Parma, Módena y Bolonia, cuyas familias abrieron sus puertas a los necesitados.Todos los promotores de aquellos trenes han fallecido, pero quedan todavía los testimonios de los niños. Es el caso de Bianca D’Aniello, que tenía diez años cuando tuvo que abandonar su casa en Salerno. En una entrevista a la BBC, contaba que los hogares carecían de agua y de electricidad y que presenció como las personas comían el césped ante la falta de alimentos.«Las familias lloraban porque no querían desprenderse de sus hijos. Pero las madres los dejaban partir con la esperanza de un futuro mejor», rememoraba Bianca, que subrayaba que nunca había visto un tren cuando fue llevada a Mestre, junto a Venecia. Su hermano se quedó en Belluno. Viajaba con unas sandalias de cartón.Si los trenes habían servido para deportar a millones de judíos a los campos de exterminio de Alemania y Polonia, su uso en la Italia de la posguerra salvó vidas y devolvió la esperanza a quienes estaban condenados a la miseria. Ciertamente, gentes acomodadas acogieron a esos niños, pero lo más notable es que miles de familias obreras, con escasos recursos, se apretaron el cinturón para dar un futuro a quienes nada tenían.Bianca relató que, al llegar a Mestre, una amable señora llamada Rosa le ofreció ir a su casa, donde había un gato y un perro. Aceptó: «Me tomó de la mano y comencé a llamarla tía» . Vivió cuatro meses con Rosa y, en el momento de volver a casa, se echó a llorar. Como otros muchos niños, jamás pudo olvidar aquel viaje y aquella familia.  

Entre los carriles de las vías del tren, crecen flores suicidas. La frase es una greguería de Ramón Gómez de la Serna. Podríamos añadir que también crece la vida y la esperanza en las vías de los ferrocarriles que surcan el mundo. Es el … caso de los llamados ‘trenes de la felicidad’, que ayudaron a sobrevivir a cerca de 70.000 niños italianos durante la posguerra.

Italia estaba destruida en el verano de 1945 tras el final de la ocupación de la Wehrmacht y la rendición del Tercer Reich. Ciudades devastadas, millones de trabajadores en el paro y una sensación de quiebra moral tras la liquidación del fascismo. Fue en ese momento cuando tres mujeres tuvieron la idea luminosa de utilizar el transporte ferroviario para llevar niños de las zonas donde se pasaba hambre a familias de acogida en el centro y en el norte de Italia.

El primer ‘tren de la felicidad’ salió de Milán el 16 de octubre de 1945 con destino a Reggio Emilia. Casi 1.700 niños fueron entregados temporalmente a familias con medios para alimentarles y darles educación. Dos días después, partió otro tren con 600 niños. Hasta finales de 1947, decenas de trenes transportaron desde Milán, Turín, Nápoles, Roma y otras ciudades italianas a niños que necesitaban un hogar para crecer.

Esta historia de amor y de solidaridad tiene tres mentoras que deben ser recordadas. Son Teresa Noce, miembro del Partido Comunista italiano, Maria Malaguzzi, aristócrata de Reggio Emilia y esposa de un profesor de filosofía, y Dina Ermini, una feminista y militante comunista. Ellas convencieron al Comité de Liberación Nacional, al arzobispo de Milán, a la Cruz Roja y a varias asociaciones humanitarias para poner en marcha la iniciativa. Contó con un fuerte apoyo popular pese a los recelos del Vaticano por su antagonismo con Palmiro Togliatti, el líder comunista que secundó con entusiasmo el proyecto.

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Todos los promotores de aquellos trenes han fallecido, pero quedan todavía los testimonios de los niños. Es el caso de Bianca D’Aniello, que tenía diez años cuando tuvo que abandonar su casa en Salerno. En una entrevista a la BBC, contaba que los hogares carecían de agua y de electricidad y que presenció como las personas comían el césped ante la falta de alimentos.

«Las familias lloraban porque no querían desprenderse de sus hijos. Pero las madres los dejaban partir con la esperanza de un futuro mejor», rememoraba Bianca, que subrayaba que nunca había visto un tren cuando fue llevada a Mestre, junto a Venecia. Su hermano se quedó en Belluno. Viajaba con unas sandalias de cartón.

Si los trenes habían servido para deportar a millones de judíos a los campos de exterminio de Alemania y Polonia, su uso en la Italia de la posguerra salvó vidas y devolvió la esperanza a quienes estaban condenados a la miseria. Ciertamente, gentes acomodadas acogieron a esos niños, pero lo más notable es que miles de familias obreras, con escasos recursos, se apretaron el cinturón para dar un futuro a quienes nada tenían.

Bianca relató que, al llegar a Mestre, una amable señora llamada Rosa le ofreció ir a su casa, donde había un gato y un perro. Aceptó: «Me tomó de la mano y comencé a llamarla tía». Vivió cuatro meses con Rosa y, en el momento de volver a casa, se echó a llorar. Como otros muchos niños, jamás pudo olvidar aquel viaje y aquella familia.

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