
Fernando Sánchez escucha con atención el parte veterinario. “La ovejita está muy mal, tiene la lengua abrasada y edemas en las orejas, las patas, las pezuñas… Vamos a intentar hacer todo lo posible y a centrarnos en que no tenga dolor”, le cuentan por teléfono desde la clínica donde el animal permanece ingresado con suero desde que fue rescatado en el municipio madrileño de San Martín de Valdeiglesias huyendo del fuego. Era blanca. Ahora su piel ennegrecida cuenta una historia de supervivencia. “Se va a salvar y la llamaré Esperanza o Milagros”, dice el hombre una y otra vez mientras golpea con los nudillos la mesa de madera sobre la que está apoyado, como si quisiera espantar el miedo. Es el presidente de Salvando Peludos, un santuario de animales de cinco hectáreas ubicado en la localidad de Villamanta que acoge a 400 criaturas: caballos, cabras, vacas, burros, ocas, cerdos, perros, gatos… unidos la mayoría por un mismo pasado, el maltrato o el abandono. Ahora, abre la puerta a las víctimas de los incendios para que puedan encontrar un hogar tras las llamas.



El proyecto Salvando Peludos, afincado en Villamanta (Madrid), socorre a las criaturas atrapadas por el fuego y les ofrece refugio
Fernando Sánchez escucha con atención el parte veterinario. “La ovejita está muy mal, tiene la lengua abrasada y edemas en las orejas, las patas, las pezuñas… Vamos a intentar hacer todo lo posible y a centrarnos en que no tenga dolor”, le cuentan por teléfono desde la clínica donde el animal permanece ingresado con suero desde que fue rescatado en el municipio madrileño de San Martín de Valdeiglesias huyendo del fuego. Era blanca. Ahora su piel ennegrecida cuenta una historia de supervivencia. “Se va a salvar y la llamaré Esperanza o Milagros”, dice el hombre una y otra vez mientras golpea con los nudillos la mesa de madera sobre la que está apoyado, como si quisiera espantar el miedo. Es el presidente de Salvando Peludos, un santuario de animales de cinco hectáreas ubicado en la localidad de Villamanta que acoge a 400 criaturas: caballos, cabras, vacas, burros, ocas, cerdos, perros, gatos… unidos la mayoría por un mismo pasado, el maltrato o el abandono. Ahora, abre la puerta a las víctimas de los incendios para que puedan encontrar un hogar tras las llamas.
“Cuando empezó a oler a humo, cargamos la furgoneta con mantas, sábanas y comida y salimos corriendo al monte”, explica Sánchez. Desde que el incendio de la sierra suroeste de Madrid comenzó a avanzar, el equipo de Salvando Peludos rescata animales atrapados en el bosque y en las casas, los traslada tras las evacuaciones, abre las puertas del santuario para acoger a los que lo necesiten y reparte agua y alimento para mascotas en los pabellones donde permanecen cientos de personas desalojadas. Si hace falta, también coordina esfuerzos con otras protectoras.
Con la sonrisa por bandera, Sánchez estaciona su furgoneta en un aparcamiento cercano al polideportivo de Villamanta. “¿Cómo vais de latitas, familia?”, “¿de pienso bien?”, pregunta una y otra vez a los evacuados que se agrupan en los alrededores de la instalación deportiva con sus mascotas. Algunas están dentro, en una sala con literas reservada para animales y sus dueños, donde Sánchez también lleva comida y transportines.
Dos de ellas son Nora Valdecantos, acompañada de su perro Tito, y Matilde García, con Darín y Linda. “Nos desalojaron desde Aldea del Fresno cuando nos rodeó el fuego”. Estuvieron allí desde el jueves, cuenta esta última. “Lo primero que salió de mi casa fue mi perro. El resto da igual, es material, ya se comprará ropa, zapatos, lo que sea, pero él va por delante”, prosigue Valdecantos mientras vigila al loro de un señor que ha salido a tomar el aire.

Dos calles más arriba se encuentra Hilaria Conde, de 70 años. Vive en el kilómetro 22 de la carretera Navalcarnero-Cadalso de los Vidrios. “Salimos pitando porque si el fuego llegaba, no teníamos escapatoria”, cuenta entre lágrimas. Se acuerda de sus dos gatas a las que tuvo que dejar atrás. Le dio tiempo a coger a los tres perros de su vecina. Los cuidaba mientras ella estaba de vacaciones. “Los chicos del santuario nos tratan fenomenal, nos dan todo lo que necesitamos: comida, empapadores, jaulas… Los pobres no pueden hacer más. Estamos muy agradecidos, nuestros animales son como nuestros hijos”, insiste.
En cuanto Sánchez aparece, un remolino de personas se mueve a su alrededor. “Si os dejan pasar a mi pueblo, dadle de comer a mis gallinas, que se han quedado encerradas”, le decía emocionada Laura Martínez, de 60 años, antes de que empezaran los realojos. “Mi perra no se encuentra bien, creo que tiene gastroenteritis”, le comenta Maricarmen Ropero, de 53. Ni un segundo le falta al director de Salvando Peludos para montarlas en su coche de camino al santuario en busca de una veterinaria.

En el trayecto, le suena el teléfono. Es un grupo financiero español líder en banca. Quieren saber qué necesita su equipo para hacer una donación. “Comida para animales silvestres, mañana saldremos al monte a dejar puntos de alimentación y bebida”, responde. Toda la ayuda que reciben las personas evacuadas y sus mascotas es gratuita.
Salvando Peludos nació en 2013, aunque entonces se llamaba Hocicos y Huellas y centraba su actividad exclusivamente en el rescate de perros y gatos. Dos años después comenzó a colaborar con distintos ayuntamientos mediante convenios para encargarse de la recogida y gestión de los seres vivos. En 2016 dio un paso más y abrió el santuario, siempre con Sánchez al frente, que dejó Andalucía, su tierra natal, y su trabajo en una multinacional para iniciar este proyecto en la Sierra Oeste de Madrid.
“Muchos de los animales que tenemos con nosotros iban a ser sacrificados al no ser productivos para la cadena alimenticia por diferentes motivos”, dice mientras señala a Sella, una vaca que sufrió la amputación de una de sus patas en una granja gallega, a Marley, un caballo de hípica al que iban a vender para carne después de lesionarse, y a Tango, un burro que paseaba niños en las ferias como si fuese una atracción.

Otras criaturas llegan al santuario tras ser decomisadas por la Guardia Civil en inspecciones a explotaciones ganaderas o por el aviso de vecinos que alertan de su situación. 32 trabajadores en plantilla, entre los que se encuentran veterinarios, auxiliares, educadores, operarios y hasta un psicólogo para dar soporte emocional a los cuidadores, se hacen cargo de todas.
Los gastos básicos como la comida o la gasolina son cubiertos con los ingresos procedentes de los ayuntamientos a los que prestan servicio. Al resto logran llegar gracias a apadrinamientos y donaciones. También a un equipo de 200 voluntarios y socios. Todos estos esfuerzos les han permitido llegar estos días hasta Villa del Prado, Almorox, Escalona, Robledo de Chavela (uno de los dos municipios madrileños que sigue evacuado), El Escorial, Navalagamella o Villanueva de Ávila.
Así han apoyado la evacuación de dos residencias caninas y han rescatado a Linda, un mastín atrapado en un hogar a punto de asfixiarse mientras su dueña recibía quimioterapia en el hospital. También han acogido a los gatos, los perros y los pájaros de dos familias residentes en el Encinar del Alberche a cuyas casas llegó el fuego, además de a las ovejas y los cerdos de otro santuario que fue desalojado y a los animales de Xtrauss, un rescatista español de especies exóticas como tortugas, lagartos o serpientes. Un total de 80 criaturas víctimas de los incendios han sido ayudadas por Salvando Peludos.

El proyecto facilita la vida de los dueños que duermen en pabellones y hoteles, donde las mascotas no tienen cabida. Otros animales han sido encontrados en el bosque sin propietario y todavía no saben que ya tienen un hogar para quedarse para siempre. Los santuarios son centros donde estos seres vivos viven seguros hasta el final de sus días. No funcionan como protectoras o albergues de adopción temporal.
Sánchez denuncia la falta de un protocolo oficial de evacuación de animales durante las catástrofes. “Está marcado como uno de los objetivos de la Dirección General de los Derechos de los Animales, pero hay un borrador que no es una realidad. Solo nos acordamos de este cuando erupciona un volcán, se abre paso un fuego o irrumpe una dana”, reprocha tras lamentar no haber conseguido un salvoconducto seguro por parte de las autoridades para realizar rescates en las zonas en las que las carreteras están cortadas. Pero todavía le queda aliento para muchas vidas más: “La humanidad aflora en medio de la catástrofe. Tu perro es mi perro, tu dolor es mi dolor”.
