
Hubo un tiempo en que el IVAM fue “mucho más que un museo” (Carmen Alborch). Eran los días en que, por su carga simbólica para los valencianos, era tan sagrado “como la Geperudeta” (Andreu Alfaro). Había iniciado su andadura antes que muchos museos y, en su ámbito y su misión, atrajo enseguida a exigentes catadores de arte contemporáneo y llamó la atención de la crítica especializada española. Su creación, siendo muy profana, fue un tanto milagrosa. Se debió a la concurrencia y el empeño de tres personajes, aunque después confluyeron algunos más: el escultor Andreu Alfaro, el crítico de arte Tomás Llorens y el político socialista Ciprià Ciscar. El proyecto, espoleado por la adquisición de la colección del escultor Julio González, fue un éxito y salió barato (si se compara con la Ciutat de les Arts i les Ciències).
El museo relega el logotipo diseñado por el Andreu Alfaro, uno de sus padres fundacionales 
Hubo un tiempo en que el IVAM fue “mucho más que un museo” (Carmen Alborch). Eran los días en que, por su carga simbólica para los valencianos, era tan sagrado “como la Geperudeta” (Andreu Alfaro). Había iniciado su andadura antes que muchos museos y, en su ámbito y su misión, atrajo enseguida a exigentes catadores de arte contemporáneo y llamó la atención de la crítica especializada española. Su creación, siendo muy profana, fue un tanto milagrosa. Se debió a la concurrencia y el empeño de tres personajes, aunque después confluyeron algunos más: el escultor Andreu Alfaro, el crítico de arte Tomás Llorens y el político socialista Ciprià Ciscar. El proyecto, espoleado por la adquisición de la colección del escultor Julio González, fue un éxito y salió barato (si se compara con la Ciutat de les Arts i les Ciències).
