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  Cultura  Una corrida cubista teñida de luto
Cultura

Una corrida cubista teñida de luto

abril 4, 2026
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Se sentía aún en carne viva el corazón del Viernes Santo, de ese día en que la muerte parece haber vencido y la resurrección todavía no ha llegado. Flotaban las sombras de los nazarenos por las calles empedradas de Málaga, de ese silencio tallado en mármol negro. El olor a cera caliente se enredaba con el del salitre del mar. La madrugada más larga de la Soledad, con sus lágrimas de cristal tras el Cristo yacente, se alejó cuando el sol comenzó a acariciar las gradas de la Malagueta , pero una sombra oscura permanecía. Había muerto el torero Ricardo Ortiz: un toro lo había matado en los corrales. Un toque de oración acompañó el minuto de silencio en la plaza donde dio sus primeros y sus últimos lances. «Por luto no se abre el sorteo», podía leerse durante la mañana en la puerta 9, por donde entraban trabajadores y cuadrillas con las caras largas. Un toro había acabado con la vida de unos de los suyos.Un escalofrío recorrió la piel del tendido cuando Fortes se marchó a la puerta de chiqueros para dejar la montera en un brindis póstumo. El hierro del Pilar llevaba el primero, como el de la fatalidad. Nada le sobraba a Liebre, estrecho y justo de fuelle, obediente a los toques, aunque con una embestida descompuesta que ensuciaba los muletazos. Quieta, calmada y reunida su actitud, que propició que afloraran los pañuelos, pero sin el quorum suficiente. Tres momentos de la tarde, tres toreros por naturales ArjonaMerodeó la tragedia cuando Juan Ortega perdió pie al ralentí y Campechano se le vino encima. Qué feo lo cogió, con el pitón husmeando los sitios del miedo. Un manto le echaron todas las vírgenes a las que ha visitado en la Semana Santa malagueña. Rezó en el barrio de la Trinidad a Jesús Cautivo y ante la Virgen de los Dolores del Puente en la Iglesia de Santo Domingo. Y allí volverá para dar gracias por el milagro de poder regresar a la cara del toro. Claro que con animal tan desrazado y deslucido solo pudo enseñar su torera clase. Con qué temple ejecutó la suerte suprema. Noticia relacionada opinion No No Garzón tiene las llaves de la Semana Santa taurina Rosario PérezCargado de oro y con las hombreras amplias vestía Pablo Aguado, con un luctuoso capote de paseo. La luz se prendió a la verónica. Lástima que este guapo portuense, más hechurado, no tuviese continuidad para abarcar aquellos lances a cámara lenta. Acertado anduvo el picador e inoportuno Fortes en un tropezado quite. No tuvo el reconocimiento necesario un gran par de Jiménez a Carablanca, al que el sevillano abrió los caminos por abajo antes de sentirse con la mano que da de comer. Despacito, sin atragantones. Y con más sabor con la otra. Puso la miel en los labios de la afición con una bella faena en la que era más lo que se intuía que lo que podía redondearse. Al toro le faltaba tranco y medio, más motor y bravura. Y a Aguado le faltó afilar el acero. Arlequines y arenerosEran las siete y media cuando los picassianos areneros, vestidos de arlequines, con sus rombos de colores y sus alpargatas rojas, arreglaban el redondel. La gente se entretenía en contemplar las tablas, engalanadas con guiños a Picasso. Jacob Vilató, su sobrino nieto, había sido el encargado de la decoración de una corrida que nunca despegó. Cubistas las embestidas, con geometrías alejadas de la bravura y la entrega, entre la decepción del público que había llenado el graderío. Se colgó el cartel de ‘No hay billetes’ en la despedida de José María Garzón, el empresario que ha revitalizado la Malagueta. Contra todo pronóstico lógico, la Diputación le dijo que nones a la prórroga: un desprecio a quien devolvió el esplendor, como se reflejaba en la taquilla. Otra cosa sería el resultado: la mixta del Pilar y el Puerto no funcionó y arruinó el arte. El trabajo de Lances de Futuro merecía otro broche en la plaza que ha colocado en el mapa de la torería.Corrida picassiana Coso de la Malagueta Sábado, 4 de abril de 2026. Corrida picassiana. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de El Pilar (1º y 6º) y Puerto de San Lorenzo (2º, 3º, 4º y 5º), descastados y muy deslucidos. Fortes, de caña y oro: estocada perpendicular (petición y saludos); pinchazo y media defectuosa (vuelta al ruedo tras aviso). Juan Ortega, de gris perla y oro: estocada delantera (saludos); pinchazo y media delantera desprendida (palmas). Pablo Aguado, de buganvilla y oro: pinchazo, estocada corta desprendida y tendida y dos descabellos (silencio tras aviso); pinchazo y otro hondo tendido (palmas de despedida).No subió el nivel pasado el ecuador. Manseó el cuarto, que no hizo nada entusiasta en el capote de Saúl para no llevar la contraria a sus hermanos. Luego serviría (a medias) en la muleta. Treparon las notas del amor brujo mientras Fortes dibujaba unos naturales lentificados, gustándose. Enfrontilado el epílogo, ya con un cuarto de viaje. Muy afligido, Dengosillo se paró totalmente, el torero pinchó y la magia se esfumó. Se marcó una vuelta al ruedo en medio del cariño de sus paisanos. Vaya música…Entre el sí y el no se vivió el quinto capítulo. Se había frenado al portuense de Salamanca en la tela fucsia y recibió la primera vara en chiqueros por su huida y mansa condición, apretando en banderillas. Ortega maravilló en el quite por delantales y en una apertura rodilla en tierra desbordada de pasión y torería, con Velosico humillando. Un espejismo que pronto se rompió, con Ortega pasando un mal rato y el geniudo animal protestando los terrenos y las distancias. Y quién sabe si la música, que hundió la moral de todos. ¡Vaya selección ganadera y de la banda!Para no desentonar, cerró uno del Pilar sin ganas de embestir y soltando la cara. Eso sí, valió para observar la evolución de Aguado, que cada vez se acopla con más toros. Acoplar, torero verbo, casi en desuso. Como la bravura en la picassiana, de luto por muerte de Ortiz, de viajes cubistas en recuerdo de Picasso. Se sentía aún en carne viva el corazón del Viernes Santo, de ese día en que la muerte parece haber vencido y la resurrección todavía no ha llegado. Flotaban las sombras de los nazarenos por las calles empedradas de Málaga, de ese silencio tallado en mármol negro. El olor a cera caliente se enredaba con el del salitre del mar. La madrugada más larga de la Soledad, con sus lágrimas de cristal tras el Cristo yacente, se alejó cuando el sol comenzó a acariciar las gradas de la Malagueta , pero una sombra oscura permanecía. Había muerto el torero Ricardo Ortiz: un toro lo había matado en los corrales. Un toque de oración acompañó el minuto de silencio en la plaza donde dio sus primeros y sus últimos lances. «Por luto no se abre el sorteo», podía leerse durante la mañana en la puerta 9, por donde entraban trabajadores y cuadrillas con las caras largas. Un toro había acabado con la vida de unos de los suyos.Un escalofrío recorrió la piel del tendido cuando Fortes se marchó a la puerta de chiqueros para dejar la montera en un brindis póstumo. El hierro del Pilar llevaba el primero, como el de la fatalidad. Nada le sobraba a Liebre, estrecho y justo de fuelle, obediente a los toques, aunque con una embestida descompuesta que ensuciaba los muletazos. Quieta, calmada y reunida su actitud, que propició que afloraran los pañuelos, pero sin el quorum suficiente. Tres momentos de la tarde, tres toreros por naturales ArjonaMerodeó la tragedia cuando Juan Ortega perdió pie al ralentí y Campechano se le vino encima. Qué feo lo cogió, con el pitón husmeando los sitios del miedo. Un manto le echaron todas las vírgenes a las que ha visitado en la Semana Santa malagueña. Rezó en el barrio de la Trinidad a Jesús Cautivo y ante la Virgen de los Dolores del Puente en la Iglesia de Santo Domingo. Y allí volverá para dar gracias por el milagro de poder regresar a la cara del toro. Claro que con animal tan desrazado y deslucido solo pudo enseñar su torera clase. Con qué temple ejecutó la suerte suprema. Noticia relacionada opinion No No Garzón tiene las llaves de la Semana Santa taurina Rosario PérezCargado de oro y con las hombreras amplias vestía Pablo Aguado, con un luctuoso capote de paseo. La luz se prendió a la verónica. Lástima que este guapo portuense, más hechurado, no tuviese continuidad para abarcar aquellos lances a cámara lenta. Acertado anduvo el picador e inoportuno Fortes en un tropezado quite. No tuvo el reconocimiento necesario un gran par de Jiménez a Carablanca, al que el sevillano abrió los caminos por abajo antes de sentirse con la mano que da de comer. Despacito, sin atragantones. Y con más sabor con la otra. Puso la miel en los labios de la afición con una bella faena en la que era más lo que se intuía que lo que podía redondearse. Al toro le faltaba tranco y medio, más motor y bravura. Y a Aguado le faltó afilar el acero. Arlequines y arenerosEran las siete y media cuando los picassianos areneros, vestidos de arlequines, con sus rombos de colores y sus alpargatas rojas, arreglaban el redondel. La gente se entretenía en contemplar las tablas, engalanadas con guiños a Picasso. Jacob Vilató, su sobrino nieto, había sido el encargado de la decoración de una corrida que nunca despegó. Cubistas las embestidas, con geometrías alejadas de la bravura y la entrega, entre la decepción del público que había llenado el graderío. Se colgó el cartel de ‘No hay billetes’ en la despedida de José María Garzón, el empresario que ha revitalizado la Malagueta. Contra todo pronóstico lógico, la Diputación le dijo que nones a la prórroga: un desprecio a quien devolvió el esplendor, como se reflejaba en la taquilla. Otra cosa sería el resultado: la mixta del Pilar y el Puerto no funcionó y arruinó el arte. El trabajo de Lances de Futuro merecía otro broche en la plaza que ha colocado en el mapa de la torería.Corrida picassiana Coso de la Malagueta Sábado, 4 de abril de 2026. Corrida picassiana. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de El Pilar (1º y 6º) y Puerto de San Lorenzo (2º, 3º, 4º y 5º), descastados y muy deslucidos. Fortes, de caña y oro: estocada perpendicular (petición y saludos); pinchazo y media defectuosa (vuelta al ruedo tras aviso). Juan Ortega, de gris perla y oro: estocada delantera (saludos); pinchazo y media delantera desprendida (palmas). Pablo Aguado, de buganvilla y oro: pinchazo, estocada corta desprendida y tendida y dos descabellos (silencio tras aviso); pinchazo y otro hondo tendido (palmas de despedida).No subió el nivel pasado el ecuador. Manseó el cuarto, que no hizo nada entusiasta en el capote de Saúl para no llevar la contraria a sus hermanos. Luego serviría (a medias) en la muleta. Treparon las notas del amor brujo mientras Fortes dibujaba unos naturales lentificados, gustándose. Enfrontilado el epílogo, ya con un cuarto de viaje. Muy afligido, Dengosillo se paró totalmente, el torero pinchó y la magia se esfumó. Se marcó una vuelta al ruedo en medio del cariño de sus paisanos. Vaya música…Entre el sí y el no se vivió el quinto capítulo. Se había frenado al portuense de Salamanca en la tela fucsia y recibió la primera vara en chiqueros por su huida y mansa condición, apretando en banderillas. Ortega maravilló en el quite por delantales y en una apertura rodilla en tierra desbordada de pasión y torería, con Velosico humillando. Un espejismo que pronto se rompió, con Ortega pasando un mal rato y el geniudo animal protestando los terrenos y las distancias. Y quién sabe si la música, que hundió la moral de todos. ¡Vaya selección ganadera y de la banda!Para no desentonar, cerró uno del Pilar sin ganas de embestir y soltando la cara. Eso sí, valió para observar la evolución de Aguado, que cada vez se acopla con más toros. Acoplar, torero verbo, casi en desuso. Como la bravura en la picassiana, de luto por muerte de Ortiz, de viajes cubistas en recuerdo de Picasso.  

Se sentía aún en carne viva el corazón del Viernes Santo, de ese día en que la muerte parece haber vencido y la resurrección todavía no ha llegado. Flotaban las sombras de los nazarenos por las calles empedradas de Málaga, de ese silencio tallado en … mármol negro. El olor a cera caliente se enredaba con el del salitre del mar. La madrugada más larga de la Soledad, con sus lágrimas de cristal tras el Cristo yacente, se alejó cuando el sol comenzó a acariciar las gradas de la Malagueta, pero una sombra oscura permanecía. Había muerto el torero Ricardo Ortiz: un toro lo había matado en los corrales. Un toque de oración acompañó el minuto de silencio en la plaza donde dio sus primeros y sus últimos lances. «Por luto no se abre el sorteo», podía leerse durante la mañana en la puerta 9, por donde entraban trabajadores y cuadrillas con las caras largas. Un toro había acabado con la vida de unos de los suyos.

Un escalofrío recorrió la piel del tendido cuando Fortes se marchó a la puerta de chiqueros para dejar la montera en un brindis póstumo. El hierro del Pilar llevaba el primero, como el de la tragedia. Nada le sobraba a Liebre, estrecho y justo de fuelle, obediente a los toques pero con esa embestida descompuesta que ensuciaba los muletazos. Quieta, calmada y reunida su actitud, que propició que afloraran los pañuelos, pero sin el quorum suficiente.

Merodeó la tragedia cuando Juan Ortega perdió pie al ralentí y Campechano se le vino encima. Qué feo lo cogió, con el pitón husmeando los sitios del miedo. Un capote le echaron todas las vírgenes a las que ha visitado en la Semana Santa malagueña. Rezó en el barrio de la Trinidad a Jesús Cautivo y ante la Virgen de los Dolores del Puente en la Iglesia de Santo Domingo. Y allí volverá para dar gracias por el milagro de poder regresar a la cara del toro. Claro que con animal tan desrazado y deslucido solo pudo enseñar su torera clase. Con qué temple ejecutó Ortega la suerte suprema.

Cargado de oro y con las hombreras amplias vestía Pablo Aguado, con un luctuoso capote de paseo. La luz se prendió a la verónica. Lástima que este guapo portuense, más hechurado, no tuviese continuidad para abarcar aquellos lances a cámara lenta. Acertado anduvo el picador y torpe Fortes en un tropezado e inoportuno quite. No tuvo el reconocimiento necesario un gran par de Jiménez a Carablanca, al que el sevillano abrió los caminos por abajo y se puso a torera con la mano que da de comer. Despacito, sin atragantones. La miel puso en los labios de la afición con una bella faena por ambos pitones. Porque era más lo que se intuía que lo que podía redondearse. Al toro le faltaba tranco y medio, más motor y bravura. Y a Aguado le faltó afilar el acero.

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Eran las siete y media cuando los picassianos areneros, vestidos de arlequines, con sus rombos de colores y sus alpargatas rojas, arreglaban el redondel. La gente se entretenía en contemplar las tablas, engalanadas con guiños a Picasso. Jacob Vilató, su sobrino nieto, había sido el encargado de la decoración de una corrida que nunca despegó. Cubistas las embestidas de los toros, sin bravura ni entrega, entre la decepción del público que había llenado el graderío. Fue la mejor noticia.

Se colgó el cartel de ‘No hay billetes’ en la despedida de José María Garzón, el empresario que ha vuelto a colocar en el mapa taurino esta plaza, revitalizada bajo sus riendas. Contra todo pronóstico lógico, la Diputación le dijo que nones a la prórroga: un ingrato desprecio a quien devolvió el esplendor, como se reflejaba en la taquilla. Otra cosa fue luego el resultado: la mixta del Pilar y el Puerto no funcionó y arruinó el arte.

No subió el nivel pasado el ecuador. Manseó el cuarto, que no hizo nada entusiasta en el capote de Saúl para no llevar la contraria a sus hermanos. Luego serviría (a medias) en la muleta. Treparon las notas del amor brujo mientras Fortes escribía con la zocata unos naturales lentificados, gustándose. Enfrontilado el epílogo, ya con un cuarto de viaje. Muy afligido, Dengosillo se paró totalmente, el torero pinchó y la magia se esfumó. Se marcó una vuelta al ruedo en medio del cariño de sus paisanos.

Entre el sí y el no se vivió el quinto capítulo. Se había frenado al portuense de Salamanca en la tela fucsia y recibió la primera vara en chiqueros por su huida y mansa condición, apretando en banderillas. Ortega maravilló en el quite por delantales y en una apertura rodilla en tierra desbordada de pasión y torería, con Velosico humillando. Un espejismo que pronto se rompió, con el geniudo animal protestando los terrenos y las distancias. Y quién sabe si la música, que hundió la moral de todos. ¡Vaya selección ganadera y de la banda!

Para no desentonar, cerró uno del Pilar sin ganas de embestir y soltando la cara. Eso sí, valió para observar la evolución de Aguado, que cada vez se acopla con más toros. Acoplar, torero verbo, casi en desuso. Como la bravura en la picassiana, de luto por muerte de Ortiz, de viajes cubistas en recuerdo de Picasso.

Corrida picassiana

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    Sábado, 4 de abril de 2026. Corrida picassiana. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de El Pilar (1º y 6º) y Puerto de San Lorenzo (2º, 3º, 4º y 5º), descastados y muy deslucidos.

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      de caña y oro: estocada perpendicular (petición y saludos); pinchazo y media defectuosa (vuelta al ruedo tras aviso).

    • Juan Ortega,
      de gris perla y oro: estocada delantera (saludos); pinchazo y media delantera desprendida (palmas).

    • Pablo Aguado,
      de buganvilla y oro: pinchazo, estocada corta desprendida y tendida y dos descabellos (silencio tras aviso); pinchazo y otro hondo tendido (palmas de despedida).

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