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  Cultura  Por qué Ábalos, Koldo y compañía no son un esperpento, sino algo peor
Cultura

Por qué Ábalos, Koldo y compañía no son un esperpento, sino algo peor

abril 10, 2026
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El otro día Juan Soto Ivars exponía con su acostumbrada sagacidad cómo el elenco de figuras públicas que últimamente está saliendo a la palestra por sus presuntas –y no tanto– fechorías estaba adscrito al género del esperpento. No obstante, convendría detenerse un momento antes de aceptar sin más esa etiqueta para preguntarnos qué implica verdaderamente hablar en términos esperpénticos.El esperpento, tal como lo formula Valle-Inclán, no es una simple caricatura ni una deformación arbitraria. Es, más bien, la degradación sistemática («matemática») de una grandeza previa, la contemplación de lo heroico reflejado en los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato. Hay en él una conciencia trágica: la certeza de que aquello que hoy aparece grotesco fue, en otro tiempo –o al menos en potencia–, digno de altura, de épica, de forma noble. El esperpento necesita, por así decirlo, un original elevado que poder deformar. Digamos que el eco de una grandeza perdida, o acaso de una grandeza nunca alcanzada pero inevitablemente presentida, tal como lo hacemos con esa genial creación predecesora llamada Alonso Quijano.De ahí que personajes como Max Estrella en ‘Luces de Bohemia’ resulten profundamente trágicos: su miseria no cancela del todo la grandeza del poeta ciego, sino que la proyecta, torcida y amarga, sobre el mundo degradado que lo rodea. El efecto no es solo risa, sino desolación.Ahora bien, me pregunto qué grandeza devenida en chusca bajeza puede entreverse en personajes como Ábalos, Koldo, Leire, Bárcenas, Correa… ‘et altri’… ¿puede decirse lo mismo de buena parte de nuestros actuales protagonistas de escándalo? ¿Hay en ellos una grandeza previa susceptible de ser deformada? ¿O más bien nos encontramos ante figuras que ya nacen en un registro bajo, sin otra aspiración que la del beneficio inmediato, el cálculo oportunista y la picaresca sin ingenio? Su paso por el Callejón del Gato parece haberse producido sin tránsito alguno: llegan ya deformados, sin haber conocido nunca una forma digna de ser torcida.Con todo, tal vez convenga introducir aquí un matiz. Puede que la grandeza no resida tanto en el individuo como en el lugar que ocupa. El ministro, el tesorero, el representante público encarnan formas heredadas de lo heroico: la idea de servicio, de responsabilidad, de encarnación de lo común. Si hay algo que se deforma, quizá no sea el alma del personaje, sino el molde institucional que habita. No asistimos entonces a la caída de un héroe, sino a la degradación de la forma misma de lo público.Y es precisamente ahí donde el fenómeno adquiere una tonalidad distinta. Porque si el esperpento clásico exigía una caída –una distancia entre la altura evocada y la degradación presente–, en nuestro tiempo parece haberse producido algo más inquietante: la desaparición misma de esa distancia. No hay ya vértigo, porque no hay altura desde la que precipitarse. Lo grotesco no es el resultado de una deformación, sino el estado natural de las cosas.Sea como sea no hay héroes degradados, sino personajes que nunca fueron otra cosa que caricaturas de sí mismos; por eso mismo el efecto ya no es plenamente esperpéntico, sino otra cosa más fría, más plana, más difícil incluso de teatralizar: una persistencia en lo ínfimo, una normalización de la mediocridad.Tal vez la realidad de nuestra escena pública no sea más que una forma terminal del esperpento: no la deformación de una grandeza presente o recordada, sino la exhibición de sus restos. Como si la caída hubiera tenido lugar antes de que comenzara la representación y nosotros, desde la oscuridad del patio de butacas, no contempláramos ya el espectáculo del derrumbe, sino únicamente sus escombros. El otro día Juan Soto Ivars exponía con su acostumbrada sagacidad cómo el elenco de figuras públicas que últimamente está saliendo a la palestra por sus presuntas –y no tanto– fechorías estaba adscrito al género del esperpento. No obstante, convendría detenerse un momento antes de aceptar sin más esa etiqueta para preguntarnos qué implica verdaderamente hablar en términos esperpénticos.El esperpento, tal como lo formula Valle-Inclán, no es una simple caricatura ni una deformación arbitraria. Es, más bien, la degradación sistemática («matemática») de una grandeza previa, la contemplación de lo heroico reflejado en los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato. Hay en él una conciencia trágica: la certeza de que aquello que hoy aparece grotesco fue, en otro tiempo –o al menos en potencia–, digno de altura, de épica, de forma noble. El esperpento necesita, por así decirlo, un original elevado que poder deformar. Digamos que el eco de una grandeza perdida, o acaso de una grandeza nunca alcanzada pero inevitablemente presentida, tal como lo hacemos con esa genial creación predecesora llamada Alonso Quijano.De ahí que personajes como Max Estrella en ‘Luces de Bohemia’ resulten profundamente trágicos: su miseria no cancela del todo la grandeza del poeta ciego, sino que la proyecta, torcida y amarga, sobre el mundo degradado que lo rodea. El efecto no es solo risa, sino desolación.Ahora bien, me pregunto qué grandeza devenida en chusca bajeza puede entreverse en personajes como Ábalos, Koldo, Leire, Bárcenas, Correa… ‘et altri’… ¿puede decirse lo mismo de buena parte de nuestros actuales protagonistas de escándalo? ¿Hay en ellos una grandeza previa susceptible de ser deformada? ¿O más bien nos encontramos ante figuras que ya nacen en un registro bajo, sin otra aspiración que la del beneficio inmediato, el cálculo oportunista y la picaresca sin ingenio? Su paso por el Callejón del Gato parece haberse producido sin tránsito alguno: llegan ya deformados, sin haber conocido nunca una forma digna de ser torcida.Con todo, tal vez convenga introducir aquí un matiz. Puede que la grandeza no resida tanto en el individuo como en el lugar que ocupa. El ministro, el tesorero, el representante público encarnan formas heredadas de lo heroico: la idea de servicio, de responsabilidad, de encarnación de lo común. Si hay algo que se deforma, quizá no sea el alma del personaje, sino el molde institucional que habita. No asistimos entonces a la caída de un héroe, sino a la degradación de la forma misma de lo público.Y es precisamente ahí donde el fenómeno adquiere una tonalidad distinta. Porque si el esperpento clásico exigía una caída –una distancia entre la altura evocada y la degradación presente–, en nuestro tiempo parece haberse producido algo más inquietante: la desaparición misma de esa distancia. No hay ya vértigo, porque no hay altura desde la que precipitarse. Lo grotesco no es el resultado de una deformación, sino el estado natural de las cosas.Sea como sea no hay héroes degradados, sino personajes que nunca fueron otra cosa que caricaturas de sí mismos; por eso mismo el efecto ya no es plenamente esperpéntico, sino otra cosa más fría, más plana, más difícil incluso de teatralizar: una persistencia en lo ínfimo, una normalización de la mediocridad.Tal vez la realidad de nuestra escena pública no sea más que una forma terminal del esperpento: no la deformación de una grandeza presente o recordada, sino la exhibición de sus restos. Como si la caída hubiera tenido lugar antes de que comenzara la representación y nosotros, desde la oscuridad del patio de butacas, no contempláramos ya el espectáculo del derrumbe, sino únicamente sus escombros.  

El otro día Juan Soto Ivars exponía con su acostumbrada sagacidad cómo el elenco de figuras públicas que últimamente está saliendo a la palestra por sus presuntas –y no tanto– fechorías estaba adscrito al género del esperpento. No obstante, convendría detenerse un momento antes de … aceptar sin más esa etiqueta para preguntarnos qué implica verdaderamente hablar en términos esperpénticos.

El esperpento, tal como lo formula Valle-Inclán, no es una simple caricatura ni una deformación arbitraria. Es, más bien, la degradación sistemática («matemática») de una grandeza previa, la contemplación de lo heroico reflejado en los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato. Hay en él una conciencia trágica: la certeza de que aquello que hoy aparece grotesco fue, en otro tiempo –o al menos en potencia–, digno de altura, de épica, de forma noble. El esperpento necesita, por así decirlo, un original elevado que poder deformar. Digamos que el eco de una grandeza perdida, o acaso de una grandeza nunca alcanzada pero inevitablemente presentida, tal como lo hacemos con esa genial creación predecesora llamada Alonso Quijano.

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De ahí que personajes como Max Estrella en ‘Luces de Bohemia’ resulten profundamente trágicos: su miseria no cancela del todo la grandeza del poeta ciego, sino que la proyecta, torcida y amarga, sobre el mundo degradado que lo rodea. El efecto no es solo risa, sino desolación.

Ahora bien, me pregunto qué grandeza devenida en chusca bajeza puede entreverse en personajes como Ábalos, Koldo, Leire, Bárcenas, Correa… ‘et altri’… ¿puede decirse lo mismo de buena parte de nuestros actuales protagonistas de escándalo? ¿Hay en ellos una grandeza previa susceptible de ser deformada? ¿O más bien nos encontramos ante figuras que ya nacen en un registro bajo, sin otra aspiración que la del beneficio inmediato, el cálculo oportunista y la picaresca sin ingenio? Su paso por el Callejón del Gato parece haberse producido sin tránsito alguno: llegan ya deformados, sin haber conocido nunca una forma digna de ser torcida.

Con todo, tal vez convenga introducir aquí un matiz. Puede que la grandeza no resida tanto en el individuo como en el lugar que ocupa. El ministro, el tesorero, el representante público encarnan formas heredadas de lo heroico: la idea de servicio, de responsabilidad, de encarnación de lo común. Si hay algo que se deforma, quizá no sea el alma del personaje, sino el molde institucional que habita. No asistimos entonces a la caída de un héroe, sino a la degradación de la forma misma de lo público.

Y es precisamente ahí donde el fenómeno adquiere una tonalidad distinta. Porque si el esperpento clásico exigía una caída –una distancia entre la altura evocada y la degradación presente–, en nuestro tiempo parece haberse producido algo más inquietante: la desaparición misma de esa distancia. No hay ya vértigo, porque no hay altura desde la que precipitarse. Lo grotesco no es el resultado de una deformación, sino el estado natural de las cosas.

Sea como sea no hay héroes degradados, sino personajes que nunca fueron otra cosa que caricaturas de sí mismos; por eso mismo el efecto ya no es plenamente esperpéntico, sino otra cosa más fría, más plana, más difícil incluso de teatralizar: una persistencia en lo ínfimo, una normalización de la mediocridad.

Tal vez la realidad de nuestra escena pública no sea más que una forma terminal del esperpento: no la deformación de una grandeza presente o recordada, sino la exhibición de sus restos. Como si la caída hubiera tenido lugar antes de que comenzara la representación y nosotros, desde la oscuridad del patio de butacas, no contempláramos ya el espectáculo del derrumbe, sino únicamente sus escombros.

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