Alguien podría decir, si se detiene a mirarlos un instante, que los entrenadores de fútbol envejecen a la velocidad de los perros, cuatro o cinco años por cada año humano. Es tal el nivel de angustia concentrado en ese cuadrángulo, pintado en la banda para recordarles los límites del autocontrol, que da terror. Pero el fútbol tiene ese veneno y dejarlo de lado no es una opción. Las semifinales de la Champions, resueltas esta semana con el pase del Arsenal y del París Saint-Germain, han vuelto a explicar los motivos de esa adicción. El enfrentamiento de ida en París entre PSG y Bayern Múnich, que acabó con 5-4, tuvo algo de partido de tenis más allá del marcador de set. Contuvo las oscilaciones que a veces se producen con la raqueta, donde un solo golpe cambia el estado de ánimo de los jugadores y el vencido se levanta y el dominador se desmorona, y comprendes cómo es de importante la cabeza en un competidor. Y es que ambos equipos jugaron cada uno de ellos con una idea tan grupal y tan enfebrecida que, pese al descontrol, algo que odian todos los entrenadores, se transparentaba un fútbol de tiralíneas.
Luis Enrique y Kompany han logrado transmitir a sus piezas una ruta fija y eso permite a los mejores salirse de lo previsible. Porque sólo con un texto aprendido al dedillo se puede llegar a improvisar con interés
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Luis Enrique y Kompany han logrado transmitir a sus piezas una ruta fija y eso permite a los mejores salirse de lo previsible. Porque sólo con un texto aprendido al dedillo se puede llegar a improvisar con interés


Alguien podría decir, si se detiene a mirarlos un instante, que los entrenadores de fútbol envejecen a la velocidad de los perros, cuatro o cinco años por cada año humano. Es tal el nivel de angustia concentrado en ese cuadrángulo, pintado en la banda para recordarles los límites del autocontrol, que da terror. Pero el fútbol tiene ese veneno y dejarlo de lado no es una opción. Las semifinales de la Champions, resueltas esta semana con el pase del Arsenal y del París Saint-Germain, han vuelto a explicar los motivos de esa adicción. El enfrentamiento de ida en París entre PSG y Bayern Múnich, que acabó con 5-4, tuvo algo de partido de tenis más allá del marcador de set. Contuvo las oscilaciones que a veces se producen con la raqueta, donde un solo golpe cambia el estado de ánimo de los jugadores y el vencido se levanta y el dominador se desmorona, y comprendes cómo es de importante la cabeza en un competidor. Y es que ambos equipos jugaron cada uno de ellos con una idea tan grupal y tan enfebrecida que, pese al descontrol, algo que odian todos los entrenadores, se transparentaba un fútbol de tiralíneas.
Luis Enrique y Kompany han logrado transmitir a sus piezas una ruta fija y eso permite a los mejores salirse de lo previsible. Porque solo con un texto aprendido al dedillo se puede llegar a improvisar con interés. Cuando les llegó el tiempo del partido de vuelta, la suerte sonrió al PSG. Antes de que el Bayern se acordara de que si no bajas a defender al galope te harán un roto, ya los franceses habían marcado el primero en Múnich, un estadio al que rindieron, y no es fácil hacerlo. Pese a cierto dominio y una notable madurez, el Bayern fue incapaz de resolver cómo sacar a sus dos superdotados extremos de un sistema de ayudas defensivas que les invitaba a irse hacia donde menos daño provocaban. Igual que el primer partido fue un delicioso manual de cómo atacar en tromba, el segundo se resolvió empujando a los delanteros allá donde no se les deja pensar, ni brillar, ni dar que hablar. Fue un partido mucho menos vistoso, más parecido a los dos combates del Atlético y el Arsenal, con pocos puñetazos y mucha tentativa de acoso.
Hubo un personaje, Harry Kane, el delantero centro que juega en el borde del área contraria como si estuviera repartiendo cada pelota en el medio campo, que se quedó sin papel. Su gol tardío tuvo el gusto amargo de la consolación. Jugadores así ejemplifican la tragedia del deporte, como le sucedió a Griezmann en su despedida del Atlético: se puede ser buenísimo y no ganar tanto como uno merece. Por eso importa relativamente el palmarés, lo que importa es el recuerdo que dejas en tu grada y ahí el británico y el francés se pueden sentir satisfechos.
Pero el adjetivo satisfecho tampoco es amado por los deportistas. Por ese lado viene la quiebra de los entrenadores, padres de la insatisfacción. Simeone se atrevió a desafiar el orden del Arsenal de Arteta y cerca estuvo de tumbarlos. Los aficionados del Atlético soñábamos con esa final contra el Bayern en la que revertiríamos nuestra maldición. No ha sido posible y toca ser ambiciosos o no ser. El PSG es un buen ejemplo: vieron marchar a su estrella, Mbappé, y eso les permitió inventar un equipo, después de lucir petrodólar sin idea. Hay una palabra española que se ha colado como grito ya internacional, se grita en todos los campos: Vamos. Pues eso, vamos.
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