La gran noticia de que la Feria del Libro de Madrid 2026 estará dedicada al humor debería haber provocado una celebración nacional, pero se ha perdido en las brumas de la broma pesada de los casos de corrupción presidencial. Presuntamente. Así que me van a permitir que insista.España inventó desde muy temprano una manera única de reír. Ahí está el Arcipreste de Hita mezclando, en plena Edad Media, sátira y picardía con una libertad que todavía hoy nos sorprende por moderna. Su ‘Libro del Buen Amor’ es la certificación literaria de que el ser humano es ridículo y magnífico al mismo tiempo. Después llegó Cervantes, que entendió algo más profundo: que el humor no consiste en burlarse de los demás, sino en contemplar la tragedia humana con compasión. Don Quijote es eterno porque a todos nos duele ese pobre loco intentando imponer dignidad (¡ay, qué palabra!) sin perder el humor en este mundo miserable y práctico.Y luego irrumpió la Otra Generación del 27, término acuñado por López Rubio para un grupo de genios menos o nada estudiado en los colegios. Neville, Tono, Jardiel: entendieron el humor como una forma de lucidez, caballeros capaces de bromear mientras Europa se incendiaba. Había en ellos ligereza, pero también una inmensa cultura. Sabían latín, pintura, teatro, literatura francesa…. Y es que para hacer buen humor hay que saber mucho. El imbécil rara vez es gracioso. Y quizá ahí esté el problema contemporáneo.Hoy el humor no busca iluminar la estupidez humana, sino explotarla. Hemos pasado de la ironía a la mueca, de las tiras cómicas al meme seriado y digital. El humor actual no tiene ninguna gracia, sólo resentimiento, grosería y mucho ruido. Y lo peor es que suele carecer de aquello que poseían Cervantes o Jardiel: elegancia.Quizá la FLM nos ayude a recordar que reír no es rebajarse, sino elevarse un poco por encima de la miseria. Y porque convendría explicar a las nuevas generaciones que el humor español no nació en TikTok ni en un monólogo con palabrotas, sino en siglos de inteligente mala leche, melancolía, y compasión por la debilidad humana. La gran noticia de que la Feria del Libro de Madrid 2026 estará dedicada al humor debería haber provocado una celebración nacional, pero se ha perdido en las brumas de la broma pesada de los casos de corrupción presidencial. Presuntamente. Así que me van a permitir que insista.España inventó desde muy temprano una manera única de reír. Ahí está el Arcipreste de Hita mezclando, en plena Edad Media, sátira y picardía con una libertad que todavía hoy nos sorprende por moderna. Su ‘Libro del Buen Amor’ es la certificación literaria de que el ser humano es ridículo y magnífico al mismo tiempo. Después llegó Cervantes, que entendió algo más profundo: que el humor no consiste en burlarse de los demás, sino en contemplar la tragedia humana con compasión. Don Quijote es eterno porque a todos nos duele ese pobre loco intentando imponer dignidad (¡ay, qué palabra!) sin perder el humor en este mundo miserable y práctico.Y luego irrumpió la Otra Generación del 27, término acuñado por López Rubio para un grupo de genios menos o nada estudiado en los colegios. Neville, Tono, Jardiel: entendieron el humor como una forma de lucidez, caballeros capaces de bromear mientras Europa se incendiaba. Había en ellos ligereza, pero también una inmensa cultura. Sabían latín, pintura, teatro, literatura francesa…. Y es que para hacer buen humor hay que saber mucho. El imbécil rara vez es gracioso. Y quizá ahí esté el problema contemporáneo.Hoy el humor no busca iluminar la estupidez humana, sino explotarla. Hemos pasado de la ironía a la mueca, de las tiras cómicas al meme seriado y digital. El humor actual no tiene ninguna gracia, sólo resentimiento, grosería y mucho ruido. Y lo peor es que suele carecer de aquello que poseían Cervantes o Jardiel: elegancia.Quizá la FLM nos ayude a recordar que reír no es rebajarse, sino elevarse un poco por encima de la miseria. Y porque convendría explicar a las nuevas generaciones que el humor español no nació en TikTok ni en un monólogo con palabrotas, sino en siglos de inteligente mala leche, melancolía, y compasión por la debilidad humana.
La gran noticia de que la Feria del Libro de Madrid 2026 estará dedicada al humor debería haber provocado una celebración nacional, pero se ha perdido en las brumas de la broma pesada de los casos de corrupción presidencial. Presuntamente. Así que me van a … permitir que insista.
España inventó desde muy temprano una manera única de reír. Ahí está el Arcipreste de Hita mezclando, en plena Edad Media, sátira y picardía con una libertad que todavía hoy nos sorprende por moderna. Su ‘Libro del Buen Amor’ es la certificación literaria de que el ser humano es ridículo y magnífico al mismo tiempo. Después llegó Cervantes, que entendió algo más profundo: que el humor no consiste en burlarse de los demás, sino en contemplar la tragedia humana con compasión. Don Quijote es eterno porque a todos nos duele ese pobre loco intentando imponer dignidad (¡ay, qué palabra!) sin perder el humor en este mundo miserable y práctico.
Y luego irrumpió la Otra Generación del 27, término acuñado por López Rubio para un grupo de genios menos o nada estudiado en los colegios. Neville, Tono, Jardiel: entendieron el humor como una forma de lucidez, caballeros capaces de bromear mientras Europa se incendiaba. Había en ellos ligereza, pero también una inmensa cultura. Sabían latín, pintura, teatro, literatura francesa…. Y es que para hacer buen humor hay que saber mucho. El imbécil rara vez es gracioso. Y quizá ahí esté el problema contemporáneo.
Hoy el humor no busca iluminar la estupidez humana, sino explotarla. Hemos pasado de la ironía a la mueca, de las tiras cómicas al meme seriado y digital. El humor actual no tiene ninguna gracia, sólo resentimiento, grosería y mucho ruido. Y lo peor es que suele carecer de aquello que poseían Cervantes o Jardiel: elegancia.
Quizá la FLM nos ayude a recordar que reír no es rebajarse, sino elevarse un poco por encima de la miseria. Y porque convendría explicar a las nuevas generaciones que el humor español no nació en TikTok ni en un monólogo con palabrotas, sino en siglos de inteligente mala leche, melancolía, y compasión por la debilidad humana.
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