Junts per Catalunya apoyó la investidura parlamentaria que en 2023 alumbró al Gobierno de coalición del PSOE y Sumar, pero desde el primer día dejó claro que rechazaba rotundamente integrarse en la mayoría que debía sostenerlo en el parlamento español. Iniciaba así el camino que algún día le permitiría confluir con el PP y Vox.
La gesticulación actual del partido responde a la aparición de una inesperada Orriols que amenaza con llevarse la parte del león
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La gesticulación actual del partido responde a la aparición de una inesperada Orriols que amenaza con llevarse la parte del león
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Junts per Catalunya apoyó la investidura parlamentaria que en 2023 alumbró al Gobierno de coalición del PSOE y Sumar, pero desde el primer día dejó claro que rechazaba rotundamente integrarse en la mayoría que debía sostenerlo en el parlamento español. Iniciaba así el camino que algún día le permitiría confluir con el PP y Vox.
La perspectiva de estos tres años de legislatura muestra que esta es la base de la inestabilidad política del gobierno de Pedro Sánchez. Ni los Presupuestos del primer año le quisieron aprobar. Sin esa inestabilidad, creada y alimentada por Junts desde su condición de bisagra entre derecha e izquierda en el Congreso de los Diputados, las escandaleras y el ruido constante en torno a asuntos de corrupción, continuamente agitados por Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, no habrían sido ni la mitad de eficaces.
La debilidad parlamentaria de la coalición PSOE-Sumar tiene también otras causas, entre las que destacan las contradicciones entre las propias fuerzas de izquierdas. Pero la bisagra del Congreso de los Diputados son los siete diputados de Junts, no los escaños de Podemos. Y Junts decidió muy pronto que su interés primordial no iba a ser permitir una razonable gobernabilidad al ejecutivo progresista presidido por Sánchez, sino recuperar su maltrecho perfil como primera fuerza de la derecha catalana. La fórmula utilizada para conseguirlo es de manual: hacerle la vida imposible a un gobierno de izquierdas. A eso se han dedicado.
Justificar convincentemente esta posición es, sin embargo, bastante difícil en este caso puesto que se trata de zancadillear al gobierno de España que a partir de 2021 indultó primero y amnistió después a los líderes de la revuelta independentista de 2017, entre los que el presidente de Junts, Carles Puigdemont, es el más destacado. El mismo Gobierno que ha intentado parar la oleada de anticatalanismo que el PP y Vox llevan azuzando desde 2006, cuando se aprobó la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña. Que sea precisamente el partido de Puigdemont el que ahora lleve media legislatura alimentando la inestabilidad política en beneficio exclusivo del tándem PP-Vox es simplemente una incongruencia. Pero no es que carezca de explicación. Aquí no hay secretos. Se publican cada dos por tres sondeos sobre intención de voto en los que Junts no deja de caer, cabalgando hacia la irrelevancia.
La causa de esta caída es una acusada pérdida de credibilidad. Junts protagonizó, con Puigdemont al frente del gobierno de la Generalitat, una revuelta política en la que destruyó su perfil como fuerza moderada, que era su pedigrí fundacional. Ocurrió cuando asumió el programa independentista de ERC e intentó convertir Cataluña en una república soberana, un objetivo claramente fuera de su alcance. Para conseguirlo se alió además con un partido antisistema, la CUP, cuyo calendario adoptó. Y acabó saltándose la legalidad para forzar una declaración de soberanía meramente testimonial que terminó con sus dirigentes en la cárcel o el exilio.
Esta trayectoria de Junts con Puigdemont como líder tuvo como resultado dispersar al que había sido fiel electorado de la derecha nacionalista catalana. Unos hacia la abstención, otros hacia ERC, otros hacia el PP, otros hacia Vox, hasta la aparición de una inesperada Sílvia Orriols que amenaza con llevarse la parte del león. De ahí la gesticulación actual, ese continuo repetir que Junts es Cataluña. En sus mejores tiempos, Jordi Pujol logró que mucha gente creyera que Convergència era quien representaba a Cataluña mejor que nadie. Pero ni Junts es CDC ni Puigdemont es Pujol.
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