José Luis estaba convencido de que aquel verano en el pueblo, el tío Emilio le compraría una moto pero cuando me invitó a pasar unos días junto a su familia me di cuenta de que lo que en realidad le había regalado era un burro. Un burro con un carro, para que pudiera ir, e incluso llevarme, a todas partes, también a las fiestas de los pueblos. Estaba muy enfadado, al principio mi amigo, pero a mí no me disgustó en absoluto la idea. Procuro evitar la relación con los animales, porque me conozco y sé que soy de transferencia afectiva inmediata y luego sufro demasiado, pero he de reconocer, y este es el drama, que una vez llegan a mi vida, siento por ellos una inevitable inclinación simpática.Nos molestaba la exaltación que tío Emilio hacía de la vida rural, pero enseguida nos hicimos al burrito, supimos qué darle de comer, cómo limpiarlo, dónde acostarlo, que las manzanas, las zanahorias y la sandía eran sus golosinas. La mayoría de días no teníamos dónde ir e íbamos a cualquier parte para sacarlo a pasear. Le llamamos Josep para ponerle a un burro el nombre del profesor de matemáticas.Reparamos en que Emilio tenía razón en algo, y es que dos chicos en burro arriba y abajo enseguida seríamos conocidos en la zona y llamaríamos la atención de las chicas. Tal fue nuestro éxito que he de confesar que algunas noches tuvimos que turnarnos el carro. Volver juntos de madrugada al pueblo, borrachos, en burro y con chicas que todo nos lo sabían dar fue de una plenitud campestre que me ofende tener que admitir.Guardábamos a Josep -aunque muy pronto le llamamos Pepe- en su establo, le dábamos agua y cebada, y alguna zanahoria, porque la sandía se la dábamos por la tarde, y por la noche las manzanas; y se echaba sobre su paja, que antes habíamos removido, tan feliz como nosotros en la cama. Éramos tres, Pepe, José Luis y yo.Emilio se sentía un genio, y se expandía en sus soflamas en favor de los animales, diciendo que los prefería a muchas personas. Pero los padres y las abuelas de José Luis desarrollaron esa actitud tan de los pueblos de recelar de lo que en los chicos genera entusiasmo. No sé si porque los bosques y las montañas -y el contrabando- hacen a uno más desconfiado, o por algo todavía más atávico, nuestro entusiasmo por Pepe, y el cuidado con que le tratábamos, y lo famosos que nos hicimos en los pueblos, provocaron conversaciones en voz baja en las sobremesas, y rumores de viejas cuando nos veían pasar.Una noche acudimos a un pueblo que era el más lejano al que habíamos ido hasta entonces y fue la fiesta más multitudinaria. Al llegar había mucha gente y dudamos del acierto de haber ido con Pepe, pero enseguida encontramos a un lugareño que se ofreció a vigilarlo y no hubo ningún problema.De regreso a casa, eran las siete o tal vez más tarde, la alegría era la misma que la de otras madrugadas pero todo quedó en silencio cuando ya a punto de llegar al pueblo un coche nos embistió. Caímos del carro al margen del camino, José Luis y yo no nos hicimos daño, pero Pepe se llevó la peor parte. El conductor paró, estaba igual de borracho que nosotros, aunque esto lo digo ahora, porque en los años noventa no importaba tanto, y se ofreció a llevar a José Luis a casa de Emilio para pedirle que nos ayudara. Yo me quedé con Pepe, tendido, no parecía grave -pensé- porque no le salía sangre, pero al ver la cara con que llegaba José Luis, con su tío detrás, comprendí lo que pasaría. Emilio llevaba colgando una escopeta del brazo y el verano terminó en aquel instante. José Luis estaba convencido de que aquel verano en el pueblo, el tío Emilio le compraría una moto pero cuando me invitó a pasar unos días junto a su familia me di cuenta de que lo que en realidad le había regalado era un burro. Un burro con un carro, para que pudiera ir, e incluso llevarme, a todas partes, también a las fiestas de los pueblos. Estaba muy enfadado, al principio mi amigo, pero a mí no me disgustó en absoluto la idea. Procuro evitar la relación con los animales, porque me conozco y sé que soy de transferencia afectiva inmediata y luego sufro demasiado, pero he de reconocer, y este es el drama, que una vez llegan a mi vida, siento por ellos una inevitable inclinación simpática.Nos molestaba la exaltación que tío Emilio hacía de la vida rural, pero enseguida nos hicimos al burrito, supimos qué darle de comer, cómo limpiarlo, dónde acostarlo, que las manzanas, las zanahorias y la sandía eran sus golosinas. La mayoría de días no teníamos dónde ir e íbamos a cualquier parte para sacarlo a pasear. Le llamamos Josep para ponerle a un burro el nombre del profesor de matemáticas.Reparamos en que Emilio tenía razón en algo, y es que dos chicos en burro arriba y abajo enseguida seríamos conocidos en la zona y llamaríamos la atención de las chicas. Tal fue nuestro éxito que he de confesar que algunas noches tuvimos que turnarnos el carro. Volver juntos de madrugada al pueblo, borrachos, en burro y con chicas que todo nos lo sabían dar fue de una plenitud campestre que me ofende tener que admitir.Guardábamos a Josep -aunque muy pronto le llamamos Pepe- en su establo, le dábamos agua y cebada, y alguna zanahoria, porque la sandía se la dábamos por la tarde, y por la noche las manzanas; y se echaba sobre su paja, que antes habíamos removido, tan feliz como nosotros en la cama. Éramos tres, Pepe, José Luis y yo.Emilio se sentía un genio, y se expandía en sus soflamas en favor de los animales, diciendo que los prefería a muchas personas. Pero los padres y las abuelas de José Luis desarrollaron esa actitud tan de los pueblos de recelar de lo que en los chicos genera entusiasmo. No sé si porque los bosques y las montañas -y el contrabando- hacen a uno más desconfiado, o por algo todavía más atávico, nuestro entusiasmo por Pepe, y el cuidado con que le tratábamos, y lo famosos que nos hicimos en los pueblos, provocaron conversaciones en voz baja en las sobremesas, y rumores de viejas cuando nos veían pasar.Una noche acudimos a un pueblo que era el más lejano al que habíamos ido hasta entonces y fue la fiesta más multitudinaria. Al llegar había mucha gente y dudamos del acierto de haber ido con Pepe, pero enseguida encontramos a un lugareño que se ofreció a vigilarlo y no hubo ningún problema.De regreso a casa, eran las siete o tal vez más tarde, la alegría era la misma que la de otras madrugadas pero todo quedó en silencio cuando ya a punto de llegar al pueblo un coche nos embistió. Caímos del carro al margen del camino, José Luis y yo no nos hicimos daño, pero Pepe se llevó la peor parte. El conductor paró, estaba igual de borracho que nosotros, aunque esto lo digo ahora, porque en los años noventa no importaba tanto, y se ofreció a llevar a José Luis a casa de Emilio para pedirle que nos ayudara. Yo me quedé con Pepe, tendido, no parecía grave -pensé- porque no le salía sangre, pero al ver la cara con que llegaba José Luis, con su tío detrás, comprendí lo que pasaría. Emilio llevaba colgando una escopeta del brazo y el verano terminó en aquel instante.
José Luis estaba convencido de que aquel verano en el pueblo, el tío Emilio le compraría una moto pero cuando me invitó a pasar unos días junto a su familia me di cuenta de que lo que en realidad le había regalado era un burro. … Un burro con un carro, para que pudiera ir, e incluso llevarme, a todas partes, también a las fiestas de los pueblos. Estaba muy enfadado, al principio mi amigo, pero a mí no me disgustó en absoluto la idea. Procuro evitar la relación con los animales, porque me conozco y sé que soy de transferencia afectiva inmediata y luego sufro demasiado, pero he de reconocer, y este es el drama, que una vez llegan a mi vida, siento por ellos una inevitable inclinación simpática.
Nos molestaba la exaltación que tío Emilio hacía de la vida rural, pero enseguida nos hicimos al burrito, supimos qué darle de comer, cómo limpiarlo, dónde acostarlo, que las manzanas, las zanahorias y la sandía eran sus golosinas. La mayoría de días no teníamos dónde ir e íbamos a cualquier parte para sacarlo a pasear. Le llamamos Josep para ponerle a un burro el nombre del profesor de matemáticas.
Reparamos en que Emilio tenía razón en algo, y es que dos chicos en burro arriba y abajo enseguida seríamos conocidos en la zona y llamaríamos la atención de las chicas. Tal fue nuestro éxito que he de confesar que algunas noches tuvimos que turnarnos el carro. Volver juntos de madrugada al pueblo, borrachos, en burro y con chicas que todo nos lo sabían dar fue de una plenitud campestre que me ofende tener que admitir.
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Guardábamos a Josep -aunque muy pronto le llamamos Pepe- en su establo, le dábamos agua y cebada, y alguna zanahoria, porque la sandía se la dábamos por la tarde, y por la noche las manzanas; y se echaba sobre su paja, que antes habíamos removido, tan feliz como nosotros en la cama. Éramos tres, Pepe, José Luis y yo.
Emilio se sentía un genio, y se expandía en sus soflamas en favor de los animales, diciendo que los prefería a muchas personas. Pero los padres y las abuelas de José Luis desarrollaron esa actitud tan de los pueblos de recelar de lo que en los chicos genera entusiasmo. No sé si porque los bosques y las montañas -y el contrabando- hacen a uno más desconfiado, o por algo todavía más atávico, nuestro entusiasmo por Pepe, y el cuidado con que le tratábamos, y lo famosos que nos hicimos en los pueblos, provocaron conversaciones en voz baja en las sobremesas, y rumores de viejas cuando nos veían pasar.
Una noche acudimos a un pueblo que era el más lejano al que habíamos ido hasta entonces y fue la fiesta más multitudinaria. Al llegar había mucha gente y dudamos del acierto de haber ido con Pepe, pero enseguida encontramos a un lugareño que se ofreció a vigilarlo y no hubo ningún problema.
De regreso a casa, eran las siete o tal vez más tarde, la alegría era la misma que la de otras madrugadas pero todo quedó en silencio cuando ya a punto de llegar al pueblo un coche nos embistió. Caímos del carro al margen del camino, José Luis y yo no nos hicimos daño, pero Pepe se llevó la peor parte. El conductor paró, estaba igual de borracho que nosotros, aunque esto lo digo ahora, porque en los años noventa no importaba tanto, y se ofreció a llevar a José Luis a casa de Emilio para pedirle que nos ayudara. Yo me quedé con Pepe, tendido, no parecía grave -pensé- porque no le salía sangre, pero al ver la cara con que llegaba José Luis, con su tío detrás, comprendí lo que pasaría. Emilio llevaba colgando una escopeta del brazo y el verano terminó en aquel instante.
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