Una imagen muestra a Mario Vargas Llosa en bañador junto a Carlos Barral. Pertenece al verano de 1970, cuando el peruano se instaló en Barcelona bajo el amparo del editor de Seix Barral y la agente literaria Carmen Balcells . Fueron los años decisivos del Boom: los encuentros en Cadaqués y Calafell, las conversaciones interminables, la convivencia con otros escritores latinoamericanos y la construcción de una nueva industria literaria en español. La historia tiene versiones más o. menos adornadas, pero la base es una: el empeño. Carmen Balcells fue personalmente a Londres para convencer al autor de ‘La ciudad y los perros’ (ganador del premio Seix Barral 1962) de abandonar la universidad y vivir exclusivamente de la literatura. Le garantizó unos ingresos equivalentes a su sueldo de profesor, le buscó vivienda y organizó el traslado de Patricia Llosa y sus hijos. Primero vivieron en la calle Balmes y después en la calle Osio, en Sarrià. Aunque Vargas Llosa y su familia residían en Barcelona, pasaban largas temporadas en la casa de Carlos Barral en Calafell. Allí se celebraban comidas, tertulias y noches interminables frente al Mediterráneo. Xavi Ayén recoge el testimonio de Carlas Barral en su libro dedicado al Boom: después de aquellas sobremesas que terminaban al amanecer, Vargas Llosa volvía a levantarse temprano para escribir. Barral decía que trabajaba «como un poseso». Barral y Vargas Llosa compartían una relación muy estrecha, llena de bromas privadas. Incluso llegaron a escribirse cartas imitando el catalán medieval del ‘Tirant lo Blanc’, novela que ambos veneraban, así que no es de extrañar que Calafell fuese no sólo escenario del Boom, sino el enclave de amistades y tertulias. La Casa Barral fue un auténtico salón literario al aire libre. Por allí pasaban Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Juan Marsé, José Agustín Goytisolo, Castellet, Jorge Edwards y otros escritores. Hoy el Museo Casa Barral mantiene esa memoria como parte de una ruta literaria propicia para estos días de vapor y sofoco.En la narrativa de Mario Vargas Llosa el verano no suele desempeñar el mismo papel simbólico que en autores como Cesare Pavese, Natalia Ginzburg o Javier Marías. No existe una «novela del verano» en su bibliografía. Sin embargo, el estío aparece de distintas maneras: como tiempo de libertad, de despertar erótico, de memoria o de suspensión de la vida cotidiana. ‘La tía Julia y el escribidor’ (1977) quizá sea la novela más veraniega de Vargas Llosa, ya que la historia de amor entre Marito y Julia transcurre en una Lima abrasada por el calor, con largas tardes, paseos, cafés y una sensación de ocio juvenil. El verano no se menciona constantemente, pero impregna la atmósfera de descubrimiento sentimental, el despertar. También en ‘Los cuadernos de don Rigoberto’ (1997) y ‘Elogio de la madrastra’ (1988) el calor limeño tiene una presencia constante. El clima favorece la sensualidad y el erotismo, aunque el verano funciona más como temperatura moral que como estación narrativa. En su aquella novela, la indeseable ‘Travesuras de la niña mala’ (2006), algunas de las etapas parisinas y mediterráneas evocan los veranos europeos, asociados a la juventud y al amor efímero, aunque la novela recorre muchas estaciones y ciudades. En sus memorias, ‘El pez en el agua’ (1993), aparecen con frecuencia los veranos de infancia en Piura y las vacaciones escolares, asociados a la formación del escritor y al descubrimiento de la lectura y la escritura. El estío es otra cosa para Vargas Llosa. En su ensayo ‘La verdad de las mentiras’ vuelve una y otra vez sobre la idea de las vacaciones como el momento privilegiado para leer ficción. Una imagen muestra a Mario Vargas Llosa en bañador junto a Carlos Barral. Pertenece al verano de 1970, cuando el peruano se instaló en Barcelona bajo el amparo del editor de Seix Barral y la agente literaria Carmen Balcells . Fueron los años decisivos del Boom: los encuentros en Cadaqués y Calafell, las conversaciones interminables, la convivencia con otros escritores latinoamericanos y la construcción de una nueva industria literaria en español. La historia tiene versiones más o. menos adornadas, pero la base es una: el empeño. Carmen Balcells fue personalmente a Londres para convencer al autor de ‘La ciudad y los perros’ (ganador del premio Seix Barral 1962) de abandonar la universidad y vivir exclusivamente de la literatura. Le garantizó unos ingresos equivalentes a su sueldo de profesor, le buscó vivienda y organizó el traslado de Patricia Llosa y sus hijos. Primero vivieron en la calle Balmes y después en la calle Osio, en Sarrià. Aunque Vargas Llosa y su familia residían en Barcelona, pasaban largas temporadas en la casa de Carlos Barral en Calafell. Allí se celebraban comidas, tertulias y noches interminables frente al Mediterráneo. Xavi Ayén recoge el testimonio de Carlas Barral en su libro dedicado al Boom: después de aquellas sobremesas que terminaban al amanecer, Vargas Llosa volvía a levantarse temprano para escribir. Barral decía que trabajaba «como un poseso». Barral y Vargas Llosa compartían una relación muy estrecha, llena de bromas privadas. Incluso llegaron a escribirse cartas imitando el catalán medieval del ‘Tirant lo Blanc’, novela que ambos veneraban, así que no es de extrañar que Calafell fuese no sólo escenario del Boom, sino el enclave de amistades y tertulias. La Casa Barral fue un auténtico salón literario al aire libre. Por allí pasaban Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Juan Marsé, José Agustín Goytisolo, Castellet, Jorge Edwards y otros escritores. Hoy el Museo Casa Barral mantiene esa memoria como parte de una ruta literaria propicia para estos días de vapor y sofoco.En la narrativa de Mario Vargas Llosa el verano no suele desempeñar el mismo papel simbólico que en autores como Cesare Pavese, Natalia Ginzburg o Javier Marías. No existe una «novela del verano» en su bibliografía. Sin embargo, el estío aparece de distintas maneras: como tiempo de libertad, de despertar erótico, de memoria o de suspensión de la vida cotidiana. ‘La tía Julia y el escribidor’ (1977) quizá sea la novela más veraniega de Vargas Llosa, ya que la historia de amor entre Marito y Julia transcurre en una Lima abrasada por el calor, con largas tardes, paseos, cafés y una sensación de ocio juvenil. El verano no se menciona constantemente, pero impregna la atmósfera de descubrimiento sentimental, el despertar. También en ‘Los cuadernos de don Rigoberto’ (1997) y ‘Elogio de la madrastra’ (1988) el calor limeño tiene una presencia constante. El clima favorece la sensualidad y el erotismo, aunque el verano funciona más como temperatura moral que como estación narrativa. En su aquella novela, la indeseable ‘Travesuras de la niña mala’ (2006), algunas de las etapas parisinas y mediterráneas evocan los veranos europeos, asociados a la juventud y al amor efímero, aunque la novela recorre muchas estaciones y ciudades. En sus memorias, ‘El pez en el agua’ (1993), aparecen con frecuencia los veranos de infancia en Piura y las vacaciones escolares, asociados a la formación del escritor y al descubrimiento de la lectura y la escritura. El estío es otra cosa para Vargas Llosa. En su ensayo ‘La verdad de las mentiras’ vuelve una y otra vez sobre la idea de las vacaciones como el momento privilegiado para leer ficción.

Una imagen muestra a Mario Vargas Llosa en bañador junto a Carlos Barral. Pertenece al verano de 1970, cuando el peruano se instaló en Barcelona bajo el amparo del editor de Seix Barral y la agente literaria Carmen Balcells. Fueron los años … decisivos del Boom: los encuentros en Cadaqués y Calafell, las conversaciones interminables, la convivencia con otros escritores latinoamericanos y la construcción de una nueva industria literaria en español. La historia tiene versiones más o. menos adornadas, pero la base es una: el empeño. Carmen Balcells fue personalmente a Londres para convencer al autor de ‘La ciudad y los perros’ (ganador del premio Seix Barral 1962) de abandonar la universidad y vivir exclusivamente de la literatura. Le garantizó unos ingresos equivalentes a su sueldo de profesor, le buscó vivienda y organizó el traslado de Patricia Llosa y sus hijos. Primero vivieron en la calle Balmes y después en la calle Osio, en Sarrià. Aunque Vargas Llosa y su familia residían en Barcelona, pasaban largas temporadas en la casa de Carlos Barral en Calafell. Allí se celebraban comidas, tertulias y noches interminables frente al Mediterráneo. Xavi Ayén recoge el testimonio de Carlas Barral en su libro dedicado al Boom: después de aquellas sobremesas que terminaban al amanecer, Vargas Llosa volvía a levantarse temprano para escribir. Barral decía que trabajaba «como un poseso». Barral y Vargas Llosa compartían una relación muy estrecha, llena de bromas privadas. Incluso llegaron a escribirse cartas imitando el catalán medieval del ‘Tirant lo Blanc’, novela que ambos veneraban, así que no es de extrañar que Calafell fuese no sólo escenario del Boom, sino el enclave de amistades y tertulias. La Casa Barral fue un auténtico salón literario al aire libre. Por allí pasaban Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Juan Marsé, José Agustín Goytisolo, Castellet, Jorge Edwards y otros escritores. Hoy el Museo Casa Barral mantiene esa memoria como parte de una ruta literaria propicia para estos días de vapor y sofoco.
En la narrativa de Mario Vargas Llosa el verano no suele desempeñar el mismo papel simbólico que en autores como Cesare Pavese, Natalia Ginzburg o Javier Marías. No existe una «novela del verano» en su bibliografía. Sin embargo, el estío aparece de distintas maneras: como tiempo de libertad, de despertar erótico, de memoria o de suspensión de la vida cotidiana. ‘La tía Julia y el escribidor’ (1977) quizá sea la novela más veraniega de Vargas Llosa, ya que la historia de amor entre Marito y Julia transcurre en una Lima abrasada por el calor, con largas tardes, paseos, cafés y una sensación de ocio juvenil. El verano no se menciona constantemente, pero impregna la atmósfera de descubrimiento sentimental, el despertar. También en ‘Los cuadernos de don Rigoberto’ (1997) y ‘Elogio de la madrastra’ (1988) el calor limeño tiene una presencia constante. El clima favorece la sensualidad y el erotismo, aunque el verano funciona más como temperatura moral que como estación narrativa. En su aquella novela, la indeseable ‘Travesuras de la niña mala’ (2006), algunas de las etapas parisinas y mediterráneas evocan los veranos europeos, asociados a la juventud y al amor efímero, aunque la novela recorre muchas estaciones y ciudades. En sus memorias, ‘El pez en el agua’ (1993), aparecen con frecuencia los veranos de infancia en Piura y las vacaciones escolares, asociados a la formación del escritor y al descubrimiento de la lectura y la escritura. El estío es otra cosa para Vargas Llosa. En su ensayo ‘La verdad de las mentiras’ vuelve una y otra vez sobre la idea de las vacaciones como el momento privilegiado para leer ficción.
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