Al principio de todo apenas había caca. Hasta hace unos 540 millones de años (final del periodo Ediacárico), la vida se limitaba a extensos tapetes bacterianos, arqueas microscópicas y algas igual de microscópicas en el fondo de los mares. Apenas producían materia fecal muy simple. Pero en una veintena de millones de años aparecieron heces en espiral, granulada, en forma de plastas, hilos más o menos gruesos, tipo racimo (ver más abajo)… Tal variedad de excrementos refleja lo que los científicos llaman la explosión de vida del Cámbrico: los seres vivos aumentaron en cantidad, pero sobre todo en diversidad de formas y tamaños, creando ecosistemas con todo tipo de relaciones tróficas. Fue el periodo de mayor innovación, apareciendo los primeros esqueletos, los ojos, mandíbulas, organismos nadadores… Y mucho de lo que se sabe es gracias a las deposiciones fosilizadas, los coprolitos. Ahora, una investigación hace justicia al papel que tuvo la caca en la multiplicación de la vida.
Las heces fueron claves para fertilizar todos los mares y la diversificación de formas y tamaños de los seres vivos
Al principio de todo apenas había caca. Hasta hace unos 540 millones de años (final del periodo Ediacárico), la vida se limitaba a extensos tapetes bacterianos, arqueas microscópicas y algas igual de microscópicas en el fondo de los mares. Apenas producían materia fecal muy simple. Pero en una veintena de millones de años aparecieron heces en espiral, granulada, en forma de plastas, hilos más o menos gruesos, tipo racimo (ver más abajo)… Tal variedad de excrementos refleja lo que los científicos llaman la explosión de vida del Cámbrico: los seres vivos aumentaron en cantidad, pero sobre todo en diversidad de formas y tamaños, creando ecosistemas con todo tipo de relaciones tróficas. Fue el periodo de mayor innovación, apareciendo los primeros esqueletos, los ojos, mandíbulas, organismos nadadores… Y mucho de lo que se sabe es gracias a las deposiciones fosilizadas, los coprolitos. Ahora, una investigación hace justicia al papel que tuvo la caca en la multiplicación de la vida.
“La explosión cámbrica transformó la vida en la Tierra. Durante un intervalo relativamente breve en el tiempo geológico —entre 13 y 25 millones de años— aparecieron la mayoría de los principales grupos de animales», recuerda Julien Kimmig, responsable de la sección de paleontología y evolución del Instituto de Tecnología de Karlsruhe (KIT, Alemania). “Casi al mismo tiempo, se desarrollaron los primeros ecosistemas marinos, que se volvieron más complejos. Las redes tróficas comenzaron a parecerse a las de los océanos modernos”, añade Kimmig, coautor del artículo científico La revolución fecal del Cámbrico. Impulsando la radiación del Cámbrico. Publicado en Trends in Ecology and Evolution, el trabajo analiza centenares de coprolitos recuperados de 37 yacimientos repartidos por el globo.
“Los coprolitos proporcionan información sobre la evolución de los sistemas digestivos de los animales. Cuanto mayor es la diversidad de coprolitos, más avanzados y diferenciados son los tractos digestivos de los animales”, destaca Kimmig. Solo se ha encontrado un fósil de la parte final del Ediacárico con sistema digestivo y era muy simple: un intestino cilíndrico recto que conectaba la boca con el ano. Pero la cosa cambia y mucho en el Cámbrico. Los intestinos se alargan, se curvan, zigzaguean; junto a las primeras mandíbulas aparecen unos protodientes. En el Cámbrico medio, ya hay artrópodos con glándulas digestivas. Todas estas innovaciones aumentaron la capacidad de procesar los alimentos.

Kimmig subraya que los coprolitos “también aportan información sobre la evolución de los hábitos alimenticios”. Por ejemplo, los primeros restos de animales con concha aparecen en los excrementos de los probables primeros depredadores después de la simple materia orgánica o los sedimentos, componentes básicos de dietas más simples de animales detritívoros, también más simples.
Los investigadores observaron además que la complejidad en forma y tamaños de las cacas aumenta con el tiempo. “Vemos un patrón claro en el registro fósil. Los coprolitos microscópicos aparecen primero y transcurren unos 20 millones de años hasta que aparecen los coprolitos macroscópicos”, dice el investigador del KIT. Esto coincide con la aparición de intestinos más complejos en el registro fósil. Es decir, la creciente complejidad de la caca es un paralelo de la creciente complejidad de los seres que la excretan.
Por aquel entonces, la vida se limitaba a los mares y otros cuerpos de agua. No había ni animales ni nada parecido a las plantas terrestres. Para eso habría que esperar unas decenas de millones de años más. Pero la diversidad de coprolitos ilustra que los principales clados del árbol de la vida ya estaban ahí: anélidos (gusanos), moluscos, gran diversidad de artrópodos, esponjas o los cordados, de los que mucho tiempo después emergerían los vertebrados y, entre ellos, los grandes del reino animal actual, peces, reptiles, anfibios, aves y mamíferos.

La caca no solo desvela la creciente complejidad de la vida, también la sostuvo y la multiplicó. Como sucede hoy en los océanos con la llamada nieve marina, que no es otra cosa que materia orgánica procedente de excrementos o de la descomposición de los muertos, los componentes básicos de las heces son el nitrógeno, el carbono, el fósforo y otros nutrientes como el hierro. La revolución fecal del Cámbrico permitió a los seres que entonces vivían en las aguas someras conquistar toda la columna de agua, llegando hasta las profundidades.
“La idea es que una mayor cantidad de heces permitió que más entornos se volvieran habitables, lo que, a su vez, permitió que más animales vivieran en diferentes lugares”, apunta Russell Bicknell, investigador de la Universidad de Flinders (Australia) y coautor del estudio. “También permitió que los nutrientes se movieran en mayor cantidad. Así que hay que verlo como la fertilización, pero a una escala mucho mayor”, añade en un correo.
Para la mayoría de los paleontólogos, la explosión de vida del Cámbrico sigue siendo un misterio. Se apunta a varias causas (no excluyentes), como el aumento de la cantidad de oxígeno, la aparición de nuevas relaciones tróficas como la de depredador-presa o alguna que otra causa genética. “Junto al aumento de los niveles de oxígeno y otros factores que debieron contribuir, a menudo se pasa por alto la importancia de las heces en los ecosistemas antiguos”, destaca Bicknell, que concluye en una nota: “El registro fósil deja claro que la evolución de las estrategias de alimentación se alinea con la producción y distribución de carbono orgánico y nutrientes que crearon las condiciones que veremos en los océanos modernos y, posteriormente, en la tierra, donde hoy se utilizan fertilizantes para producir nuestros alimentos”.
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