Van aceleradas por carreteras infames hacia las viñas verdes de Syrah junto al Ródano, pero a Lotte Kopecky le asalta antes la sed por la departamental que asciende a Lalouvesc, pueblo abrasado por el sol y la canícula, y ávida agarra la botella de San Pellegrino frizzante, qué lujo, de un aficionado, se moja un poco el cuello y, sintiéndola fresca y sedienta de sus labios, le da un buen trago. Después, ataca Paula Blasi, dinamitera. Más que un ataque es una aceleración a 50 kilómetros de la llegada, pues nadie le cede un metro a la ciclista catalana, siempre pimpante en el primer grupo, siempre con Elisa Longo Borghini, una sombra tricolor, en su chepa, protegida del viento. Todo está estudiado. Hasta el juego está planificado en el UAE. Es el día de las guerrilleras. El día de la campeona italiana que quiere borrar de su memoria el sufrimiento de la contrarreloj y el llano hacia el Mont Brouilly del miércoles y cuando la francesa local ataca en el pueblo de Saint Félicien, a mitad del descenso, se pega a su rueda y se larga. Quedan 31 kilómetros para la meta. Se pone en cabeza del grupito de seis que se forma y sin mirar atrás, sin rencores ni cálculos, tira a toda máquina por valles y collados. Nunca gozan de más de 30s de ventaja, pero gracias a ella no enlaza el pelotón de la líder, Marlen Reusser, donde las ráfagas de Demi Vollering sobresaltan a quienes preferirían dormir, y despierta bien a la suiza del Movistar, que roza la caída en una curva de un descenso. Llega exhausta a la última recta, donde la africana Kim le Court, campeona de Mauricio, esprinta fácil, imparable, con la misma energía y velocidad con la que ganó el año pasado la Lieja.
En las pendientes del monte de Provenza se espera el viernes el gran duelo entre Vollering y Reusser
Van aceleradas por carreteras infames hacia las viñas verdes de Syrah junto al Ródano, pero a Lotte Kopecky le asalta antes la sed por la departamental que asciende a Lalouvesc, pueblo abrasado por el sol y la canícula, y ávida agarra la botella de San Pellegrino frizzante, qué lujo, de un aficionado, se moja un poco el cuello y, sintiéndola fresca y sedienta de sus labios, le da un buen trago. Después, ataca Paula Blasi, dinamitera. Más que un ataque es una aceleración a 50 kilómetros de la llegada, pues nadie le cede un metro a la ciclista catalana, siempre pimpante en el primer grupo, siempre con Elisa Longo Borghini, una sombra tricolor, en su chepa, protegida del viento. Todo está estudiado. Hasta el juego está planificado en el UAE. Es el día de las guerrilleras. El día de la campeona italiana que quiere borrar de su memoria el sufrimiento de la contrarreloj y el llano hacia el Mont Brouilly del miércoles y cuando la francesa local ataca en el pueblo de Saint Félicien, a mitad del descenso, se pega a su rueda y se larga. Quedan 31 kilómetros para la meta. Se pone en cabeza del grupito de seis que se forma y sin mirar atrás, sin rencores ni cálculos, tira a toda máquina por valles y collados. Nunca gozan de más de 30s de ventaja, pero gracias a ella no enlaza el pelotón de la líder, Marlen Reusser, donde las ráfagas de Demi Vollering sobresaltan a quienes preferirían dormir, y despierta bien a la suiza del Movistar, que roza la caída en una curva de un descenso. Llega exhausta a la última recta, donde la africana Kim le Court, campeona de Mauricio, esprinta fácil, imparable, con la misma energía y velocidad con la que ganó el año pasado la Lieja.
Después, todas y todos hablan del viernes, del Ventoux. Hasta Longo, guerrillera de escaramuzas, que se borra de la gran batalla del Tour. “He disfrutado en el descenso”, dice la ciclista que privó a Blasi del liderazgo del equipo. “Ha estado genial. La verdad es que el Ventoux me importa un comino. Pase lo que pase no deja de ser una carrera en bicicleta. Y tampoco me ha importado que ninguna me diera un relevo. Solo me apetecía ir a bloque todo el tiempo, sin pensar en el resultado”.
El Tour, el duelo Reusser-Vollering, se decidirá en un ascenso a la luna por los senderos sagrados del Mont Ventoux, donde el viento roba el oxígeno a quienes allí se aventuran. Teatro sin sombras entre piedras de un blanco atómico, afiladas, amenazantes, promesa de sed y dolor, en el que los hombres han representado y vivido locuras, tragedias, dramas, comedias, los sobresaltos en los que se entreteje la vida, y también el Tour. Y la muerte que roza en 1955 a Ferdi Kubler y a Louis Malléjac, ahítos de anfetaminas y calor, y antes de desmayarse en la cumbre y ser socorridos con más caras de oxígeno que les devuelven a la vida, mantienen un diálogo shakesperiano, “ten cuidado, Kubler, el Ventoux no es un monte como los demás”; “¡ah!, tampoco Kubler es un ciclista como los demás”. La muerte no se aleja más que unos años, y alcanza de pleno a Tom Simpson, con los mismos ingredientes, en 1967. Ascendiendo el Ventoux Nairo Quintana pasó de halcón a gorrioncillo en un nada, Julito Jiménez recibió en el pecho el impacto de una herrada de hierro de unos aficionados que no se privaron de arrojarle agua refrescante y recipiente todo en el mismo impulso, Merckx se descubrió la cabeza, reverencial, al pasar ante la placa que recuerda la muerte de Simpson y después pide una botella de oxígeno para respirar, y Froome, bici averiada, corre a pie hasta el Chalet Reynard, donde el bosque termina, y comienza el sufrimiento.
El calor en el llano provenzal con viento de lado intenso y sin aliento, senderos de óxido de hierro, muy rojo, campos de lavanda olorosa y morada y al fondo, el Ventoux, el monstruo, tan extraño siempre, tan ajeno al paisaje que dominan desde sus casi 2.000m, tan difíciles de escalar que más de un cuarto de siglo después Joane Somarriba aún resopla cuando hace memoria del Tour del 99, en la que lo ascendió y enfermó después. “Me acuerdo del calor y del paisaje blanco de piedra sin vegetación”, rememora la ciclista vizcaína, triple campeona (2000, 2001 y 2003) de una carrera que entonces, por razones de copyright, se llamaba Grande Boucle femenina. “Y no se me olvidará nunca, sobre todo, la torre meteorológica de la cima, que la veías cercana, casi al alcance de la mano, pero todavía quedaban kilómetros exigentes. Es un puerto que te obliga a conocerte y a gestionar muy bien el esfuerzo”. La etapa terminó en el valle, después de descender por la ladera norte, la del monte sereno, hasta Valréas, donde, después de más de cuatro horas de etapa, Somarriba quedó tercera, un detalle que ella ya había olvidado.
En 2026, por primera vez, las mujeres esprintarán para jugarse la victoria, y quizás también el Tour, en la cima, suspirando sin respiro hasta la antena de transmisiones. Lucha de experiencia y vatios por kilo. Los hombres suben los 15,9 kilómetros al 8,6% desde Saint Estève hasta los 1.910 metros de la antena en poco más de tres cuartos de hora, a 21,300 kilómetros por hora, como Pogacar, el recordman (47m 30s en 2025), mientras que de las mujeres aún no hay registros en competición, pero se espera que las mejores lo hagan rondando los 50 minutos, a 19,370 kilómetros por hora. Un esfuerzo largo en el que Vollering, relampagueante, lucirá los 5,1 vatios por kilo con los que mató a Van Vleuten para ganar el Tour del 23 en el Tourmalet; mientras que Reusser, que renunció a subirlo entrenando, nunca ha mostrado tal potencia durante tanto tiempo. Ella asegura que su pasado no es un dato –trabajo de gregaria, caídas, covid prolongado…– y que está como nunca. “Tengo esos números”, asegura la corredora que contrarrelojea como Indurain y sube igual, sentada, fuerza tranquila. “Pero solo hablaré después de la carrera. Ahora tengo que recuperar, comer, comer, comer, dormir, comer, comer…”
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