Skip to content
VozUniversal | Periódico que le da voz a todo el universo
  • Portada
  • Internacional
  • Nacional
  • Sociedad
  • Economía
  • Deportes
  • Ciencia y Tecnología
  • Cultura
VozUniversal | Periódico que le da voz a todo el universo
VozUniversal | Periódico que le da voz a todo el universo
  • Portada
  • Internacional
  • Nacional
  • Sociedad
  • Economía
  • Deportes
  • Ciencia y Tecnología
  • Cultura
  • Entradas
  • Forums
  • Contacto
VozUniversal | Periódico que le da voz a todo el universo
  Cultura  Con el ruido en los talones
Cultura

Con el ruido en los talones

agosto 8, 2026
FacebookX TwitterPinterestLinkedInTumblrRedditVKWhatsAppEmail

Últimamente las personas van por la vida pensando que lo que escuchan es una suerte para los demás. Podría ser que fuera una casualidad, una moda o una mera desgracia pasajera, pero me temo que no tenemos nada que hacer. Decía Peláez en una de sus miradas que los teléfonos de ahora son tan inteligentes que servirán incluso para hacer llamadas. Mientras tanto, son para todo lo demás.Hay sonidos que forman parte del paisaje de un país . El vendedor de lotería cantando un número en la puerta de un mercado. El camarero golpeando la cafetera a las siete de la mañana. El silbato del revisor cuando el tren está a punto de salir, el afilador, el chatarrero, e incluso las discusiones de una pareja en un cuarto piso abierto de par en par, siempre han tenido algo de costumbrismo. Uno que, además, terminamos aceptando porque forma parte de la banda sonora de nuestra sociedad.Luego está el ruido que no pertenece a ningún sitio y, sin embargo, aparece en todos. Ese que llega sin preguntar. El que uno no ha elegido escuchar y acaba acompañándole durante todo el trayecto porque un desconocido ha decidido convertir su teléfono móvil en un altavoz municipal. No recuerdo cuándo empezó esta costumbre. Sospecho que fue poco a poco, como llegan todas las malas educaciones. Primero apareció alguien hablando con el manos libres mientras paseaba por la calle. Nos hizo gracia porque parecía un hombre que discutía solo. Después comenzaron los vídeos de las redes sociales reproduciéndose sin auriculares. Más tarde llegaron las videollamadas en mitad del autobús, las canciones en la playa, los mensajes de voz escuchados a un volumen suficiente para que media provincia pudiera enterarse de la ruptura sentimental de una pareja de Cuenca. Y así hasta hoy, que ya forma parte de todo. Sales de casa sin saber si vas a comprar el pan o a convertirte en confidente involuntario de la vida de alguien.Hay un personaje que todos conocemos . Está sentado en el autobús dos filas más atrás. Lleva el teléfono apoyado sobre la palma de la mano como quien transporta un canapé caliente en una boda. El altavoz escupe una conversación que jamás debió abandonar la intimidad de dos personas. Él responde elevando la voz, convencido de que la distancia se mide en decibelios: —No, mamá, dile al traumatólogo que no voy porque todavía tengo la pierna inflamada y me han salido unos granos con pus que cuando doy dos pasos se estallan y dejan mi pie lleno de crema agria. Toda la línea de autobús asiente mentalmente. Algunos ya empiezan a preocuparse por ese pie. Otros esperan que el especialista le cambie el tratamiento porque, después de veinte minutos, uno termina implicándose en la historia como si formara parte de la familia.Lo sorprendente no es que hable alto. Lo sorprendente es la absoluta naturalidad con la que convierte a cincuenta desconocidos en figurantes de una conversación privada. Nadie le ha pedido participar. Nadie conoce a su madre. Nadie necesita saber si el cuñado es podólogo o si la niña aprobó matemáticas en septiembre. Pero allí estamos todos, escuchando el atroz drama por capítulos mientras miramos por la ventanilla con resignación. En verano la especie se multiplica.Basta con que se acerquen a una playa para comprobar que el Mediterráneo ya no compite con el rumor de los barcos y las olas . Ahora tiene que hacerlo con un altavoz inalámbrico que reproduce la misma lista de canciones durante seis horas seguidas. Hay quien coloca la sombrilla, extiende la toalla, unta de crema a los niños y, antes incluso de tocar la arena con los pies, considera imprescindible que cuatrocientas personas escuchen exactamente la música que él ha seleccionado esa mañana. Siempre he pensado que escuchar música es una de las cosas más íntimas que existen. Cada uno tiene una banda sonora que le devuelve a una persona, a un verano o a una calle donde fue menos infeliz. Precisamente por eso resulta tan extraño encontrar individuos empeñados en imponer la suya a todo el mundo. Es como entrar en una biblioteca repartiendo fotografías de la primera comunión de los hijos.Lo mismo sucede en las terrazas . Hay mesas enteras donde cada vídeo empieza con el volumen al máximo. Da igual que el camarero esté tomando nota, que la pareja de al lado intente conversar o que una mujer lea el periódico después de comer. El algoritmo de un desconocido ha adquirido más importancia que la tranquilidad del resto. El teléfono inteligente nos permite hablar con cualquier rincón del planeta mientras olvidamos que a medio metro hay otra persona.No creo que esto tenga que ver con la tecnología. Tampoco con la edad. He visto chavales quitarse un auricular para no molestar y jubilados viendo vídeos de recetas como si estuvieran inaugurando la megafonía de Barajas. La educación nunca ha dependido de los años. Depende de esa vieja costumbre de levantar la vista y comprobar si alrededor hay alguien más a quien se puede dar el coñazo.Quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo ya no sea una casa frente al mar ni tiempo para disfrutarla. Empieza a parecerse mucho más a encontrar diez minutos de silencio en un mundo donde cada persona está convencida de que su conversación, su vídeo o su canción merecen convertirse en la banda sonora de la vida de los demás. Y cuando una sociedad pierde el respeto por el silencio, casi siempre es porque antes ha perdido algo mucho más importante: la conciencia de que no estamos solos, ¡maldito coñazo! Últimamente las personas van por la vida pensando que lo que escuchan es una suerte para los demás. Podría ser que fuera una casualidad, una moda o una mera desgracia pasajera, pero me temo que no tenemos nada que hacer. Decía Peláez en una de sus miradas que los teléfonos de ahora son tan inteligentes que servirán incluso para hacer llamadas. Mientras tanto, son para todo lo demás.Hay sonidos que forman parte del paisaje de un país . El vendedor de lotería cantando un número en la puerta de un mercado. El camarero golpeando la cafetera a las siete de la mañana. El silbato del revisor cuando el tren está a punto de salir, el afilador, el chatarrero, e incluso las discusiones de una pareja en un cuarto piso abierto de par en par, siempre han tenido algo de costumbrismo. Uno que, además, terminamos aceptando porque forma parte de la banda sonora de nuestra sociedad.Luego está el ruido que no pertenece a ningún sitio y, sin embargo, aparece en todos. Ese que llega sin preguntar. El que uno no ha elegido escuchar y acaba acompañándole durante todo el trayecto porque un desconocido ha decidido convertir su teléfono móvil en un altavoz municipal. No recuerdo cuándo empezó esta costumbre. Sospecho que fue poco a poco, como llegan todas las malas educaciones. Primero apareció alguien hablando con el manos libres mientras paseaba por la calle. Nos hizo gracia porque parecía un hombre que discutía solo. Después comenzaron los vídeos de las redes sociales reproduciéndose sin auriculares. Más tarde llegaron las videollamadas en mitad del autobús, las canciones en la playa, los mensajes de voz escuchados a un volumen suficiente para que media provincia pudiera enterarse de la ruptura sentimental de una pareja de Cuenca. Y así hasta hoy, que ya forma parte de todo. Sales de casa sin saber si vas a comprar el pan o a convertirte en confidente involuntario de la vida de alguien.Hay un personaje que todos conocemos . Está sentado en el autobús dos filas más atrás. Lleva el teléfono apoyado sobre la palma de la mano como quien transporta un canapé caliente en una boda. El altavoz escupe una conversación que jamás debió abandonar la intimidad de dos personas. Él responde elevando la voz, convencido de que la distancia se mide en decibelios: —No, mamá, dile al traumatólogo que no voy porque todavía tengo la pierna inflamada y me han salido unos granos con pus que cuando doy dos pasos se estallan y dejan mi pie lleno de crema agria. Toda la línea de autobús asiente mentalmente. Algunos ya empiezan a preocuparse por ese pie. Otros esperan que el especialista le cambie el tratamiento porque, después de veinte minutos, uno termina implicándose en la historia como si formara parte de la familia.Lo sorprendente no es que hable alto. Lo sorprendente es la absoluta naturalidad con la que convierte a cincuenta desconocidos en figurantes de una conversación privada. Nadie le ha pedido participar. Nadie conoce a su madre. Nadie necesita saber si el cuñado es podólogo o si la niña aprobó matemáticas en septiembre. Pero allí estamos todos, escuchando el atroz drama por capítulos mientras miramos por la ventanilla con resignación. En verano la especie se multiplica.Basta con que se acerquen a una playa para comprobar que el Mediterráneo ya no compite con el rumor de los barcos y las olas . Ahora tiene que hacerlo con un altavoz inalámbrico que reproduce la misma lista de canciones durante seis horas seguidas. Hay quien coloca la sombrilla, extiende la toalla, unta de crema a los niños y, antes incluso de tocar la arena con los pies, considera imprescindible que cuatrocientas personas escuchen exactamente la música que él ha seleccionado esa mañana. Siempre he pensado que escuchar música es una de las cosas más íntimas que existen. Cada uno tiene una banda sonora que le devuelve a una persona, a un verano o a una calle donde fue menos infeliz. Precisamente por eso resulta tan extraño encontrar individuos empeñados en imponer la suya a todo el mundo. Es como entrar en una biblioteca repartiendo fotografías de la primera comunión de los hijos.Lo mismo sucede en las terrazas . Hay mesas enteras donde cada vídeo empieza con el volumen al máximo. Da igual que el camarero esté tomando nota, que la pareja de al lado intente conversar o que una mujer lea el periódico después de comer. El algoritmo de un desconocido ha adquirido más importancia que la tranquilidad del resto. El teléfono inteligente nos permite hablar con cualquier rincón del planeta mientras olvidamos que a medio metro hay otra persona.No creo que esto tenga que ver con la tecnología. Tampoco con la edad. He visto chavales quitarse un auricular para no molestar y jubilados viendo vídeos de recetas como si estuvieran inaugurando la megafonía de Barajas. La educación nunca ha dependido de los años. Depende de esa vieja costumbre de levantar la vista y comprobar si alrededor hay alguien más a quien se puede dar el coñazo.Quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo ya no sea una casa frente al mar ni tiempo para disfrutarla. Empieza a parecerse mucho más a encontrar diez minutos de silencio en un mundo donde cada persona está convencida de que su conversación, su vídeo o su canción merecen convertirse en la banda sonora de la vida de los demás. Y cuando una sociedad pierde el respeto por el silencio, casi siempre es porque antes ha perdido algo mucho más importante: la conciencia de que no estamos solos, ¡maldito coñazo!  

Últimamente las personas van por la vida pensando que lo que escuchan es una suerte para los demás. Podría ser que fuera una casualidad, una moda o una mera desgracia pasajera, pero me temo que no tenemos nada que hacer. Decía Peláez en una de … sus miradas que los teléfonos de ahora son tan inteligentes que servirán incluso para hacer llamadas. Mientras tanto, son para todo lo demás.

Hay sonidos que forman parte del paisaje de un país. El vendedor de lotería cantando un número en la puerta de un mercado. El camarero golpeando la cafetera a las siete de la mañana. El silbato del revisor cuando el tren está a punto de salir, el afilador, el chatarrero, e incluso las discusiones de una pareja en un cuarto piso abierto de par en par, siempre han tenido algo de costumbrismo. Uno que, además, terminamos aceptando porque forma parte de la banda sonora de nuestra sociedad.

Luego está el ruido que no pertenece a ningún sitio y, sin embargo, aparece en todos. Ese que llega sin preguntar. El que uno no ha elegido escuchar y acaba acompañándole durante todo el trayecto porque un desconocido ha decidido convertir su teléfono móvil en un altavoz municipal. No recuerdo cuándo empezó esta costumbre. Sospecho que fue poco a poco, como llegan todas las malas educaciones. Primero apareció alguien hablando con el manos libres mientras paseaba por la calle. Nos hizo gracia porque parecía un hombre que discutía solo. Después comenzaron los vídeos de las redes sociales reproduciéndose sin auriculares. Más tarde llegaron las videollamadas en mitad del autobús, las canciones en la playa, los mensajes de voz escuchados a un volumen suficiente para que media provincia pudiera enterarse de la ruptura sentimental de una pareja de Cuenca. Y así hasta hoy, que ya forma parte de todo. Sales de casa sin saber si vas a comprar el pan o a convertirte en confidente involuntario de la vida de alguien.

Noticia relacionada


  • La revolución del pezón sobre la ración de calamares

    Crónicas de civismo derretido

    • Más noticias

      Pepe Begines: «A Camarón le encantaba venir a los conciertos de No me pises que llevo chanclas»

      agosto 12, 2026

      Hotel para niños

      agosto 9, 2026

      Talavante triunfa en Palma entre abanicos

      agosto 6, 2026

      El niño de ‘Baby Shark’ vuelve 10 años después convertido en cantante de K-Pop

      agosto 12, 2026


      La revolución del pezón sobre la ración de calamares

    Alfonso J. Ussía

Hay un personaje que todos conocemos. Está sentado en el autobús dos filas más atrás. Lleva el teléfono apoyado sobre la palma de la mano como quien transporta un canapé caliente en una boda. El altavoz escupe una conversación que jamás debió abandonar la intimidad de dos personas. Él responde elevando la voz, convencido de que la distancia se mide en decibelios: —No, mamá, dile al traumatólogo que no voy porque todavía tengo la pierna inflamada y me han salido unos granos con pus que cuando doy dos pasos se estallan y dejan mi pie lleno de crema agria.

Toda la línea de autobús asiente mentalmente. Algunos ya empiezan a preocuparse por ese pie. Otros esperan que el especialista le cambie el tratamiento porque, después de veinte minutos, uno termina implicándose en la historia como si formara parte de la familia.

Lo sorprendente no es que hable alto. Lo sorprendente es la absoluta naturalidad con la que convierte a cincuenta desconocidos en figurantes de una conversación privada. Nadie le ha pedido participar. Nadie conoce a su madre. Nadie necesita saber si el cuñado es podólogo o si la niña aprobó matemáticas en septiembre. Pero allí estamos todos, escuchando el atroz drama por capítulos mientras miramos por la ventanilla con resignación. En verano la especie se multiplica.

Newsletter

Basta con que se acerquen a una playa para comprobar que el Mediterráneo ya no compite con el rumor de los barcos y las olas. Ahora tiene que hacerlo con un altavoz inalámbrico que reproduce la misma lista de canciones durante seis horas seguidas. Hay quien coloca la sombrilla, extiende la toalla, unta de crema a los niños y, antes incluso de tocar la arena con los pies, considera imprescindible que cuatrocientas personas escuchen exactamente la música que él ha seleccionado esa mañana. Siempre he pensado que escuchar música es una de las cosas más íntimas que existen. Cada uno tiene una banda sonora que le devuelve a una persona, a un verano o a una calle donde fue menos infeliz. Precisamente por eso resulta tan extraño encontrar individuos empeñados en imponer la suya a todo el mundo. Es como entrar en una biblioteca repartiendo fotografías de la primera comunión de los hijos.

Lo mismo sucede en las terrazas. Hay mesas enteras donde cada vídeo empieza con el volumen al máximo. Da igual que el camarero esté tomando nota, que la pareja de al lado intente conversar o que una mujer lea el periódico después de comer. El algoritmo de un desconocido ha adquirido más importancia que la tranquilidad del resto. El teléfono inteligente nos permite hablar con cualquier rincón del planeta mientras olvidamos que a medio metro hay otra persona.

No creo que esto tenga que ver con la tecnología. Tampoco con la edad. He visto chavales quitarse un auricular para no molestar y jubilados viendo vídeos de recetas como si estuvieran inaugurando la megafonía de Barajas. La educación nunca ha dependido de los años. Depende de esa vieja costumbre de levantar la vista y comprobar si alrededor hay alguien más a quien se puede dar el coñazo.

Quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo ya no sea una casa frente al mar ni tiempo para disfrutarla. Empieza a parecerse mucho más a encontrar diez minutos de silencio en un mundo donde cada persona está convencida de que su conversación, su vídeo o su canción merecen convertirse en la banda sonora de la vida de los demás. Y cuando una sociedad pierde el respeto por el silencio, casi siempre es porque antes ha perdido algo mucho más importante: la conciencia de que no estamos solos, ¡maldito coñazo!

 RSS de noticias de cultura

FacebookX TwitterPinterestLinkedInTumblrRedditVKWhatsAppEmail
Las memorias de una superviviente de la era dorada (y oscura) de Hollywood: Mamie Van Doren
Chema Alonso: «Las remontadas comienzan mucho antes, cuando uno se prepara para los momentos duros»
Leer también
Deportes

Messi regresa al campo de juego con el Inter Miami tras la muerte de su padre

agosto 13, 2026
Economía

El IPC se dispara al 3,6% en julio, una décima más de lo previsto, y el Gobierno frena la retirada de las ayudas al gasóleo

agosto 13, 2026
Sociedad

Pau Gasol, 46 años, sobre sus estudios universitarios: «A mi madre le dolió que dejara la carrera de Medicina por el baloncesto. Fue un momento difícil para todos»

agosto 13, 2026
Sociedad

Joan Manuel Serrat, 82 años: «Desayuno un café solo, negro y bien puesto. No necesito más para que el motor empiece a rodar»

agosto 13, 2026
Internacional

Farage contra el Conde Cubo de Basura: el líder ultra fuerza la elección con más candidatos en la historia del Parlamento británico

agosto 13, 2026
Nacional

Incendios: la prevención es la clave

agosto 13, 2026
Cargar más
Novedades

Messi regresa al campo de juego con el Inter Miami tras la muerte de su padre

agosto 13, 2026

El IPC se dispara al 3,6% en julio, una décima más de lo previsto, y el Gobierno frena la retirada de las ayudas al gasóleo

agosto 13, 2026

Pau Gasol, 46 años, sobre sus estudios universitarios: «A mi madre le dolió que dejara la carrera de Medicina por el baloncesto. Fue un momento difícil para todos»

agosto 13, 2026

Joan Manuel Serrat, 82 años: «Desayuno un café solo, negro y bien puesto. No necesito más para que el motor empiece a rodar»

agosto 13, 2026

Farage contra el Conde Cubo de Basura: el líder ultra fuerza la elección con más candidatos en la historia del Parlamento británico

agosto 13, 2026

Incendios: la prevención es la clave

agosto 13, 2026

Guía para ver las Perseidas 2026: cómo, dónde y cuándo contemplar las ‘Lágrimas de San Lorenzo’

agosto 13, 2026

Fabiola Martínez, 53 años, sobre los suplementos que toma a diario: «Gracias a ellos no enfermo con facilidad y tengo bastante energía»

agosto 13, 2026

Última hora del terremoto en Colombia, en directo | Asciende a 265 la cifra de muertos por el terremoto en Colombia

agosto 13, 2026

Rafa Nadal, 40 años: «Me levanto a las 6, llevo a mi hijo al colegio y voy al gimnasio antes de ir al trabajo. Entreno tres veces a la semana»

agosto 13, 2026

    VozUniversal

    © 2024 VozUniversal. Todos los derechos reservados.
    • Aviso Legal
    • Política de Cookies
    • Política de Privacidad
    • Contacto