La noche del 28 al 29 de junio de 1943, España celebraba una de sus primeras verbenas de San Pedro en paz, después de la guerra, y mi tío Joaquín aprovechó para pedirle matrimonio a tía Lola. Muy lejos, y mucho más joven, en aquella misma noche de verano, el niño Karl, cinco años camino de seis, vio cómo los ingleses bombardearon su ciudad de Colonia y se desmoronaba el edificio donde estaba su piso. Su padre, Georg, tuvo el instinto de huir por una pequeña puerta metálica que daba al jardín y así salvó a su familia de la muerte por aplastamiento. Más de 90 personas perdieron la vida y Karl nunca más ha olvidado la sangre y el polvo, los cuerpos en llamas, y cómo se hundía todo lo que amaba.Se quedaron sin más de lo que llevaban puesto y el padre les llevó a las afueras de la ciudad, donde tenía una pequeña parcela subterránea a modo de despensa de emergencia en la que guardaba algunas latas de comida y agua potable. Tomaron lo que pudieron cargar y se dirigieron a Leverkusen porque Georg era el director de importaciones de la Bayer en aquella planta. Entonces las fábricas importantes estaban cerca del río para favorecer el transporte fluvial de las mercancías, y al darse cuenta el padre de que era el único empleado que quedaba, porque los demás habían huido, escondió a su esposa e hijo en las dependencias de los trabajadores del turno de noche, donde había camas y pudieron descansar. Luego construyó una pequeña bandera blanca con un pañuelo y un palo y cruzó el río hasta donde la comandancia inglesa estaba. Se rindió y entregó simbólicamente la fábrica.Al principio los ingleses le tomaron como prisionero, pero sin esposarlo, y poco a poco entendieron que no era un enemigo y le incluyeron en las partidas de bridge y le daban cigarrillos. Con gran esfuerzo y sacrificio, y el regreso de algunos obreros, siempre controlados por los ingleses, bajo la dirección de Georg la fábrica fue volviendo a funcionar. No es un detalle menor que los ingleses se hubieran guardado estratégicamente de bombardearla, junto con las residencias del alrededor, que ocuparon como sus cómodas viviendas.El padre de Karl, conocido en el sector por su seriedad y eficacia, obtuvo el permiso de los ingleses para convertirse en el enlace comercial estratégico entre grandes proveedores y laboratorios locales de la próspera región del Rin-Neckar, y aunque él trabajaba en Mannheim, su esposa y Karl se instalaron en la mucho más agradable localidad de Heidelberg , a poco más de un cuarto de hora en coche.Cuatro años pasan tan rápido que parece que hayamos estado soñando, pero cuando nos preguntamos si el verano de nuestros hijos será suficientemente divertido, y si les damos lo necesario para que nos continúen queriendo, hay que empezar a responder por la verbena de San Pedro de 1943, en que el niño Karl vio a sus vecinos gritar y morir ardiendo, y llegar la noche del verano de 1954, cuando el hijo ya crecido, y a punto de ir a la universidad -su padre quería que conociera la legislación internacional e hiciera carrera diplomática, para alejarlo de los horrores locales- le pidió ir a cenar solos los dos. Y lo que Georg escuchó de su hijo fue que no quería irse a ninguna parte y que el mayor honor de su vida sería poder seguir sus pasos y llegar algún día a ser el gran hombre y padre que él había sido. La noche del 28 al 29 de junio de 1943, España celebraba una de sus primeras verbenas de San Pedro en paz, después de la guerra, y mi tío Joaquín aprovechó para pedirle matrimonio a tía Lola. Muy lejos, y mucho más joven, en aquella misma noche de verano, el niño Karl, cinco años camino de seis, vio cómo los ingleses bombardearon su ciudad de Colonia y se desmoronaba el edificio donde estaba su piso. Su padre, Georg, tuvo el instinto de huir por una pequeña puerta metálica que daba al jardín y así salvó a su familia de la muerte por aplastamiento. Más de 90 personas perdieron la vida y Karl nunca más ha olvidado la sangre y el polvo, los cuerpos en llamas, y cómo se hundía todo lo que amaba.Se quedaron sin más de lo que llevaban puesto y el padre les llevó a las afueras de la ciudad, donde tenía una pequeña parcela subterránea a modo de despensa de emergencia en la que guardaba algunas latas de comida y agua potable. Tomaron lo que pudieron cargar y se dirigieron a Leverkusen porque Georg era el director de importaciones de la Bayer en aquella planta. Entonces las fábricas importantes estaban cerca del río para favorecer el transporte fluvial de las mercancías, y al darse cuenta el padre de que era el único empleado que quedaba, porque los demás habían huido, escondió a su esposa e hijo en las dependencias de los trabajadores del turno de noche, donde había camas y pudieron descansar. Luego construyó una pequeña bandera blanca con un pañuelo y un palo y cruzó el río hasta donde la comandancia inglesa estaba. Se rindió y entregó simbólicamente la fábrica.Al principio los ingleses le tomaron como prisionero, pero sin esposarlo, y poco a poco entendieron que no era un enemigo y le incluyeron en las partidas de bridge y le daban cigarrillos. Con gran esfuerzo y sacrificio, y el regreso de algunos obreros, siempre controlados por los ingleses, bajo la dirección de Georg la fábrica fue volviendo a funcionar. No es un detalle menor que los ingleses se hubieran guardado estratégicamente de bombardearla, junto con las residencias del alrededor, que ocuparon como sus cómodas viviendas.El padre de Karl, conocido en el sector por su seriedad y eficacia, obtuvo el permiso de los ingleses para convertirse en el enlace comercial estratégico entre grandes proveedores y laboratorios locales de la próspera región del Rin-Neckar, y aunque él trabajaba en Mannheim, su esposa y Karl se instalaron en la mucho más agradable localidad de Heidelberg , a poco más de un cuarto de hora en coche.Cuatro años pasan tan rápido que parece que hayamos estado soñando, pero cuando nos preguntamos si el verano de nuestros hijos será suficientemente divertido, y si les damos lo necesario para que nos continúen queriendo, hay que empezar a responder por la verbena de San Pedro de 1943, en que el niño Karl vio a sus vecinos gritar y morir ardiendo, y llegar la noche del verano de 1954, cuando el hijo ya crecido, y a punto de ir a la universidad -su padre quería que conociera la legislación internacional e hiciera carrera diplomática, para alejarlo de los horrores locales- le pidió ir a cenar solos los dos. Y lo que Georg escuchó de su hijo fue que no quería irse a ninguna parte y que el mayor honor de su vida sería poder seguir sus pasos y llegar algún día a ser el gran hombre y padre que él había sido.
La noche del 28 al 29 de junio de 1943, España celebraba una de sus primeras verbenas de San Pedro en paz, después de la guerra, y mi tío Joaquín aprovechó para pedirle matrimonio a tía Lola. Muy lejos, y mucho más joven, en aquella … misma noche de verano, el niño Karl, cinco años camino de seis, vio cómo los ingleses bombardearon su ciudad de Colonia y se desmoronaba el edificio donde estaba su piso. Su padre, Georg, tuvo el instinto de huir por una pequeña puerta metálica que daba al jardín y así salvó a su familia de la muerte por aplastamiento. Más de 90 personas perdieron la vida y Karl nunca más ha olvidado la sangre y el polvo, los cuerpos en llamas, y cómo se hundía todo lo que amaba.
Se quedaron sin más de lo que llevaban puesto y el padre les llevó a las afueras de la ciudad, donde tenía una pequeña parcela subterránea a modo de despensa de emergencia en la que guardaba algunas latas de comida y agua potable.
Tomaron lo que pudieron cargar y se dirigieron a Leverkusen porque Georg era el director de importaciones de la Bayer en aquella planta. Entonces las fábricas importantes estaban cerca del río para favorecer el transporte fluvial de las mercancías, y al darse cuenta el padre de que era el único empleado que quedaba, porque los demás habían huido, escondió a su esposa e hijo en las dependencias de los trabajadores del turno de noche, donde había camas y pudieron descansar.
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Luego construyó una pequeña bandera blanca con un pañuelo y un palo y cruzó el río hasta donde la comandancia inglesa estaba. Se rindió y entregó simbólicamente la fábrica.
Al principio los ingleses le tomaron como prisionero, pero sin esposarlo, y poco a poco entendieron que no era un enemigo y le incluyeron en las partidas de bridge y le daban cigarrillos. Con gran esfuerzo y sacrificio, y el regreso de algunos obreros, siempre controlados por los ingleses, bajo la dirección de Georg la fábrica fue volviendo a funcionar. No es un detalle menor que los ingleses se hubieran guardado estratégicamente de bombardearla, junto con las residencias del alrededor, que ocuparon como sus cómodas viviendas.
El padre de Karl, conocido en el sector por su seriedad y eficacia, obtuvo el permiso de los ingleses para convertirse en el enlace comercial estratégico entre grandes proveedores y laboratorios locales de la próspera región del Rin-Neckar, y aunque él trabajaba en Mannheim, su esposa y Karl se instalaron en la mucho más agradable localidad de Heidelberg, a poco más de un cuarto de hora en coche.
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Cuatro años pasan tan rápido que parece que hayamos estado soñando, pero cuando nos preguntamos si el verano de nuestros hijos será suficientemente divertido, y si les damos lo necesario para que nos continúen queriendo, hay que empezar a responder por la verbena de San Pedro de 1943, en que el niño Karl vio a sus vecinos gritar y morir ardiendo, y llegar la noche del verano de 1954, cuando el hijo ya crecido, y a punto de ir a la universidad -su padre quería que conociera la legislación internacional e hiciera carrera diplomática, para alejarlo de los horrores locales- le pidió ir a cenar solos los dos. Y lo que Georg escuchó de su hijo fue que no quería irse a ninguna parte y que el mayor honor de su vida sería poder seguir sus pasos y llegar algún día a ser el gran hombre y padre que él había sido.
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