Truman Capote (Nueva Orleans, 1924; Los Ángeles, 1984) tenía entre manos una revolución. «Si tengo la suficiente paciencia, podría ser una especie de obra maestra», decía. Había leído en el periódico que habían asesinado a una familia en la América profunda, en uno de esos lugares donde nunca ocurre nada extraordinario, y se propuso contarlo. Pasó semanas hablando con la gente del pueblo, con los investigadores y llegó a entablar una relación estrecha con los asesinos, a quienes visitaba en la cárcel tras sobornar a un político. Había recopilado unas 4.000 páginas de anotaciones, documentos y transcripciones. «Esto es una gran obra, y por mucho que fracase, saldré ganando». ‘ A sangre fría ‘ sería lo nunca visto, según él, «una forma narrativa que empleara todas las técnicas del arte de la ficción, pero que, sin embargo, se ciñera escrupulosamente a los hechos». Un reportaje bien hecho necesitaba imaginación; el periodismo podía aspirar a una «dignidad artística». Lo llamó novela de no ficción. No es que fuera el primero en intentarlo; John Hersey, Lillian Ross, Rodolfo Walsh, Chaves Nogales habían experimentado antes con este formato, pero él elevó el género y se encargó de que todo el mundo lo supiera. Se suponía que el libro no le iba a haber dado tanta guerra. Había hecho el trabajo de reporteo, tenía la estructura de la novela en la cabeza y, hacia 1960, calculaba que en un año la habría terminado. Disfrutón como era, acostumbrado a quemar las noches de Nueva York, solo necesitaba tranquilidad. «El próximo jueves, día 22, llegamos a Le Havre. […] Después bajaremos hasta España, lo que nos llevará unos tres días. Os apunto la dirección de nuevo, solo para asegurarme de que la tengáis bien: ‘a/c J. Y. Millar, Calle Catifa, Palamós (Gerona), Costa Brava, España». Palamós, durante 18 meses repartidos en tres estancias entre 1960 y 1962, fue la habitación propia desde donde Capote escribió el último tercio de la novela. Y donde esperó y desesperó.Capote llegó a Palamós junto a su pareja, el escritor Jack Dunphy, y se instalaron durante unos días en el Hotel Trias, en la habitación que hoy figura como la 213, con vistas al mar. Luego alquilaron la casa del diplomático John Y. Millar –derribada en 2005– en la playa de la Catifa y después otro chalé en Platja d’Aro. Sus últimos meses en Palamós, ya en 1962, los pasaron en una casa blanca que gobierna Cala Sanià. Los actuales propietarios, la familia Ferrer-Salat, la han convertido en una residencia literaria.ABCLeila Guerriero , en ‘La dificultad del fantasma’ (Anagrama), hace un esfuerzo encomiable por documentar el pasado español de Capote, pues hay más leyendas que certezas y queda muy poca gente viva que lo conociera. Palamós apenas sale mencionado en las biografías del autor y solo habla del pueblo en unas pocas cartas. «Me levanto muy temprano, porque los pescadores salen al mar a las cinco de la mañana, y arman un jaleo tal que ni Rip Van Winkle podría seguir durmiendo. Pero me va bien para trabajar». Describía Palamós como un pueblo de pescadores donde el agua era «tan azul y cristalina como el ojo de una sirena».Del éxtasis a la depresiónDurante su estancia en Palamós Capote osciló entre dos estados mentales. Uno primero de cierto éxtasis: iba a escribir una obra maestra. «Nunca en la vida había trabajado tanto pero me va a salir un libro muy bueno». Después, desesperación: no podía escribir el final hasta que no colgaran a los asesinos. «Estoy hundido en la desesperación. Hay novedades muy lamentables. Ya hace año y medio que condenaron a los chicos, y ahora, de repente, a causa de alguna putada legal, parece que va a haber un nuevo juicio». La Costa Brava –«salvaje»– le pareció «una parte algo rara de España», que ya era «un país raro de por sí». Lo más bonito era que estaba muy pasado de moda: «Por aquí no viene nadie, ni quiere venir nadie, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvía alemanes».«Por aquí no viene nadie, ni quiere venir nadie, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvía alemanes»Capote aún hubo de esperar tres años más, hasta 1965, para que se ejecutara la sentencia contra los asesinos. «Me tengo que sacar el libro de encima pase lo que pase», escribió en una carta. «Nadie nunca sabrá lo que ‘A sangre fría’ se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió». Nunca volvió a escribir una novela completa, solo cuentos y perfiles. La fama que le sobrevino la gastó en fiestas. «Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio». Gastó su popularidad con ‘Plegarias atendidas’, una novela inacabada que le costó el repudio de la alta sociedad norteamericana . Víctima de sí mismo, Capote se autodestruyó. Murió a los 59 años, dieciocho después de publicar ‘A sangre fría’; «la obra más difícil que haya escrito en mi vida […] algo doloroso con lo que he convivido día y noche largo tiempo». Truman Capote (Nueva Orleans, 1924; Los Ángeles, 1984) tenía entre manos una revolución. «Si tengo la suficiente paciencia, podría ser una especie de obra maestra», decía. Había leído en el periódico que habían asesinado a una familia en la América profunda, en uno de esos lugares donde nunca ocurre nada extraordinario, y se propuso contarlo. Pasó semanas hablando con la gente del pueblo, con los investigadores y llegó a entablar una relación estrecha con los asesinos, a quienes visitaba en la cárcel tras sobornar a un político. Había recopilado unas 4.000 páginas de anotaciones, documentos y transcripciones. «Esto es una gran obra, y por mucho que fracase, saldré ganando». ‘ A sangre fría ‘ sería lo nunca visto, según él, «una forma narrativa que empleara todas las técnicas del arte de la ficción, pero que, sin embargo, se ciñera escrupulosamente a los hechos». Un reportaje bien hecho necesitaba imaginación; el periodismo podía aspirar a una «dignidad artística». Lo llamó novela de no ficción. No es que fuera el primero en intentarlo; John Hersey, Lillian Ross, Rodolfo Walsh, Chaves Nogales habían experimentado antes con este formato, pero él elevó el género y se encargó de que todo el mundo lo supiera. Se suponía que el libro no le iba a haber dado tanta guerra. Había hecho el trabajo de reporteo, tenía la estructura de la novela en la cabeza y, hacia 1960, calculaba que en un año la habría terminado. Disfrutón como era, acostumbrado a quemar las noches de Nueva York, solo necesitaba tranquilidad. «El próximo jueves, día 22, llegamos a Le Havre. […] Después bajaremos hasta España, lo que nos llevará unos tres días. Os apunto la dirección de nuevo, solo para asegurarme de que la tengáis bien: ‘a/c J. Y. Millar, Calle Catifa, Palamós (Gerona), Costa Brava, España». Palamós, durante 18 meses repartidos en tres estancias entre 1960 y 1962, fue la habitación propia desde donde Capote escribió el último tercio de la novela. Y donde esperó y desesperó.Capote llegó a Palamós junto a su pareja, el escritor Jack Dunphy, y se instalaron durante unos días en el Hotel Trias, en la habitación que hoy figura como la 213, con vistas al mar. Luego alquilaron la casa del diplomático John Y. Millar –derribada en 2005– en la playa de la Catifa y después otro chalé en Platja d’Aro. Sus últimos meses en Palamós, ya en 1962, los pasaron en una casa blanca que gobierna Cala Sanià. Los actuales propietarios, la familia Ferrer-Salat, la han convertido en una residencia literaria.ABCLeila Guerriero , en ‘La dificultad del fantasma’ (Anagrama), hace un esfuerzo encomiable por documentar el pasado español de Capote, pues hay más leyendas que certezas y queda muy poca gente viva que lo conociera. Palamós apenas sale mencionado en las biografías del autor y solo habla del pueblo en unas pocas cartas. «Me levanto muy temprano, porque los pescadores salen al mar a las cinco de la mañana, y arman un jaleo tal que ni Rip Van Winkle podría seguir durmiendo. Pero me va bien para trabajar». Describía Palamós como un pueblo de pescadores donde el agua era «tan azul y cristalina como el ojo de una sirena».Del éxtasis a la depresiónDurante su estancia en Palamós Capote osciló entre dos estados mentales. Uno primero de cierto éxtasis: iba a escribir una obra maestra. «Nunca en la vida había trabajado tanto pero me va a salir un libro muy bueno». Después, desesperación: no podía escribir el final hasta que no colgaran a los asesinos. «Estoy hundido en la desesperación. Hay novedades muy lamentables. Ya hace año y medio que condenaron a los chicos, y ahora, de repente, a causa de alguna putada legal, parece que va a haber un nuevo juicio». La Costa Brava –«salvaje»– le pareció «una parte algo rara de España», que ya era «un país raro de por sí». Lo más bonito era que estaba muy pasado de moda: «Por aquí no viene nadie, ni quiere venir nadie, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvía alemanes».«Por aquí no viene nadie, ni quiere venir nadie, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvía alemanes»Capote aún hubo de esperar tres años más, hasta 1965, para que se ejecutara la sentencia contra los asesinos. «Me tengo que sacar el libro de encima pase lo que pase», escribió en una carta. «Nadie nunca sabrá lo que ‘A sangre fría’ se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió». Nunca volvió a escribir una novela completa, solo cuentos y perfiles. La fama que le sobrevino la gastó en fiestas. «Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio». Gastó su popularidad con ‘Plegarias atendidas’, una novela inacabada que le costó el repudio de la alta sociedad norteamericana . Víctima de sí mismo, Capote se autodestruyó. Murió a los 59 años, dieciocho después de publicar ‘A sangre fría’; «la obra más difícil que haya escrito en mi vida […] algo doloroso con lo que he convivido día y noche largo tiempo».
Truman Capote (Nueva Orleans, 1924; Los Ángeles, 1984) tenía entre manos una revolución. «Si tengo la suficiente paciencia, podría ser una especie de obra maestra», decía. Había leído en el periódico que habían asesinado a una familia en la América profunda, en uno de esos … lugares donde nunca ocurre nada extraordinario, y se propuso contarlo. Pasó semanas hablando con la gente del pueblo, con los investigadores y llegó a entablar una relación estrecha con los asesinos, a quienes visitaba en la cárcel tras sobornar a un político. Había recopilado unas 4.000 páginas de anotaciones, documentos y transcripciones. «Esto es una gran obra, y por mucho que fracase, saldré ganando».
‘A sangre fría‘ sería lo nunca visto, según él, «una forma narrativa que empleara todas las técnicas del arte de la ficción, pero que, sin embargo, se ciñera escrupulosamente a los hechos». Un reportaje bien hecho necesitaba imaginación; el periodismo podía aspirar a una «dignidad artística». Lo llamó novela de no ficción. No es que fuera el primero en intentarlo; John Hersey, Lillian Ross, Rodolfo Walsh, Chaves Nogales habían experimentado antes con este formato, pero él elevó el género y se encargó de que todo el mundo lo supiera.
Se suponía que el libro no le iba a haber dado tanta guerra. Había hecho el trabajo de reporteo, tenía la estructura de la novela en la cabeza y, hacia 1960, calculaba que en un año la habría terminado. Disfrutón como era, acostumbrado a quemar las noches de Nueva York, solo necesitaba tranquilidad. «El próximo jueves, día 22, llegamos a Le Havre. […] Después bajaremos hasta España, lo que nos llevará unos tres días. Os apunto la dirección de nuevo, solo para asegurarme de que la tengáis bien: ‘a/c J. Y. Millar, Calle Catifa, Palamós (Gerona), Costa Brava, España».
Palamós, durante 18 meses repartidos en tres estancias entre 1960 y 1962, fue la habitación propia desde donde Capote escribió el último tercio de la novela. Y donde esperó y desesperó.
Capote llegó a Palamós junto a su pareja, el escritor Jack Dunphy, y se instalaron durante unos días en el Hotel Trias, en la habitación que hoy figura como la 213, con vistas al mar. Luego alquilaron la casa del diplomático John Y. Millar –derribada en 2005– en la playa de la Catifa y después otro chalé en Platja d’Aro. Sus últimos meses en Palamós, ya en 1962, los pasaron en una casa blanca que gobierna Cala Sanià. Los actuales propietarios, la familia Ferrer-Salat, la han convertido en una residencia literaria.

Leila Guerriero, en ‘La dificultad del fantasma’ (Anagrama), hace un esfuerzo encomiable por documentar el pasado español de Capote, pues hay más leyendas que certezas y queda muy poca gente viva que lo conociera. Palamós apenas sale mencionado en las biografías del autor y solo habla del pueblo en unas pocas cartas. «Me levanto muy temprano, porque los pescadores salen al mar a las cinco de la mañana, y arman un jaleo tal que ni Rip Van Winkle podría seguir durmiendo. Pero me va bien para trabajar». Describía Palamós como un pueblo de pescadores donde el agua era «tan azul y cristalina como el ojo de una sirena».
Del éxtasis a la depresión
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Durante su estancia en Palamós Capote osciló entre dos estados mentales. Uno primero de cierto éxtasis: iba a escribir una obra maestra. «Nunca en la vida había trabajado tanto pero me va a salir un libro muy bueno». Después, desesperación: no podía escribir el final hasta que no colgaran a los asesinos. «Estoy hundido en la desesperación. Hay novedades muy lamentables. Ya hace año y medio que condenaron a los chicos, y ahora, de repente, a causa de alguna putada legal, parece que va a haber un nuevo juicio».
La Costa Brava –«salvaje»– le pareció «una parte algo rara de España», que ya era «un país raro de por sí». Lo más bonito era que estaba muy pasado de moda: «Por aquí no viene nadie, ni quiere venir nadie, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvía alemanes».
«Por aquí no viene nadie, ni quiere venir nadie, excepto un montón de lecheros inglesuchos y de conductores de tranvía alemanes»
Capote aún hubo de esperar tres años más, hasta 1965, para que se ejecutara la sentencia contra los asesinos. «Me tengo que sacar el libro de encima pase lo que pase», escribió en una carta. «Nadie nunca sabrá lo que ‘A sangre fría’ se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió».
Nunca volvió a escribir una novela completa, solo cuentos y perfiles. La fama que le sobrevino la gastó en fiestas. «Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio». Gastó su popularidad con ‘Plegarias atendidas’, una novela inacabada que le costó el repudio de la alta sociedad norteamericana. Víctima de sí mismo, Capote se autodestruyó. Murió a los 59 años, dieciocho después de publicar ‘A sangre fría’; «la obra más difícil que haya escrito en mi vida […] algo doloroso con lo que he convivido día y noche largo tiempo».
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