Amanecía San Sebastián con lluvia y el festival, con las lágrimas del intenso drama de su película inaugural. El director turco-alemán Fatih Akin abría la Sección Oficial con ‘Ghost Song’, historia de futuros no vividos y oportunidades quebradas: dos jóvenes enamorados a punto de empezar la universidad a los que un accidente deja los sueños en un imposible. Una historia de fantasmas llena de poética y una película de amor impregnada de espiritualidad. Era, en realidad, la inauguración ideal: una película de primeras veces que nació de la imaginación de su hijo.El propio Akin lo explicó en la rueda de prensa: «Yo estaba en crisis y quería reinventarme, estaba atascado, sin evolucionar. Y mi hijo de diez años pensó en hacer una película sobre la amistad entre niños, en la que uno era un fantasma y el otro estaba vivo. Me gustó la idea de trabajar con niños y sueños. Entre medias hice otras películas, pero nunca olvidé esta idea. Luego mis hijos crecieron y con ellos los protagonistas, porque quería hacer una película que hablara de su generación».Los sueños, reconoció, son un terreno resbaladizo: «Salvo que seas Christopher Nolan, es muy difícil filmar los sueños porque las películas son sueños en sí. Me preguntaba cómo podía hacer que esto funcionara en una película». Le funciona porque, más allá del guion, Akin es uno de los directores europeos que mejor maneja la cámara. Si además como en esta ‘Ghost Song’, se le une la sensibilidad de la trama y la mirada arrebatadora de sus dos jóvenes protagonistas, el resultado es una más que aplaudible película inaugural para el festival de San Sebastián . Y eso que juega con algo, en apariencia, poco festivalero como es una historia de amor de dos chavales a punto de ir a la universidad y de un romanticismo exacerbado. Pero hay mucho también de mirada adulta al saber dejar ir, a la figura de las madres, al respeto a lo espiritual… La muerte del propio padre del director, hace dos años, impregnó la película de una dimensión más íntima todavía. «No pude ir a su funeral porque era en Turquía y estaba rodando. Durante un año me frustraba porque quería soñar con él y no pude; quería tener una última charla con él… nunca ocurrió. Ese deseo, la idea de confrontar a la muerte, de ver crecer a mis hijos… Todo eso estaba ahí», asegura.Fatih Akin ha contado que se crió en una familia islámica muy religiosa, aunque pronto cambió la mezquita por el cine. «Pero nunca perdí la conexión espiritual porque estaba dentro de mí, mis padres me lo inculcaron. Sigo siendo una persona espiritual», confesó, para asegurar que ha querido hacer una historia accesible para cristianos, judíos, musulmanes, budistas… «El cine debería traspasar fronteras», remató.Un cineasta políticoEn la película también entra en juego la política. La familia protagonista huyó de Siria y se instaló en Alemania, donde la hija mayor se enamora de un chico cuyo padre nació en Turquía. «Vivimos en un mundo con más falsas noticias que verdades. Hay un mundo en las redes sociales, el mundo de los políticos… Y luego está el mundo real, el de la calle, y me gusta salir y ver cómo hay chicas sirias y chicos turcos en el cine, en una fiesta, en el autobús… Esa es la realidad. Los políticos solo quieren llegar al poder por codicia. No quieren hacer un país mejor ni más limpio, solo quieren poder. Y quieren ese poder para expandir el miedo. Hoy es más fácil contagiar el miedo. Haces una guerra y buscas un enemigo. Antes fueron los judíos, ahora los musulmanes. Todo el mundo encuentra a alguien a quien culpar, pero yo creo que no hay nadie a quien culpar salvo a los políticos». Amanecía San Sebastián con lluvia y el festival, con las lágrimas del intenso drama de su película inaugural. El director turco-alemán Fatih Akin abría la Sección Oficial con ‘Ghost Song’, historia de futuros no vividos y oportunidades quebradas: dos jóvenes enamorados a punto de empezar la universidad a los que un accidente deja los sueños en un imposible. Una historia de fantasmas llena de poética y una película de amor impregnada de espiritualidad. Era, en realidad, la inauguración ideal: una película de primeras veces que nació de la imaginación de su hijo.El propio Akin lo explicó en la rueda de prensa: «Yo estaba en crisis y quería reinventarme, estaba atascado, sin evolucionar. Y mi hijo de diez años pensó en hacer una película sobre la amistad entre niños, en la que uno era un fantasma y el otro estaba vivo. Me gustó la idea de trabajar con niños y sueños. Entre medias hice otras películas, pero nunca olvidé esta idea. Luego mis hijos crecieron y con ellos los protagonistas, porque quería hacer una película que hablara de su generación».Los sueños, reconoció, son un terreno resbaladizo: «Salvo que seas Christopher Nolan, es muy difícil filmar los sueños porque las películas son sueños en sí. Me preguntaba cómo podía hacer que esto funcionara en una película». Le funciona porque, más allá del guion, Akin es uno de los directores europeos que mejor maneja la cámara. Si además como en esta ‘Ghost Song’, se le une la sensibilidad de la trama y la mirada arrebatadora de sus dos jóvenes protagonistas, el resultado es una más que aplaudible película inaugural para el festival de San Sebastián . Y eso que juega con algo, en apariencia, poco festivalero como es una historia de amor de dos chavales a punto de ir a la universidad y de un romanticismo exacerbado. Pero hay mucho también de mirada adulta al saber dejar ir, a la figura de las madres, al respeto a lo espiritual… La muerte del propio padre del director, hace dos años, impregnó la película de una dimensión más íntima todavía. «No pude ir a su funeral porque era en Turquía y estaba rodando. Durante un año me frustraba porque quería soñar con él y no pude; quería tener una última charla con él… nunca ocurrió. Ese deseo, la idea de confrontar a la muerte, de ver crecer a mis hijos… Todo eso estaba ahí», asegura.Fatih Akin ha contado que se crió en una familia islámica muy religiosa, aunque pronto cambió la mezquita por el cine. «Pero nunca perdí la conexión espiritual porque estaba dentro de mí, mis padres me lo inculcaron. Sigo siendo una persona espiritual», confesó, para asegurar que ha querido hacer una historia accesible para cristianos, judíos, musulmanes, budistas… «El cine debería traspasar fronteras», remató.Un cineasta políticoEn la película también entra en juego la política. La familia protagonista huyó de Siria y se instaló en Alemania, donde la hija mayor se enamora de un chico cuyo padre nació en Turquía. «Vivimos en un mundo con más falsas noticias que verdades. Hay un mundo en las redes sociales, el mundo de los políticos… Y luego está el mundo real, el de la calle, y me gusta salir y ver cómo hay chicas sirias y chicos turcos en el cine, en una fiesta, en el autobús… Esa es la realidad. Los políticos solo quieren llegar al poder por codicia. No quieren hacer un país mejor ni más limpio, solo quieren poder. Y quieren ese poder para expandir el miedo. Hoy es más fácil contagiar el miedo. Haces una guerra y buscas un enemigo. Antes fueron los judíos, ahora los musulmanes. Todo el mundo encuentra a alguien a quien culpar, pero yo creo que no hay nadie a quien culpar salvo a los políticos».
Amanecía San Sebastián con lluvia y el festival, con las lágrimas del intenso drama de su película inaugural. El director turco-alemán Fatih Akin abría la Sección Oficial con ‘Ghost Song’, historia de futuros no vividos y oportunidades quebradas: dos jóvenes enamorados a punto de … empezar la universidad a los que un accidente deja los sueños en un imposible. Una historia de fantasmas llena de poética y una película de amor impregnada de espiritualidad. Era, en realidad, la inauguración ideal: una película de primeras veces que nació de la imaginación de su hijo.
El propio Akin lo explicó en la rueda de prensa: «Yo estaba en crisis y quería reinventarme, estaba atascado, sin evolucionar. Y mi hijo de diez años pensó en hacer una película sobre la amistad entre niños, en la que uno era un fantasma y el otro estaba vivo. Me gustó la idea de trabajar con niños y sueños. Entre medias hice otras películas, pero nunca olvidé esta idea. Luego mis hijos crecieron y con ellos los protagonistas, porque quería hacer una película que hablara de su generación».
Los sueños, reconoció, son un terreno resbaladizo: «Salvo que seas Christopher Nolan, es muy difícil filmar los sueños porque las películas son sueños en sí. Me preguntaba cómo podía hacer que esto funcionara en una película». Le funciona porque, más allá del guion, Akin es uno de los directores europeos que mejor maneja la cámara. Si además como en esta ‘Ghost Song’, se le une la sensibilidad de la trama y la mirada arrebatadora de sus dos jóvenes protagonistas, el resultado es una más que aplaudible película inaugural para el festival de San Sebastián.
Y eso que juega con algo, en apariencia, poco festivalero como es una historia de amor de dos chavales a punto de ir a la universidad y de un romanticismo exacerbado. Pero hay mucho también de mirada adulta al saber dejar ir, a la figura de las madres, al respeto a lo espiritual… La muerte del propio padre del director, hace dos años, impregnó la película de una dimensión más íntima todavía. «No pude ir a su funeral porque era en Turquía y estaba rodando. Durante un año me frustraba porque quería soñar con él y no pude; quería tener una última charla con él… nunca ocurrió. Ese deseo, la idea de confrontar a la muerte, de ver crecer a mis hijos… Todo eso estaba ahí», asegura.
Fatih Akin ha contado que se crió en una familia islámica muy religiosa, aunque pronto cambió la mezquita por el cine. «Pero nunca perdí la conexión espiritual porque estaba dentro de mí, mis padres me lo inculcaron. Sigo siendo una persona espiritual», confesó, para asegurar que ha querido hacer una historia accesible para cristianos, judíos, musulmanes, budistas… «El cine debería traspasar fronteras», remató.
Un cineasta político
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En la película también entra en juego la política. La familia protagonista huyó de Siria y se instaló en Alemania, donde la hija mayor se enamora de un chico cuyo padre nació en Turquía. «Vivimos en un mundo con más falsas noticias que verdades. Hay un mundo en las redes sociales, el mundo de los políticos… Y luego está el mundo real, el de la calle, y me gusta salir y ver cómo hay chicas sirias y chicos turcos en el cine, en una fiesta, en el autobús… Esa es la realidad. Los políticos solo quieren llegar al poder por codicia. No quieren hacer un país mejor ni más limpio, solo quieren poder. Y quieren ese poder para expandir el miedo. Hoy es más fácil contagiar el miedo. Haces una guerra y buscas un enemigo. Antes fueron los judíos, ahora los musulmanes. Todo el mundo encuentra a alguien a quien culpar, pero yo creo que no hay nadie a quien culpar salvo a los políticos».
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