Adquirió relevancia la «posverdad» en 2016 al elegirla el Oxford English Dictionary como palabra del año. La RAE la definió como «aquella situación en la que los hechos objetivos son menos determinantes que la apelación a la emoción o a las creencias personales en el modelaje de la opinión pública». Con acierto, el académico Garrido Gallardo, apuntó: «Hemos tenido que llegar a las últimas estribaciones de la cultura moderna, de la cultura de la duda, a lo que llamamos posmodernidad, para que surja la posibilidad de llamar posverdad a la mentira ». La corrección política envolvía de connotaciones positivas una práctica habitual. Ya en 1946 Orwell escribió: «El lenguaje político busca que las mentiras suenen verdaderas y dar apariencia de solidez a lo que es puro viento». A Arendt le preocupaba algo que creía «relativamente reciente» y que hoy resulta familiar: «La manipulación masiva de los hechos en el trabajo de los creadores de imagen y la política gubernamental». Múltiples ejemplos demuestran que, parafraseando a Arendt, «la verdad y la política no se llevan bien» . Pero Pedro Sánchez es un modelo especialmente preocupante de esta relación que merece atención ante las próximas elecciones al subestimar muchos la eficacia en política del engaño asumiendo ya un vuelco que podría no producirse. La persuasión, esencial en democracia, no siempre persigue transmitir la verdad, sino la adhesión mediante la manipulación y la mentira. Estos son los ejes de la política de Sánchez desde que llegó al poder en 2018 con una moción de censura que, contra el espíritu constitucional, carecía de un nuevo programa de gobierno y una auténtica mayoría parlamentaria. La socióloga Diane Vaughan estudió la «normalización de la desviación» al prosperar una cultura complaciente con los extravíos legales y estándares sociales normalizándose las malas prácticas. Con esa filosofía política Sánchez ha llegado a legitimar probablemente una de las mayores muestras de corrupción en nuestra historia democrática: la compra de votos a cambio de amnistiar graves delitos y otorgar importantes concesiones a partidos nacionalistas que apoyan la violencia contra el Estado. La mentira es solo una de las técnicas con las que el político oculta información para atraer al electorado. La confusión intencionada , la neutralización de información negativa y el lenguaje eufemístico son otras usadas por Sánchez para encubrir que, como ha denunciado el profesor Antonio Elorza, hemos degenerado en «una democracia híbrida en la que el adversario pasa a ser un enemigo irreconciliable cuyo acceso al poder debe ser eliminado». Parte del electorado acepta esta lógica sectaria estigmatizando como derecha o ultraderecha a todo aquel que cuestiona o no comparte ideología. Los prejuicios y motivaciones del votante hacen que la fabricación de realidades alternativas por parte de sus dirigentes sea negada o tolerada pese a las disonancias cognitivas que pueda generarles. Así se ignora o subestima una política sobre la que la catedrática Araceli Mangas advirtió: «El refinamiento golpista de Polonia o Hungría es el modelo seguido por el Gobierno populista de Sánchez: apoderarse poco a poco de todos los poderes del Estado retorciendo o violentando de lleno la Constitución y las leyes de organización del Estado».El populismo prospera en sociedades que pierden su capacidad crítica al deteriorarse la educación cívica y política y agudizarse la polarización instigada desde instituciones que sustituyen el interés general por el partidista. Lo ilustran los ataques del PSOE a los jueces para ocultar condenas e investigaciones sin precedentes en nuestra democracia. En un contexto plagado de casos de corrupción, crisis de Estado como la de Ceuta, e incapacidad para gobernar, el beso de Sánchez a su esposa revela su forma de hacer política mediante el ocultamiento de información, la sentimentalización y la banalización de los valores y principios constitucionales. Magris alertó sobre la «política pop» en la que la imagen prevalece derivando en la «infantilización de la política». En 1922, Lippmann ya estableció que la opinión pública se conforma con estereotipos de carga emocional , imágenes mentales que sofocan una realidad incómoda cuando ésta intenta aflorar a la superficie. Cumplen esa función las cartas a la ciudadanía de Sánchez tras la imputación de su esposa, su cursi «te quiero» y sus pueriles recomendaciones en TikTok.«Es más fácil aceptar una simple mentira que una verdad compleja», señaló Tocqueville . La propaganda enmascara la realidad construyendo la verdad oficial con marcos discursivos que simplifican y distorsionan los hechos. El relato propagandístico no es veraz, pero sí verosímil para muchos electores. La impunidad de políticos condenados por graves delitos contra el Estado se travistió como «normalización», contraponiendo el «perdón» al «rencor» de ciudadanos respetuosos con la ley, humillados por una ley de amnistía que destacados constitucionalistas declaran inconstitucional. Como criticó uno de ellos, Javier Tajadura, el Gobierno convierte la obligación constitucional de presentar Presupuestos en una mera opción, ocultando que no hacerlo supone «violar la Constitución y un ataque sin precedentes al Parlamento, al que neutraliza privándole de ejercer su función». La ley de «memoria democrática» encubre el fraude electoral, oculto bajo una inexistente privación de derechos a quienes no participan como ciudadanos en la política española y que, por tanto, no deben beneficiarse del sufragio. Numerosos son los ejemplos, como alerta el magistrado Manuel Aragón, de un «parlamentarismo presidencialista» que ha ignorado las reglas preceptivas de la Constitución. La mentira en política facilita el abuso de poder e impide la necesaria alternancia y el pluralismo que constituyen la esencia de la democracia. Este es el enorme desafío que la sociedad española enfrenta en estas elecciones en las que está en juego la democracia misma. Adquirió relevancia la «posverdad» en 2016 al elegirla el Oxford English Dictionary como palabra del año. La RAE la definió como «aquella situación en la que los hechos objetivos son menos determinantes que la apelación a la emoción o a las creencias personales en el modelaje de la opinión pública». Con acierto, el académico Garrido Gallardo, apuntó: «Hemos tenido que llegar a las últimas estribaciones de la cultura moderna, de la cultura de la duda, a lo que llamamos posmodernidad, para que surja la posibilidad de llamar posverdad a la mentira ». La corrección política envolvía de connotaciones positivas una práctica habitual. Ya en 1946 Orwell escribió: «El lenguaje político busca que las mentiras suenen verdaderas y dar apariencia de solidez a lo que es puro viento». A Arendt le preocupaba algo que creía «relativamente reciente» y que hoy resulta familiar: «La manipulación masiva de los hechos en el trabajo de los creadores de imagen y la política gubernamental». Múltiples ejemplos demuestran que, parafraseando a Arendt, «la verdad y la política no se llevan bien» . Pero Pedro Sánchez es un modelo especialmente preocupante de esta relación que merece atención ante las próximas elecciones al subestimar muchos la eficacia en política del engaño asumiendo ya un vuelco que podría no producirse. La persuasión, esencial en democracia, no siempre persigue transmitir la verdad, sino la adhesión mediante la manipulación y la mentira. Estos son los ejes de la política de Sánchez desde que llegó al poder en 2018 con una moción de censura que, contra el espíritu constitucional, carecía de un nuevo programa de gobierno y una auténtica mayoría parlamentaria. La socióloga Diane Vaughan estudió la «normalización de la desviación» al prosperar una cultura complaciente con los extravíos legales y estándares sociales normalizándose las malas prácticas. Con esa filosofía política Sánchez ha llegado a legitimar probablemente una de las mayores muestras de corrupción en nuestra historia democrática: la compra de votos a cambio de amnistiar graves delitos y otorgar importantes concesiones a partidos nacionalistas que apoyan la violencia contra el Estado. La mentira es solo una de las técnicas con las que el político oculta información para atraer al electorado. La confusión intencionada , la neutralización de información negativa y el lenguaje eufemístico son otras usadas por Sánchez para encubrir que, como ha denunciado el profesor Antonio Elorza, hemos degenerado en «una democracia híbrida en la que el adversario pasa a ser un enemigo irreconciliable cuyo acceso al poder debe ser eliminado». Parte del electorado acepta esta lógica sectaria estigmatizando como derecha o ultraderecha a todo aquel que cuestiona o no comparte ideología. Los prejuicios y motivaciones del votante hacen que la fabricación de realidades alternativas por parte de sus dirigentes sea negada o tolerada pese a las disonancias cognitivas que pueda generarles. Así se ignora o subestima una política sobre la que la catedrática Araceli Mangas advirtió: «El refinamiento golpista de Polonia o Hungría es el modelo seguido por el Gobierno populista de Sánchez: apoderarse poco a poco de todos los poderes del Estado retorciendo o violentando de lleno la Constitución y las leyes de organización del Estado».El populismo prospera en sociedades que pierden su capacidad crítica al deteriorarse la educación cívica y política y agudizarse la polarización instigada desde instituciones que sustituyen el interés general por el partidista. Lo ilustran los ataques del PSOE a los jueces para ocultar condenas e investigaciones sin precedentes en nuestra democracia. En un contexto plagado de casos de corrupción, crisis de Estado como la de Ceuta, e incapacidad para gobernar, el beso de Sánchez a su esposa revela su forma de hacer política mediante el ocultamiento de información, la sentimentalización y la banalización de los valores y principios constitucionales. Magris alertó sobre la «política pop» en la que la imagen prevalece derivando en la «infantilización de la política». En 1922, Lippmann ya estableció que la opinión pública se conforma con estereotipos de carga emocional , imágenes mentales que sofocan una realidad incómoda cuando ésta intenta aflorar a la superficie. Cumplen esa función las cartas a la ciudadanía de Sánchez tras la imputación de su esposa, su cursi «te quiero» y sus pueriles recomendaciones en TikTok.«Es más fácil aceptar una simple mentira que una verdad compleja», señaló Tocqueville . La propaganda enmascara la realidad construyendo la verdad oficial con marcos discursivos que simplifican y distorsionan los hechos. El relato propagandístico no es veraz, pero sí verosímil para muchos electores. La impunidad de políticos condenados por graves delitos contra el Estado se travistió como «normalización», contraponiendo el «perdón» al «rencor» de ciudadanos respetuosos con la ley, humillados por una ley de amnistía que destacados constitucionalistas declaran inconstitucional. Como criticó uno de ellos, Javier Tajadura, el Gobierno convierte la obligación constitucional de presentar Presupuestos en una mera opción, ocultando que no hacerlo supone «violar la Constitución y un ataque sin precedentes al Parlamento, al que neutraliza privándole de ejercer su función». La ley de «memoria democrática» encubre el fraude electoral, oculto bajo una inexistente privación de derechos a quienes no participan como ciudadanos en la política española y que, por tanto, no deben beneficiarse del sufragio. Numerosos son los ejemplos, como alerta el magistrado Manuel Aragón, de un «parlamentarismo presidencialista» que ha ignorado las reglas preceptivas de la Constitución. La mentira en política facilita el abuso de poder e impide la necesaria alternancia y el pluralismo que constituyen la esencia de la democracia. Este es el enorme desafío que la sociedad española enfrenta en estas elecciones en las que está en juego la democracia misma.
Adquirió relevancia la «posverdad» en 2016 al elegirla el Oxford English Dictionary como palabra del año. La RAE la definió como «aquella situación en la que los hechos objetivos son menos determinantes que la apelación a la emoción o a las creencias personales en … el modelaje de la opinión pública».
Con acierto, el académico Garrido Gallardo, apuntó: «Hemos tenido que llegar a las últimas estribaciones de la cultura moderna, de la cultura de la duda, a lo que llamamos posmodernidad, para que surja la posibilidad de llamar posverdad a la mentira».
La corrección política envolvía de connotaciones positivas una práctica habitual. Ya en 1946 Orwell escribió: «El lenguaje político busca que las mentiras suenen verdaderas y dar apariencia de solidez a lo que es puro viento». A Arendt le preocupaba algo que creía «relativamente reciente» y que hoy resulta familiar: «La manipulación masiva de los hechos en el trabajo de los creadores de imagen y la política gubernamental». Múltiples ejemplos demuestran que, parafraseando a Arendt, «la verdad y la política no se llevan bien».
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Pero Pedro Sánchez es un modelo especialmente preocupante de esta relación que merece atención ante las próximas elecciones al subestimar muchos la eficacia en política del engaño asumiendo ya un vuelco que podría no producirse.
La persuasión, esencial en democracia, no siempre persigue transmitir la verdad, sino la adhesión mediante la manipulación y la mentira. Estos son los ejes de la política de Sánchez desde que llegó al poder en 2018 con una moción de censura que, contra el espíritu constitucional, carecía de un nuevo programa de gobierno y una auténtica mayoría parlamentaria. La socióloga Diane Vaughan estudió la «normalización de la desviación» al prosperar una cultura complaciente con los extravíos legales y estándares sociales normalizándose las malas prácticas. Con esa filosofía política Sánchez ha llegado a legitimar probablemente una de las mayores muestras de corrupción en nuestra historia democrática: la compra de votos a cambio de amnistiar graves delitos y otorgar importantes concesiones a partidos nacionalistas que apoyan la violencia contra el Estado.
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La mentira es solo una de las técnicas con las que el político oculta información para atraer al electorado. La confusión intencionada, la neutralización de información negativa y el lenguaje eufemístico son otras usadas por Sánchez para encubrir que, como ha denunciado el profesor Antonio Elorza, hemos degenerado en «una democracia híbrida en la que el adversario pasa a ser un enemigo irreconciliable cuyo acceso al poder debe ser eliminado».
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Parte del electorado acepta esta lógica sectaria estigmatizando como derecha o ultraderecha a todo aquel que cuestiona o no comparte ideología. Los prejuicios y motivaciones del votante hacen que la fabricación de realidades alternativas por parte de sus dirigentes sea negada o tolerada pese a las disonancias cognitivas que pueda generarles. Así se ignora o subestima una política sobre la que la catedrática Araceli Mangas advirtió: «El refinamiento golpista de Polonia o Hungría es el modelo seguido por el Gobierno populista de Sánchez: apoderarse poco a poco de todos los poderes del Estado retorciendo o violentando de lleno la Constitución y las leyes de organización del Estado».
El populismo prospera en sociedades que pierden su capacidad crítica al deteriorarse la educación cívica y política y agudizarse la polarización instigada desde instituciones que sustituyen el interés general por el partidista. Lo ilustran los ataques del PSOE a los jueces para ocultar condenas e investigaciones sin precedentes en nuestra democracia.
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«Es más fácil aceptar una simple mentira que una verdad compleja», señaló Tocqueville. La propaganda enmascara la realidad construyendo la verdad oficial con marcos discursivos que simplifican y distorsionan los hechos. El relato propagandístico no es veraz, pero sí verosímil para muchos electores. La impunidad de políticos condenados por graves delitos contra el Estado se travistió como «normalización», contraponiendo el «perdón» al «rencor» de ciudadanos respetuosos con la ley, humillados por una ley de amnistía que destacados constitucionalistas declaran inconstitucional.
Como criticó uno de ellos, Javier Tajadura, el Gobierno convierte la obligación constitucional de presentar Presupuestos en una mera opción, ocultando que no hacerlo supone «violar la Constitución y un ataque sin precedentes al Parlamento, al que neutraliza privándole de ejercer su función». La ley de «memoria democrática» encubre el fraude electoral, oculto bajo una inexistente privación de derechos a quienes no participan como ciudadanos en la política española y que, por tanto, no deben beneficiarse del sufragio. Numerosos son los ejemplos, como alerta el magistrado Manuel Aragón, de un «parlamentarismo presidencialista» que ha ignorado las reglas preceptivas de la Constitución.
La mentira en política facilita el abuso de poder e impide la necesaria alternancia y el pluralismo que constituyen la esencia de la democracia. Este es el enorme desafío que la sociedad española enfrenta en estas elecciones en las que está en juego la democracia misma.
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