En la esquina de la calle Alcalá con Narváez, junto a la plaza de Felipe II, se levanta un edificio de finales del siglo XIX, de fachada verdosa y rematado por un torreón. Su dirección actual es Alcalá, 96, aunque antes de la Guerra Civil figuraba con el número 102. Allí estuvo la última residencia madrileña de Federico García Lorca . Una placa conmemorativa recuerda que el poeta vivió en aquel inmueble entre 1933 y 1936. El edificio sigue en pie, pero la vivienda no está abierta al público ni existe constancia de que pueda visitarse como espacio histórico.Varias fuentes sitúan el piso de los García Lorca en la séptima planta. Fue uno de los domicilios fundamentales en la última etapa creadora del granaíno. Allí escribió el ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’ y concluyó ‘La casa de Bernarda Alba’. Desde aquella casa salió hacia Granada en julio de 1936, pocos días antes del golpe militar. Uno de los últimos visitantes fue Rafael Martínez Nadal, amigo íntimo del poeta, que dejó un testimonio de su despedida madrileña. Recordaba haber llegado al número 102 de Alcalá poco antes de las dos de la tarde y haber encontrado a Federico en un piso «alegre y alto», todavía vestido con un albornoz blanco. También el pintor y escenógrafo José Caballero visitó la vivienda para despedirse del escritor. Situó aquel encuentro el 13 de julio de 1936, entre el mediodía y las dos y media de la tarde. Hablaron de los decorados y figurines de ‘La casa de Bernarda Alba’, cuyo estreno se preparaba para el otoño. Federico García Lorca nunca regresó a aquella casa. Tras su asesinato en agosto de 1936, el piso quedó cerrado, con documentos, objetos personales y pertenencias familiares en su interior. Madrid entraba entonces en una situación de violencia e incertidumbre. El diplomático chileno Carlos Morla Lynch dejó constancia de aquel ambiente en sus diarios: «No hay ni leyes, ni autoridades, ni reglamentos». También describió las ocupaciones de viviendas deshabitadas: «Las casas vacías son inmediatamente ocupadas por familias fugitivas. La propiedad no existe».En octubre de 1936, Isabel García Lorca, hermana del poeta, preparaba su salida de España para reunirse con Francisco García Lorca en Bruselas. Antes de marcharse, encargó a Antonio Rodríguez Espinosa, antiguo maestro de Federico García Lorca y amigo de la familia, que acudiera al domicilio madrileño para recuperar cuanto fuera posible. Rodríguez Espinosa dejó testimonio de aquella visita en una carta dirigida a Francisco el 31 de octubre de 1936, conservada en el Archivo de la Fundación Federico García Lorca y reproducida por el investigador Christopher Maurer. En ella aparece un detalle extraordinario: «Cuando fui a la casa me encontré con que en la puerta había un cartel, puesto por la Brigada de Investigación, que decía lo siguiente: En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos respetarla». Antes de entrar, Rodríguez Espinosa acudió a la Dirección General de Seguridad para solicitar autorización. Dos agentes lo acompañaron hasta el piso. Dentro de un armario encontraron objetos de plata que Federico García Lorca había traído de Argentina, además de títulos y valores pertenecientes a su padre, Federico García Rodríguez. Los funcionarios levantaron un inventario detallado, que Rodríguez Espinosa firmó junto a ellos. Después trasladó los bienes al Banco de España, donde quedaron depositados. Entre los valores figuraba una cantidad que el propio Rodríguez Espinosa cifró en cien mil pesetas. Aunque el resguardo bancario fue expedido a su nombre, hizo constar ante el banco y la Dirección General de Seguridad que todo pertenecía al padre del escritor. Décadas después, aquel episodio reapareció en la exposición ‘Lorca y el archivo. Memoria en movimiento’. Hoy, quien llegue a Alcalá, 96, encontrará la fachada del edificio y la placa que recuerda al escritor. Nada más. Una puerta cerrada. Otra más, como la de la Casa de la familia Rosales en el número 1 de la calle Angulo, en Granada, de la que el escritor salió el 16 de agosto de 1936 con vigilancia policial y en dirección al Gobierno Civil de Granada. «En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos respetarla». La frase queda prendida en la mente, como un responso. En la esquina de la calle Alcalá con Narváez, junto a la plaza de Felipe II, se levanta un edificio de finales del siglo XIX, de fachada verdosa y rematado por un torreón. Su dirección actual es Alcalá, 96, aunque antes de la Guerra Civil figuraba con el número 102. Allí estuvo la última residencia madrileña de Federico García Lorca . Una placa conmemorativa recuerda que el poeta vivió en aquel inmueble entre 1933 y 1936. El edificio sigue en pie, pero la vivienda no está abierta al público ni existe constancia de que pueda visitarse como espacio histórico.Varias fuentes sitúan el piso de los García Lorca en la séptima planta. Fue uno de los domicilios fundamentales en la última etapa creadora del granaíno. Allí escribió el ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’ y concluyó ‘La casa de Bernarda Alba’. Desde aquella casa salió hacia Granada en julio de 1936, pocos días antes del golpe militar. Uno de los últimos visitantes fue Rafael Martínez Nadal, amigo íntimo del poeta, que dejó un testimonio de su despedida madrileña. Recordaba haber llegado al número 102 de Alcalá poco antes de las dos de la tarde y haber encontrado a Federico en un piso «alegre y alto», todavía vestido con un albornoz blanco. También el pintor y escenógrafo José Caballero visitó la vivienda para despedirse del escritor. Situó aquel encuentro el 13 de julio de 1936, entre el mediodía y las dos y media de la tarde. Hablaron de los decorados y figurines de ‘La casa de Bernarda Alba’, cuyo estreno se preparaba para el otoño. Federico García Lorca nunca regresó a aquella casa. Tras su asesinato en agosto de 1936, el piso quedó cerrado, con documentos, objetos personales y pertenencias familiares en su interior. Madrid entraba entonces en una situación de violencia e incertidumbre. El diplomático chileno Carlos Morla Lynch dejó constancia de aquel ambiente en sus diarios: «No hay ni leyes, ni autoridades, ni reglamentos». También describió las ocupaciones de viviendas deshabitadas: «Las casas vacías son inmediatamente ocupadas por familias fugitivas. La propiedad no existe».En octubre de 1936, Isabel García Lorca, hermana del poeta, preparaba su salida de España para reunirse con Francisco García Lorca en Bruselas. Antes de marcharse, encargó a Antonio Rodríguez Espinosa, antiguo maestro de Federico García Lorca y amigo de la familia, que acudiera al domicilio madrileño para recuperar cuanto fuera posible. Rodríguez Espinosa dejó testimonio de aquella visita en una carta dirigida a Francisco el 31 de octubre de 1936, conservada en el Archivo de la Fundación Federico García Lorca y reproducida por el investigador Christopher Maurer. En ella aparece un detalle extraordinario: «Cuando fui a la casa me encontré con que en la puerta había un cartel, puesto por la Brigada de Investigación, que decía lo siguiente: En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos respetarla». Antes de entrar, Rodríguez Espinosa acudió a la Dirección General de Seguridad para solicitar autorización. Dos agentes lo acompañaron hasta el piso. Dentro de un armario encontraron objetos de plata que Federico García Lorca había traído de Argentina, además de títulos y valores pertenecientes a su padre, Federico García Rodríguez. Los funcionarios levantaron un inventario detallado, que Rodríguez Espinosa firmó junto a ellos. Después trasladó los bienes al Banco de España, donde quedaron depositados. Entre los valores figuraba una cantidad que el propio Rodríguez Espinosa cifró en cien mil pesetas. Aunque el resguardo bancario fue expedido a su nombre, hizo constar ante el banco y la Dirección General de Seguridad que todo pertenecía al padre del escritor. Décadas después, aquel episodio reapareció en la exposición ‘Lorca y el archivo. Memoria en movimiento’. Hoy, quien llegue a Alcalá, 96, encontrará la fachada del edificio y la placa que recuerda al escritor. Nada más. Una puerta cerrada. Otra más, como la de la Casa de la familia Rosales en el número 1 de la calle Angulo, en Granada, de la que el escritor salió el 16 de agosto de 1936 con vigilancia policial y en dirección al Gobierno Civil de Granada. «En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos respetarla». La frase queda prendida en la mente, como un responso.
En la esquina de la calle Alcalá con Narváez, junto a la plaza de Felipe II, se levanta un edificio de finales del siglo XIX, de fachada verdosa y rematado por un torreón. Su dirección actual es Alcalá, 96, aunque antes de la Guerra Civil … figuraba con el número 102. Allí estuvo la última residencia madrileña de Federico García Lorca. Una placa conmemorativa recuerda que el poeta vivió en aquel inmueble entre 1933 y 1936. El edificio sigue en pie, pero la vivienda no está abierta al público ni existe constancia de que pueda visitarse como espacio histórico.
Varias fuentes sitúan el piso de los García Lorca en la séptima planta. Fue uno de los domicilios fundamentales en la última etapa creadora del granaíno. Allí escribió el ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’ y concluyó ‘La casa de Bernarda Alba’. Desde aquella casa salió hacia Granada en julio de 1936, pocos días antes del golpe militar. Uno de los últimos visitantes fue Rafael Martínez Nadal, amigo íntimo del poeta, que dejó un testimonio de su despedida madrileña. Recordaba haber llegado al número 102 de Alcalá poco antes de las dos de la tarde y haber encontrado a Federico en un piso «alegre y alto», todavía vestido con un albornoz blanco. También el pintor y escenógrafo José Caballero visitó la vivienda para despedirse del escritor. Situó aquel encuentro el 13 de julio de 1936, entre el mediodía y las dos y media de la tarde. Hablaron de los decorados y figurines de ‘La casa de Bernarda Alba’, cuyo estreno se preparaba para el otoño. Federico García Lorca nunca regresó a aquella casa. Tras su asesinato en agosto de 1936, el piso quedó cerrado, con documentos, objetos personales y pertenencias familiares en su interior. Madrid entraba entonces en una situación de violencia e incertidumbre. El diplomático chileno Carlos Morla Lynch dejó constancia de aquel ambiente en sus diarios: «No hay ni leyes, ni autoridades, ni reglamentos». También describió las ocupaciones de viviendas deshabitadas: «Las casas vacías son inmediatamente ocupadas por familias fugitivas. La propiedad no existe».
En octubre de 1936, Isabel García Lorca, hermana del poeta, preparaba su salida de España para reunirse con Francisco García Lorca en Bruselas. Antes de marcharse, encargó a Antonio Rodríguez Espinosa, antiguo maestro de Federico García Lorca y amigo de la familia, que acudiera al domicilio madrileño para recuperar cuanto fuera posible. Rodríguez Espinosa dejó testimonio de aquella visita en una carta dirigida a Francisco el 31 de octubre de 1936, conservada en el Archivo de la Fundación Federico García Lorca y reproducida por el investigador Christopher Maurer. En ella aparece un detalle extraordinario: «Cuando fui a la casa me encontré con que en la puerta había un cartel, puesto por la Brigada de Investigación, que decía lo siguiente: En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos respetarla». Antes de entrar, Rodríguez Espinosa acudió a la Dirección General de Seguridad para solicitar autorización. Dos agentes lo acompañaron hasta el piso. Dentro de un armario encontraron objetos de plata que Federico García Lorca había traído de Argentina, además de títulos y valores pertenecientes a su padre, Federico García Rodríguez. Los funcionarios levantaron un inventario detallado, que Rodríguez Espinosa firmó junto a ellos. Después trasladó los bienes al Banco de España, donde quedaron depositados. Entre los valores figuraba una cantidad que el propio Rodríguez Espinosa cifró en cien mil pesetas. Aunque el resguardo bancario fue expedido a su nombre, hizo constar ante el banco y la Dirección General de Seguridad que todo pertenecía al padre del escritor. Décadas después, aquel episodio reapareció en la exposición ‘Lorca y el archivo. Memoria en movimiento’. Hoy, quien llegue a Alcalá, 96, encontrará la fachada del edificio y la placa que recuerda al escritor. Nada más. Una puerta cerrada. Otra más, como la de la Casa de la familia Rosales en el número 1 de la calle Angulo, en Granada, de la que el escritor salió el 16 de agosto de 1936 con vigilancia policial y en dirección al Gobierno Civil de Granada. «En esta casa vivía el poeta Federico García Lorca. Milicianos respetarla». La frase queda prendida en la mente, como un responso.
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