
Se apellida Mustafa, pero es casi decorativo. Según el Instituto Nacional de Estadística hay otros 60 Abdellah en Ceuta, y si alguien necesita precisar que se refieren a él, bastan dos palabras a las que está indisolublemente unido: Sidi Embarek. Su barrio, en la periferia ceutí, del que es presidente vecinal desde 2022, donde levantó el campamento solidario de mujeres y niñas más grande tras el cruce masivo de migrantes. Ahora Abdellah recupera de cierta manera su apellido, porque así es como figurará en las papeletas como candidato al Senado por Ceuta en las próximas elecciones del 29-N.
El ceutí, de 26 años, gestionó el campamento solidario de mujeres de Sidi Embarek y ahora se suma en las listas de la coalición de izquierdas para la Cámara Alta
Se apellida Mustafa, pero es casi decorativo. Según el Instituto Nacional de Estadística hay otros 60 Abdellah en Ceuta, y si alguien necesita precisar que se refieren a él, bastan dos palabras a las que está indisolublemente unido: Sidi Embarek. Su barrio, en la periferia ceutí, del que es presidente vecinal desde 2022, donde levantó el campamento solidario de mujeres y niñas más grande tras el cruce masivo de migrantes. Ahora Abdellah recupera de cierta manera su apellido, porque así es como figurará en las papeletas como candidato al Senado por Ceuta en las próximas elecciones del 29-N.
Irá como independiente dentro de la coalición conjunta de Senado de Progreso de las formaciones de izquierdas, la primera vez que eso sucede en Cámara Alta y una colección de primeras veces también para él. Ceutí, musulmán, 26 años, el quinto de ocho hermanos y, hasta finales de julio, barrendero en la ciudad. Lo fue durante unos meses, pero su profesión es cocinero en un centro de personas con discapacidad. Ya había recibido ofertas para unirse a diferentes partidos de izquierdas, atraídos por su perfil combativo desde muy joven, pero las rechazaba porque quería centrarse en esas dos palabras que acompañan su nombre, y que son mucho más que el barrio en el que nació y creció. “En Sidi Embarek estaba todo por hacer. Desde el asociacionismo vecinal hemos luchado por lograr lo más básico, porque sigue siendo una zona que los poderes públicos han abandonado, marcada por la falta de equipamientos, la pobreza y el desempleo”, denuncia. Él mismo ha tenido que abandonarlo por la falta de viviendas asequibles y mudarse a El Príncipe, la barriada vecina con menor renta de España, donde vive de alquiler con su mujer.
Allí estaba cuando cuando más de 80.000 personas cruzaron ilegalmente la frontera y era imposible saber que cambiaría su vida para siempre. “En los barrios estábamos ya acostumbrados a asumir en nuestras calles el mayor flujo de migrantes, pero eso fue una avalancha”, recuerda. Ayudó a las fuerzas de seguridad a reunir a muchos de ellos para que regresaran a Marruecos, pero desde ese día se centró en responder a la emergencia de los más de 10.000 que se quedaron. Comenzando por los que, apenas dos días después, trataron de convertirlo en una cruzada racista. El 1 de agosto, Abdellah fue uno de los impulsores de la contramanifestación en respuesta a la visita a Ceuta del ultraderechista Alvise Pérez y el Grupo neonazi Núcleo Nacional, donde acudieron para convocar protestas con consignas xenófobas. “Los vecinos nos organizamos porque no íbamos a permitir que aprovecharan la situación con su islamofobia, vinieron a decirnos que los ceutíes musulmanes no éramos españoles. Les echamos, no toleramos sus lecciones de patriotismo”, recuerda. Rechaza llamar a los migrantes “invasores” o considerarles enemigos, y se centra en “la respuesta de valores humanos” que hay que darles una vez están aquí. “Yo mismo he animado y acompañado a miles a que volvieran a Marruecos, porque la ciudad estaba bloqueada ante la falta de respuestas, pero tampoco se les puede agredir y maltratar como ha ocurrido”, asegura.
Abdellah querría hablar de las necesidades de los barrios, del abandono institucional de las zonas más desfavorecidas de la ciudad autónoma, pero sabe que la instrumentalización política del cruce masivo ha desplazado la discusión hacia la cuestión identitaria. Tiene consignas, pero sobra con su propia experiencia, evidencia del multiculturalismo netamente ceutí: su barrio es de mayoría musulmana y sus mejores amigos son también cristianos, psicólogas, médicos, militares. Creció en un hogar con el ejemplo descomunal de su madre Karima, sin la que habría sido imposible lo que sucedió después. En su vida, y en Ceuta.

Respuesta solidaria
Tras la expulsión de Alvise de Ceuta, con la ciudad aún conteniendo el aliento con miles de migrantes vagando sin rumbo por las calles, Abdellah se encontró a dos menores migrantes, Jamnat y Zineb, a las que un grupo de hombres había tratado de violar de madrugada. Se enfrentó a los agresores y las acogió. En cuestión de horas ya no eran solo Jamnat y Zineb, y tampoco bastaba con una respuesta individual. Abdellah movilizó a la asociación de vecinos y habilitaron un pequeño campo de fútbol para acogerlas durante los primeros días de agosto. Se desbordó, de solidaridad y de mujeres y niñas migrantes. Cuando ya eran más de 300, las trasladaron a la explanada junto a la mezquita de Sidi Embarek, propiedad de la asociación Luna Blanca, y acabó coordinando la ayuda de una decena de entidades (Cruz Roja, ELIN, Médicos del Mundo, Mujeres en Zonas de Conflicto) para alimentar, proteger y asistir a más de 900 mujeres y niñas en total.
Lo que sigue parece historia contada pero no lo es. Porque tiene las dimensiones de todas las horas del día y de la noche que caben en los dos meses y medio en los que no solo Abdellah, sino toda su familia, no salieron de la carpa blanca de Sidi Embarek. No existía nada más. Su madre Karima y sus hermanas sostuvieron sobre los hombros la gestión del campamento, 300 mujeres en 300 metros cuadrados de alfombras que eran a la vez cama, refugio y un símbolo de la solidaridad vecinal, que estuvo a punto de quebrar.
Mientras Abdellah perdía kilos y paciencia buscando una respuesta por parte de los poderes públicos, su teléfono y su nombre sonaban por toda Ceuta. Atendía a periodistas y responsables políticos, pero raramente se sentaba con ellos, les despachaba con la atención intermitente de quien está a mil cosas. Siempre había algo más inminente que le subía en su patinete en dirección a otra parte: una entrega de comida, un conflicto en el campamento, otro grupo de menores a los que ya no tenía más capacidad para dar techo.
Hasta hace dos semanas. Tras dos meses y medio, el Gobierno trasladó el campamento de Sidi Embarek a una instalación oficial en Caballerías, pero ni siquiera el día del traslado, con la carpa vacía de mujeres, Abdellah lo tomó como un punto final. “Esto no ha acabado, aún queda mucho por hacer”, decía, enumerando las cuestiones pendientes tanto para la población migrante como para la de la periferia, que había asumido el grueso de la emergencia.
Descansó algunos días. Su mujer celebró cenar con él, no había vuelto a hacerlo desde julio. Pisó por primera vez el centro de Madrid, visitó el Congreso de los Diputados y la acampada por la vivienda de la Puerta del Sol. “Somos todos la misma lucha”, sentenció eufórico ante las tiendas. Y empezaron a sonar, más fuerte, los cantos de sirena de la política. Al principio se negó. Aunque su perfil político es tan trasparente como viral ―en Ceuta, es una pequeña celebridad de Tik-Tok― sentía que le debía militancia a su barrio, no a unas siglas. Rechazó las propuestas, pero algo se quedó bullendo entre sus muchas dudas. Desde el “pero si yo no tengo estudios” a las más severas que aún le atormentan.
Decisión de último minuto
“Me daba miedo que pensaran que quería capitalizar para mí toda la solidaridad de Sidi Embarek, como si ese campamento hubiera sido solo cosa mía, cuando yo solo fui otra pieza del trabajo de decenas de vecinos, de voluntarios, de ONG, de mi propia familia”, confiesa. Le asustaba el impacto que podría tener su salto a la política precisamente entre ellos, por mucho que todo el que haya cruzado tres instantes con él tenga la convicción de que sino hoy, mañana, acabaría dando un paso al frente.
No hubo nada concreto que le convenciera de aceptar a ir en las listas del Senado. Los miedos seguían y siguen ahí, pero la derecha empezó a escalar en intención de voto, y sentía que no podía quedarse de brazos cruzados. Tras masticarlo y volverlo a masticar, llamó a Enrique Santiago, diputado de Sumar y encargado de negociar las listas conjuntas con el PSOE a la Cámara Alta. Aceptaba, pero iría como independiente. Lo cual es correcto nominalmente, pero no atrapa cómo se siente Abdellah ante la papeleta. “Está mi nombre ahí, pero mi compromiso es con la periferia de Ceuta, con sus problemas. Llevarla al centro”, dice. Se refiere al centro del debate, de la ciudad, pero ahora también del país.
Asume esto como todo lo demás: con la certeza de que está todo por hacer. En las pasadas elecciones, poco más de 1.000 votos decidieron que la representación de la ciudad autónoma en el Senado la acaparase el Partido Popular, así que sabe que será difícil, aunque no inmanejable. “Pero no podemos ponérselo fácil a la ultraderecha”, dice, en relación al vaticinado auge de Vox. Se propone luchar contra las históricas cifras de abstención de las barriadas ceutíes, particularmente entre los jóvenes. Como él. Habla con pasión de las razones que explican ese desapego, y cada tanto cita un verso del rapero Morad: “Somos pobres, pero no pobrecitos”. Con él comparte generación, la nacionalidad española y la ascendencia marroquí. Pero Abdellah, por encima de todo, es ceutí. Y eso no es decorativo.
