La figura de Juan Belmonte era tan alargada que trascendió la tauromaquia. Viajero, ávido lector y amigo de personalidades como Valle-Inclán, Ortega y Gasset y Gregorio Marañón, de su vida se han vertido ríos de tinta. Quizá, de todo el contenido periodístico y literario escrito sobre él, la excelsa biografía publicada por Manuel Chaves Nogales sea el retrato más íntimo del torero sevillano. En una época en la que el fútbol y los deportes en general no copaban la atención de masas de la que gozan hoy, Juan Belmonte era el gran influencer español de su época.Tímido y célebre. Intelectual y hombre de campo. Millonario, pero nostálgico de su infancia pobre, en sus aventuras juveniles, cruzando las aguas mansas del Guadalquivir para torear reses en las dehesas con un saco de arpillera, se adivinaba la obsesión de Belmonte para escapar de su propio destino. Chaves Nogales captó que en esa contradicción residía la naturaleza fascinante de un personaje cuyas peripecias también trascendieron al otro lado del Atlántico. La esencia fatalista y dual del torero sevillano también fue captada por Hemingway. Pasar a la posteridad como el Pasmo de Triana, pese a haber nacido en la calle Feria, es buena prueba de ello. El poder de la literatura reside en la síntesis. Condensar un concepto en una palabra siempre es más eficaz que hacerlo en un párrafo. Ocurre algo similar con la tauromaquia. En este sentido, la literatura y el toreo pueden parecer disciplinas alejadas, pero la aparente simpleza de una verónica o la plasticidad de un quite suponen por lo general finalizar con éxito una faena. Y, a menudo, ahí habita la belleza.España en la literatura de HemingwayHemingway nació en Estados Unidos, pero su literatura abarca escenarios tan dispares como Michigan, Cuba, Italia, Francia, Key West y las cacerías de África. Sin embargo, en su círculo íntimo, situaba en su atlas persona l y por encima de todos los lugares que conformaban su extensa geografía a España, país al que consideraba su segunda patria y, sin duda, el que más influyó en su carrera.Sevilla no salió muy bien parada en sus textos, pero la amistad entre el torero y el novelista fue más allá de lo meramente artístico, tanto que la influencia de Belmonte sobrevuela buena parte de la obra de Hemingway. Considerarlo un referente en la tauromaquia moderna no fue suficiente. Según diversas fuentes, Hemingway llegó a pronunciar en una ocasión: «He conocido a dos genios. Uno fue Einstein. El otro, Juan Belmonte». La amistad entre ambos se fraguó sobre un profundo vínculo cimentado durante años, en base a una visión personal acerca del valor ante el peligro y una fascinación mutua por el arte. Eso le permitió al diestro sevillano guiar al literato estadounidense a través de los códigos más profundos de los toros y el alma española. Tanto, que su presencia tiene un amplio protagonismo en dos de sus obras. ‘Fiesta’, publicada en 1926, retrata la generación perdida anglosajona del toreo. Es una obra ambiciosa, en la que Hemingway busca las raíces de esa autenticidad en los Sanfermines de Pamplona a través de su protagonista, Jake Barnes. En ella, Juan Belmonte aparece retratado, ya en su madurez, como un héroe trágico que regresa al ruedo tras haber conseguido la gloria, contrastando con la juventud de Pedro Romero, el personaje inspirado en Cayetano Ordóñez .En 1932 llega ‘Muerte en la tarde’, una mezcla de ensayo y disertación filosófica sobre la valentía y la crueldad. Considerada por muchos una biblia profana de la tauromaquia, en esta obra analiza en profundidad el fenómeno Belmonte . Hemingway percibió el pulso literario en aquel torero de mirada triste. Al no poder usar con destreza sus débiles piernas, Belmonte obligaba al toro a pasar a su antojo por donde él quisiera. Parar, templar y mandar. Ese fue el nacimiento del toreo moderno.El Premio Nobel de Literatura en 1954, Ernest HemingwayHemingway y Belmonte pasearon su amistad por diversos escenarios de una Sevilla que hoy parece relegada al recuerdo. Quizá el más representativo sea el Hotel Colón (entonces Hotel Majestic), muy frecuentado tanto por toreros como por el propio novelista durante sus visitas a la capital hispalense, y por por cuyas habitaciones también pasaron Ava Gardner, Salvador Dalí y Pablo Picasso. Otro lugar emblemático visitado por el novelista y que merece mención especial es Casa Cuesta, en la calle Castilla, entonces llamada Casa Ruiz y a la que Hemingway en su obra póstuma ‘El verano peligroso’ llamó Casa Luis, confundiéndola con el nombre de su propietario. Sobre su barra de madera con rastros de tiza y azulejos de cerámica trianera, el autor de ‘Por quién doblan las campanas’ inmortalizó en 1959 las crónicas taurinas de Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez.Belmonte asistía con asiduidad al bar Los Corales , de la calle Sierpes, donde acudía una vez retirado y participaba en tertulias sobre la técnica taurina, el valor y el arte, aunque no se tiene constancia de que el escritor también lo visitara. De Belmonte se cuenta que, al enterarse del suicidio de Hemingway en 1961, pronunció un escueto: «Bien hecho». El destino les tenía deparado un final con paralelismos similares a los que une la tauromaquia y la literatura. El torero sevillano se quitó la vida sólo un año después. La figura de Juan Belmonte era tan alargada que trascendió la tauromaquia. Viajero, ávido lector y amigo de personalidades como Valle-Inclán, Ortega y Gasset y Gregorio Marañón, de su vida se han vertido ríos de tinta. Quizá, de todo el contenido periodístico y literario escrito sobre él, la excelsa biografía publicada por Manuel Chaves Nogales sea el retrato más íntimo del torero sevillano. En una época en la que el fútbol y los deportes en general no copaban la atención de masas de la que gozan hoy, Juan Belmonte era el gran influencer español de su época.Tímido y célebre. Intelectual y hombre de campo. Millonario, pero nostálgico de su infancia pobre, en sus aventuras juveniles, cruzando las aguas mansas del Guadalquivir para torear reses en las dehesas con un saco de arpillera, se adivinaba la obsesión de Belmonte para escapar de su propio destino. Chaves Nogales captó que en esa contradicción residía la naturaleza fascinante de un personaje cuyas peripecias también trascendieron al otro lado del Atlántico. La esencia fatalista y dual del torero sevillano también fue captada por Hemingway. Pasar a la posteridad como el Pasmo de Triana, pese a haber nacido en la calle Feria, es buena prueba de ello. El poder de la literatura reside en la síntesis. Condensar un concepto en una palabra siempre es más eficaz que hacerlo en un párrafo. Ocurre algo similar con la tauromaquia. En este sentido, la literatura y el toreo pueden parecer disciplinas alejadas, pero la aparente simpleza de una verónica o la plasticidad de un quite suponen por lo general finalizar con éxito una faena. Y, a menudo, ahí habita la belleza.España en la literatura de HemingwayHemingway nació en Estados Unidos, pero su literatura abarca escenarios tan dispares como Michigan, Cuba, Italia, Francia, Key West y las cacerías de África. Sin embargo, en su círculo íntimo, situaba en su atlas persona l y por encima de todos los lugares que conformaban su extensa geografía a España, país al que consideraba su segunda patria y, sin duda, el que más influyó en su carrera.Sevilla no salió muy bien parada en sus textos, pero la amistad entre el torero y el novelista fue más allá de lo meramente artístico, tanto que la influencia de Belmonte sobrevuela buena parte de la obra de Hemingway. Considerarlo un referente en la tauromaquia moderna no fue suficiente. Según diversas fuentes, Hemingway llegó a pronunciar en una ocasión: «He conocido a dos genios. Uno fue Einstein. El otro, Juan Belmonte». La amistad entre ambos se fraguó sobre un profundo vínculo cimentado durante años, en base a una visión personal acerca del valor ante el peligro y una fascinación mutua por el arte. Eso le permitió al diestro sevillano guiar al literato estadounidense a través de los códigos más profundos de los toros y el alma española. Tanto, que su presencia tiene un amplio protagonismo en dos de sus obras. ‘Fiesta’, publicada en 1926, retrata la generación perdida anglosajona del toreo. Es una obra ambiciosa, en la que Hemingway busca las raíces de esa autenticidad en los Sanfermines de Pamplona a través de su protagonista, Jake Barnes. En ella, Juan Belmonte aparece retratado, ya en su madurez, como un héroe trágico que regresa al ruedo tras haber conseguido la gloria, contrastando con la juventud de Pedro Romero, el personaje inspirado en Cayetano Ordóñez .En 1932 llega ‘Muerte en la tarde’, una mezcla de ensayo y disertación filosófica sobre la valentía y la crueldad. Considerada por muchos una biblia profana de la tauromaquia, en esta obra analiza en profundidad el fenómeno Belmonte . Hemingway percibió el pulso literario en aquel torero de mirada triste. Al no poder usar con destreza sus débiles piernas, Belmonte obligaba al toro a pasar a su antojo por donde él quisiera. Parar, templar y mandar. Ese fue el nacimiento del toreo moderno.El Premio Nobel de Literatura en 1954, Ernest HemingwayHemingway y Belmonte pasearon su amistad por diversos escenarios de una Sevilla que hoy parece relegada al recuerdo. Quizá el más representativo sea el Hotel Colón (entonces Hotel Majestic), muy frecuentado tanto por toreros como por el propio novelista durante sus visitas a la capital hispalense, y por por cuyas habitaciones también pasaron Ava Gardner, Salvador Dalí y Pablo Picasso. Otro lugar emblemático visitado por el novelista y que merece mención especial es Casa Cuesta, en la calle Castilla, entonces llamada Casa Ruiz y a la que Hemingway en su obra póstuma ‘El verano peligroso’ llamó Casa Luis, confundiéndola con el nombre de su propietario. Sobre su barra de madera con rastros de tiza y azulejos de cerámica trianera, el autor de ‘Por quién doblan las campanas’ inmortalizó en 1959 las crónicas taurinas de Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez.Belmonte asistía con asiduidad al bar Los Corales , de la calle Sierpes, donde acudía una vez retirado y participaba en tertulias sobre la técnica taurina, el valor y el arte, aunque no se tiene constancia de que el escritor también lo visitara. De Belmonte se cuenta que, al enterarse del suicidio de Hemingway en 1961, pronunció un escueto: «Bien hecho». El destino les tenía deparado un final con paralelismos similares a los que une la tauromaquia y la literatura. El torero sevillano se quitó la vida sólo un año después.
La figura de Juan Belmonte era tan alargada que trascendió la tauromaquia. Viajero, ávido lector y amigo de personalidades como Valle-Inclán, Ortega y Gasset y Gregorio Marañón, de su vida se han vertido ríos de tinta. Quizá, de todo el contenido periodístico y literario … escrito sobre él, la excelsa biografía publicada por Manuel Chaves Nogales sea el retrato más íntimo del torero sevillano. En una época en la que el fútbol y los deportes en general no copaban la atención de masas de la que gozan hoy, Juan Belmonte era el gran influencer español de su época.
Tímido y célebre. Intelectual y hombre de campo. Millonario, pero nostálgico de su infancia pobre, en sus aventuras juveniles, cruzando las aguas mansas del Guadalquivir para torear reses en las dehesas con un saco de arpillera, se adivinaba la obsesión de Belmonte para escapar de su propio destino. Chaves Nogales captó que en esa contradicción residía la naturaleza fascinante de un personaje cuyas peripecias también trascendieron al otro lado del Atlántico. La esencia fatalista y dual del torero sevillano también fue captada por Hemingway. Pasar a la posteridad como el Pasmo de Triana, pese a haber nacido en la calle Feria, es buena prueba de ello.
El poder de la literatura reside en la síntesis. Condensar un concepto en una palabra siempre es más eficaz que hacerlo en un párrafo. Ocurre algo similar con la tauromaquia. En este sentido, la literatura y el toreo pueden parecer disciplinas alejadas, pero la aparente simpleza de una verónica o la plasticidad de un quite suponen por lo general finalizar con éxito una faena. Y, a menudo, ahí habita la belleza.
España en la literatura de Hemingway
Hemingway nació en Estados Unidos, pero su literatura abarca escenarios tan dispares como Michigan, Cuba, Italia, Francia, Key West y las cacerías de África. Sin embargo, en su círculo íntimo, situaba en su atlas personal y por encima de todos los lugares que conformaban su extensa geografía a España, país al que consideraba su segunda patria y, sin duda, el que más influyó en su carrera.
Sevilla no salió muy bien parada en sus textos, pero la amistad entre el torero y el novelista fue más allá de lo meramente artístico, tanto que la influencia de Belmonte sobrevuela buena parte de la obra de Hemingway. Considerarlo un referente en la tauromaquia moderna no fue suficiente. Según diversas fuentes, Hemingway llegó a pronunciar en una ocasión: «He conocido a dos genios. Uno fue Einstein. El otro, Juan Belmonte». La amistad entre ambos se fraguó sobre un profundo vínculo cimentado durante años, en base a una visión personal acerca del valor ante el peligro y una fascinación mutua por el arte. Eso le permitió al diestro sevillano guiar al literato estadounidense a través de los códigos más profundos de los toros y el alma española. Tanto, que su presencia tiene un amplio protagonismo en dos de sus obras.
‘Fiesta’, publicada en 1926, retrata la generación perdida anglosajona del toreo. Es una obra ambiciosa, en la que Hemingway busca las raíces de esa autenticidad en los Sanfermines de Pamplona a través de su protagonista, Jake Barnes. En ella, Juan Belmonte aparece retratado, ya en su madurez, como un héroe trágico que regresa al ruedo tras haber conseguido la gloria, contrastando con la juventud de Pedro Romero, el personaje inspirado en Cayetano Ordóñez.
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En 1932 llega ‘Muerte en la tarde’, una mezcla de ensayo y disertación filosófica sobre la valentía y la crueldad. Considerada por muchos una biblia profana de la tauromaquia, en esta obra analiza en profundidad el fenómeno Belmonte. Hemingway percibió el pulso literario en aquel torero de mirada triste. Al no poder usar con destreza sus débiles piernas, Belmonte obligaba al toro a pasar a su antojo por donde él quisiera. Parar, templar y mandar. Ese fue el nacimiento del toreo moderno.

Hemingway y Belmonte pasearon su amistad por diversos escenarios de una Sevilla que hoy parece relegada al recuerdo. Quizá el más representativo sea el Hotel Colón (entonces Hotel Majestic), muy frecuentado tanto por toreros como por el propio novelista durante sus visitas a la capital hispalense, y por por cuyas habitaciones también pasaron Ava Gardner, Salvador Dalí y Pablo Picasso. Otro lugar emblemático visitado por el novelista y que merece mención especial es Casa Cuesta, en la calle Castilla, entonces llamada Casa Ruiz y a la que Hemingway en su obra póstuma ‘El verano peligroso’ llamó Casa Luis, confundiéndola con el nombre de su propietario. Sobre su barra de madera con rastros de tiza y azulejos de cerámica trianera, el autor de ‘Por quién doblan las campanas’ inmortalizó en 1959 las crónicas taurinas de Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez.
Belmonte asistía con asiduidad al bar Los Corales, de la calle Sierpes, donde acudía una vez retirado y participaba en tertulias sobre la técnica taurina, el valor y el arte, aunque no se tiene constancia de que el escritor también lo visitara. De Belmonte se cuenta que, al enterarse del suicidio de Hemingway en 1961, pronunció un escueto: «Bien hecho». El destino les tenía deparado un final con paralelismos similares a los que une la tauromaquia y la literatura. El torero sevillano se quitó la vida sólo un año después.
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