La arena blanca del Pantano de San Juan en Madrid luce ribeteada por una gruesa capa negra en todas sus orillas, como si el agua se resistiera a absorber los restos de la catástrofe. Son las cenizas del incendio que comenzó el pasado jueves, originado en la carretera M-501 cerca de San Martín de Valdeiglesias, y que en la madrugada alcanzó el perímetro de la zona recreativa del embalse. Las llamas se propagaron a toda velocidad por este entorno popularmente conocido como “la playa de Madrid”, más de 14 kilómetros de costa que seis días después muestran un escenario postapocalíptico. De forma premonitoria, una bandera tiznada de la comunidad de Madrid ondea chamuscada a la entrada del recinto, custodiado por varias patrullas de la Guardia Civil que impiden el acceso a los vecinos. Las barreras del parking de acceso están elevadas, una invitación al acceso que es exactamente lo contrario: la evidencia del desalojo.
El entorno luce desolado tras seis días cerrado y sin que nadie haya accedido a la zona
La arena blanca del Pantano de San Juan en Madrid luce ribeteada por una gruesa capa negra en todas sus orillas, como si el agua se resistiera a absorber los restos de la catástrofe. Son las cenizas del incendio que comenzó el pasado jueves, originado en la carretera M-501 cerca de San Martín de Valdeiglesias, y que en la madrugada alcanzó el perímetro de la zona recreativa del embalse. Las llamas se propagaron a toda velocidad por este entorno popularmente conocido como “la playa de Madrid”, más de 14 kilómetros de costa que seis días después muestran un escenario postapocalíptico. De forma premonitoria, una bandera tiznada de la comunidad de Madrid ondea chamuscada a la entrada del recinto, custodiado por varias patrullas de la Guardia Civil que impiden el acceso a los vecinos. Las barreras del parking de acceso están elevadas, una invitación al acceso que es exactamente lo contrario: la evidencia del desalojo.
El entorno se encuentra desolado, sin una sola persona en sus embarcaderos, chiringuitos ni patinetas acuáticas. El cartel de El ancla apenas es visible ya, y lo que fue una edificación vistosa hoy es un amasijo de hierros humeantes, que desafían al colapso bajo el sol inclemente de julio. A su lado, el Real Club Náutico de Madrid ha perdido su toque señorial, y varios hilos de materiales plásticos se desparraman hacia el agua donde hasta esta semana centenares de personas disfrutaban de las actividades acuáticas. Todo está envuelto por una neblina espesa, grisácea, el resultado de que el sol recaliente las cenizas y haga subir columnas de polvo de fuego.
Aunque la escena que da mejor cuenta de la voracidad del incendio está en plena playa, a apenas unos metros del agua: un reguero de kayaks, canoas y pequeñas embarcaciones perfectamente alineadas e idénticamente derretidas han formado una argamasa informe en la que no se distinguen unas de otras. El penetrante olor a plástico se vuelve irrespirable, especialmente en la zona de los chiringuitos y restaurantes, y las terrazas con vistas a la cala de Guisando son ahora un balcón al desastre. Dos pequeñas barcas completamente calcinadas flotan, aún amarradas, en la cala de Guisando. Minutos después, una de ellas se hunde definitivamente, y el negro se funde con el azul.
La imagen del pantano desierto es insólita, y su rumor también. No es un silencio completo; lo interrumpe el tintineo de los mástiles de los barcos recreativos que han sobrevivido y chocan entre ellos por el mismo viento que avivó las llamas. A las cinco de la tarde, cuando aún permanece prohibido el acceso al embalse porque el monte aún escupe humo, una familia consigue saltarse el cerco. Van pertrechados con ropa de baño y acceden deprisa hacia uno de los muelles, abriendo la cancela cuidando de no ser vistos. Suben en su barco y desaparecen por la lengua de agua, los únicos navegantes de un embalse inhabitado.
El inventario de daños es incuantificable: máquinas de bebidas calcinadas, contenedores, sofás chill out, sillas, carteles de barbacoas y decenas de aperos de navegación. Quizá por eso destaca más lo que ha logrado resistir: los patinetes acuáticos con sus toboganes multicolor y la máquina del parking que invita —obliga— al visitante a pagar a dos euros la hora su visita. Nada más tiene electricidad hasta donde alcanza la vista, pero ella sigue reclamando el pago.
Cruzando el monte calcinado, a pocos kilómetros del agua, el aspecto de las viviendas es un poco más esperanzador. En las urbanizaciones de Veracruz y Boca del Río, la mayoría de las casas sobreviven, aunque sus amplios jardines han corrido peor suerte. Los esfuerzos de las unidades de emergencias detuvieron las llamas antes de que arrasasen las viviendas, que ahora tienen una onda expansiva a su alrededor en lo que antes eran zonas verdes.
A la salida, en las riberas de la carretera de los pantanos, se desperdigan aún dotaciones de bomberos cada pocos metros. Aunque algunos de los vecinos de las poblaciones del entorno ya empiezan a regresar a sus casas, aún hay focos activos y muchos árboles se han derrumbado sobre el arcén, incapaces de resistir tras seis días de fuego.
