
Conchita tiene corazón. Uno robusto, sano, que hoy late con fuerza en su pecho. Pero hubo un tiempo en que no. Ni salud ni corazón. Hubo un tiempo, unos segundos infinitos, en que su caja torácica estuvo vacía. Fue durante una madrugada en la primavera de 2022, en un quirófano del Hospital Clínic de Barcelona, justo antes de que recibiera un trasplante. EL PAÍS estuvo ahí, cuando su viejo corazón dio su último compás y el nuevo órgano empezó a bombear en su pecho. De eso han pasado cuatro años y Concepción Barredo, Conchita, de 68 años, está mejor que nunca. “Mejor que años atrás, mejor que hace 20 años. El trasplante es vida”, dice.
La mujer, de 68 años, dice que la operación que le salvó la vida también le cambió la forma de ver el mundo: “Soy más sensible, valoro más las cosas”
Conchita tiene corazón. Uno robusto, sano, que hoy late con fuerza en su pecho. Pero hubo un tiempo en que no. Ni salud ni corazón. Hubo un tiempo, unos segundos infinitos, en que su caja torácica estuvo vacía. Fue durante una madrugada en la primavera de 2022, en un quirófano del Hospital Clínic de Barcelona, justo antes de que recibiera un trasplante. EL PAÍS estuvo ahí, cuando su viejo corazón dio su último compás y el nuevo órgano empezó a bombear en su pecho. De eso han pasado cuatro años y Concepción Barredo, Conchita, de 68 años, está mejor que nunca. “Mejor que años atrás, mejor que hace 20 años. El trasplante es vida”, dice.
Al otro lado del teléfono, desde su casa en Rubí (Barcelona), cuenta que ya no se acuerda de todo lo que ha pasado. Pero sí se acuerda, sí. Recuerda cómo su enfermedad, una miocardiopatía hipertrófica obstructiva —el corazón es demasiado grueso y no se llena ni se vacía lo suficiente para bombear bien la sangre—, fue empeorando de a poquito. Recuerda también la fatiga, cómo peinarse ya le cansaba. Y recuerda —¡cómo olvidarlo!— cuando la llamaron del hospital, 15 días después de entrar en lista de espera para un trasplante: “Me cogió de imprevisto. No me esperaba que hubiese un corazón para mí tan pronto. Me quedé tan parada… En el taxi al hospital, iba temblando. Cuando entré al Clínic, se me descompuso el cuerpo de los nervios”, relata.
La noticia de un corazón para Conchita llegó por la tarde. Un anuncio sorpresivo y urgente, escoltado siempre por la generosidad inmensa de una familia que aceptó donar los órganos de un familiar fallecido, recuerda Marta Farrero, cardióloga del Clínic: “Hay que poner en valor la donación. El trasplante es un trabajo en equipo del hospital, pero que involucra a toda la población”. En España el año pasado se realizaron 6.334 trasplantes gracias a los 2.547 donantes fallecidos y a otras 408 personas que dieron un órgano en vida.
De su operación, Conchita sabe lo que le contaron y lo que leyó en este diario: unas horas frenéticas, aparentemente caóticas pero perfectamente orquestadas, dos equipos médicos sincronizados para la extracción y la implantación del órgano; y luego, la impresión de esa caja torácica vacía, del viejo corazón agonizando en un plato y del nuevo empezando a latir perezoso ya en su pecho.









Costó ponerlo en vereda en esos primeros momentos, recuerda Manuel Castellà, jefe de cirugía cardiovascular del Clínic. “Dije que nos había hecho bailar un poco y así fue. La preocupación de verdad en los trasplantes es que ese corazón que está en una nevera recupere la función. Es la parte crítica”, explica. Eso y “la carrera contra el tiempo”: cuanto menos rato esté el nuevo corazón en isquemia (desconectado del cuerpo, sin riego sanguíneo), mejor. “Cuatro horas es el límite aceptable para estar tranquilos. Pero siempre vamos en contra del tiempo porque si podemos evitar 30 minutos, mejor”.
La intervención de Conchita, al borde del límite de las cuatro horas, fue un éxito. La vida, finalmente, se abrió paso de nuevo, pero la recuperación fue lenta, relata ahora la mujer: “El trasplante fue muy bien, pero luego, con la medicación, hasta que me la ajustaron bien, fue complicado. Y tuve que readaptarme a todo: tuve que volver a aprender a ponerme una cuchara en la boca, a tener estabilidad. Al principio, no me salían las palabras y me costó escribir, mi pulso era horrible”. Medio año largo le costó adaptarse a su nueva vida, cuenta.
Y hubo sustos. A los tres meses tuvo un rechazo y permaneció varias semanas ingresada. También sufrió una infección grave. “Cogí una bacteria y estuve malísima. Todo lo que habíamos hecho casi lo perdemos. Me costó más salir de esa bacteria que del trasplante”, explica emocionada.
Dice Farrero que el seguimiento del trasplante es para toda la vida y el riesgo de rechazo no se va nunca del todo. “Los trasplantes tienen un primer año difícil porque hay que ajustar la inmunosupresión, hacer un traje a medida y hay más riesgo de rechazo inmunológico e infecciones. Pero pasado ese primer año, parece que todo se recoloca y el traje a medida ya sienta bien”, resume.
El de Conchita le queda como un guante. Ahora ya sí. No sabe por cuánto tiempo —el órgano suele durar, de media, unos 10 o 12 años—, pero tampoco lo piensa mucho. Ella sigue con sus controles bianuales, mantiene unos hábitos sanos (camina por la mañana y por la tarde, come con moderación; “el alcohol, ni probarlo”) y aprovecha la vida. “Ha sido un cambio muy fuerte. Ahora lo veo todo diferente: me he vuelto más sensible, tengo otra perspectiva y valoro más las cosas importantes”.
Ha cambiado, por dentro y por fuera. Sus conocidos, dice, aún la paran por la calle y se lo dicen: “¡Quién te ha visto y quién te ve, Conchita!”. Está mejor que nunca. Mejor que hace 20 años.

