En la vida de los cubanos de a pie hay dos reglas no escritas. La primera es resolver —buscarse la vida como se pueda—. La segunda es no coger lucha. Es decir: mantener la entereza aunque todo esté mal. Pero en las últimas horas ambos preceptos se han llevado al límite. Asfixiados por las sanciones estadounidenses y acorralados por décadas de mala gestión, los isleños han visto cómo, incluso tras tocar fondo, siempre se abre un nuevo socavón. En cuestión de horas, el país ha sufrido el enésimo colapso total del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). El segundo en menos de un día, el séptimo en 2026 y el undécimo en los últimos dos años.
La isla, acostumbrada ya a una red inestable, acumula la séptima caída total del suministro en 2026
En la vida de los cubanos de a pie hay dos reglas no escritas. La primera es resolver —buscarse la vida como se pueda—. La segunda es no coger lucha. Es decir: mantener la entereza aunque todo esté mal. Pero en las últimas horas ambos preceptos se han llevado al límite. Asfixiados por las sanciones estadounidenses y acorralados por décadas de mala gestión, los isleños han visto cómo, incluso tras tocar fondo, siempre se abre un nuevo socavón. En cuestión de horas, el país ha sufrido el enésimo colapso total del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). El segundo en menos de un día, el séptimo en 2026 y el undécimo en los últimos dos años.
En Cuba, el país que ha sabido convivir con las anomalías mejor que nadie, encender una bombilla ya es un ejercicio de ficción. La prueba más reciente ocurrió el lunes. El nuevo apagón general, que ha dejado sin corriente a los nueve millones de habitantes de la isla, ocurrió mientras los operadores de la empresa estatal eléctrica trabajaban para restablecer el servicio tras la caída del SEN registrada en la noche del domingo. La compañía Unión Eléctrica (UNE) confirmó los peores presagios cuando apenas el 14% de La Habana —con unos dos millones de residentes— había recuperado la luz. En ese mismo fin de semana, el sistema energético había sufrido una desconexión parcial que dejó a la mitad de la isla a oscuras.
Es el cuento de nunca acabar. Los cubanos, con su sorna tan característica, ya jugaban desde antes con la idea de que es imposible distinguir entre un día normal y uno en el que el SEN colapsa. Milagros, de 38 años, madre de dos niñas y vecina de Matanzas (occidente), no se pudo enterar hasta mucho después de que la red había colapsado. “Se fue el sistema hace tres días. Eso fue lo que oí. En ese momento, cuando se cayó, no teníamos corriente. Y, al no tener corriente, no sabíamos si era de verdad. Los teléfonos móviles pierden los servicios, ya sea cobertura o conexión de datos. Dios no lo permita, pero pasa una emergencia y uno está incomunicado”, cuenta por teléfono a EL PAÍS.

Las caídas del SEN
Las caídas de la red no deben confundirse con los apagones. En el primer caso, el sistema colapsa, por lo que no se genera ni un solo megavatio (MW) en todo el territorio. Los cortes, por otro lado, ocurren cotidianamente. Se deben a que el país es incapaz de generar suficiente electricidad para cubrir el consumo. O bien por alguna falla puntual. En las últimas semanas, las interrupciones cotidianas superaron las 20 horas en La Habana y alcanzaron hasta las 72 horas seguidas —sí, tres días completos— en las demás provincias.
De acuerdo con el Gobierno, la última caída de la red fue a causa de “eventos meteorológicos” que provocaron afectaciones sobre el sistema, lo que incidió “directamente en las unidades generadoras que se encontraban en línea”. Para el experto cubano e investigador del Instituto de Energía de la Universidad de Texas Jorge Piñón los últimos problemas de la red “no son solamente fallas técnicas”, sino algo más preocupante. “[Las complicaciones han estado en] las líneas de transmisión, que en Cuba están conectadas unas con otras como fichas de dominó. Si tumbas la primera, todas caen. Puedes tener generación, pero si no tienes los cables para que esa electricidad llegue a sus consumidores, no te sirve de nada”, explica.
La campaña de máxima presión de Washington, con el secretario de Estado, el cubanoamericano Marco Rubio, como punta de lanza, ha tambaleado a un sistema con problemas crónicos de infrafinanciación. El jaque norteamericano se divide en dos actos: la captura de Nicolás Maduro en Venezuela —su principal proveedor de combustible— y el bloqueo a cualquier petrolero que intente suministrar a La Habana bajo la amenaza arancelaria de Donald Trump. Ambos movimientos se sucedieron a inicios de año. Y han empeorado —aún más— la precaria situación energética. Sin mencionar las arengas belicistas del republicano contra la isla.
Un análisis realizado por este periódico a finales de mayo, basado en datos oficiales, dio cuenta del efecto inmediato de las sanciones. La generación bajó un 20% entre enero y febrero. Los apagones en La Habana pasaron de una media de cuatro horas hasta las 18 diarias. Por otro lado, el arribo en marzo del petrolero ruso Anatoly Kolodkin, el último que ha atracado en la isla y que entregó más de 700.000 barriles —Cuba precisa 110.000 barriles diarios para operar con normalidad—, hizo que los cortes bajaran drásticamente en abril. El déficit cayó en un 50%, pero se agotó hasta la última gota.

Reformas económicas
Como maniobra de pánico, el Gobierno ignoró seis décadas de discursos en contra de la iniciativa privada y permitió a los pequeños empresarios importar cantidades limitadas de combustible. También aprobó recientemente la operación de gasolineras particulares. Son contradicciones que no dejan de llamar la atención en el año en el que la revolución celebra el centenario del nacimiento de su fallecido líder, Fidel Castro, y se acerca a la fecha que marca el décimo aniversario de su muerte.
La actual crisis también ha revelado las grandes desigualdades económicas. Un país que se divide entre quienes tienen acceso a divisas, ya sea por familiares en el extranjero o por ser dueños de empresas privadas, y quienes viven en la penumbra y sofocados por el calor del verano cubano. Para Maribel Villalonga, vecina de Matanzas de 65 años, el mayor consuelo es que la comida del refrigerador no se echa a perder porque cuenta con un generador eléctrico que le enviaron desde Estados Unidos. “Imagínate, ayer se cayó el sistema y todavía en el circuito donde vivo no hay corriente. Hay días que se pasan completos, las 24 horas, sin corriente. A veces más”, se queja.
La tímida apertura económica, forzada por las circunstancias, no ha cambiado el problema de fondo. Generar electricidad siempre ha sido un dolor de cabeza, incluso antes de la andanada de sanciones de la Casa Blanca. La columna vertebral del SEN descansa en las 16 unidades de las centrales termoeléctricas —de la época soviética— que han rebasado por completo su vida útil, estimada por los expertos en 35 años, y los motores de diésel y fueloil desperdigados por todo el país. Ambas acumulan el 80% del mix.
En pocas palabras, el bloqueo petrolero ha dejado contra la pared al sistema. De hecho, todos los generadores de diésel y fueloil se encuentran detenidos por completo. Piñón asegura, sin embargo, que es un problema autoinfligido. El experto recuerda la baja inversión histórica en la industria, la falta de mantenimiento y el desgaste que provoca utilizar el crudo cubano, con un altísimo contenido de azufre, en las centrales generadoras. “Lo que es muy claro es que las termoeléctricas no son directamente impactadas por la falta de combustible como resultado del bloqueo de los Estados Unidos”, sentencia.
Varios analistas independientes fuera de la isla, como Piñón, advierten de que la situación es tan grave que, incluso si Washington decidiese levantar el embargo energético este mismo día, los largos apagones continuarían. Reflotar la industria requeriría cerca de 10.000 millones de dólares, una cifra que Cuba no tiene. La grave situación, que el régimen equipara a la de una economía de guerra, ha paralizado por completo la poca actividad económica. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) estima que el PIB se va a contraer al menos un 6,5% este año. Y en los últimos cinco ejercicios se ha registrado una caída acumulada del 15%.
En medio de todo, los cubanos continúan resolviendo sin coger lucha. La hija más pequeña de Milagros, de ocho años, “lleva tres noches enteras que lo único que hace es dar gritos, sudar [por el calor extremo del verano] y no dormir”. “Y encima no hay agua, porque en condiciones normales no ponen agua, imagínate sin corriente”, concluye.
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