“¡Tenemos que seguir atacando!”, gritaba Luis Enrique. “¡Tenemos que intentar marcar más goles! ¡Nosotros solo sabemos jugar para ganar el partido!”. Cuando los futbolistas del Paris Saint-Germain entraron al vestuario en el descanso de la vuelta de la semifinal de la Champions, este miércoles en Múnich, su entrenador no dudó en apuntalar la visión que define la identidad del equipo. El PSG venía de ganarle al Bayern 5-4 en París y se había adelantado 1-0 a los dos minutos del arranque del partido. Según fuentes del club francés, el técnico intuyó que el mayor riesgo que afrontaban sus futbolistas con una ventaja global de 6-4 era intentar gestionar la posición favorable desde el conservadurismo y la ralentización de los avances. Para evitar una caída de tensión, incluso en defensa, la consigna fue radical. Tenían que pensar en ir siempre hacia adelante. Para atacar y también para defender. El camino a la segunda final consecutiva dio un giro imprevisto que tuvo a Safonov, el portero, como protagonista con la pelota.
El técnico pidió a su portero que lanzara en largo fuera de banda para escapar del hostigamiento rival y adelantar la presión
“¡Tenemos que seguir atacando!”, gritaba Luis Enrique. “¡Tenemos que intentar marcar más goles! ¡Nosotros solo sabemos jugar para ganar el partido!”. Cuando los futbolistas del Paris Saint-Germain entraron al vestuario en el descanso de la vuelta de la semifinal de la Champions, este miércoles en Múnich, su entrenador no dudó en apuntalar la visión que define la identidad del equipo. El PSG venía de ganarle al Bayern 5-4 en París y se había adelantado 1-0 a los dos minutos del arranque del partido. Según fuentes del club francés, el técnico intuyó que el mayor riesgo que afrontaban sus futbolistas con una ventaja global de 6-4 era intentar gestionar la posición favorable desde el conservadurismo y la ralentización de los avances. Para evitar una caída de tensión, incluso en defensa, la consigna fue radical. Tenían que pensar en ir siempre hacia adelante. Para atacar y también para defender. El camino a la segunda final consecutiva dio un giro imprevisto que tuvo a Safonov, el portero, como protagonista con la pelota.
Dos remates, uno de Kvaratskhelia, otro de Doué, ambos neutralizados por Neuer, fueron la reacción del equipo francés cuando regresó al campo en un clima de ebullición en las gradas. El récord del Bayern en su estadio era apabullante: seis partidos, seis victorias, 20 goles a favor y seis en contra esta temporada. El público pedía más y Vincent Kompany, el entrenador local, insistió en la premisa de estirar la presión sin mirar atrás, hombre al hombre, hasta donde fuera posible. El Bayern saltó al campo como quien baila en la cornisa.
Con Upamecano y Tah, dos centrales pesados, a 40 metros de su portería, el Bayern se expuso al 0-2 en cada minuto. Pero Kompany entendió, igual que su oponente, que lo más peligroso habría sido contemporizar. Pavlovic, Musiala, Kimmich, Kane, Díaz y Olise se lanzaron a hostigar a los rivales que llevaban la pelota con una determinación descomunal. Tanto que incluso Vitinha, uno de los mediocentros más ágiles en la salida con el balón controlado, comenzó a verse en graves dificultades.
“Para nosotros fue difícil porque nos atacaron constantemente y nos metieron atrás”, observó Luis Enrique después. “No estamos acostumbrados a defender de esta manera. Nuestros futbolistas pueden jugar mejor o peor, pero hoy demostraron que cuando tuvieron que defender en bloque bajo, lo hicieron bien. No nos gusta. No elegimos a nuestros jugadores para defender tan atrás, pero fue crucial saber hacerlo. Nos gusta jugar un fútbol bonito pero también nos gusta luchar y ganar duelos”.
Luis Enrique dispuso medidas excepcionales en Múnich. Dado el peligro inusual que suponía sacar el balón controlado desde su área, el técnico ordenó al portero Safonov que ante la duda tirara la pelota lo más lejos posible y fuera de banda, hacia el costado donde jugaba Olise. Con esta táctica el PSG logró desahogar su área adelantando la presión sobre el saque de banda del Bayern al tiempo que alejaba el balón de Luis Díaz y ahogaba a Olise. Fue el reconocimiento de una incapacidad lo que le permitió salir del atolladero. Una respuesta muy estoica para un entrenador que tiene a las Meditaciones de Marco Aurelio como libro de cabecera.
El PSG supo perder el control para sobrevivir al asedio. Dividido el balón en batallas cuerpo a cuerpo, los pequeños centrocampistas del PSG se encontraron en situación de inferioridad ahí donde antes llevaban las de ganar. Poco a poco el Bayern se adueñó de la pelota. A fuerza de empujar, acabó la noche con más del 60% de la posesión. Pero nunca logró generar más ocasiones. Despojado como nunca del balón, el PSG fue clínico: completó ocho tiros a puerta, por seis de su rival. Considerando que se midió a Kane, Musiala, Olise y Luis Díaz, los integrantes del ataque más poderoso de Europa, la cifra es señal de un hermetismo bárbaro. El 1-1 definitivo, tras el gol de Kane, selló el éxito visitante. “Defendimos como los ángeles”, dijo Luis Enrique, obsesionado con desmontar los argumentos de los críticos que señalaron que el 5-4 de la semana pasada fue consecuencia de un ejercicio defensivo deficiente.
“Defender en colaboración”
“En París defendimos muy bien a pesar de encajar cuatro goles”, recordó. “Pero en Múnich mejoramos. Insistimos en defender en colaboración. Fabián ayudó mucho a Nuno [con Olise]. Cuando permites muchos uno contra uno contra el Bayern, te metes en problemas”.
Satisfecho pero nervioso, Luis Enrique se pasó la noche reivindicando la capacidad de adaptación de su equipo. Entusiasmado ante la posibilidad de ganar su segunda Champions seguida el próximo 30 de mayo, Nasser al-Khelaifi, el presidente del PSG, lo repetía como un mantra en todos los pasillos del estadio: “Tenemos el mejor entrenador del mundo”. En el vestuario, los jugadores se habían liberado. Fabián Ruiz, subido sobre una mesa dirigía a 20 corifeos bañados en champán: “¡A la final, a la final, a la final…oé, oé, oé!”.
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