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  Cultura  De los ruedos a escritor: «José Tomás fue la excusa perfecta para que dejara los toros»
Cultura

De los ruedos a escritor: «José Tomás fue la excusa perfecta para que dejara los toros»

mayo 18, 2026
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Nacho de la Serna (Madrid, 1972) se vistió de luces por última vez a mediados de los 90. Aquel mediodía en Vinaroz, en la comarca costera del Bajo Maestrazgo de Castellón, con una novillada de Carmen Camacho, vio hacer un quite a la verónica a José Tomás que pensó: «Yo esto no lo voy a hacer en la vida». Y se quitó. «La delicadeza con la que toreó, lo reunido, lo ajustado, lo despacio… José Tomás fue la excusa perfecta para que dejara los toros, aunque ya lo tenía más o menos decidido», confiesa.A continuación, estudió Periodismo, trabajó en el equipo de retransmisiones taurinas de Vía Digital y ejerció de jefe de prensa de Las Ventas durante doce años. En ese tiempo con la empresa Taurodelta hizo un largo serial de entrevistas a próceres de este mundo tan particular que dormían el sueño de los justos hasta que, por insistencia de Paco Aguado, el crítico de la Agencia Efe, han sido recuperadas por la editorial El Paseíllo. ‘De barro y oro. Autorretratos de toreros’ es el libro donde 26 personajes se despojan de la impostura y hablan a corazón abierto. – ¿Cómo lo ha conseguido? No hay una fórmula. Creo que hubo una conexión. El hecho de pertenecer a una familia de toreros, manejar bien el vocabulario, los códigos de antes y también, por qué no decirlo, ser nieto de Victoriano de la Serna les generó cierta tranquilidad. Había una disposición a hablar. Y después el respeto real, el no interrumpirles, el que fueran a más en la entrevista como los toros bravos y la necesidad de aprender. A mí me ha marcado mucho el querer ser torero, las emociones, las dudas, la frustración, la impotencia; escucharles ha sido como una terapia. «Yo fui el único responsable, porque si hubiera tenido los santos cojones de arrimarme al toro, habría funcionado», expresa Luis Alfonso Garcés , que triunfó una y otra vez de novillero, pero que de matador sólo conoció el declive. O Agustín Castellano ‘El Puri’, «torero de toro grande y billete chico», según su propia definición, a quien «lo único que impidió que, a mi manera, fuera figura del toreo fueron los hijos de puta que llevaron mi carrera. Me robaron todo». Y cita nombres y apellidos para que se levante acta. «Pertenecer a una familia de toreros, manejar bien el vocabulario y ser nieto de Victoriano de la Serna les generó cierta tranquilidad»Nadie habla ahora así de claro, bien por el signo de los tiempos o bien porque están en activo. «Creo que las dos cosas. La perspectiva que da el tiempo es importantísima. Cuando el torero está retirado y hace balance, todos se muestran orgullosos, habiendo conseguido más o menos. Y el torero en activo tiene menos tiempo para la introspección, para mirar atrás, vive en el estrés, en el día a día de su evolución y le quedan años de profesión», considera De la Serna.El toreo es asíAlgo a erradicar en el orbe taurino son los tópicos. «Le voy a decir un disparate: me cansa mucho tener que recurrir a la cultura para defender el toreo. El toreo es cultura, es arte, es sentimiento, lo puedes entender o no, pero tener que justificarnos siempre… El toreo se defiende por sí mismo», manifiesta el autor de unos ‘Autorretratos’ en los que llama la atención lo injusto de algunas historias. La del Puri, la de Raúl Sánchez o la de Santiago Castro ‘Luguillano’, por ejemplo, meras anécdotas en San Isidro y sus corridas de postín pese a que el resto de la temporada, esto es, cuando a Las Ventas acuden los cabales, se anunciaban con hierros de sangre y fuego. «Resulta muy importante la gestión, tener a una persona inteligente al lado que no anteponga sus intereses a los tuyos. Aquí encontramos un mundo de picaresca, de gente que no está profesionalizada, que ve la oportunidad de ganar dinero. Por otro lado, la suerte es muy importante, y hay gente que nace con estrella y las cosas les vienen de cara desde el principio, aunque no sé de un torero que no conozca el barro y la dureza del toreo», expone De la Serna, en la actualidad apoderado de Fortes . Sorprende también la cantidad de golfos que desfila por las 300 páginas del libro. «Hay que poner en contexto las entrevistas y los años en los que estos toreros estaban en activo. Apoderados y empresarios buenos ha habido siempre, y pillos y golfos igual. Creo que ese tipo de personajes ya no existe, pondría hasta la mano en el fuego. Coincide que muchos no tuvieron la oportunidad de formarse, que procedían de estratos sociales bajos, con una enorme necesidad, lo que hizo que acabaran con buitres, pero hoy el torero, si no hay seriedad, no te pasa una», afirma.«Muchos procedían de estratos sociales bajos, con una enorme necesidad, lo que hizo que acabaran con buitres»Leyendo se humaniza al superhéroe que, ataviado con el chispeante, juega a los dados con su vida, mientras el que permanece cómodamente sentado le juzga demasiadas veces con una severidad fuera de toda cordura. De la Serna, en cambio, opina que «el toreo es así; ahora soy apoderado y sé las circunstancias personales de los toreros, pero cuando se visten y van a una plaza ellos son los primeros que se olvidan. Por respeto a sí mismos y por vergüenza torera. Esplá y Joselito dicen que el torero nunca debe dar pena en la plaza. El público no tiene por qué saberlo, pasa en cualquier trabajo. Otra cosa es la intransigencia, la agresividad, eso no lo tolero». Cuenta Roberto Domínguez que «si en las horas antes de la corrida, en los momentos de mayor angustia, me aseguran que voy a torear sin público, soy capaz de comerme un cocido y tocar la guitarra hasta que salga el toro». Y añade el autor del libro que «cuando quise ser torero, mi tío Vicente Zabala me dijo: ‘Nacho, no olvides que las verdaderas fieras están en el tendido’. El público en los toreros, sobre todo cuando son figuras, es el peso más grande que tienen. El torero tiene un gran respeto hacia el público, y cuando no está bien es porque no puede».La muerte impacta a todo el mundoLuego está el misterio del valor y el miedo. ¿Cómo es posible que el hombre que se mide a una bestia de 600 kilos con todas las consecuencias, se derrumbe con la tragedia de un compañero? Al fallecer el banderillero Manuel Leyton ‘El Coli’ en las astas de Cuatrero, Ángel Teruel sufrió «un shock emocional que me dejó el nervio ciático paralizado». Y José Antonio Campuzano , después de la puñalada de Burlero a Yiyo en Colmenar Viejo , se preguntó «¿por qué sigo toreando?». «Es verdad. Reaparecen pronto tras una cornada, pero la muerte de un compañero en el ruedo impacta a todo el mundo. Aunque haya una gran rivalidad, los toreros se admiran mucho entre ellos», apuntala De la Serna. «El reto, el desafío, la superación y el enfrentar la muerte cara a cara va intrínseco a la naturaleza humana. Creo que el hombre ha evolucionado gracias a eso. Hay personas que nacen con esta vocación, con este sentimiento. O lo que dice Tinín : ‘Tío, jugarte la vida sin darle importancia es algo precioso’», prosigue. ‘De barro y oro’ echa la persiana con Conchita Cintrón, la Diosa rubia del toreo a caballo, «una adelantada a su tiempo; hoy sería una crack, como lo fue entonces». «He visto morir a tres compañeros en el ruedo. El que tenga miedo que se vaya a vomitar a otra parte», sentenciaba, huyendo de cualquier paternalismo por el hecho de ser mujer. «Me hubiera gustado entrevistar a Gitanillo de Triana , a Belmonte , a Manolete , se me escapó Mondeño , un personaje interesantísimo», remata el autor. Y, por supuesto, «a mi abuelo», Victoriano de la Serna , que le legó un vestido corinto y oro antes de quitarse la vida y «no era un abuelo al uso, de los de jugar con el cubo y la pala y dar el yogur al niño, iba siempre con unas gafas de grandes cristales verdes e infundía mucho respeto, y misterio». Nacho de la Serna (Madrid, 1972) se vistió de luces por última vez a mediados de los 90. Aquel mediodía en Vinaroz, en la comarca costera del Bajo Maestrazgo de Castellón, con una novillada de Carmen Camacho, vio hacer un quite a la verónica a José Tomás que pensó: «Yo esto no lo voy a hacer en la vida». Y se quitó. «La delicadeza con la que toreó, lo reunido, lo ajustado, lo despacio… José Tomás fue la excusa perfecta para que dejara los toros, aunque ya lo tenía más o menos decidido», confiesa.A continuación, estudió Periodismo, trabajó en el equipo de retransmisiones taurinas de Vía Digital y ejerció de jefe de prensa de Las Ventas durante doce años. En ese tiempo con la empresa Taurodelta hizo un largo serial de entrevistas a próceres de este mundo tan particular que dormían el sueño de los justos hasta que, por insistencia de Paco Aguado, el crítico de la Agencia Efe, han sido recuperadas por la editorial El Paseíllo. ‘De barro y oro. Autorretratos de toreros’ es el libro donde 26 personajes se despojan de la impostura y hablan a corazón abierto. – ¿Cómo lo ha conseguido? No hay una fórmula. Creo que hubo una conexión. El hecho de pertenecer a una familia de toreros, manejar bien el vocabulario, los códigos de antes y también, por qué no decirlo, ser nieto de Victoriano de la Serna les generó cierta tranquilidad. Había una disposición a hablar. Y después el respeto real, el no interrumpirles, el que fueran a más en la entrevista como los toros bravos y la necesidad de aprender. A mí me ha marcado mucho el querer ser torero, las emociones, las dudas, la frustración, la impotencia; escucharles ha sido como una terapia. «Yo fui el único responsable, porque si hubiera tenido los santos cojones de arrimarme al toro, habría funcionado», expresa Luis Alfonso Garcés , que triunfó una y otra vez de novillero, pero que de matador sólo conoció el declive. O Agustín Castellano ‘El Puri’, «torero de toro grande y billete chico», según su propia definición, a quien «lo único que impidió que, a mi manera, fuera figura del toreo fueron los hijos de puta que llevaron mi carrera. Me robaron todo». Y cita nombres y apellidos para que se levante acta. «Pertenecer a una familia de toreros, manejar bien el vocabulario y ser nieto de Victoriano de la Serna les generó cierta tranquilidad»Nadie habla ahora así de claro, bien por el signo de los tiempos o bien porque están en activo. «Creo que las dos cosas. La perspectiva que da el tiempo es importantísima. Cuando el torero está retirado y hace balance, todos se muestran orgullosos, habiendo conseguido más o menos. Y el torero en activo tiene menos tiempo para la introspección, para mirar atrás, vive en el estrés, en el día a día de su evolución y le quedan años de profesión», considera De la Serna.El toreo es asíAlgo a erradicar en el orbe taurino son los tópicos. «Le voy a decir un disparate: me cansa mucho tener que recurrir a la cultura para defender el toreo. El toreo es cultura, es arte, es sentimiento, lo puedes entender o no, pero tener que justificarnos siempre… El toreo se defiende por sí mismo», manifiesta el autor de unos ‘Autorretratos’ en los que llama la atención lo injusto de algunas historias. La del Puri, la de Raúl Sánchez o la de Santiago Castro ‘Luguillano’, por ejemplo, meras anécdotas en San Isidro y sus corridas de postín pese a que el resto de la temporada, esto es, cuando a Las Ventas acuden los cabales, se anunciaban con hierros de sangre y fuego. «Resulta muy importante la gestión, tener a una persona inteligente al lado que no anteponga sus intereses a los tuyos. Aquí encontramos un mundo de picaresca, de gente que no está profesionalizada, que ve la oportunidad de ganar dinero. Por otro lado, la suerte es muy importante, y hay gente que nace con estrella y las cosas les vienen de cara desde el principio, aunque no sé de un torero que no conozca el barro y la dureza del toreo», expone De la Serna, en la actualidad apoderado de Fortes . Sorprende también la cantidad de golfos que desfila por las 300 páginas del libro. «Hay que poner en contexto las entrevistas y los años en los que estos toreros estaban en activo. Apoderados y empresarios buenos ha habido siempre, y pillos y golfos igual. Creo que ese tipo de personajes ya no existe, pondría hasta la mano en el fuego. Coincide que muchos no tuvieron la oportunidad de formarse, que procedían de estratos sociales bajos, con una enorme necesidad, lo que hizo que acabaran con buitres, pero hoy el torero, si no hay seriedad, no te pasa una», afirma.«Muchos procedían de estratos sociales bajos, con una enorme necesidad, lo que hizo que acabaran con buitres»Leyendo se humaniza al superhéroe que, ataviado con el chispeante, juega a los dados con su vida, mientras el que permanece cómodamente sentado le juzga demasiadas veces con una severidad fuera de toda cordura. De la Serna, en cambio, opina que «el toreo es así; ahora soy apoderado y sé las circunstancias personales de los toreros, pero cuando se visten y van a una plaza ellos son los primeros que se olvidan. Por respeto a sí mismos y por vergüenza torera. Esplá y Joselito dicen que el torero nunca debe dar pena en la plaza. El público no tiene por qué saberlo, pasa en cualquier trabajo. Otra cosa es la intransigencia, la agresividad, eso no lo tolero». Cuenta Roberto Domínguez que «si en las horas antes de la corrida, en los momentos de mayor angustia, me aseguran que voy a torear sin público, soy capaz de comerme un cocido y tocar la guitarra hasta que salga el toro». Y añade el autor del libro que «cuando quise ser torero, mi tío Vicente Zabala me dijo: ‘Nacho, no olvides que las verdaderas fieras están en el tendido’. El público en los toreros, sobre todo cuando son figuras, es el peso más grande que tienen. El torero tiene un gran respeto hacia el público, y cuando no está bien es porque no puede».La muerte impacta a todo el mundoLuego está el misterio del valor y el miedo. ¿Cómo es posible que el hombre que se mide a una bestia de 600 kilos con todas las consecuencias, se derrumbe con la tragedia de un compañero? Al fallecer el banderillero Manuel Leyton ‘El Coli’ en las astas de Cuatrero, Ángel Teruel sufrió «un shock emocional que me dejó el nervio ciático paralizado». Y José Antonio Campuzano , después de la puñalada de Burlero a Yiyo en Colmenar Viejo , se preguntó «¿por qué sigo toreando?». «Es verdad. Reaparecen pronto tras una cornada, pero la muerte de un compañero en el ruedo impacta a todo el mundo. Aunque haya una gran rivalidad, los toreros se admiran mucho entre ellos», apuntala De la Serna. «El reto, el desafío, la superación y el enfrentar la muerte cara a cara va intrínseco a la naturaleza humana. Creo que el hombre ha evolucionado gracias a eso. Hay personas que nacen con esta vocación, con este sentimiento. O lo que dice Tinín : ‘Tío, jugarte la vida sin darle importancia es algo precioso’», prosigue. ‘De barro y oro’ echa la persiana con Conchita Cintrón, la Diosa rubia del toreo a caballo, «una adelantada a su tiempo; hoy sería una crack, como lo fue entonces». «He visto morir a tres compañeros en el ruedo. El que tenga miedo que se vaya a vomitar a otra parte», sentenciaba, huyendo de cualquier paternalismo por el hecho de ser mujer. «Me hubiera gustado entrevistar a Gitanillo de Triana , a Belmonte , a Manolete , se me escapó Mondeño , un personaje interesantísimo», remata el autor. Y, por supuesto, «a mi abuelo», Victoriano de la Serna , que le legó un vestido corinto y oro antes de quitarse la vida y «no era un abuelo al uso, de los de jugar con el cubo y la pala y dar el yogur al niño, iba siempre con unas gafas de grandes cristales verdes e infundía mucho respeto, y misterio».  

Nacho de la Serna (Madrid, 1972) se vistió de luces por última vez a mediados de los 90. Aquel mediodía en Vinaroz, en la comarca costera del Bajo Maestrazgo de Castellón, con una novillada de Carmen Camacho, vio hacer un quite a la verónica … a José Tomás que pensó: «Yo esto no lo voy a hacer en la vida». Y se quitó. «La delicadeza con la que toreó, lo reunido, lo ajustado, lo despacio… José Tomás fue la excusa perfecta para que dejara los toros, aunque ya lo tenía más o menos decidido», confiesa.

A continuación, estudió Periodismo, trabajó en el equipo de retransmisiones taurinas de Vía Digital y ejerció de jefe de prensa de Las Ventas durante doce años. En ese tiempo con la empresa Taurodelta hizo un largo serial de entrevistas a próceres de este mundo tan particular que dormían el sueño de los justos hasta que, por insistencia de Paco Aguado, el crítico de la Agencia Efe, han sido recuperadas por la editorial El Paseíllo. ‘De barro y oro. Autorretratos de toreros’ es el libro donde 26 personajes se despojan de la impostura y hablan a corazón abierto.

– ¿Cómo lo ha conseguido?

No hay una fórmula. Creo que hubo una conexión. El hecho de pertenecer a una familia de toreros, manejar bien el vocabulario, los códigos de antes y también, por qué no decirlo, ser nieto de Victoriano de la Serna les generó cierta tranquilidad. Había una disposición a hablar. Y después el respeto real, el no interrumpirles, el que fueran a más en la entrevista como los toros bravos y la necesidad de aprender. A mí me ha marcado mucho el querer ser torero, las emociones, las dudas, la frustración, la impotencia; escucharles ha sido como una terapia.

«Yo fui el único responsable, porque si hubiera tenido los santos cojones de arrimarme al toro, habría funcionado», expresa Luis Alfonso Garcés, que triunfó una y otra vez de novillero, pero que de matador sólo conoció el declive. O Agustín Castellano ‘El Puri’, «torero de toro grande y billete chico», según su propia definición, a quien «lo único que impidió que, a mi manera, fuera figura del toreo fueron los hijos de puta que llevaron mi carrera. Me robaron todo». Y cita nombres y apellidos para que se levante acta.

«Pertenecer a una familia de toreros, manejar bien el vocabulario y ser nieto de Victoriano de la Serna les generó cierta tranquilidad»

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Nadie habla ahora así de claro, bien por el signo de los tiempos o bien porque están en activo. «Creo que las dos cosas. La perspectiva que da el tiempo es importantísima. Cuando el torero está retirado y hace balance, todos se muestran orgullosos, habiendo conseguido más o menos. Y el torero en activo tiene menos tiempo para la introspección, para mirar atrás, vive en el estrés, en el día a día de su evolución y le quedan años de profesión», considera De la Serna.

El toreo es así

Algo a erradicar en el orbe taurino son los tópicos. «Le voy a decir un disparate: me cansa mucho tener que recurrir a la cultura para defender el toreo. El toreo es cultura, es arte, es sentimiento, lo puedes entender o no, pero tener que justificarnos siempre… El toreo se defiende por sí mismo», manifiesta el autor de unos ‘Autorretratos’ en los que llama la atención lo injusto de algunas historias. La del Puri, la de Raúl Sánchez o la de Santiago Castro ‘Luguillano’, por ejemplo, meras anécdotas en San Isidro y sus corridas de postín pese a que el resto de la temporada, esto es, cuando a Las Ventas acuden los cabales, se anunciaban con hierros de sangre y fuego.

«Resulta muy importante la gestión, tener a una persona inteligente al lado que no anteponga sus intereses a los tuyos. Aquí encontramos un mundo de picaresca, de gente que no está profesionalizada, que ve la oportunidad de ganar dinero. Por otro lado, la suerte es muy importante, y hay gente que nace con estrella y las cosas les vienen de cara desde el principio, aunque no sé de un torero que no conozca el barro y la dureza del toreo», expone De la Serna, en la actualidad apoderado de Fortes.

Sorprende también la cantidad de golfos que desfila por las 300 páginas del libro. «Hay que poner en contexto las entrevistas y los años en los que estos toreros estaban en activo. Apoderados y empresarios buenos ha habido siempre, y pillos y golfos igual. Creo que ese tipo de personajes ya no existe, pondría hasta la mano en el fuego. Coincide que muchos no tuvieron la oportunidad de formarse, que procedían de estratos sociales bajos, con una enorme necesidad, lo que hizo que acabaran con buitres, pero hoy el torero, si no hay seriedad, no te pasa una», afirma.

«Muchos procedían de estratos sociales bajos, con una enorme necesidad, lo que hizo que acabaran con buitres»

Leyendo se humaniza al superhéroe que, ataviado con el chispeante, juega a los dados con su vida, mientras el que permanece cómodamente sentado le juzga demasiadas veces con una severidad fuera de toda cordura. De la Serna, en cambio, opina que «el toreo es así; ahora soy apoderado y sé las circunstancias personales de los toreros, pero cuando se visten y van a una plaza ellos son los primeros que se olvidan. Por respeto a sí mismos y por vergüenza torera. Esplá y Joselito dicen que el torero nunca debe dar pena en la plaza. El público no tiene por qué saberlo, pasa en cualquier trabajo. Otra cosa es la intransigencia, la agresividad, eso no lo tolero».

Cuenta Roberto Domínguez que «si en las horas antes de la corrida, en los momentos de mayor angustia, me aseguran que voy a torear sin público, soy capaz de comerme un cocido y tocar la guitarra hasta que salga el toro». Y añade el autor del libro que «cuando quise ser torero, mi tío Vicente Zabala me dijo: ‘Nacho, no olvides que las verdaderas fieras están en el tendido’. El público en los toreros, sobre todo cuando son figuras, es el peso más grande que tienen. El torero tiene un gran respeto hacia el público, y cuando no está bien es porque no puede».

La muerte impacta a todo el mundo

Luego está el misterio del valor y el miedo. ¿Cómo es posible que el hombre que se mide a una bestia de 600 kilos con todas las consecuencias, se derrumbe con la tragedia de un compañero? Al fallecer el banderillero Manuel Leyton ‘El Coli’ en las astas de Cuatrero, Ángel Teruel sufrió «un shock emocional que me dejó el nervio ciático paralizado». Y José Antonio Campuzano, después de la puñalada de Burlero a Yiyo en Colmenar Viejo, se preguntó «¿por qué sigo toreando?». «Es verdad. Reaparecen pronto tras una cornada, pero la muerte de un compañero en el ruedo impacta a todo el mundo. Aunque haya una gran rivalidad, los toreros se admiran mucho entre ellos», apuntala De la Serna.

«El reto, el desafío, la superación y el enfrentar la muerte cara a cara va intrínseco a la naturaleza humana. Creo que el hombre ha evolucionado gracias a eso. Hay personas que nacen con esta vocación, con este sentimiento. O lo que dice Tinín: ‘Tío, jugarte la vida sin darle importancia es algo precioso’», prosigue.

‘De barro y oro’ echa la persiana con Conchita Cintrón, la Diosa rubia del toreo a caballo, «una adelantada a su tiempo; hoy sería una crack, como lo fue entonces». «He visto morir a tres compañeros en el ruedo. El que tenga miedo que se vaya a vomitar a otra parte», sentenciaba, huyendo de cualquier paternalismo por el hecho de ser mujer.

«Me hubiera gustado entrevistar a Gitanillo de Triana, a Belmonte, a Manolete, se me escapó Mondeño, un personaje interesantísimo», remata el autor. Y, por supuesto, «a mi abuelo», Victoriano de la Serna, que le legó un vestido corinto y oro antes de quitarse la vida y «no era un abuelo al uso, de los de jugar con el cubo y la pala y dar el yogur al niño, iba siempre con unas gafas de grandes cristales verdes e infundía mucho respeto, y misterio».

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